Celebración del esqueleto, Iván Fernández Frías

El verso es materia compleja para un elevado porcentaje de escritores. La terrible proliferación de mediocridad actual habla por sí misma. En un mercado atestado de inmediatez, números, intereses creados y poco rigor, el poemario bien hecho, esto es, sólido, redondo, resulta un rara avis.

Celebración del Esqueleto (Sar Alejandría, 2020) es modesto. Dicha cualidad es lo mejor que le puede pasar a un título de poesía en nuestros tiempos. Es modesto. No tiene pretensión escondida; es poesía, nada más, nada menos. Y es redondo, sólido, poemario de una pieza, de esos que lees del tirón y a los que te acercas por segunda vez desde un conocimiento interno que te permite desentrañar todo tipo de giros, sorpresas y deleites varios, tal y como sucede con películas compuestas por diversos y superpuestos niveles narrativos, llenas de interrelaciones que pasan desapercibidas al primer contacto.
Esa modestia de la que hablamos revela una bonita esencia de escritor: Iván Fernández Frías presenta Celebración del Esqueleto porque quiere y puede -en ese preciso orden-. Nada más. Se palpa el gusto, el disfrute, la espontánea elección de esa cita o de aquel título de poema; rezuma naturalidad, en el sentido más próximo al oficio -primero ocio- del escritor cero.
Ah, muy importante: para escribir poesía conviene (¡conviene!, ¡no es obligatorio!; ¡tranquilos, queridos superficialistas!) saber algo de la vida, del mundo, tener conocimiento, inquietud cultural y contacto con el arte. Un buen ejemplo de ello, recogido con tal de reforzar externamente la autodefensa realizada, es Anatomía de una mariposa, de Paula Moreno:
https://altavozcultural.com/2020/07/11/anatomia-de-una-mariposa-de-paula-moreno-la-carmensita-ed/
Celebración del Esqueleto desborda cultura, ciencia y arte y, haciendo gala de aquel gusto del autor por el collage de todo ello, logra una conquista soberana: contiene un Universo propio, incomparable, con escenas atisbadas en otros mundos pero nunca dibujadas con los mismos trazos ni los mismos tonos. Desde aquí nos atrevemos a afirmar que es la primera vez que nos topamos con un poemario que -paradójicamente tras ser escrutado su sentido argumental último- podría ser continuado, albergar una suerte de segunda parte, un desarrollo posterior geolocalizado en ese Universo presentado en estas páginas.
La estructura básica de la obra se dispone en tres partes o celebraciones: todos ellas son inauguradas con un poema homónimo que funciona como una quasi-presentación del bloque que encabeza. El primero de ellos consta de dicho poema y otros dieciocho; la segunda parte está constituida por el primerísimo poema y otros catorce; la tercera nos expone otros veinticuatro tras el introductorio. La microestructura responde al encabezamiento de los poemas con una cita, voz compartida por pensadores, escritores, artistas, personajes ilustres y genios singulares.
El estilo cataliza una contundente sensación de densidad: es necesario entrar con botas altas. A las citas encabezadoras les suceden una amplísima pluralidad de referencias propias de las artes, la filosofía, las ciencias… Los poemas manejan una extensión variable tendiente a una longitud considerable, en tanto que igualmente se desarrollan esplendorosamente hacia el margen derecho: los versos, despojados de rima en un altísimo porcentaje, se miden por palmos. El ritmo y la cadencia se asientan en un camino de piedras interno, interlineal.
Estamos ante un poemario nominal: la mención de las cosas se sitúa por encima de su descripción -en el mejor de los casos: posterior-; el discurso poético se construye desde lo sustantivo y discurre entre nombres propios, nombres comunes, nombres accesibles y nombres paridos de un imaginario que despliega sus alas para distribuir y ubicar físicamente el contexto de la acción. Sí, Celebración del Esqueleto es, además de nominal, vivo, activo, bélico por momentos, salvaje en cada rincón.
Entremos en materia:
Debemos comenzar confirmando su sinopsis: efectivamente, Celebración del Esqueleto supone un viaje espacio-temporal entre las palmas de la vida y la muerte, las cuales chocan a veces, se distancian enormemente otras y coexisten, simétricas, sobre el hombre en todo momento.
En el título seccional de la Primera Celebración encontramos la premisa principal en palabras de Rudyard Kipling: “Cuando esté la tierra enferma y los cielos grises, / los bosques podridos por la lluvia, cruzará el Muerto el día de otoño / para visitar a su amor de nuevo”. Es la gran apertura a la obra, la auténtica presentación.
El metadiscurso poético y la autoconciencia son llamativamente recurrentes: hallamos numerosas menciones al poeta, al poema y a lo poético; se dedica un poema a los versos -en el que el uso del recurso velador del paréntesis nos plantea un interesantísimo juego sobre latencias y diálogos narrativos- y la última composición de la primera parte del libro responde a Ni Rapsodas ni Poetas.
Esta denotación explícita de lo poético es la punta de una lanza tejida desde la alta frecuencia de empleo de otros tantos términos que dibujan la emotividad subyacente en el conjunto selvático, términos que suelen hallar un antónimo parcial, una antítesis también mencionada: rostro-recuerdo, instante-infinito, hombre / hombres vs. dios / dioses, vida vs. muerte. Este último binomio es, efectivamente, el gran protagonista de contraposiciones, paradojas y juegos estético-semánticos que secuestran el sentido del resto de acompañantes para enriquecer imágenes elementalmente situadas en la intersección de tal binomio, en ese quicio entre vida y muerte.
Avancemos en materia:
El primer poema comienza con la interpelación “Oh, tú”. El segundo -Me pierdo-, sin embargo, nos escupe el yo, el yo más despoetizado y carnal posible: es el yo más ivanesco de Iván Fernández Frías, no su voz narrativa. Está dirigido a Clara en el único caso de dedicación expresa de toda la obra, en el cual ella atesora el único sentido de “musa” que podemos observar en el grueso del poemario.
El tercer poema -Apuntes de España- supone la verbalización del terreno en el que, excepcionalmente, coincide la ubicación del narrador con la de lo narrado, donde concluyen el autor y su personaje desdoblado, verbalización que contextualiza ciertos instantes posteriores de la acción. Rimbaud y Goethe emergen como las dos figuras más reiteradas en este primer bloque; se suceden las referencias a la mitología y se introduce el múltiple juego estético a través de poemas como Espasmo.
La segunda parte, la Segunda Celebración, arranca igualmente con un feroz “Tú”. Crece el empleo de términos latinos y griegos y el sentido de origen, apoyado especialmente en las primerísimas civilizaciones, desprende numerosos símbolos que entroncan con un tono más bélico, en pie de guerra, en constante alerta y dispuesto a la batalla por la supervivencia. Cómo te sueño la composición rupturista de este bloque: más allá de su posible interpretación como sublimación de Me pierdo, resulta un remanso de paz, de descarga en el otro, de pausa para hablar de y con la persona que inspira esos versos.
En esta Segunda Celebración encontramos Las edades del hombre. Las cuatro estaciones expuestas como las etapas vitales son el centro neurálgico de Celebración del Esqueleto incluso si dejamos al margen el hecho tampoco menor de que esta composición se halla en el centro estructural de la obra.
La Tercera Celebración se presenta con un “Miles!” y concluye en su primer integrante con “Muerte”, en mayúscula. La nominalización y la enumeración se revolucionan enormemente y el caos flota hasta rebasar las páginas. El carácter didáctico, filtrado a modo de fábulas, cuentos, enseñanzas y moralejas, contrasta con el nihilismo creciente hacia el que camina inevitablemente el discurso poético y con una ya sonora, casi estridente, confesada añoranza de libertad. Se multiplican exponencialmente las exclamaciones y las interrogaciones que desde luego podemos abrazar a lo largo de todo el texto.
Tres poemas roban a nuestros ojos buena parte de su atención: 1) Movimiento y repliegue, 2) Once esmeraldas y 3) Cuaderno de bitácora. 1) el culmen de la denotación, atravesado por dos gigantescos YO y SER. La nota apostilladora cuenta algo, no todo. Escogerías este poema para ilustrar la obra. 2) la descripción dantesca que completa el cosmos narrativo. 3) la agitación definitiva del Yo, la última huella del ego. Todos capitales.
El poema que cierra el libro es Y con las ruedas rotas y debe su esencia a la propia cita introductoria, esencia repartida en cada línea, por supuesto en el final:“Y con las ruedas rotas y lo demás, fue un viaje duro, Sobre caminos retorcidos como tripas de chivo” -Ezra Pound (Carta del Exiliado). El Esqueleto ha completado su viaje, ha completado su obra; se ha completado a sí mismo. Sus últimos versos, o lo que es lo mismo, los últimos versos del libro -“Que el precipicio es la vida / y la vida está rota”- clausuran el salvaje trayecto a pie de precipicio, a pie de vida, a pie de grieta, a pie de salto…
El primer sentimiento tras doblar la última página es de plenitud, de angustia muda, de sonrisa salpicada de lágrimas, es midsommariano. Celebración del Esqueleto nos regala un pedazo de nosotros. Pasen y lean.

Ferki López
-Altavoz Cultural-

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