Orgullo Zombi

        ¡Qué orgullo reseñar esta antología de relatos! Podríamos hacer muchos otros chistes malos, pero preferimos no perder ni una línea más para agradecer a Andrés Granbosque y a todo el equipo que ha hecho posible esta joya su labor, su generosidad y su amor por la literatura. La horda de textos supone un canto a la figura del muerto viviente desde miradas singulares, radiantes y lúcidas, desde el más estricto cientifismo al plano íntimo, familiar, sin obviar el conflicto moral y ético, sin olvidar la gracia, el humor, la fantasía y la acción de ritmo alto. ¡Adelante, pequeños pedazos de carne!

        Vamos a recorrer las costuras de sangre de este estupendo disfraz de zombi desde su prólogo hasta los cuatro relatos invitados, de manera que primero trataremos los textos que propiamente conformaron la lista de seleccionados del certamen y después hablaremos de los aportados por las riquísimas plumas que completan la edición especial. ¡Al lío!

          Alfonso Zamora Llorente -pluma de muchos quilates- nos da la bienvenida a esta antología con todo un canto al Orgullo Zombi, abrigado por un escrupuloso recorrido por su tradición artística, sus múltiples formatos e influencias de ayer y de hoy y el ejemplo de su propia trayectoria literaria como autor; esta travesía nos sitúa en un escenario ideal para acercarnos a las páginas siguientes con una perspectiva íntegra, cálida y dinámica sobre todo lo que pueden dar de sí nuestros amigos balbuceantes. Es una estupenda presentación de una muy estupenda obra colectiva.

          El misterioso grimorio de Lafayette abre la selva de títulos que saltaron de la convocatoria concursal al papel. Jordi Rocandio Clua domina los tiempos, el arduo oficio de la descripción y la tensión convenientemente pulsada. La mística y el progreso técnico se dan la mano en una contribución notable al universo del caos, los desafíos sociales y la carrera por el poder -en esta vida y en la otra-. El imperio que aguarda en las sombras es tan imponente como la prosa calibrada del autor, que nos enseña supervivencia haciéndonos correr. Excelente.

          El delirante Licra de C. G. Demian es sencillamente una genialidad en forma de sátira que atiza al mundo cada vez más virtual y deshumanizado que consumimos, a los topicazos sobre muertos vivientes y al tantas veces gratuito universo de los superhéroes. Antes era más fácil ser zombi, ahora es todo mucho más complejo, desde el proceso de transformación, la mala educación social y la escasez de recursos hasta la difícil decisión del nombre adecuado para combinar con el traje de licra. Tremendo.

          El anhelo, de la mano de Noemí Ester Marmor, esconde un horror familiar, tan aparentemente alejado en sus planetoides, sus procesos especializados y ultra-avanzados, la reinvención del concepto funeraria y la elevación del estereotipo zombi a una estupenda historia de ciencia ficción con todas las letras. Debajo residen filias y fobias y la amoralidad a la hora de zanjar unas y otras es feroz. El relato nos permite el vistazo a ciertos lugares comunes del género y dirige la atención hacia un conflicto original y amargo. Mucha categoría.

          Borja Alonso Alonso nos muestra la función del Protocolo Shelley en un maravilloso homenaje a uno de los grandes apellidos de la historia cultural del terror. La agilidad es sobresaliente y no da tregua a los ojos del lector, que cae de golpe en una frenética oda al mundo de la bata blanca, las zonas restringidas y los códigos rojos. Los personajes son clarividentes y elaborados. Nos encanta la fusión de mundos en torno al argumento monstruoso y la cuestión de los límites científicos. Demasiadas cosas buenas ofrece el autor. 

          Don Quijote contra… ¿muertos vivientes? es vuestra nueva historia de caballerías favorita y aún no lo sabéis. Bruno de Paúl González nos presenta este capítulo perdido de las andanzas de nuestro más universal ingenioso hidalgo. Las expectativas son salvadas con grandes dosis de entretenimiento, dominado conocimiento de los códigos populares de tamaña leyenda y una convincente dinámica de pequeños y actualizados cambios de exposición. La propuesta es muy disfrutable e invita a la conversión de otros grandes clásicos de nuestra literatura en orgullosos homenajes zombis. 

          J. M. Zar nos cuenta en Regreso mitológico una extraordinaria desventura sanitaria. El cuidado narrativo y la espléndida acumulación de imágenes desangeladas camufladas bajo un velo de cotidianidad son las señas de identidad de un estilo que presenta una historia sumamente trágica, elegantemente cubierta de un halo legendario que nos aproxima al cuento en las últimas estancias del recorrido entre malas decisiones y desgracias. La detonación en forma de paciente necesitada es un acierto estratégico en un guion cuyo interminable plano secuencia en primera persona nos espolea en búsqueda de la salvación.

          La Peor Muerte supone un punto y aparte en el conjunto de relatos que conforman esta antología. Lenin Rodríguez Peñate nos habla de uno de los mayores miedos -la peor muerte- que desarrollamos los seres humanos a lo largo de nuestra vida: el miedo a ser olvidados tras nuestra desaparición de este mundo. La forma de llegar hasta esa cruda sentencia es gótica, ardiente y bien dotada, con diversas capas que se amontonan en una piel narrativa que nos fascina e intimida. El sufrimiento trasciende los renglones para impregnar de rojo encanto una estructura sólida y un argumento agradablemente negro.

          Xiomara Imanoni Machado nos presenta en Bancos de niebla una condensación de sensaciones y estímulos que aprietan al lector entre cuatro paredes, con el martilleo constante de una puerta que no quieres abrir y un profundo efecto de desasosiego. La niebla cumple su función como elemento troncal de la acción, con todo lo que ello supone. La brevedad del texto no hace sino contribuir a la inquietud generada, alimentada por la falta de salvación explícita y por la escena final, que desvía cierta voz hacia otros ojos.

          El rencor de los muertos está escrito por Tony Jiménez y nos encanta. Es uno de los textos estrella de esta antología. Logra la inmersión del lector en una historia de venganza, drama y acción muy lejana a cualquier atisbo de carne renacida. Hasta el momento adecuado. El hilo que ata al relato a su madre antológica es sutil, fuerte y perfecto en su tejido: estamos ante un perfecto ejemplo del empleo de la temática como medio y no como fin, de la justificación de un giro imposible en cualquier otro marco de desarrollo. La naturalidad de la narración y los detalles estéticos acompañan una brutal aventura doméstica que abraza hasta el fondo el concepto de familia. Gigantesco.

          Es el turno de Zahara C. Ordóñez, que nos envuelve en Tres páginas por cada alma en una de las más poderosas historias detectivescas que hemos leído en este año. Qué corta se nos ha hecho con lo que estábamos gozando. Entre Galicia y “Teruel”, entre Málaga y el más allá… Nos ha cautivado de norte a sur, del ámbito forense al bibliotecario. Su puesta en escena es espectacular, sus personajes son redondos y muy atractivos, el desarrollo de la trama está pidiendo a gritos una versión filmada. El suspense atraviesa cada página y el terror asoma en cantidades exactas, jugosas; mención especial para El Libro como último representante de los grandes elementos estratégicos de la literatura de género. De obligatoria relectura. Brillante.

          Antes de lo previsto, relato con el que participa la privilegiada cabeza detrás de Orgullo Zombi, Andrés Granbosque, expande el espectro hasta la linde con la hechicería, la magia negra, la brujería y sus oscuros encantos. Con una espléndida presentación descriptiva, completada entre diálogos y construcciones muy próximas a la lírica, el universo zombi adquiere una dimensión tan lógica como lamentablemente poco explorada en estas décadas de fascinación por los virus de laboratorio, las sagas de acción frenética y las mutaciones inverosímiles. Este bocado de fantasía nos reúne con el aroma tradicional de las narraciones de mitad del siglo pasado, cuando todo aquello era campo y no asfalto, cuando había una fuerza sobrenatural concebida desde la artimaña mágica y sus escondrijos de seres fabulosos. La oscuridad también se acrecienta, el tono es sombrío desde la primera palabra y la angustia traspasa ciertos límites en los momentos calientes de la narración. Bravo, señor coordinador.

          El despertar de Vincent, firmado por David Bejarano Curtido, es una aportación tan concisa como necesaria al universo propuesto desde la propia convocatoria del certamen que resulta en esta maravillosa antología: Vincent es el paradigma zombi, el abecé de la mecánica de los muertos vivientes. Sus primeros pasos son tan previsibles como desgarradores cuando las lágrimas se mezclan con la sangre al ponerle cara al amor y miedo al acto imparable. Impecable. Vincent puede ser cualquiera, pero es Vincent.

          María Loreto Corbi escribe Una zombi bien educada con una soltura envidiable y una increíble constante humorística de principio a fin. Este texto se revela como una de las grandiosas sorpresas de la antología que nos ocupa: está tan bien escrito que asusta, golpea en la risa de forma original y única, sin exceso de clichés -bien manejados los deslizados- y con una cercanía situacional inquietante en estos tiempos pandémico-madrileños. Los resortes de la cultura popular y la tradición se suman a una actividad zombi muy lograda. Enhorabuena.

          Rocío Stevenson Muñoz nos enseña Cómo hablar con un zombi a través de una de las historias más ingeniosas y divertidas que hemos podido leer sobre muertos vivientes desde siempre. Su originalidad es tan poderosa como el increíble sentimiento de ternura que despierta la incipiente relación de amistad -o, al menos, de respeto; o, al menos, menos, de mutua y momentánea supervivencia- entre sus dos protagonistas. Este relato, que es todo un hallazgo, en el sentido más valioso del término, transciende el contexto apocalíptico y nos lleva hasta el ámbito de la comunicación -como máximo grado de humanidad, paradójicamente- y de las relaciones naturales. Ese magnífico “diálogo” merece una ovación cerrada. La introducción al ejercicio lingüístico truncado es igualmente digna de reconocimiento, con una prosa fluida y colorida. 

          Los Adán y Eva del Apocalipsis está firmado por Laura Mars. Eso es sinónimo de marcha. Nos lo hemos pasado en grande con su aventura en torno al mito creacionista de los primeros individuos en clave contrarreligiosa o, si se prefiere, en clave directamente contra-humana, dadas las circunstancias… ¡Un Ikea! La trepidante persecución clásica del género zombi está magistralmente dotada de guiños y simpatías que convierten el texto en una vibrante forma de conocer la actualidad en el universo de los muertos vivientes. La naturalidad del lenguaje empleado y la facilidad para argumentar las distintas fases de la narración son notables, a la altura del dorado broche de su línea final. El paraíso era tan terrenal como la vida misma. 

          Cuánta razón tiene Javier Santos Arellano: Siempre hay que mirar antes de cruzar. Su relato es lo más orgánico de toda la compilación que estamos reseñando: no se habla de zombis ni de cosas de zombis, se plantea el accidente post mortem desde un punto de vista mucho más inocente, tal vez puro. El envoltorio de rutina llana y simple es el gran confidente. El progreso de los acontecimientos es sigiloso y mantiene el dedo en el freno de mano en todo momento. La consecución terrorífica se naturaliza hasta el extremo y no se atisba hasta el momento más conveniente. Qué necesario y pertinente este ejercicio de desmitificación. Qué terrible lo factible que es acceder al espejo que nos entrega.

          No soy una cobarde es la proclamación que hace Diego Alonso R. en voz de su protagonista, que juguetea con el riesgo de las terapias de choque en pleno cementerio. La cultura nocturna rebosa las líneas y perfila una identificación del escenario absolutamente luminosa y reconocible. El contraataque del universo subterráneo es sumamente gráfico y fogoso. La adrenalina se mezcla con el horror en dosis perfectas. El resultado es admirable y muy gratificante, amén de la moraleja que abraza el punto final. Muy disfrutable.

          José Luis Pascual nos cuenta en primera persona en qué consiste el verdadero dolor instalado en ese eterno dilema entre la vida, la muerte y la implicación de felicidad relativa en una u otra. Ansia roja proyecta unas imágenes muy apetecibles, desde la carretera y el asalto definitivo hasta la imaginada secuencia de recuperación artificial a través del suero. La revelación última es una de las más crudas visiones del grueso de la obra. Mientras se recorre el salvaje camino entre el recuerdo y el presente hay tiempo para la burla, para el autoconocimiento y para la cuestión conyugal-familiar tras pérdida. Estamos ante un relato de gran profundidad que nos invita a su relectura y a la reinterpretación de determinados detalles que enriquecen sobremanera el ambiente que respalda la depurada técnica con la que se nos introduce en una auténtica pesadilla moderna.

          Veni, vidi, vici es el lema que Darío M. Urdiales ha otorgado al título de su relato y al mantra que lo trufa -de manera precisa, muy bien medida- cada ciertos pasos. Supervivencia y nostalgia de un pasado mejor en un escenario postapocalíptico que usa la verbalización de los queridos para asentar, como piedras de apoyo, la necesidad de fortaleza contra la rendición. La protagonista nos conquista con su valentía y su mirada desnuda. El recurso del diario personal contado a tiempo real nos resulta insuperable como técnica narrativa escogida. 

          Fran Castillo nos obsequia con el relato que queríamos: Cuarentena es la oportunidad perfecta para saciar todas nuestras pulsiones apocalípticas en la situación que nos atraviesa de lado a lado en este 2020. Andrés Ferrán somos todos. Su situación es la herencia de dos mundos: el ficcionado, supuestamente inalcanzable, y el real, tan crudo como todos sabemos. El beso entre ambos es idílico en forma y resultado, con pilares como la claustrofobia domiciliaria, la desesperación emocional y las medidas drásticas que, si bien podríamos compartir descaradamente, preferimos negarnos en ausencia de necesidad. El callejón sin salida está muy bien diseñado y nos resulta demasiado familiar. 

          La fortuna sonríe a los valientes es la propuesta de Raquel Pina Romeo, que reconduce el tópico romántico hasta límites insospechados en un planteamiento lo suficientemente fresco y lo suficientemente potable. Su trama es sencilla y su logro principal es el de jugar muy bien con el extenso abanico de posibilidades que nos ofrece el más allá después de la muerte en el marco en el que se inserta esta antología. La elección es acertada y la resolución en torno al reproche inicial y posterior invitación a una nueva vida compartida es más que agraciada. 

          Cristian Varela nos lleva a terreno hostil en Salta, de fuerte entramado rural y tono bélico, sacudiendo nuestra cabeza para hacernos ver que se puede hablar de muertos vivientes con bucolismo, militarismo y puro horror diurno. Somos devotos del lenguaje moldeado en pro de un registro honesto y ha sido un placer leer los vocablos esculpidos en cursiva. El doble plano de protagonistas contrasta sin molestias y permite la exploración de las entrañas no muertas con contundencia y dolor. Estamos ante un cuadro de otro tiempo que nos ha traído un fuerte olor a desolación. Indispensable.

            El primer relato invitado pertenece a la fabulosa Arima Rodríguez Vega. Proyecto Reditus inaugura la antología en su versión más ambiciosa. El experimentalismo biológico habitual en los círculos del terror zombi alcanza su máxima expresión en una reformulación de muchos de los lugares comunes del género y unas manos femeninas que todo lo manipulan, corrompen y ansían. No se nos ocurre mejor pistoletazo de salida a la horda de textos vivientes: rezuma buen gusto, reúne momentos geniales y atrapa en sus garras la desconfianza que gota a gota muta en horror, un horror que se desparrama sin compasión en un epílogo perfecto.

            Voodoo People y David P. Yuste, David P. Yuste y Voodoo People. Uno de nuestros autores de referencia vuelve a maravillarnos, esta vez con hilo musical electrónico, década de los 90, rituales haitianos, detallazos de su cultivada literatura urbana y oscuridad mágica y efervescente. Es un relato cremoso, con matices de obra de culto, con guiños a algunos de los más grandes productores naturales de leyendas negras. La cadencia y la intersección temporal de flashbacks, preliminares y notas al margen hablan de una magistral cobertura formal a una joya inmortal. Arte.

            Fase I, del autor invitado Miguel Aguerralde, se inserta en la altura intermedia del libro especialísimo. En él se nos presenta a Milo Doreste, el Villano de Orgullo Zombi con mayúscula. En una rabiosa actualidad escrita con la triste realidad como arma estilográfica, el monstruoso protagonista personifica el terror de manera sublime, excelsa. El gran personaje construido por Aguerralde devora todo halago posible en un panorama asimismo muy bien trazado, con unos secundarios firmes y relevantes y una insoportable peste a calma tensa que se desata a borbotones. Confesamos la predilección.

            Judit da Silva nos dice Adiós en un broche memorable a Orgullo Zombi. Su texto es la cara opuesta -y oculta- de Proyecto Reditus: nos hablan las víctimas del contagio, las vidas sacrificadas. Durante el angustioso ejercicio de tragar saliva procesamos la apabullante carga de sentimiento que humedece los cimientos de una de las más impactantes narraciones de la antología que concluye. Descorazonadora y potente, nos deja sin aliento y la piel erizada. Gracias, Judit.

        Nos despedimos con hambre de más, con la dicha de haber asistido a una colección de fragmentos del infinito imaginario zombi que no hacen sino honrarlo, amplificarlo y revitalizarlo. Muchas gracias por esta iniciativa, maravillosa en calidad, sentido, finalidad y presentación. Balbuceemos fuerte: ¡Orrrhgullo Zombi!

-Altavoz Cultural-

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