Poéticas de lo ajeno: Formas de ser y decir, por Paula Moreno

I’d rather live in London than anywhere in the world

Sylvia Plath 

Poesía es la unión de dos palabras que uno nunca supuso que 

pudieran juntarse, y que forman algo así como un misterio

Federico García Lorca 

A high angle shot of a quill pen on an old book covered with dried flower petals

Es febrero de 2020 y me voy de viaje a Norfolk con mi universidad. La idea del viaje es que las chicas de la carrera podamos pasar unos días de retiro en el campo para trabajar en nuestros proyectos finales, leernos entre nosotras y tener una semana de “serenidad y concentración” tal y como indica el email que el coordinador de nuestro grado nos envió previamente. La realidad es que casi todas nos encontramos sofocadas y la idea de salir de la ciudad, pasear por el campo y leer poesía frente a una chimenea parece algo llegado desde el cielo; un respiro para las rutinas londinenses rebosadas de trabajos precarios, nuestro último año de carrera, alquileres imposibles y horas interminables en el metro. 

Es lunes 24 de febrero y J. y yo quedamos en la estación de tren de Blackheath para ir juntas a King ‘s Cross, donde vamos a encontrarnos con el resto de compañeras de clase y con los profesores que nos acompañan en el viaje. En el centro de Londres siempre llegas tarde y siempre tienes prisa, a veces falla la tarjeta del metro o el tren se adelanta 30 segundos y se cierran las puertas en tu cara. J. y yo somos expertas en movernos por el mundo subterráneo que existe debajo de Londres y con bastante frecuencia nos denominamos “ratas de metro”. Son las dos de la tarde, nos hemos entretenido demasiado en Gail’s (nuestra cafetería de confianza al lado de la estación) y entre tazas de café, cigarrillos y charletas nos quedan 3 minutos exactos para bajar al andén correcto y subirnos al tren; todo esto con las maletas, los bolsos, los capuchinos para llevar y la colección de libros, cuadernitos, horquillas, llaves, monedas, tickets y demás objetos pequeños y molestos que hemos esparcido por toda la mesa de la terracita de Gail’s. Corre, suda, aguanta la puerta, que voy detrás, risas, siempre estamos igual, a partir de mañana salimos cinco minutos antes, a ver quién se lo cree. 

King ‘s Cross es una de las estaciones centrales, es enorme e intimidante, pero tiene cierta belleza. Al llegar nos encontramos con E. y V. (amigas) y otras compañeras (acquaintances), también con los profesores, listos para repartir los billetes de tren y darnos las instrucciones pertinentes. En King’s Cross es donde se encuentra la famosa plataforma 9 ¾ de Harry Potter y hay una fila interminable de niños y adultos esperando ilusionados para hacerse la foto con los distintos objetos disponibles que certifican su entrada en Hogwarts: la carta, la varita mágica, la bufanda, las gafitas redondas, etc. J., E., V. y yo nos reímos de ellos: these tourists, am I right? Al poco nos subimos al tren y después de un par de horas llegamos a King ‘s Lynn, un pueblito pintoresco donde debemos esperar a que nos recojan los taxis para llevarnos a West Lexham, el sitio donde vamos a quedarnos.

Decidimos desperdigarnos e ir a buscar algo para comer y quedamos con los profesores en reunirnos en la estación dentro de una hora. J., E., V. y yo nos aventuramos a pasear por el pueblo hasta que damos con una cafetería y entramos a reponer fuerzas. Todas pedimos un café y un pasty y la señora nos cobra 8 libras en total. Le recuerdo que no solo hemos pedido los cafés sino que también nos tiene que cobrar la comida y me responde con una sonrisa: “claro, 1 libra por cada café, 1 libra por cada pasty”. Nos quedamos un poco estupefactas por lo barato que nos parece y entre risillas le decimos: “sorry! We’re from London”. Mientras pagamos me quedo pensando en esta frase. No hemos dicho venimos de Londres, hemos dicho somos de Londres; J., nacida en Hampstead (norte de Londres) pero nómada desde su infancia entre Cheltenham, Gales, Montpellier y Belfast; E., nacida y criada en Atenas, V., romana, y yo, andaluza (andaluza primero, gaditana después y española por último). ¿Hasta qué punto somos de Londres? 

Me planteo esta pregunta durante varios días mientras estamos en West Lexham. Los días en el campo son maravillosos: escribimos todo el día en la sala común, leemos en alto, bebemos vino y jugamos a las cartas y a charades, charlamos y salimos a pasear continuamente. La belleza de los paisajes y de las compañías me desborda absolutamente y paso unos días bastante productivos reflexionando y escribiendo mucho. Una de mis compañeras y yo decidimos ir paseando hasta el lago una mañana muy temprano y se convierte en nuestra rutina; hasta ahora no hemos tenido mucho trato pero nos damos cuenta de que tenemos conversaciones bastante entretenidas y que nos gusta pasar tiempo juntas. Ella es eslovena y lleva en Londres casi tres años, igual que yo. Cuando le pregunto por su tierra y su idioma ella me dice que se siente más de Londres que de su ciudad natal y que ya ni siquiera piensa en esloveno, sino en inglés, que todo lo que escribe es en inglés y que solo habla su lengua materna con su familia. Me parece inmensamente triste, pero no se lo digo. 

Durante días sigo dándole vueltas al tema. Londres es una ciudad que te absorbe, que te despoja un poco de quien eres. Pienso en mis formas torpes de reclamar mi andalucismo en los espacios donde me expreso: en mi escritura, en la casa que comparto con una chica australiana y otra británica, en mi necesidad de no eliminar del todo mi acento cuando hablo inglés. Un chico me dijo una vez que pensaba que era británica por un mensaje de voz que le envié y eso me molestó profundamente; “tengo que asegurarme de que mi inglés siempre es un poco torpe, un poco ajeno”. Hace dos años odiaba esta ciudad, me arrepentía a diario de haber venido aquí a estudiar y escribir en inglés los trabajos de la carrera me resultaba tedioso y deshonesto; sin embargo, cuando por fin me asenté y comencé a construir mi vida aquí las cosas cambiaron hasta el punto de que empecé a escribir en inglés inconscientemente y a explorar otras maneras de expresarme que hasta ese momento no había descubierto. 

Pienso en todo esto mientras trabajo en mi proyecto de poesía que debo entregar como TFG en unos meses. En la sala común estamos todas en silencio trabajando pero aún así me distraigo demasiado y decido irme a la habitación de al lado, donde no hay nadie y puedo sentarme frente a un ventanal inmenso por donde entra una luz de tarde intensa. Parte de mi proyecto son ensayos personales que escribo a partir de la figura o textos de algunas de mis autoras favoritas; uno de ellos está centrado en Adrienne Rich y quiero terminarlo antes de que acabe el día. Hace no mucho leí su poemario El sueño de una lengua común y me obsesioné profundamente con algunas de sus ideas, especialmente con el poema “Power”, sobre Marie Curie, que termina con los siguiente versos: 

She died a famous woman denying 

her wounds 

denying her wounds came from the same source as her power 

Murió famosa negando 

sus heridas 

negando 

que sus heridas provenían de la misma fuente que su poder 

(Traducción al español por Patricia Gonzalo de Jesús) 

Estos versos se quedaron estancados en mi cerebro desde el momento que los leí. Releo el poema y comienzo mi ensayo con el siguiente párrafo: 

I read a book of poems not long ago and it’s stuck in my throat. 

Power was the first line. I felt it like an incomplete geography of a 

soul; like some kind of symptomatic nostalgia released through the 

pages. There were some verses about Marie Curie, they said […] 

(Traducción): Leí un libro de poemas hace no mucho y está estancado 

en mi garganta. La primera línea era Poder. Lo sentí como la geografía 

incompleta de un alma; como un tipo de nostalgia sintomática 

liberada entre las páginas. Había algunos versos sobre Marie Curie, 

decían […] 

Antes de darme cuenta, el ensayo comienza a metamorfosearse en versos, las ideas comienzan a vertebrarse por sí mismas y al cabo de una hora termino un poema generacional de cuatro páginas en el que disecciono diferentes partes de mi familia como un árbol genealógico poético, como una cartografía (titulo el poema “Cartographies of a family”). Lo releo varias veces y me resulta lo más sincero que he escrito hasta el momento, pero también algo extraño, como si lo hubiera escrito otra persona. Soy consciente de que es algo bueno, pero, sobre todo, de que es algo honesto, lo más honesto que ha salido de mí, y sin embargo durante varias horas me apetece borrarlo. Le pido a mis amigas que lo lean, edito algunas puntuaciones pero ninguna palabra, quiero dejarlo intacto porque ha nacido por sí mismo, nadie lo ha creado, nadie tiene derecho de tocarlo y eso, inevitablemente, me incluye a mí también. 

Días después estoy de vuelta en Londres y llevo el poema a mi reunión con mi tutora; me pide que le explique su origen y le cuento la historia de Norfolk y las reflexiones sobre lugares, idiomas e idiosincrasias que me acechan estos días. Siempre que escribo poesía me resulta como encontrarme en una especie de trance, es algo primigenio, intrínseco a mi persona, la mejor forma que tengo de conocerme y expresarme; sin embargo, cuando escribo en inglés suele ser una fabricación estética, o una traducción de un texto en español. Esta vez no ha sido así. Esta vez he accedido a sentimientos e ideas a los que no había sido capaz de acceder desde mi lengua materna. Pienso de nuevo en la anécdota de la cafetería en King ‘s Lynn, we’re from London. Quizás sí hay una parte de mí irrevocablemente transformada por esta ciudad, quizás si hay una parte de mí que ha despertado al vivir aquí, al relacionarme en inglés y, sobre todo, al escribir en inglés. 

A principios de marzo de 2020 realizo en mi clase de Artist and Text una presentación sobre una novela que me ha impactado profundamente, Dictée (1982) de la autora coreana Theresa Hak Kyung Cha. Dictée es una novela experimental escrita en cuatro idiomas: inglés, mandarín, francés y coreano, y trata distintos temas como la feminidad, la guerra o la disociación geográfica y las implicaciones que el lenguaje y, sobre todo, el idioma tienen en todo ello. Cha escribe sobre diferentes mujeres: la revolucionaria coreana Yu Guan Soon, Juana de Arco, Deméter, Perséfone, Teresa de Lisieux, su madre Hyu Soon Huo y ella misma. El tema que relaciona a todas estas mujeres es que son luchadoras a las que sus naciones han herido y distorsionado de alguna forma. En un pasaje Cha describe cómo su madre, una de las primeras refugiadas coreanas en una aldea china, fue forzada a despojarse de su lengua materna y a hablar mandarín; este proceso es descrito en el libro como si su madre tuviera un hierro ardiendo en su garganta, una opresión tan primitiva que la víctima pierde su voz, sus ideas, sus emociones y su identidad. La mezcla de idiomas en esta novela resulta una propuesta radical frente a la opresión de las generaciones anteriores a la autora, una forma de expresarse por los cuatro costados. Cha era una inmigrante en Estados Unidos y vivió sus propias experiencias de dislocación de su identidad como mujer asiática en un país en el que multiculturalidad y racismo conviven a partes iguales. 

It murmurs inside. It murmurs. Inside is the pain of speech the pain 

to say. Larger still. Greater than is the pain not to say. To not say. 

Says nothing against the pain to speak. It festers inside. The wound, 

liquid, dust. Must break. Must void. 

(Extracto de Dictée (1982), Theresa Hak Kyung Cha) 

(Traducción): Murmura en su interior. Murmura. Dentro se encuentra 

el dolor del discurso, el dolor de decir. Más grande aún. Mayor aún es 

el dolor de no decir. No decir. No dice nada contra el dolor de hablar. 

Se infecta dentro. La herida, el líquido, el polvo. Debe romperse. 

Debe vaciarse. 

En verano de 2020 vuelvo a Cádiz unas semanas después de haber pasado siete meses sin ir (la temporada más larga hasta el momento). Empiezo un cuaderno nuevo en el aeropuerto y escribo en él todos los días. Este verano es especialmente bonito porque paso mucho tiempo con amigos y familia y vuelvo a sitios de mi infancia donde he sido inmensamente feliz, particularmente el Faro Trafalgar en los Caños de Meca, donde paso varios días. Escribo: 

Las cosas que he encontrado aquí no las he visto en ningún otro sitio 

Faro Trafalgar, 2 de agosto de 2020 

Todo de lo que he renegado 

todo de lo que he huido 

lo reclamo ahora con las garras 

que se me llenen de tierra las manos 

y la boca 

que tiren de mí las cuerdas 

poco a poco debo 

dejarme engendrar de nuevo 

encontrar otra vez 

lo perdido/// 

En el momento de irme supe 

que reclamar la belleza era 

alimentar el vacío 

[…] 

Quise renegar de mi carne como quien 

reniega de una maldición 

y cuando llegué a lo verde encontré 

una maleta llena de arena/// 

En el Faro Trafalgar pienso mucho en mi infancia y en todo lo que me hace ser quien soy, pienso en cómo me he transformado desde que vivo en Londres y en cómo, en cierto modo, me he adaptado a un entorno ciertamente hostil hasta encontrar refugio en un idioma ajeno, en un lugar ajeno. En estos días me doy cuenta de que inconscientemente estoy reclamando mi arraigo, mi origen, mi historia familiar, todo de lo que en cierto modo renegué en el momento que me fui. Me doy cuenta de que quizás ese es el motivo por el que nunca pude escribir sobre mi familia en mi lengua materna de la forma en que lo hice en “Cartographies of a family”. Quizás fue una huida hacia delante que resultó en el inevitable asentamiento de la ciudad extraña y el idioma extraño en mí. De vuelta en Londres leo a Lorca, a Pizarnik, a Martín Gaite, a Lara Moreno, a Luna Miguel, a Cernuda, a Machado. Escucho música de La Niña de los Peines, Camarón, Estrella Morente, Maritiro, María José Llergo, Lola Flores. Me agarro a las semanas que he pasado en Cádiz, me replanteo todo y comienzo a escribir y a recopilar todos los textos sobre el arraigo que he escrito últimamente. Después del verano me siento perdida y apática, por lo que busco en mis lecturas una salida hacia delante, un poco de luz, algo que me recuerde quién soy. 

Enero de 2021. Los días siguen pasando como si nada, uno tras otro hasta que las mañanas se solapan con noches y pierden significado porque la luz va y viene de manera casi aleatoria, o al menos así me lo parece a mí. Varias semanas han pasado en las que lo único que hago prácticamente es ver capítulos de The Office sin parar y fumar cigarrillos en el balcón de mi cuarto; de noche las vistas son mejores y el silencio me produce una sensación magnífica mientras estoy sentada junto a la ventana abierta. El frío no me importa y a casi todas horas tengo música de fondo, de lunes a viernes disfruto de la soledad de esta casa y los fines de semana todo se llena de ruido, música, desayunos en compañía, copas de vino y bailes ocasionales junto al tocadiscos. Todos los días paso un trapo por mi escritorio, por la mesita de café y por la mesa de la cocina y me frustra pensar que siempre hay una capa de polvo que lo cubre todo, por más que limpio. La casa es muy vieja y a veces parece que se cae a pedazos: las paredes están escamosas de la humedad y la madera cruje, la presión del agua es terrible si se abren dos grifos a la vez, todo parece estar medio doblado y las ventanas nunca llegan a cerrar del todo. Aun así estamos enamoradas de este lugar y sabemos apreciar su encanto, por eso cuidamos de esta casa como si nos perteneciera porque, en el fondo, nos pertenece. 

Sigo leyendo compulsivamente las memorias de Viv Albertine y eso hace que me sienta menos sola. Confinada y sin mucho que hacer, he encontrado un pequeño edén en el Londres rebelde de los 70, donde rulaban las drogas duras y la música punk. Me tumbo a leer por las noches y siento la adrenalina cuando leo todas las historias y de algún modo me identifico profundamente con la autora, aunque aquí lo único que rula son los tulipanes y el café. Lleno la casa de flores constantemente y me obligo a cuidar de las plantas, quizás ese es mi propósito en este momento y por eso lo escribo, por eso escribo todo esto, porque de algún modo las palabras me hacen sentir que todo está ocurriendo y que no sigo aquí parada, en esta habitación que se ha convertido en un ser casi más vivo que yo. 

Ahora entiendo perfectamente lo que quería decir Virginia Woolf con eso de que todas necesitamos una habitación propia; en este momento que todo ha parado y que mi mundo se ha quedado absolutamente quieto, lo único a lo que me agarro es este espacio donde todo lo que me rodea sigue evolucionando y me obliga a escribir, a leer compulsivamente, a regar las plantas y a cambiar el agua de los floreros. Escribo y vuelvo a las mismas ideas: arder, quemar, volver. Me doy cuenta de que esta es mi casa ahora, de que pertenezco aquí de alguna forma y que en estos tres años y medio he cambiado irremediablemente. Todo lo que era ajeno (Londres, el inglés, la inmensidad de esta ciudad, las personas de todo el mundo que he conocido aquí) ha dejado de serlo. Aquel día en Norfolk algo que se venía gestando durante mucho tiempo se transformó de forma definitiva. El día que escribí sobre mis abuelos, sobre mis padres y sobre mí misma sin fabricaciones ni pretensiones estéticas en un idioma que no era mío fue el día en que accedí a partes de mi persona que no había conocido antes. Pienso en un texto de Lorca: 

Amo la tierra. Me siento ligado a ella en todas mis emociones. Mis más lejanos recuerdos 

de niño tienen sabor de tierra. Los bichos de la tierra, los animales, las gentes 

campesinas, tienen sugestiones que llegan a muy pocos. Yo las capto ahora con el mismo

 espíritu de mis años infantiles […] Mis primeras emociones están ligadas a la tierra y a los

 trabajos de campo. 

Siento lo mismo con respecto al mar. La playa es el lugar donde más “yo” me siento. Antes de mudarme a Londres no supe apreciar vivir junto al mar lo suficiente y ahora escribo sobre ello constantemente como recordatorio. Me pregunto si algún día sentiré lo mismo sobre esta ciudad. Londres es pasajero. Sé que algún día me iré y viviré en otros sitios, siempre lo he sabido. Pero después de estos años, de todas las experiencias, anécdotas, lecturas y, sobre todo, después de haber dejado todo lo que he vivido aquí por escrito, también sé que una parte de mí pertenece por siempre a esta ciudad. Ha sido la escritura, en especial la poesía, la que me ha unido inexorablemente a Londres y ha convertido todo lo ajeno en propio.

Paula Moreno

2 Comentarios

  1. Muchísimas felicidades!!!
    Un relato que va más allá de los sentimientos con lo que espero que sigas creciendo emocionalmente.
    Un beso enorme

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