Bajo esquirlas de hielo, Sheila Carnero

Por Roomie Ediciones

Sheila Carnero nos ha dejado helados, congelados con una de las obras más apasionantes que hemos leído en los últimos años. La prodigiosa ilustración de cubierta de manos de Andrea Marquina hace justicia al altísimo grado de calidad que atraviesa la obra desde su contenido hasta su continente.

Dividido en tres grandes bloques, separados por dos fundamentales interludios y rematados por un brillante epílogo, Bajo esquirlas de hielo cuenta en sus cuarenta y seis capítulos una trepidante historia de adrenalina gélida, de fuego enérgico, de aventura clásica convenientemente actualizada sin perder la solera de los opulentos ilustres.

La primera parte -Nieve- se compone de quince capítulos. Los ocho primeros se entrelazan uno-a-uno para presentarnos a dos bandas a Tayllon y Riaza, los grandes protagonistas de la trama. Como temas fundacionales del conflicto se tratan el enrevesado mundo de los medios de comunicación y la prensa escrita y el complejo ámbito sociofamiliar. Los egos, las oportunidades profesionales y las balanzas vitales entre pasado y futuro dibujan las hechuras de ambos personajes, que, enraizados en Kimber, dirigirán su pasión hacia el mayor reto de sus vidas: el encargo de cubrir in situ el panorama desolado de Wermon en el quincuagésimo aniversario de la Gran Nevada.

Se narran los caminos de nuestros intrépidos documentalistas hasta su encuentro en el capítulo Nueve. La mitología que envuelve Wermon, parcialmente destapada en un artículo que lee Tayllon durante su viaje en ferrocarril, y la premisa a la que se aferra el propio viajero -“Un viaje al pasado, cuando la tecnología era algo extraño y el mundo aún se regía por las leyes de la magia”- nos dan las claves del mundo tan especial que les aguarda allá, lejos, tanto como para sentir que se dirigen hacia un agujero temporal que se enquistó, hacia un enclave que no evolucionó y que, precisamente por ello, pertenece a otra época. 

La construcción de la galaxia gráfica de Sheila Carnero es fascinante en todas sus coordenadas. Las increíbles descripciones, los contrastes urbano-fantásticos y la elegancia narrativa, así como los geniales guiños léxicos desde Escarcha hasta Boreal, nos avisan de una configuración estilística inconmensurable.

Si los ocho primeros capítulos funcionan como una especie de preludio, el noveno es el gran chorro de luz sobre los coprotagonistas, que se conocen en persona en una genial conversación llena de humor e ironía provocados por el tremendo contraste de sus caracteres, sus ambiciones y sus experiencias -como un choque entre dos trenes o, más bien, como un choque del tren de Riaza contra la señal de Stop de Tayllon-. Queda dispuesta, extendida la acción que se nos viene encima como un alud de ritmo imparable.

El décimo episodio adereza el enjuague de la magia y la investigación, del rigor y las leyendas más heredadas. El equipo de trabajo se pone en marcha, con su ya mencionado dispar modus operandi y su mucho más dispar modus vivendi: una joya de binomio que entretiene, seduce y alerta. El punto de fuga, la artística Maelia -reverso de Riaza- regresa a escena tras unas cuantas páginas muteada en el Trece. Para entonces el misterio ya se ha apoderado de la atmósfera que baña Teán -asentamiento de nuestros queridos periodistas-, canalizado por el comportamiento desconfiado -por decirlo suavemente- de los lugareños, hartos de ser acosados por la búsqueda de respuestas al suceso más negro -oscuramente blanco- de su historia. 

Agotamos los últimos pasos de esta primera quincena sumidos en los crecientes aires detectivescos y toda la tensión que ello produce -catapultada personalmente por otra feroz discusión de las amiguísimas, que sirve como mecha predecesora de la gran bomba que explota en el Quince-. La leyenda supera las pueriles expectativas de Tayllon, la leyenda desprecia la rancia incredulidad de Riaza. Rodeados de unos secundarios de lujo maravillosamente perfilados desde los primeros capítulos, los párrafos finales de la primera parte de la novela tienen nombre propio muy poco secundario: Novo Lepad.

Llegamos al primer Interludio, cuya inscripción reza “Sesenta años antes”, y cuyo nombre mencionado apenas un par de líneas arriba absorbe nuestra atención en gotas encantadas, clima político-social asfixiante -nos encanta que haya signos de confrontación tan “reales” en contextos aparentemente muy ficcionados- y una relación personal clave para el devenir del argumento central sujeto al acontecimiento que diez años después de esta suerte de flashback/spin-off se desencadena sobre las cabezas de unos y otros. Como bien dicen por ahí: detrás de todo gran hombre hay siempre una gran mujer. Volvamos al presente de nuestros helados Tayllon y Riaza.

Abrimos la Parte II -Hielo-, conformada por otros quince capítulos, con un Dieciséis espectacular, que engloba todo lo que nos espera: realidad difuminada, inmersión fantástica, muchísima presión -mención aparte para el fascinante modo de Sheila de narrar las angustias físicas- y un terror fresco y grácil. Lo estamos pasando como enanos, oiga. Pero emerge la palabra “muerte”, en el Diecisiete. Un escalofrío recorre nuestra columna mientras leemos acerca del común debate sobre lo que implica y si hay o no algo más. No nos da tiempo la narradora, que nos devuelve a la escena viva, fundida en oscuridad y contagiada ya de un sentido de supervivencia que llega a su máxima expresión entre cuerdas y monstruos de escarcha que anteceden la gran aparición.

La acción se agiliza dotada de astucia, contundencia y exhibición de seres extraordinarios. No-Wermon tiene su propia -y muy apropiada- fauna, su propio ecosistema lejano al tiempo y al espacio exteriores a su gélido y grotesco contorno. Se trata de un mundo dentro de otro mundo, cuenta con una fiel comunidad devota a su legendario representante y busca aunar fuerzas a favor de la paz. El tono sectario se mezcla crudo con detalles francamente graciosos y originales que hacen de la presentación en sociedad de nuestros periodistas capturados un auténtico desfile de matices y gestos. Recuperamos a Atmon como uno de los pilares de la historia en el momento más demencial de nuestro recorrido: a punto de pócima y a fin de pelea multitudinaria y consecuente huida. El término ‘fuego’ se nos introduce sigiloso y Maelia vuelve a primera fila.

Los últimos capítulos de Hielo nos muestran una genial lucha por la supervivencia en mitad de la nada en un laberíntico bosque maravillosamente pintado por la autora, que nos introduce el siguiente elemento en la escalada hacia la simbología definitiva a través de la propia piel de nuestros protagonistas: Riaza vira su humanidad hacia otro hermoso -y poderoso- homenaje a la naturaleza, hacia ese nombre antes delatado que hará que más de un lector se derrita de admiración.

Acudimos a los hechos ocurridos cincuenta años antes en el segundo Interludio para asistir a uno de los más asombrosos bailes entre destrucción y creación que recordamos: Novo Lepad se erige como la gran figura en el punto intermedio entre ambos procesos. El grandioso evento cuya sombra nos persigue desde el principio de la obra no es sino el bautismo de un antológico dios que se eleva sobre una original civilización naciente. Es impresionante cómo Sheila nos ha llevado de la mano hasta un lugar absolutamente inhóspito, y no solo nos referimos al aspecto físico, sino a la noción de desorientación temporal que nos inunda: Wermon desde Kimber, No-Wermon desde Wermon, pero ambos desde un salto en el pasado de unas cuantas décadas. Magistral. Intentemos salir.

La tercera y última parte de la novela -Fuego-, compuesta por diecisiete capítulos, significa el apoteósico desenlace forjado a golpe de magia, tanto en sentido personificado -con una vuelta de tuerca brutal sobre el eje de uno de los personajes- como en sentido continental, esto es, en la forma de desarrollarse el universo creado como un ente despierto y cuasiautónomo. El ansiado trofeo en forma de súper reportaje se ha quedado minúsculo.

La disposición de la acción en planos simultáneos con un reparto dos-a-dos del peso de los personajes vuelve a ser un recurso tan inteligente como bello narrativamente para aglutinar sucesos eslabónicos hasta el gran reencuentro. La acción es de primerísimo nivel entonces y se mantiene a la altura de las expectativas generadas a lo largo del recorrido que ha dejado atrás. La perfecta definición de los personajes sostiene su identidad incluso en los momentos más caóticos y conflictivos.

El clímax alcanzado bajo esquirlas de hielo es toda una proeza de la Literatura de género: si bien reúne reminiscencias de otras grandes lecturas y comparte parcialmente el imaginario destinado a la confección prototípica de éxtasis y calma en contextos de lucha y posterior bajada de pulsaciones, este final no se parece a ningún otro ni siquiera en un porcentaje considerable como homenaje, halago o simpatía hacia nada externo a estas páginas. La obra se hace un homenaje a sí misma concluyendo de forma tan excelente.

Nos despide un Epílogo de subtítulo “Seis años después”. Confesamos nuestro agradecimiento a la autora por haberse tomado el espacio necesario para aterrizar los sentimientos y dejar margen a la reconstrucción del pulso normalizado sin prisas innecesarias por querer finiquitar la novela. Hay que saber acabar con la misma suficiencia con la que se ha elaborado el argumento. El Epílogo, decimos, es bellísimo y fiel a los ingredientes principales de la obra: emoción, vitalismo y permanente acción -explícita o implícita-. Deja hueco, además, para una fatídica y dulce promesa. No dudéis en emprender el camino hasta averiguar cuál es, os aseguramos que valdrá mucho la pena.

Desde Altavoz Cultural deseamos trasladar un fortísimo aplauso para Roomie por abarcar con sus brazos este tesoro de la Literatura presente y futura; nosotros ya deseamos que nuestra hipotética descendencia -en al menos dos generaciones- lo entienda y disfrute como lo que es: todo un clásico de altura para, al menos, otros cincuenta años. 

Muchísimas gracias, Sheila, por este generoso regalo al mundo.

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