Mentes brillantes y oscuras, de Hela Ediciones

   Qué especial es esa chispa que sientes al afrontar Mentes Brillantes y Oscuras. Afrontar es el verbo elegido: se trata de un reto, de una visita a un gigantesco museo construido sobre invenciones, catástrofes, horrores y sinfonías tan cotidianas como magistrales. Acudes a su entrada lleno de ignorancia. Y de inocencia. No te encuentras con engendros al límite de lo verosímil, sino con fragmentos de vida, de descarnada vida. A ello contribuye el propio diseño de la antología. Técnicamente, debemos avalar el extraordinario trabajo del equipo de Hela Ediciones, a quienes agradecemos su buen gusto, su dedicación, su pasión y su generosidad con la comunidad literaria, con autores y lectores, con quienes, curiosos, bucean en su catálogo y en este título que nos ha conquistado. Encendamos la luz.

        La relectura nos permite la observación de ciertos aspectos con la convicción de que en el inmenso océano de antologías, compilaciones y colecciones temáticas nos hemos topado con un hallazgo de altísimo valor al abrigo de dos cualidades tan importantes como la propia calidad de su contenido: la originalidad de la premisa y la adecuada ejecución de la misma en términos lo suficientemente alejados de expectativas, clichés de género y caprichos irresponsables de los firmantes, que podían haber desaprovechado sus altavoces para enredarse en esta o aquella satisfacción egoísta en lugar de haber ofrecido una historia fresca, incomparable con sus semejantes y, en todos los casos, estimulante para los amantes del terror. Pasen y lean.

          Abrimos el cofre de la mano de Andrea Prieto Pérez, que nos presenta en su prólogo un excelente recorrido por las páginas que se sucederán tras él, el cual encabeza con un denotativo homenaje a la Ciencia y una exaltación de la figura femenina en el género literario -dentro y fuera de la antología tratada- y concluye con un milimétrico comentario acerca de la relación entre autores, textos y trasfondo biográfico ligado a motivaciones y personalizaciones del amplio espectro que ofrece el concepto de ciencia como elemento narrativo y narrable. El cuerpo de esta acertadísima introducción está estructurado a modo de secuenciación del tratamiento de cada aportación: cada uno de los diez relatos tiene su espacio en el análisis de la prologuista, que reseña los puntos más relevantes y lúcidos desde lo unitario y lo colectivo, destacando en todo momento una necesidad de visión conjunta, cerrada, de la obra. Desde aquí aplaudimos estas líneas que nos anuncian un viaje muy interesante por los rincones más luminosos y tétricos de nuestra… genial ¿humanidad?

          La tienda de prótesis. Laura Mars y esa fusión física de la naturaleza con la tecnología, ese choque de trenes entre la mejora, la salvación y la virtud artificial y la modificación de la esencia que tantas polémicas ha suscitado siempre, no solo en círculos moralistas. Qué gran negocio esto de asistir al prójimo. Y qué gran espacio queda detrás del mostrador, cuando nadie mira, cuando te quedas a solas con un considerable repertorio de pedazos potencialmente humanos. El ritmo es una cualidad infravalorada en esta época literaria: la autora nos lleva a la tienda del señor Pancracio y la convierte, sin soltarnos la mano, en todo un universo; leemos a paso ligero, como si… quisiéramos escapar, huir. Ella nos zarandea a menudo, a través de Emma, la oscura estrella, con cierta cadencia, para recordarnos con justicia que es su pluma la que nos guía hacia donde quiere que miremos, desde las anotaciones -que se visualizan con una claridad terrorífica- hasta los alfileres -que se nos clavan en los ojos-. Imposible comenzar mejor la presente antología.

          Muchas gracias, Rafael Diaz Gaztelu, por manejar tan pulcramente el término entropía y describir todo su poder -y una fascinante propuesta de antídoto- en ese estupendo relato -casi manifiesto pro caos- que resulta ser Injusticia entrópica. El término está de moda entre los textos de ciencia, cerca de aquella ridícula tendencia de hace algunos años en los que se empleaba demasiado alegremente el concepto de serendipia en los círculos poéticos. Gracias por no destrozar como aquellos ignorantes una palabra tan capaz y tan peligrosa. Gracias también por visibilizar el lenguaje inclusivo: es aproximadamente la tercera vez que nos encontramos con recursos gráficos afines a la no marcación y ha sido muy positivo. La narración en primera persona y la ‘capitulación’ de los sucesos en forma de sugerente cuenta atrás elevan el continente a un nivel estilístico muy disfrutable. Los giros de rumbo en esa dualidad creador-creado y el juego de capas superpuestas desde lo individual a lo magnánimo e incontrolable son la pizca de pimienta perfecta. 

          Date prisa es una de las gratísimas sorpresas de este volumen. Su título pertenece a esa clase de nombres de relato que nos enamoran: directos, evocadores de la base de la acción, apelativos a dos bandas hacia personaje y lector,… una gozada de elección. Queremos destacar asimismo su lenguaje, tan rico en la pluralidad de registros que reúne, tan hábil en el estiramiento morfológico y pragmático según las necesidades. Por rematar esta sucesión de detalles lingüísticos, debemos añadir un aplauso a la identificación del Horror llamado Horror y no de otra forma, más eufemística, más concisa ni más rebuscada. Ese Horror y el campo de juego tan excitante como es la anatomía humana forman un matrimonio precioso y sangriento, plagado de discusiones en voz alta: gemidos, aullidos, gritos e histeria. El imaginario médico-doctoral-de-bata-blanca ha sido muy bien revisitado en este texto, cuyo resultado es, insistimos, una fantástica contribución de Penélope Fernández, apuntalada por la siempre agradable coletilla final, que no es otra cosa que la esencia misma del horror en Literatura.

          Como si de un manuscrito anacrónico se tratara, Aroa R. Zúñiga nos traslada a un contexto diametralmente opuesto a todos los anteriores: la atmósfera religiosa, simbólica y romántica, los paisajes, la ambientación y el lenguaje nos mudan de escenario hacia un terreno profundamente oscuro y feroz. Nos sentimos desguarnecidos e indefensos ante la demostración de crueldad que rezuma Herejía. Si bien nos confesamos enemigos de las notas a pie de página en textos de ficción, aquí solo podemos poner en valor su uso para dar empaque a la elevada prosa que destila la autora. Los métodos arcaicos, las creencias y la canalización de la ciencia en la época propuesta son, más allá de muy conseguidos mecanismos de inmersión, todo un deleite en sí mismos. El roce a cuatro pieles entre la magia negra, la fantasía, la fábula y la ciencia ficción logra equilibrar desde cada perspectiva, como puntales en cuatro esquinas, una historia apasionante de argumento sórdido y conclusión grácil.

          Mentes brillantes, homónimo parcial de la matriz antológica, es el relato de Emilio N. Baena, a quien le sobra elegancia. Grupo Cerbo se revela como uno de los grandes nombres propios de la antología que tenemos entre manos. La historia de la corporación y sus grotescos planes de futuro son un incentivo maravilloso para conocer de cerca la vida de los protagonistas: dos gemelos que personifican tantas y tantas referencias a eminencias científicas. El texto de Emilio es, probablemente, el prototipo que esperábamos con ansia en esta colección: los límites del progreso, la barrera que separa el bien y el mal, la orgánica sentencia que expresa el demoledor mantra “el fin justifica los medios”. La clarividencia con la que está escrito potencia aún más el entretenimiento que nos brinda sin perder de vista el gradual tejido de un entramado salvajemente perverso.

          María Abella Vázquez nos cuenta en Vestigios de Elisa, único relato de título directamente vinculado a la nominalización de su alma mater, la mayor descomposición vital que podemos hallar en Mentes Brillantes y Oscuras, con la virtud, además, de situar en un plano espejo las dos almas sacrificadas a ojos del lector y de la voz en off ejecutora de aquella cuya desaparición nos alivia desde una postura de justicia que tantas veces hemos degustado en el juicio de aquellos antagonistas que nos han arrebatado un personaje querido, han cometido alguna atrocidad o sencillamente han presumido de la impunidad de sus malvados actos. La autora consigue un doble triunfo en este sentido: todos queremos a Elisa. Las sombras que envuelven cada renglón nos atrapan y apenas podemos esperar, inquietos, el siguiente paso hacia lo que se anuncia inevitable mientras lloramos la pérdida de alguien que nunca fue nada nuestro y al mismo tiempo lo fue todo durante unos minutos. Pequeña obra maestra.

          Laura G. W. Messer es uno de nuestros mayores fetiches literarios de su generación. Su Susurro vegetal atesora tantas cualidades que cuesta no dedicarle un ensayo a todo color. Las cuestiones técnicas asoman en una amalgama de notables decisiones que dotan al relato de una condición bellísima: se desvela paulatinamente el horror; primero se estandarizan unos preliminares a modo de coordenadas que nos entretienen y causan interés, después se inician ciertas detonaciones, algunas con nombre y apellido, otras mucho más camufladas en una hilera de intercambios acción-reacción que añade una tensión sobresaliente a cada pequeño avance hacia la explosión final. La forma escritural es mucho más que original: es perfecta. La alternancia de voces y la magnífica manera de jugar con los silencios y aquello que no se dice responden a una metodología narrativa tan compleja como eficaz. La rivalidad llevada al extremo en ese mundo de egos máximos -¡vaya bomba el científico y el académico juntos!- y el despliegue silencioso de lo vegetal son mecha y fuego. Enhorabuena, srta. Messer.

          Diseccionando la muerte nos regala una de las exposiciones más originales que hemos digerido en los últimos tiempos, modelo de aquello que consideramos que debería denominarse -torpemente, perdón- creepy style: hasta la tipografía escogida es sublime en el ejercicio catártico que nos plantea esta lectura hipnótica. Rebeca García-Cabañas Garrido da un par de vueltas -un buen meneo, para qué andarnos con formalismos- al subgénero vampiresco. La acción es trepidante y la combinación de sutileza y rudeza en lenguaje y descripción de los hechos es extraordinaria. Nadie iba a echar de menos un relato sobre vampiros… hasta que lees un relato sobre vampiros que habla de la terrible humanidad que subyace en ellos -tantas veces negada, por razones más o menos evidentes o idealizadas- y con el poso necesario para saborear sádicamente cada escena en la que la protagonista progresa en sus macabros planes. El beso entre la ciencia y la tiniebla es largo y apasionado. Nos ha dejado la boca rojísima.

          Sheila Carnero nos trae bajo el título El infierno de los inmortales una espectacular historia que honra el género de terror. Canalizado a través de la figura de Annie, el multiverso que se nos presenta fragmentado y concienzudamente desenrollado es mucho más que una versión dantesca del otro lado o que un fabuloso techo para las posibilidades de la ciencia. Nos espanta y agita, nos taladra con imágenes tremendamente próximas a una cadena de cortometrajes que sostienen un argumento frío y desagradable desde sus diversas ópticas -a saber: la más humana, la onírica, la literaria y la social-. La transformación de una incipiente estructura en muñecas rusas -o un vistoso collage de recortes periodísticos- deriva en una fantástica danza de voces que se ponen siempre a disposición del ritmo y la intensidad que requiere cada rincón de la portentosa batalla por la supervivencia que se abre ante nuestros ojos.

          La voluntad de los muertos remata de modo prodigioso la antología que hemos disfrutado página a página, sorbo a sorbo. Miguel Huertas consigue instalar en el grueso del drama familiar -entre herencias, promesas y cuestionables praxis- una trama sumamente ocurrente, trufada de momentos crudos, amparada en la mayor demostración del arte del diálogo de esta antología. Su singular forma de proyectar el sentimiento de la resistencia a la muerte representa un paradigma digno de mención en la literatura volcada hacia los no-muertos, los súper-seres alimentados por cuantísimas sagas de películas, videojuegos y libros y apenas dotados de utilidad -y reconocimiento- posterior a los habituales tópicos. La protagonista es un personaje completísimo, por cierto, cuyo diseño acaricia el premio a mejor personaje femenino de este maravilloso recorrido oscuro y brillante.

       Alcanzamos el final del camino henchidos de adrenalina, exhaustos, con algún músculo aún sin destensar, plácidos y emocionados. Ha merecido mucho la pena entrar en aquella tienda, conocer a ciertos gemelos prodigiosos, cometer una herejía, diseccionar la muerte y todos sus residuos, abrir este libro, releer este libro. No podemos concluir estas palabras sin alabar otros dos detalles que redondean la presencia de la obra: las imágenes distintivas que encabezan cada relato a modo de late motiv emblemático y la advertencia de contenido sensible que… invita a leer si cabe con más ganas. Enhorabuena a Hela Ediciones por este bebé y a los autores por enseñarle a hablar tan bien; sois brillantes. A secas.

-Altavoz Cultural-

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