

En todo lo que llevo leído, solo hay dos teóricas que en mi vida adulta hayan cambiado cómo me enfrento al mundo. Hay muchas que han cambiado cómo pienso, que han añadido profundidad a mi conocimiento, que me han radicalizado, que han sostenido mis argumentos y mi punto de vista. Pero solo dos que han cambiado cómo afronto lo que significa estar viva y ser “antisistema” hoy en día: bell hooks (D.E.P.) y Robin Wall Kimmerer. Y de esta última trata esta reseña.
Robin Wall Kimmerer es una persona que vive en las fronteras: es parte de la tribu potawatomi pero integrada en la sociedad occidental de EE.UU. Botánica y profesora en la universidad, conoce en profundidad el lenguaje y el conocimiento científico, y lo combina con la sabiduría nativa de sus ancestros y de otras tribus. Y no se trata solo de una combinación raciocinio-espiritualidad. El saber nativo no se limita a la conexión con la tierra: la escucha que al pueblo occidental le ha faltado hace que acumulen un conocimiento que a nosotros nos falta. Entre otras cosas, le ayuda a hacer las preguntas correctas, eso que la ciencia busca incansablemente, pero que a veces no encuentra, tan metida como está en su propio universo. Le ayuda a acercarse a un problema sin ideas rígidas, porque puede mirarlo desde diferentes ángulos.
“Me pregunto si el conocimiento científico y el saber tradicional no establecerán también un contraste recíproco, si no serán el morado y el amarillo de su propio par, la vara de oro y el aster, respectivamente. El mundo nos resulta más pleno cuando lo contemplamos a través de ambos.”
Una trenza de hierba sagrada, Robin Wall Kimmerer.
Posiblemente a todas las personas de izquierdas nos encanta decir que somos antisistema. Al fin y al cabo, nuestra ideología se basa en estar en desacuerdo con el estado del mundo en la actualidad y buscar alternativas mejores. Por desgracia, muchas creemos que somos antisistema mientras reproducimos dinámicas que tienen su raíz en el propio sistema de cuyo control nos quejamos. Me explico: queremos un mundo en el que todas podamos ser quienes queramos, amar a quienes queramos y expresarnos libremente. Sin embargo, en los últimos días en los que he estado metiéndome en los comentarios de influencers que hablan sobre temas sociales, he visto infinidad de comentarios con insultos, comentarios sardónicos, peticiones para explicarse sobre otros temas políticos que no tienen nada que ver para ver si se ha de escuchar a la persona o cancelarla. Y no precisamente por parte de personas en el lado contrario del debate. Dejadme ser clara: no se puede ser antisistema y comportarse igual que los reaccionarios pro-sistema. Las herramientas del amo nunca desmontan la casa del amo (Audre Lorde). No se puede pedir lo que no estamos dispuestas a dar. Siempre encontraremos excusas para doblegar a los demás a través de la violencia y el control, tenemos milenios de experiencia, pero diría que en este punto nos tendría que resultar evidente que ese no es el camino.
“La tradición occidental reconoce la jerarquía para las criaturas, en la que, por supuesto, el ser humano está en la cima —la cúspide de la evolución, el niño mimado de la Creación— y las especies vegetales en la base. Sin embargo, en los saberes indígenas el ser humano es “el hermano pequeño de la Creación”. La criatura que menos experiencia tiene de la vida y, por tanto, que más debe aprender del resto de las especies, que son las maestras que nos guían”.
Una trenza de hierba sagrada, Robin Wall Kimmerer.
El cambio fundamental en mi manera de ver la lucha ecológica creo que vino cuando leí una frase de la autora que nos ocupa al respecto. Esta le pidió ayuda a un consejo de sabios acerca de cómo hablar sobre sostenibilidad ante un grupo ecologista. Estos compartieron su opinión: no tenían mucho que decirle a los activistas occidentales porque su concepción de la lucha por el planeta era muy distinta. Mientras que ellos usan los recursos naturales para vivir y siempre tienen en mente qué pueden dar o hacer a cambio, cómo pueden mostrar su amor y respeto por el planeta, los occidentales simplemente quieren entender dónde están los límites de la explotación para poder seguir extrayendo el máximo posible de la tierra sin cargársela. Es decir, en el caso de la tribu en cuestión y de muchas otras naciones nativoamericanas, la relación con la tierra es de igual a igual. En el caso de los ambientalistas occidentales, la tierra se sigue viendo como un recurso. Y eso tiene muchas, pero muchas, consecuencias en cómo se la trata, y cómo de “sostenible” es nuestro futuro.
La sabiduría de la autora es inspiradora. Nace de su experiencia y de su capacidad para admitir que se equivocó. Creo que el hecho de que haya llegado a ser una autora tan conocida en un mundo poco interesado en las plantas salvajes, es consecuencia, precisamente, de esa sabiduría y su forma de transmitir. No se trata de alarmar, de señalar todo lo que está mal en el mundo, de generar pánico que no tiene a dónde ir. Se trata de reconducir el camino bienintencionado que queremos transitar.
“Un árbol nunca va por libre: va con la arboleda. Una arboleda nunca va por libre: va con el bosque. Y todos los bosques del condado y todos los bosques del estado producen a la vez”.
Una trenza de hierba sagrada, Robin Wall Kimmerer.
Hoy en día las luchas sociales son extremadamente negativas. Se centran sobre todo en aquello que está mal en el mundo. Y, sin duda, hay mucho que está mal. Pero un constante bombardeo negativo es como pegarse un tiro en el pie: genera descontento, malestar y desesperanza. Nos hacen ver todo lo que está mal sin sentir podamos hacer nada realmente transformador. Todo está fatal y no hay solución. Y si creemos que no hay solución, nos quedamos estancos y les hacemos el trabajo a las fuerzas conservadoras que quieren que el mundo siga igual. Pero Kimmerer (y hooks) se resisten a esta idea de la desesperanza. Saben que hay soluciones, quizá no ideales, quizá no efectivas desde el minuto uno, pero que las hay. Y nos las proporcionan. Hay que cambiar la mentalidad del mundo, y el primer factor en este proceso es cambiar tu propia mentalidad y la manera en que te relacionas con el resto. Por desgracia, es así de sencillo y así de complicado y lento.
Es evidente que el capitalismo, a pesar de que se nos intenta convencer de que es un sistema perfecto, hace aguas por todos lados: la falta de derechos laborales, la infelicidad diaria y la destrucción del planeta han llegado a niveles tan altos que ya no se pueden ocultar. Bien, ¿y cuáles son las alternativas? Poca gente que no sea economista puede ofrecer alguna. En realidad, según Clara Mattei en su entrevista en Ways to Change the World, tampoco los economistas podrían, porque en sus estudios nadie les explica el contexto histórico del capitalismo ni se menciona que pueda haber otras opciones. Sin embargo, todo apunta en una dirección: los pueblos indígenas tenían (y tienen, hasta donde pueden) una economía distinta que se sostenía sola. Funcionaba por la misma razón por la que funciona el intercambio económico: porque el pueblo entero creía en esa forma de organizarse. Uno de los mensajes principales de Una trenza de hierba sagrada y El guillomo, los dos libros de la autora que he leído hasta ahora, es destacar la economía del don como posible alternativa a corto plazo.
“Las economías del don nacen de la abundancia de regalos que ofrece la tierra. Nadie los posee y todos los comparten. Compartir genera relaciones de buena voluntad y lazos que garantizan que serás invitado al banquete cuando a tu vecino le sonría la suerte. La seguridad alimentaria se mantiene al reforzar los lazos de la reciprocidad”.
El guillomo, Robin Wall Kimmerer.
En otras palabras, la economía del don no solo sustenta materialmente a las personas, sino que sustenta también su bienestar trenzando comunidades interdependientes.
Las economía del don no es una alternativa que vaya a cambiar el mundo mañana, pero es un primer paso para dejar de estar tan asfixiadas y recobrar independencia del capitalismo cada vez más opresivo, de un mundo enfocado en hacernos consumidores en lugar de vividores. Propone un cambio radical de paradigma: en lugar de intercambiar bienes pensando en la escasez, como lo hacemos ahora, se hace pensando en la abundancia. “Comparto porque me sobra”.
Quizá penséis que algo así es imposible en este mundo donde todo tiene un precio. Y es cierto que el capitalismo está impregnando cada vez más ámbitos. Y sin embargo, sigue habiendo nodos de resistencia: las bibliotecas son un ejemplo de economía del don, Wikipedia y los creadores de YouTube que enseñan sus conocimientos, también. Prestarse herramientas o libros con tu círculo, intercambiar ropa, organizar un club de lectura o manualidades just for fun, regalarle a la vecina los tomates que te han sobrado de tu planta, todo son ejemplos de economías del don. Y no es trivial, porque en cuanto miramos un poco más allá de nuestro vecindario, en cuanto nos asomamos a Internet, encontraremos que lo que la sociedad nos impulsa a hacer es comprar todo esto que se nos ofrece gratis. Compra libros y películas, las herramientas que no tienes aunque solo las necesites una vez, no le pidas sal a la vecina si ni siquiera la conoces, deja a tu perro en un hotel peludo en lugar de que te lo cuide tu amiga mientras estás de vacaciones.
Depende entonces de nosotros no caer en la trampa y defender los remansos de paz en medio del verde del dólar. Respirar profundo y superar la incomodidad de pedirle un favor a alguien sabiendo que, si te lo conceden, entras en una relación de intercambio y de interdependencia en la que, igual que recibes, has de dar. Esas son las relaciones que realmente nos nutren. Y su suplantación a través de las transacciones económicas es lo que nos hace sentirnos tan vacíos. No necesitamos a la gente y ya no nos necesitan. O más bien, seguimos necesitándonos, pero hemos intercambiado tranquilidad por comodidad a golpe de tarjeta.
Asumir la economía del don tiene consecuencias que se infiltran en muchos otros campos: las relaciones humanas, las relaciones entre personas y naturaleza, etc. En esencia, se trata de una economía de favores, una economía radicalmente opuesta a la mentalidad del Lazarillo tan típica en España. ¿Seremos capaces de ver la abundancia después de tantos años creyendo en la escasez? Son los lazos que se crean en la interdependencia los que ayudan a que, cuando hay que protestar por los míseros sueldos actuales, la situación de la vivienda, el estado de la sanidad pública, nos apoyemos los unos a los otros.
“La economía del don nutre los lazos comunitarios que favorecen el bienestar mutuo; la unidad económica no es “yo”, sino “nosotros”, pues todo florecimiento es mutuo.”
El guillomo, Robin Wall Kimmerer.
Resumir la contribución de Robin Wall Kimmerer en una sola reseña es imposible. Me he centrado en su tesis anticapitalista y ecologista, pero sus textos van mucho más allá. Su posición política surge de su amor por la naturaleza y su experiencia habitando la frontera entre lo occidental y lo nativoamericano. Es de ese cruce de donde brota su sabiduría; ojalá más gente tuviera la mente tan abierta como ella. Nos va la vida en ello.
Lecturas recomendadas:
- Una trenza sagrada y El guillomo de Robin Wall Kimmerer
- Todo sobre el amor de bell hooks
- Mujer y naturaleza de Susan Griffin
- Mujeres que corren con los lobos de Clarissa Pinkola Estés
- Calibán y la bruja de Sylvia Federici