10 relatos de casas encantadas, Érica Couto-Ferreira

Algunas llevan tiempo deshabitadas, mientras otras son de construcción reciente. Pueden tomar la forma de castillos, casas solariegas, apartamentos diminutos o adosados de postín. Las hay habitadas por espectros, por vampiros y por recuerdos. En ocasiones, están vivas: ellas mismas asumen el papel de monstruo y acaban por devorar a los que cruzan el umbral.
Ellas son las casas encantadas, responsables de grandes momentos de la literatura de terror y protagonistas de estos diez relatos anglosajones. Diez casas distintas en apariencia e intención que están esperando a que llames a su puerta.
Edgar Allan Poe, «La caída de la casa Usher» (1839). Inaugura la lista uno de los cuentos fundacionales del género de casas encantadas. Una mansión se resquebraja mientras los últimos miembros del clan Usher agonizan. Locura y gusto necrófilo en un clásico de Poe.
Edward Bulwer-Lytton, «La casa y el cerebro» (1859). Este relato del barón Bulwer-Lytton sintetiza los principios de la filosofía oculta y de los saberes arcanos con las corrientes científicas de la época y, con ello, consigue una rara alquimia del horror. ¿Puede una casa funcionar como un gigantesco cerebro?
Joseph Sheridan Le Fanu, «La auténtica historia de una casa encantada» (1861). De este cuento victoriano de corte clásico destaco una característica muy poco victoriana: su final abierto. De los hechos sobrenaturales que experimenta la familia protagonista en una innominada localidad marinera solo queda el recuerdo de un misterio que no admite solución.
Charlotte Perkins Gilman, «El papel de pared amarillo» (1892). La historia de una mujer encerrada por partida triple, prisionera de una habitación, un matrimonio y una sociedad que la oprime, y que proyecta su necesidad de escapar en esa otra mujer que se mueve dentro del empapelado amarillo de su cuarto. Pasados ya más de 125 años de su publicación, sigue resultando terrorífico.
M. R. James, «La habitación número 13» (1904). A su llegada a Vinborg, en Dinamarca, un estudioso de la historia del protestantismo alquila el cuarto número 12 en una pensión. Nota, sin embargo, que, en el establecimiento, ninguna habitación lleva el número 13. Entonces, ¿qué son esos ruidos y esas sombras que una ventana fantasmal proyecta en la fachada del edificio opuesto? ¿De dónde proceden? ¿Y por qué, cuando cae la noche, en el pasillo se materializa una puerta que porta el fatídico número?
Edith Nesbit, «La sombra» (1905). Después de un baile, un ama de llamas cuenta a un grupo de muchachas una historia de su juventud. Sus dos mejores amigos contraen matrimonio. Se han mudado a una casa nueva y deberían ser felices. Entonces, en el hogar aparece la sombra, entidad líquida que se cuela a través de puertas y rendijas, y el espejismo de la dicha se disuelve por completo. Nesbit crea en su relato un nuevo tipo de intruso sobrenatural que, por su carácter amorfo, ubicuo e inasible, resulta mucho más terrible que sus predecesores decimonónicos.
M. P. Shiel, «La mansión de los ruidos» (1911). Mareante, intenso, perturbador: en este cuento, Shiel consigue provocar efectos físicos en el lector con sus vívidas descripciones de la terrible mansión en el océano.
H. D. Everett, «La pared susurrante» (1916). Durante más de un siglo y medio, en la vieja mansión de los Lovell se produce un fenómeno extraño: a lo largo de una pared del último piso, se escucha el murmullo de una voz, y el mensaje que transmite es distinto para cada oyente. ¿Qué significará eso que el joven Jack Lovell cree haber oído? Una historia que subvierte la idea del fantasma como residuo del pasado para proponer, en su lugar, un relato sobre los espectros del futuro.
David H. Keller, «La cosa en el sótano» (1932). Desde que era un bebé, el pequeño Tommy Tucker tiene miedo a la puerta del sótano. Sus padres no toman en serio su temor, pero ¿será cierto que algo se esconde allá abajo? En su sencillez, este relato espeluznante sirve de advertencia: que no creas en lo sobrenatural no invalida su real existencia.
H. P. Lovecraft, «Los sueños en la casa de la bruja» (1933). Algo extraño sucede en la antigua casa de Keziah Mason, una bruja que desapareció misteriosamente antes de que los jueces de Salem pudiesen ejecutarla. Atraído por su figura, el estudiante Walter Gilman alquila la buhardilla en la que, se dice, habitase la hechicera. Y lo inexplicable empieza a volverse tan real como la vida, tan oprimente como las pesadillas. Lovecraft ofrece una relectura de un episodio funesto de la historia norteamericana (los juicios de Salem) desde la perspectiva nihilista del horror cósmico, sin olvidar, por supuesto, convertir su particular casa encantada en un exponente de la geometría no euclidiana.

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