Antología Hogareña, La Carmensita

      

  Bienvenidas, queridas amigas, a casa. Altavoz Cultural os agradece de corazón prestar vuestros ojos a estas líneas, posar vuestras pestañas sobre estos renglones, escudriñar, con todo mimo y, por supuesto, con la curiosidad más infantil, el santuario en que han convertido Irene y Lana este espacio gracias a su nueva y hermosa contribución al jardín editorial que por manos de las autoras no cesa de crecer. Irene y Lana, prólogo y portada, las dos grandes P que constituyen los cimientos de la gran H como ellas mismas constituyen con su Literatura y su Arte ese gran Hogar que es para todas La Carmensita. 

        Cuando descargamos el libro en Lektu lo primero que nos encontramos es la portada. Lana, que es la creadora, tiene una sensibilidad especial y es capaz de transmitir mucho con sus trazos. Da sensación de calidez, calma y, si cierras los ojos, puedes oler tu hogar. 

        Deslizamos y nos adentramos en la antología. Lo primero que tenemos que destacar en cuanto a su diseño es que cuando La Carmensita hace cualquier cosa, la hace con todo lujo de matices y con un amor inmenso. La antología está plagada de pequeños detalles en la maquetacion y la edición que la hacen original y estupenda. Han trabajado esta antología como si fuera un trabajo para impresión y distribución, llena de geniales destellos artísticos.

        Una frondosa comunidad de veinte poemas ordenados conforme al seguimiento alfabético del nombre de pila de las autoras firmantes -cada una dibujada por una breve biografía encabezante de sus versos- visten el centro de mesa de una potente lumbre poética de veinte almas y muchas, infinitas, comensales. Alternadas las presentaciones entre títulos elegidos con los dedos y primeros versos que cosen su sombra, las plumas se turnan para completar un indispensable catálogo de poética interior. Este es vuestro hogar.

        “Será etimología para alguien” es la bellísima rotura de hielo de Alba Correa: desde lo hondo del agua más grande a la pulpa del alimento más orgánico, la memoria. La primerísima autora nos deshace con una nostalgia aún no vivida, con un abecé de restos que se cuecen, lentos, en la cocina que siempre querremos visitar. Alba nos da los buenos días con el mejor desayuno posible para una antología de poesía: el alma cruda.

        La expropiación de lo propio es el segundo cuadro de esta habitación: Beatriz Morales Fernández nos regala la potencia de la palabra, que todo lo llena, y la valía de la ausencia, tan necesaria para el (re)surgimiento de la fonética sobre la mudez correcta e inquisidora de lo establecido. El intimismo alcanza una nueva cota en la reconstrucción de un yo libre y natural que huye del hogar dado para formar el propio. Altos versos.

        Carla Santángelo nos propone a continuación el precioso ejercicio de la Contemplación: la que nos ofrece la ventana, la que nos devuelve el espejo, la que nos escupe el dolor, la que nos obliga la soledad. Carla nos retuerce en los puntos cardinales que orientan una habitación con vistas a la violenta imagen del reflejo despreciado, por cotidiano, por terriblemente cotidiano e inmóvil. Resulta increíble su dulzura en medio del fuego.

        Habitar es el grito de Carmen Macías que absorbe en un solo golpe de voz el eterno pasado y el presumible provenir, trazados como ambos bordes de una misma senda hacia la casa de las cajas y desde la piel de los padres. La densidad de las imágenes colma el espacio poético en unas coordenadas amables pero afiladas; nos atraviesa algún suspiro.

        “La forma en que mi abuela riega sus hortensias” inicia una oda espectacular de Celia Sanjuan a la abuela de todas y todos: simplemente gracias, poeta. Nunca nadie escribió los versos más acertados sobre nuestras abuelas y sus creaciones de raíz y tallo con la savia con la que lo has hecho tú. Pura vida, puro amor, pura naturaleza: la madre de los otros dos. 

        Chus Álvarez -leída y aplaudida ya en la casa del altavoz; ¡brava!- nos muestra su Inventario: el de toda una vida, el de todo hogar amado, rechazado, reconstruido y conmemorado desde la angustia y el placer. El primer paso para avanzar también es el primer paso para alejarse. La distancia a veces nos salva por deseada; la distancia nos dota de perspectiva y la perspectiva nos asienta en un plano necesitado de nosotros. Qué importante es irse sin dañarse o irse para dejar de hacerlo. 

        “Los espejos de esta casa” refleja el punto de partida del elogio de Cristina Molina al desgaste: partimos de la humedad para alcanzar las fresas, el fuego y la sal. La revisión del hueco vital nos apremia hacia una búsqueda de hambre saciada con sílabas de nuevo sol. Su algidez se inscribe en su tan medido ritmo, en la cadencia de un trayecto con un destino poderosamente remachado.

        Jimena García Miranda escribe Sangre con los ojos cerrados: no necesita más que palparse para, con arena y mar, edificar un tiempo confinado entre las ocho y las nueve, entre el verano y el infinito de las niñas de vestido blanco. Su llegada a la caricia y la resultante satisfacción ha sobrevivido a la corriente, al azote de la inmensidad sobre el grano: es el Amor y somos nosotros, esos hijos de la playa que lo reciben y lo hacen suyo mientras nuestra juventud salta hogueras. Huele a Valencia en Badajoz y qué rico.

        “Tengo el pecho lleno” nos confiesa Laura Navia para introducir en nuestros huesos una suerte de continuación indirecta del canto anterior: el fuego es conservado -más aun, ¡avivado!- en la anatomía que trasciende los materiales de la carne para ser nido natural y refugio absoluto. La casa se ha instalado en el poso de la libertad y el pájaro es ya una extensión de nuestra crisálida.

        Los sueños son una ventana es el excelente título del aún más excelente poema de Leslie Ramos: tres generaciones cortadas por el hacha de la oportunidad en contextos tan diversos como complementarios, cuya transición es oscurecida por la historia y su mala costumbre de privarnos del mar, de arrebatarnos nuestros derechos más orgánicos y después culparnos de todo cuando no aceptamos la disculpa tardía. Qué bonita e inspiradora sentencia la que borda el último verso. Cuánta grandeza esparcida.

        Bordado febril es la rebelión de Loreto Cé: aúna tacto y voz, verso y costura para reclamar la legítima expresión en esos agujeros negros que sufren erupciones cutáneas al oír según qué timbres, según qué… Las labores son reivindicación del lenguaje y la comunicación: dos universos hermanos que encuentran en las manos de la autora el abrazo perfecto entre derecho y alzamiento. Todo un himno inmortal.

        …pero regresa, M. J. Ceruti, regresa siempre a nuestra mirada: te leemos en prosa, en miedo, en fantasía oscura, en poema redondo. Y qué bien. Otra vez. Nos hablas aquí de volver -ese verbo tan tatuado en la espalda de la poética universal- y nos hablas del gran viaje de doble sentido: origen y fin, con escala en aquello que fuimos, conocimos y dejamos. Ese es el otro verbo. Linda composición, tan humanísima. 

        Retales de porcelana es lo que nos concede Marta Rovirosa: un réquiem de la autopreferencia en pro de los demás -y sus necesidades, antepuestas a las nuestras-. La casa aquí está derrumbada, el hogar es la resistencia a ser escombro y polvo. Aunque sea por los otros, aguantamos de pie. Quizás hogar implique darnos de sí -valga el juego afirmativo-. Poema rupturista adecuadamente asumido. Enhorabuena.

        Naia Estibaliz nos dice lo que hay que hacer “Al erguir las paredes de un hogar”: su brevedad es la de una postal para quienes llegan detrás, un tesoro portátil. Sus indicaciones engloban una calidez sublime y una claridad sincera. Apetece colgarlo en todas las puertas de entrada. 

        Pilar Morales Herrera -¡orugui, lindura! (perdón, cosas altavocistas)- expone bajo una creatividad visual y léxica sobresalientes un N u n c a  J a m á s apadrinado por Naza Díaz. Se confirma como una de las piezas más feroces en forma y mensaje, un desgarro por crecimiento y conciencia, una delicia de doble dimensión materno-filial que trasciende la mitología femenina del cuerpo desarrollado y la pulsión del rechazo a la penumbra. Se nos encoge el estómago y nos abruma la admiración. 

        El letargo de una vida pertenece a Rebeca Fernández Román, fotógrafa del costumbrismo más descolorido: canas y pieles tersas comparten el dibujo de la jornada que entraña melancolía y papilas saladas. La belleza recorre cada milímetro del umbral para conquistar nuestro interior y retratarlo con una similitud prototípica -casi calcada- de hogar a hogar. Sería el perfecto poema para dar la bienvenida a cualquier localidad a pie de esfuerzo y vista de horizonte largo y nevado. Qué emocionante y familiar, Rebeca.

        Las mujeres anteriores a mi vida lleva la rúbrica de Sofía Guardiola -otra pluma reconocida por esta casa-: su deuda con la tierra alimentada por las experiencias de las mujeres que la precedieron es una enseñanza vital incomparable. El terreno abonable ha sido antes sótano de sueños, promesas e igualdades. Nos conquista su olor. El hogar es aquí un cúmulo atemporal de esperanza y recompensa.

        Niña, las papas es la propuesta de Sofía Martín: y arte nos desbordó. Qué manera de ilustrar lo cerca que está la poesía de la música, qué forma de hablar de puro hogar sin explicitarlo. La conversación poetizada es alta cocina al alcance de unas pocas privilegiadas de talento cinco estrellas y desparpajo del que no te enseñan en un curso de escritura creativa. Ole, ole y ole, ‘niña’. 

        “Es difícil alcanzar la velocidad de un segundo” corresponde al primer verso de Sara Olivas: los ojos se inyectan en sangre y el salvaje gusto por la justicia rompe la armonía generalizada -que no alegre- para subir tres tonos rojos más la reivindicación de la libertad, la necesidad de estocada al pecho de la figura opresora que hace del hogar todo lo contrario a su esencia más amable. Poesía de batalla lo llaman. Nos sirve, pero es algo mucho más importante. 

        El retrato de Vega Latorre Fuertes concluye la serie antológica en la vigésima lumbre de cinco letras. El arte adquiere ahora la metaforma y nos transmite su propio universo a modo de hallazgo-casi-espejo. La salpicadura es la respuesta a un diálogo que acaba en mancha, una larga y profunda, una con nuestro rostro. Qué buen remate: perpetúa la aspereza releída.

        La antología aquí comentada ha ocupado, queridas amigas, a estas horas en que leéis nuestras palabras un lugar único en nuestra estantería: la hemos impreso y encuadernado. Es un pequeño gesto cuyo significado no pretende ser más ni menos que otros modos de honrar el espléndido hogar que hemos conocido desde la A hasta la V, desde la intimidad de cada una de las mujeres que nos han hecho partícipes de la máxima expresión de su sensibilidad: la poesía hecha casa, nido, refugio, renacimiento y flor. Siempre gracias.

Altavoz Cultural

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