– Por Marta Jiménez Melgar –

Ser cineasta siempre ha tenido algo de mística, incluso de idolatría, en el imaginario colectivo. Pero si eres joven, emergente y no tienes un nombre o un apellido que te abra las puertas del Olimpo, el milagro de llegar a la tierra de los dioses se convierte casi en un deporte de riesgo; pero, sobre todo, de resistencia. Hoy en día, que una productora confíe en ti y en tu proyecto audiovisual siendo una cara nueva es casi tan difícil como alcanzar las nubes de un salto. Sin embargo, no todo está perdido. Alguien tendrá que dar relevo a las nuevas generaciones del cine, pese a todo, y yo he decidido dejar de mirar al cielo esperando que caiga el maná y empezar a subir la montaña por mi cuenta. 

Esto de la autoproducción no es nada nuevo, por mucho que ahora se complique el paso de lo independiente a la productora, pero estamos rescatando la esencia del gran cien. Antes de los Goya, los Óscar, los BAFTA y las alfombras rojas, un joven Pedro Almodóvar recorría Madrid con su Super-8, rodando sin sonido y pidiendo a sus amigos que hicieran el playback después. Era absoluta pasión; simplemente no podía no hacerlo. El cine iba dentro de él y tenía que sacarlo al mundo. En esa misma situación creo que nos vemos casi todos en algún momento. Como Carla Simón, que antes de ganar el Oso de Oro en Berlín pasó años haciendo cortometrajes personales y pequeños, sin presupuesto, que la llevaron a crear piezas como Romería, que este año ha estado nominada en los Goya. 

Esa es la primera ley de la autoproducción: la pasión por el cine no es solo un cliché romántico y moñas, es que, si no tienes verdadera pasión, te aseguro que esta industria es insoportable. Con este texto no pretendo idealizar la autoproducción, voy a contar tanto sus luces como sus sombras. 

Empecé a auto producirme porque me mataba la idea de dejar que mis guiones se llenaran de polvo en un cajón, además de la indiscutible necesidad de generar un porfolio para hacerme un hueco en esta industria a futuro. La libertad creativa es el único lujo que ofrece esta forma tan precaria de crear. Nadie te restringe una idea, nadie te impone un casting y nadie te recorta el metraje. Solo el dinero, pero si tienes suficiente ingenio, puedes conseguir grandes cosas sin necesidad de una tarjeta negra de crédito. 

Si en una gran producción los créditos finales duran diez minutos, en el cine emergente podrían resumirse en un solo nombre en bucle. De hecho, esto me ha provocado bastantes dolores de cabeza al diseñar unos créditos donde solo éramos tres personas. En un mismo día de rodaje, me he encargado de la dirección, por supuesto, guiando a los actores y al equipo, pero también de ser la ayudante de dirección que pide silencio y controla los tiempos, la eléctrica que mueve focos, la de arte que monta el decorado, la encargada de vestuario, maquillaje y peluquería, y la runner que corre a por café para que nadie se quiera ir a dormir la siesta después de seis horas de rodaje. 

Imaginad la escena: estás repasando una intención profunda o una escena con tu protagonista, mientras, de reojo, vigilas que el catering que has preparado esa misma mañana no se esté quedando al sol. A la vez, mientras hablas con ella, estás montando un decorado con cinta americana y rezando para que no haya fallos de raccord que se te hayan pasado. Y lo peor es que entre todo ese caos, alguien llegará con un problema nuevo que acaba de surgir. Es un momento de tensión debes mantener la agilidad creativa y recordar que la prioridad es que la escena salga adelante, aunque los focos se estén tambaleando. 

Como decía, la falta de recursos agudiza el ingenio y nos lleva a ‘miserias’, por así decirlo, como editar con un cable HDMI conectado a la televisión porque es el único monitor donde puedo intuir si el color es el correcto, o usar trípodes de cámara con bombillas de casa para iluminar. Una vez, grabando en mi habitación, la luz natural que entraba por la ventana era tan fuerte que quemaba la imagen: ¿la solución? Usar las sábanas para tamizar la ventana. O esa técnica de iluminar la claqueta con la linterna del móvil para que la cámara la vea, porque la iluminación de la escena estaba mucho más atrás. En la autoproducción, el diseño de sonido a veces consiste en añadir ruidos de fondo en postproducción para camuflar que tu equipo técnico de sonido no llega ni a los estándares mínimos de calidad del cine mudo. En esencia, es encontrar soluciones de todo tipo para dar el mejor resultado posible a una obra que estás haciendo con recursos que no son, ni de lejos, los mejores. 

Luego tenemos uno de los grandes de la auto producción: los contratos de colaboración. ¿Cómo convences a una persona para que pierda varios días o semanas de su vida trabajando contigo sin cobrar? Bueno, todos somos emergentes. Aunque no haya dinero de por medio, si que todos nos llevamos algo a cambio, necesitamos un porfolio, experiencia y una prueba de lo que somos capaces de hacer. Nos ofrecemos visibilidad mutua y, sobre todo, respeto, aprendizaje y contactos. A veces son amigos, yo misma he pringado mil veces a mis amigos para ser parte del equipo o incluso para ponerse frente a la cámara, pero otras veces son desconocidos que hacen un casting o se meten después de verlo en redes sociales y deciden que vale la pena perder un domingo de su vida por ayudarte a grabar. 

No voy a mentir: es frustrante y es difícil. Hay mañanas en las que te levantas con un murmullo detrás de la cabeza diciéndote que no vales para esto, o para nada en general, que por qué te compliques la vida o te esfuerces no quiere decir que vayas a llegar a nada. Y en parte es verdad. Que mientras tus amigos tienen trabajos «normales», tú sigues con lo que muchos consideran un hobby, pero que son trabajos que a ti nunca te llenarían en la vida. Cuando alguien te deja tirada a última hora o un permiso de rodaje se cae, sientes que toda la estructura se desmorona. Y muchas veces cuando llevas semanas o incluso meses de preproducción de un proyecto prácticamente tú sola, tienes una carga mental e incluso física encima, que cualquier mínimo problema hace que te derrumbes y que te plantees si verdaderamente merece la pena tanto esfuerzo. 

Pero entonces, después de tanta mierda, llegas al set y ves el cariño de la gente que ha venido por ti. Momentos en los que te descojonas en medio del agotamiento del rodaje, soluciones creativas salidas de la pura necesidad y de la cabeza de cualquiera del equipo, y una conexión humana entre las personas de ese set, que el dinero de una gran producción no puede comprar. Y cuando llegas al final de la postproducción y ves la obra terminada, sientes una plenitud muy difícil de describir. De repente has pegado el salto, pero no has tocado las nubes, has llegado y has saludado a Apolo. Y claro, ves que todo ha valido la pena. 

Actualmente no soy Almodóvar ni Carla Simón, sigo auto produciéndome y desarrollando varios proyectos de corto y largo metraje a la vez. Porque, al final, el cine de autoproducción en esencia es eso: un motor de cambio que nace de la urgencia de no quedarse callada. 

Seguiremos rodando. Con bombillas de casa, con cables y cinta americana por todas partes o con lo que haga falta. Porque si esperamos a que nos den permiso para ser cineastas, el cine se quedará vacío. Y eso es una mierda que no nos podemos permitir, y menos ahora, tal y como está el mundo. 

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