-Consonni-

La verdad es que el inicio de este libro es una auténtica maravilla, porque con la sutileza y la suavidad hace terciopelo con lo que escribe Stefanía, hace que te vayas deslizando por la historia, notando el tacto de las palabras. Y es que no es nada más y nada menos que una historia de madre e hija con la danza de por medio y la ciudad de fondo, o al menos así inicia.

Sentirse identificada en la historia que cuenta la protagonista, que una frase leída te haga sanar algo que no ha roto, que es duro leer ‘la niña sin padre’ y recordar las llegadas a casa llorando del colegio porque es así cómo te llamaban, o la lucha capilar… dios. No he odiado nada más en mi vida que mi madre me peinara. Qué tirones. Ya la valía.  

Pero encontrar un poco de abrigo en las palabras de Stefanía mientras la historia te va calando y pensar: ‘es su debut y es increíble’, porque el libro se merece todas las alabanzas y más. Y es que partida la historia como en actos mezcla baile, coreografía, trekking, relación personal, historia vital de la protagonista con un maravilloso viaje del héroe que el libro va teniendo. Y es que en todas sus dudas, su dolor, sus conocimientos y sus recuerdos va construyendo un mapa. En todo su viaje la protagonista hablará con otras mujeres que no han abrazado la maternidad, que tienen diferentes edades, mientras ella duda en si ponerse a intentarlo por su cuenta.

Y mientras la protagonista crea una danza que al principio iba a hacer con su madre y al final termina haciéndola sola se va descubriendo y es que en este camino del héroe lleno de detalles y referencias vamos caminando con la protagonista, que por lo que vemos la relación con su madre y con su propia existencia es complicada, parece estar sumida en una crisis existencial.  

La forma de Stefanía de escribir es una auténtica maravilla, muy visual y es que suavemente te va llevando por una historia que te va atrapando poco a poco y de la que quieres saber más. ¿Llegarán al final de su viaje? ¿Qué tipo de relación tendrán cuando acabe esto? ¿Será madre? ¿Será capaz de terminar esta crisis existencial más fuerte? ¿La protagonista alcanzó la felicidad con su danza? 

Un sinfín de preguntas que nunca sabremos porque no es lo importante: aquí es el viaje, no el destino. Estamos ante un librazo y un debut alucinante de la escritora, que promete un gran desarrollo literario futuro.   

Rut Alameda, directora de Altavoz Cultural

Entrevista a Stefanía Caro

Bienvenida a Altavoz Cultural, querida Stefanía. Nos gustaría comenzar esta entrevista preguntándote por el origen de Pómulo y lejanía: ¿por qué y cómo se gesta la obra? ¿Cuáles son tus principales pretensiones narrativas a través de ella?

Gracias a vosotras por invitarme y por mantener este altavoz cultural, tan necesario. Que se oiga bien alto que las artes y las letras pueden cambiar la sociedad. Vivimos un momento difícil, diría que crítico, donde se apoya pobremente el pensamiento y algunas redes masivas favorecen ideologías perversas. Brindo por vuestro blog y porque sea muy leído. Mantenerlo es un ejercicio de valentía.

Pómulo y lejanía es de mi primera obra. Cuando comencé, no sabía a qué me lanzaba y creo que esa sensación de incertidumbre es poderosa al escribir. Me gusta lanzarme a la página en blanco sin conocer la ruta que llevarán las palabras, sorprenderme a mí misma. En un principio, yo quería hablar del movimiento, de la danza y de las decisiones que tenemos que tomar a través de nuestro cuerpo. Crearía un libro que contuviera ejercicios físicos y existenciales. Pensé en primer lugar en un manual de gimnasia, al estilo de los que se vendían en los años ochenta, con ilustraciones y fotos. Fantaseaba con escribir poemas a través de gestos en los que se volcaran las emociones. Tardé meses en hacerlo. Pero una vez terminado, no me satisfizo. El manual de gimnasia se quedaba en un soplo poético, algo que me parece fabuloso, pero no llegaba a reflejar las inquietudes y las heridas que yo necesitaba contar. Me interesaba escribir sobre la maternidad, sobre las dudas, sobre las relaciones entre una madre y una hija, sobre caminar y sobre el placer de desorientarse. Y tiré aquel primer manuscrito con la intención de construir una novela más lineal, con una protagonista. Imaginé a una mujer que había sido bailarina, pero había abandonado su trabajo. Fabriqué una persona paralizada, la dejé sin trabajo, sin horizontes, atravesada por una ruptura sentimental a sus cuarenta años. La empujé contra la pared para que tuviera que decidir si quería alumbrar hijos, en pleno contrarreloj biológico. Quería hablar de alguien que se ha dedicado al movimiento y de golpe se viera estancada, por las dudas, por el miedo. Una persona dañada que para redimirse tuviera que bailar de verdad. Con sus pies. Con su vida. Me senté ante el ordenador para escribir, no un libro, sino una coreografía vital que la salvara.

¿Cómo ha sido la relación biográfica de la autora con sus dos grandes personajes protagonistas, en cuanto a su configuración y su tratamiento durante todo el viaje que propone el texto? ¿Qué es lo que más te gusta y qué es lo que más te desagrada de ellas y cuánto hay de Stefanía en sus esencias?

Mi narradora bailaba por mí. Yo me he dedicado por puro placer durante muchos años a la danza, sin ser profesional. Sin embargo Pómulo y lejanía surge en una época inusual de mi vida, una isla de tiempo que ahora veo muy lejos. Sufrí un parón. Me detuve. Pasaba días encerrada en casa, debido primero a la melancolía, después a una lesión. Por eso, construí a esa mujer que tuviera la urgencia de salir del estatismo y lanzarse a bailar o a caminar. Imaginé un vals literario en el que no estuviera sola. Le otorgué una pareja de baile: su madre. El cuerpo origen. Si la protagonista, esa hija, tenía que resolver la duda de cómo sería su cuerpo del futuro, debía acercarse al de su pasado, el materno. Puse a bailar a ese dueto, quería que ambas caminaran por una ciudad de provincias.

La relación entre ellas es curiosa: pasean juntas, pero apenas se hablan. Cuando lo hacen, se comunican de perfil, sin mirarse a los ojos, ofreciendo sus pómulos. Usan frases cortas, a menudo repiten conversaciones circunstanciales. Y sin embargo, se buscan una a la otra. La madre quiere volver a ser regazo y la hija lo busca. Y al mismo tiempo, ella misma se pregunta si alguna vez será capaz de ofrecer el suyo, si en algún momento de su vida, podrá acoger a otro ser sobre su pecho o su cintura.

Ambas parten también de una situación vital similar: están detenidas. Una, la hija, por las decisiones que no puede tomar. La otra, la madre, por las heridas del pasado. Para ellas ponerse en acción y avanzar es la única salvación.

Las dos protagonistas tienen parte de mí. En realidad, todos los personajes del libro, que entran al mismo a través de sus cuerpos. Cuando caminan, emprenden dirección hacia oriente y yo, como ellos, también quiero avanzar hacia la luz. Ocurre algo curioso cuando se viaja hacia el este, hacia Asia. Se produce una orientalización del cuerpo. Esto es, los gestos suceden más próximos a la tierra. No hay más que pensar en India, donde las personas charlan en cuclillas, se agachan para trabajar o bailan con el ritmo de los pies y las caderas. En este libro ocurre algo similar. El libro se va inclinando hacia abajo, conforme avanza. Vuelve al suelo. Y yo misma, al trazar esa historia, he intentado agacharme, escarbar en el suelo para saber qué quería contar, palpar incluso lo incómodo, mancharme las manos. Mirar la realidad desde abajo.

¿Qué bagaje sociocultural consideras que te ha nutrido especialmente a la hora de ponerte a escribir la obra? ¿Qué autoras, referencias y/o manifestaciones artísticas entiendes que te han servido en ese proceso de despliegue?

He partido de mi experiencia como lectora y apasionada de la danza. Pero también de hablar con amigas, de escucharlas. Yo no sabía muy bien qué quería contar, pero al escribir sobre nosotras, sentía que me acercaba a ello. Si hablamos de artistas que me inspiran en danza y artes escénicas, confieso que me siento más cómoda en espectáculos pequeños, cercanos, donde el escenario es apenas una caja negra y puedes ver el sudor de los intérpretes. Si hago memoria de espectáculos recientes, he temblado ante las creaciones de la compañía Malpelo, de la bailarina Vera Mantero, de Societat Doctor Alonso, de Macarena Recuerda Shepherd. Alguien que me impresionó profundamente en escena fue la actriz Claudia Faci y la compañía Los Bárbaros. También admiro el trabajo de Elena Córdoba y Carlos Marquerie, de quien he leído textos maravillosos.

En literatura, destacaría cualquier obra de María Negroni, las crónicas periodísticas de Joan Didion, los diarios de Julio Ramón Ribeyro, el despegue literario de Clarice Lispector. Y, por supuesto, las páginas magistrales de Eloy Tizón.

Dada su pura naturaleza de movimiento, resulta complejo detenerse en lugares o espacios concretos, pero si Stefanía Caro tuviera que presentar la acción de Pómulo y lejanía vinculada particularmente a alguna localización geográfica, ¿cuál nombraría? ¿Y cuál sería la respuesta si quisiera vincular esa acción con un espacio, con un lugar emocional (sea un sentimiento, una fuerza específica…)?

Creo que el paseo que recorren las protagonistas puede trasladarse a cualquier ciudad. En realidad es un ejercicio aplicable a la lectura. La literatura es también un peregrinaje. No hablaría de emociones, sino de un espacio literario. Cojamos un buen libro de nuestra biblioteca, uno que nos haya encantado. Leámoslo a pasos lentos, dándonos tiempo para detenernos y mirar el paisaje. Caminemos entre páginas. Seguramente se despertarán emociones nuevas. La lentitud invita a una lectura distinta. Y ahí, en ese espacio dilatado, en la observación y la calma, es donde me gustaría ubicar Pómulo y lejanía.

¿Cómo sientes que irrumpe Pómulo y lejanía en el panorama literario actual? Te deseamos lo mejor, querida.

Creo que lo he escrito sin voluntad de aleccionar. El libro propone un paseo tranquilo entre sus páginas. No lo situaría en ninguna corriente, a pesar de que hable de madres e hijas, o de maternidad, o de danza. Creo que no merece ser catalogado. Las lecturas que me gustan son aquellas inclasificables, las que te invitan a perderte. Pómulo y lejanía se ubica en la lentitud y en el margen.

Muchas gracias a vosotras.

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