FRANCISCO LIÑEIRA Y “NADIE EN EL TREN” – LA MARABUNTA

Necesito quitarme un gusano de la tripa, una piedra del zapato, una espina del lecho ungueal, un moco de… Bueno, yo creo que ya se ha entendido. 

Hace un mes cayó en mis tiernas manos un maravilloso libro de relatos, editado por esta noble casa, que recoge hasta quince textos del mismo número de escritores -como no podía ser de otra manera-. Dentro del Monolito ya hizo una reseña -fantástica, precisa y absolutamente ajustada a mi juicio interno, por cierto- del libro y de cada una de las historias que lo componen, así que yo NO voy a hacer eso. 

He elegido (uno de) mi(s) relato(s) favorito(s) para reseñarlo brevemente y entrevistar a su autor. Como si mi opinión sirviera para decidir sobre lo que escribo o como si lo que justo acabo de decir fuera prácticamente una verdad de reducción al absurdo. Pero, por favor, que se sepa que elegir un solo título ha supuesto para mí una dificultad suprema y me ha llevado a no dormir siestas o a tener que leerle la antología entera en voz alta a todo el que me ha dejado (gracias, mamá).

Entrando en materia, un tren es un “medio de transporte que circula sobre raíles, compuesto por uno o más vagones arrastrados por una locomotora”; y aquí es donde he decidido yo quedarme. 

“Nadie en el tren” es el relato presentado por Francisco Liñeira para el Certamen FTCF (2019/20) y que ahora, gracias a los dioses, forma parte de la antología “El tercer ombligo de Cerbero”. 

Es la historia de un viaje, un único trayecto en un tren de cercanías protagonizado por una señora que desprecia con absoluta repulsión a todo agente externo a ella misma. Hay menos distancia entre “la capital y Fresnedo” que la que a ella le gustaría tener con el resto de seres humanos del planeta. Hasta que deja de estar y empieza a sentirse sola. Es el miedo lo único capaz de conseguir eso, y no en el texto, sino en la vida. Una respiración, un jadeo constante se apodera de sus oídos y se hace evidente -a la vez que incógnito- la presencia de alguien o algo que va a inquietarla y a mantenerla hasta el final entre la negación y la angustia, entre el deseo de estar sola y la turbación de que, definitivamente, no haya nadie en el tren.

La ficción ferroviaria es un término que acabo de acuñar en este instante (recordémoslo) y que podría constituir un género en sí mismo. Los trenes te ofrecen un lugar común muy particular, no solo porque representan un espacio habitual en el que caben todo tipo de personajes -cualesquiera sus orígenes y circunstancias-, sino porque también está totalmente cerrado y no hay evasión posible más allá de la estación de destino. Unamuno los llamaba “(…) monstruo[s] de hierro/—la cárcel rodante/que presos nos lleva—(…)” y Francisco Liñeira, haciendo gala de la gracia innata de nuestra protagonista, los llama “féretro[s] de marionetas”.

Me ha gustado especialmente esta historia por la mezcla tan preciosa que existe entre la generalidad de lo cotidiano de las escenas y la precisión de los tropos que se usan para describirlas. La metáfora, el símil y la sinestesia te acercan al tren de una forma muy sensorial. Hasta lo desagradable de la percepción mundana de nuestra desabrida protagonista se vuelve sensorio y siempre precioso. Precioso en el sentido “cosa bien hecha” como cuando hilvanas un dobladillo y no se notan las costuras. Francisco describe imágenes de las que se leen más con la tripa que con los ojos.

Como soy metódica y un poquito obsesivo-compulsiva, voy a dividir las preguntas de esta entrevista usando fraseologismos sobre trenes, porque la vida está para disfrutarla con los petits plaisirs que te regala la arbitrariedad vital de no tener grandes ambiciones. Así que no me entretengo más… ¡Pasajeros al tren!

TREN DE VIDA

Preséntate a nuestros lectores: ¿Quién eres? ¿Cuál es el primer piropo o alabanza que alguien utilizaría para hablar de ti? 

¡Buenas! Soy Fran y escribo. Y creo que sería deshonesto decir más. Siempre me parece que autodefinirse en un poco complicado, porque no se puede ser ni medio objetivo con uno mismo y lo que se hace es mejor definición que cualquier cosa que diga. Así que soy Fran, y escribo donde me dejan. Y digo chorradas a nivel casi profesional. 

¿Cuál es tu formación? ¿A qué te dedicas profesional y aficionadamente? ¿En qué punto coinciden tu vida laboral y la artístico-literaria? 

Soy filólogo, comunicador, doctorando de teoría literaria y (proyecto de) profesor. Básicamente me dedico a dar la murga con la literatura y a interpretar discursos (sociales o textuales), de modo que, de vez en cuando, hago los míos. Mayormente porque es divertido. Ahora estoy escribiendo artículos de vez en cuando para la revista Contrapunto: el último va sobre el concepto de fantasía y cómo se limita en las universidades.

TREN DE CERCANÍAS

Todo creador nace como una forma de reacción a lo que consume. ¿Quién o quiénes han sido tus cicerones literarios? 

Él no lo sabe, no nos conocemos, pero tengo a José Antonio Cotrina en un altar. Es uno de los mejores narradores del género fantástico en español, extremadamente imaginativo, muy original y con una capacidad de gestionar tramas y personajes que madre mía, se me llena la boca de halagos. No es tan conocido como debería, pero tendría que ser lectura obligatoria para cualquiera que tenga un interés mínimo en el género. Tengo claro que es un escritor al que se va a estudiar y leer intensamente conforme avance el tiempo. Y luego estaría Ana María Matute, que es básicamente lo mejor que me ha pasado.

¿Consumes la misma literatura que escribes? ¿Con qué género(s) te sientes más cómodo? ¿Prefieres pasar miedo o generarlo?

Intento consumir de todo, aunque tenga preferencia por los géneros especulativos. Como ejemplos, estoy leyendo ahora mismo lo último de Ted Chiang (Exhalación, que es una colección de cuentos de ciencia ficción espectaculares), Marxismo y Comunicación, un ensayo sobre comunicación política, la Métrica de Jauralde y la antología de lírica comentada de cátedra. Creo que es importante, de vez en cuando, leer textos que no te atraerían de principio con ojos de escritor: Galdós o Clarín te enseñan un montón sobre construcción de mundos narrativos o simbolismo. Aunque a mí la comodidad, lo reconozco, me la aporta la fantasía urbana. Dame un Dresden o un Gaiman y me tienes entretenido días.

La verdad es que prefiero pasar miedo a generarlo, por pereza. Decía Sierra i Fabra que, para conseguir textos que asustasen, había llegado a escribir de noche, iluminado con una vela. Buf, cuánto trabajo. Que lo asusten a uno, por favor.

A TODO TREN

La protagonista de tu relato ha conseguido con su “buen carácter” ganarse un lugar en mi corazón. Cuéntame algo que odies y algo que te encante o que realmente valores de las personas. ¿Eres de los que piensan que se está mejor solo que mal acompañado? ¿Piensas que las redes sociales han cambiado radicalmente el concepto/la sensación de soledad?

Pues mira, la protagonista del relato hace una cosa horrible, a mi ver, que es objetificar a cualquiera que no sea ella: tratar a la gente como medios y no como fines, pensar que el otro está ahí para sernos útil. Creo que es un camino muy rápido a la soledad, y que las redes sociales pueden acentuarla y superficializar (toma palabro) las relaciones con los otros. Son muy buenas y útiles, ojo, tampoco es cuestión de demonizarlas, pero son instrumentos que requieren un aprendizaje previo, principalmente porque relacionarse con otros tiene un componente de placer, pero también uno de responsabilidad y de trabajo, que es más difícil ver y que se diluye un poco entre tanto estímulo. La compañía, aunque sea mala, enseña mucho: no existimos en un vacío.

Encuentro en “Nadie en el tren” imágenes que, aunque sin alardes, resultan muy poéticas, y que me llevan inevitablemente a preguntarte: ¿Cómo definirías la Poesía -de la forma más antiséptica que sepas- y qué relación tienes con ella? 

Claro, es que es una definición peliaguda. Me inclino por entenderla como un juego entre el emisor y el receptor, en el que nos ponemos de acuerdo para utilizar el lenguaje y las ideas como piezas en una partida que jugamos a medias. Hay tantas maneras de jugar y de interpretar el juego como ha habido lectores, formas y escritores. Y se van sumando.

Yo ahí entro como quien entra a una biblioteca y está permanentemente emocionado por los tesoros que va encontrando, va entendiendo más poquito a poquito y es consciente de que lo que es posible conocer es una fracción mínima de lo que hay. Que al final es lo mejor: saber que siempre habrá más para explorar.

PARAR UN TREN

Estamos llegando al final del trayecto, pero antes de bajarnos: ¿Cuáles son tus proyectos vitales a corto, medio y largo plazo? 

Pues rápidamente: estoy haciendo una tesis sobre La rueda del tiempo (una saga fantástica genial que escribieron Jordan y Sanderson) y escribiendo, en los huecos libres que tengo, una novela de fantasía urbana sobre corrupción y escapismo y una cantidad menor de lo que me gustaría de cuentos y poemas. Así que lo más inmediato es terminar tesis y novela. Uno anda también esperando a opositar, en cuanto sea posible, para profe de secundaria. La sorpresa será saber cuáles de esos proyectos se harán a corto, medio y largo plazo. Se plantea bastante azaroso.

TREN RÁPIDO

Aquí viene el bombardeo rápido que tanto me gusta:

Recomienda a los lectores: 

  • 3 libros, 3 películas y 1 canción

Olvidado Rey Gudú, de Matute; Las fuentes perdidas, de Cotrina y El camino de reyes, de Sanderson. Tres tremendos librazos.

Y tres películas de miedo, que además son muy buenas y recientes: Hereditary, El faro y La bruja.

Como canción, The Shrine/An argument, de Fleet Foxes, que es lo que estoy escuchando ahora mismo. 

  • Un clásico literario de la era victoriana

¡Cumbres Borrascosas!

  • Una comida típica de tu ciudad que no soportas que la gente no conozca

Soy de Compostela, y me genera una tristeza infinita que se conozca más la tarta de almendras de Santiago. No es esto un ataque al pulpo o a los cachelos, pero la textura de esa tarta es una prueba palpable de que la perfección se puede alcanzar. 

  • ¿Queso o chocolate?

Queso Y chocolate

  • ¿Hablar todos los idiomas del mundo o saber tocar todos los instrumentos del mundo?

Los idiomas. Literalmente daría el meñique por saber más lenguas. ¿Hablar árabe, hindi? ¿navajo? Por favor, gracias.

  • ¿Tener el superpoder del teletransporte o el de la invisibilidad?

Siendo la lectura de mentes el poder superior, entre estos dos me inclino por el teletransporte. La invisibilidad es útil, pero menudo frío habría que pasar. Y luego está el poder irse de retiro espiritual a un desierto distinto cada día, que es un buen plus. 

  • ¿Halloween o Carnaval?

Halloween. Calabazas, frío, fantasmas, Pesadilla antes de Navidad… ¡Todo lo tiene, todo!

  • ¿Desayuno o cena?

Cena. El desayuno se me hace bastante cuesta arriba, porque se me plantea como elección entre dormir más o comer. Y ahí no hay color: hay que dormir.

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