Tierra fresca de su tumba, Giovanna Rivero

        Bolivia alberga un secreto literario de tamaño espacial. Universal, podríamos decir, añadiendo al merecido halago una espectacular realidad: la voz de Giovanna Rivero le pertenece a ella y, después, a todos nosotros, a sus lectores alrededor del globo. No son pocos, son legiones enteras que admiran profundamente la calidad de su prosa, el talento innato que traza sus sucesivas publicaciones.

Hace tiempo que hablar de Rivero se convirtió en las tertulias literarias en una melodía tan simplista como feroz: “una de las autoras latinoamericanas más importantes de su tiempo”. La figura de Giovanna Rivero es más que eso, con permiso. Su trascendencia avanza salvaje entre la selva de rankings, críticas, listas de geniales autoras contemporáneas, clasificaciones entre los más leídos… Nosotros, las personas que la disfrutamos, somos su herencia: tendremos el placer de mostrarles sus textos a nuestros nietos, como nuestros abuelos nos mostraron aquellos de renombre de su generación.

¿Pero cómo se llega a este hecho? ¿Cómo se logra la inmortalidad? Hoy vamos a descubrirlo empíricamente, mediante Tierra fresca de su tumba, porque no hay mayor prueba de amor hacia una pluma que leer sus frutos.

Editorial Candaya -gracias siempre por su labor, su generosidad y su pasión por la Literatura- nos entrega en mano este tesoro: un cofre a rebosar de tantas historias contenidas en seis cuentos que tal vez necesitemos, además de las pertinentes e inevitables relecturas, muchas, muchas de esas tertulias para poder exprimir cuantísimo reside en sus páginas.

Como decimos, son seis los títulos que conforman la obra, esta magnífica antología de autora que honra al Terror, a la Vida y a ese hilo de sangre que une ambos desde el horror más carnal, desde la difusión de sensaciones que tiene en la naturaleza su origen, su potentísimo ventilador. La hermosa atmósfera poética que envuelve la narrativa de Rivero es un maravilloso amortiguador para la poderosa colección de imágenes devastadoras que explosionan en nuestra mueca. Primer rasgo de inmortalidad: el dominio del qué y el dominio del cómo; fondo y forma, los dos en el mismo altar. Entremos, por favor.

LA MANSEDUMBRE

Historia de transformación en múltiples niveles de la quinceañera Elise Lowen. Ocho capítulos que cabalgan sobre los campos del pecado, la inocencia y el animalismo más gráfico. Manitoba es el epicentro de un entorno rural que alberga abuso, eco de deshonra y ausencia de justicia, abrochado todo ello por un apestoso hedor a religiosidad autoritaria y caprichosa. Elise, encarnación física y anímica de su abuela Anna, sufre en sus carnes el embiste del diablo. El exilio de los Lowen ante tal escándalo alcanzará en la distancia el ángulo suficiente para, despojados de la falsa protección del Pastor Jacob y sus contradictorios sentidos de moral y corrección, implantar un nuevo enfoque sobre el

sacrificio, sobre la venganza, sobre la más llana humanidad: aquella que debe ser auspiciada por la Pachamama como elemento clave para el reparto de destinos.

El espejo en Leah Welkel, el legado de la abuela Anna y la representación más visceral de tantas otras mujeres, como las compañeras mencionadas igualmente mancilladas bajo el sobrio y eufemístico paraguas de la selectiva moralidad, dota de un fuerte carácter femenino al sentimiento expulsado y de un contundente sabor denunciatorio a un relato cuyos juegos estéticos entre lo real, lo soñado y lo animalizado desprenden una simbología riquísima y fresca, como abundante cascada de imágenes y referencias. El indio es el abrigo perfecto para el instinto saciado; la Pachamama es la verdadera Diosa de lo justo. Por la tierra y sus hijas.

PEZ, TORTUGA, BUITRE

La tierra, el mar y el aire reunidos en una voracidad imparable como respuesta a una desgracia natural. El naufragio fue la perdición de Elías Coronado, convertido en cuerpo quieto para la eternidad y masticado por el hambre. Porque la gran protagonista de este segundo corte de la precisa cirujana literaria que es Rivero es el Hambre, con mayúscula. Amador, el superviviente y ultimísimo compañero del devorado, vive ahora la vida post-muerte agujereado por la casera investigación de la madre del difunto a golpe de tortilla: el hambre como chantaje, soborno, incluso secuestro. Búsqueda de La Verdad en clave de mordisco.

Afuera todo es mar. Tras las puertas de la casita de la mujer todo se atisba marino, hondo, azulado. Leemos desde dentro, siempre desde dentro. Pareciera que la morada no es sino una isla en mitad del agua que ha tragado los restos del muchacho. El crecimiento de la marea entre recuerdos, flashbacks, mentiras piadosas y empujones de dientes contra la masa dorada y blanda es imparable. Regresa la venganza, el veneno intrínseco al alma rota. La supervivencia vs. el dolor materno. Y las consecuencias de cada uno de ellos. La lejana belleza que traslada la brisa desde las descripciones de Amador contrasta de manera sublime con el coloridamente detallado surtido de tortillas caseras. Qué delicia de duelo.

CUANDO LLUEVE PARECE HUMANO

Arrullada por una lírica estética excelsa y un marcado choque horizontal y vertical, esto es, cultural y generacional, la historia de la señora Keiko y su inquilina Emma nos expone ante el rostro del pasado, del misterio y la distorsión de la certeza en las sombras de la línea que separa deseos, anhelos y dudas. Heredado el título del haiku que, a modo de corazón, aparece inscrito en una de las primeras páginas, Japón se instala en Bolivia a través de las costumbres, la educación y los hábitos implícitos a la protagonista más longeva. El origami se revela como una técnica narrativa paralela.

La tierra se funde de manera impresionante con las dos mujeres en una sucesión de escenas trufadas de reflejos de tiempo, afloramiento de emociones y vínculo vital. Las relaciones humanas quedan desnudas ante la tremenda carga de luz que prevalece sobre la contextual oscuridad del paisaje. El ritmo es aquí considerablemente más pausado, alimentado por la milimétrica figura de Keiko, que maneja el tempo de acción soberanamente. Estamos ante un texto de gran belleza.

SOCORRO

El único título denominador directo del personaje central nos presenta a Socorro, enloquecida mujer que descarga desde su rol de tía de la voz narradora una cascada de drama familiar, obtusa realidad azotada por incontables tics forzadamente justificables y una gran cicatriz trágica que tiembla roja como una insoportable alerta cuando alguien la nombra. La clarividencia en la locura a pesar del pastoso proceso de corresponderla.

La riqueza descriptiva alcanza en este cuarto cuento una dimensión más panorámica, aupada por el recurso del dron volador. Dicha amplitud del escenario coincide con un mayor número de actores activos en el mismo: el número de personajes, así como la fortaleza de sus lazos, es más elevado y sugiere por momentos el prisma del personaje colectivo como un todo cerrado. Los puntos de fuga -Socorro, la mujer narradora y la figura recordada- son las claves de la vertebración de la acción entre un estupendo campo de secundarios muy bien perfilados, entre los que debemos destacar a la mamá -y hermana- de las coprotagonistas. El texto quizás más angustioso de todo el conjunto, amén de ausencia de una resolución explosiva que despeje lo agrio hacia una gloria superior por justicia, venganza o paz encontradas.

PIEL DE ASNO

Nadine Ayotchow es la ‘osa del góspel’ en Piel de asno, el relato más extenso -y agitado- del maravilloso compendio que estamos masticando. Es también único por otro motivo formal: la voz narrativa pertenece a la protagonista central de la historia, que se desdobla en presente -ante expertos clínicos y asideros religiosos- y pasado -como personaje dentro de su narración situada pretéritamente-. Cierto es que comparte foco en gran medida con el personaje de Dani, si bien consideramos que no le discute el eje decisivo de la trama -como sí hace el amado Joaquín en Hermano ciervo respecto de la mujer principal-.

El pestazo a alcohol, la expresiva detonación tribal y la abundante violencia -velada y descarnada- constituyen una atmósfera altamente vertiginosa: la supervivencia de Ayotchow es una consecuencia de azar, coraje, saber estar y, digamos, esa providencia que ella traduce en decisión deliberadamente divina. El fuego es una densa nube roja que colorea un largo porcentaje de las escenas rememoradas en el discurso de la superviviente. El otro gran elemento es el aire: el del góspel, el de la vida. La originalidad del testimonio es culminada por la originalidad del propio planteamiento textual y de la comunicación in situ del mejor ejemplo de renacimiento: la osa que respira profundo.

HERMANO CIERVO

Los límites de la experimentación biológica teñidos de sangre y dinero. ¿Qué recompensa puede sostener el constante afán de atravesar nuestro cuerpo con química y fatalidad? Ubicados en una cabaña tan lejana de su tierra natural como fría por la permanente asepsia y querencia por la evasión de riesgo alguno que lapide el experimento, Joaquín se somete al sospechoso A-Contrarreactivo con su amada como mano firme de apoyo, cuidado y comprensión. Afuera (qué importante es el binomio dentro-fuera en la narrativa espacial de Rivero) se mueve paralela la vida de un grupo de ciervos, tan ilustrativos en las diferentes fases del proceso.

El incipiente giro hacia la Ciencia Ficción es atajado por una cruda realidad amorosa: el interés común por salir adelante de cualquier situación. La figura de ella nos ofrece la tierra, el suelo, el ahora, el realismo más ajado. Asistimos a una de las escenas más demoledoras del conjunto de la obra en esa despedida entre supertrajes y cláusulas que ruedan bajo el torrente sanguíneo negro convertido en una gran X. Como si de una marca para encontrar el tesoro se tratara, el texto que hace de broche a Tierra fresca de su tumba es un fascinante viaje astrológico por los rincones de nuestra vulnerabilidad y su entrega a los otros. Nótese ese otros como un ellos y nosotros mixto.

Paladeamos las penúltimas monedas de valor precioso que se desprenden de esta obra que recoge la semántica del desplazamiento, del viaje, de la huida o de la distancia amplificada, y la sintaxis del arraigo, del origen, del punto cálido inicial, de la revelación primaria de lo vivo y lo presente. Giovanna Rivero construye desde una asombrosa verosimilitud y una tal vez indirecta semilla de moraleja, con una cierta recurrencia de la óptica psicológica y su tantas veces inoportuno binomio con la locura; siempre con la voz femenina -propia de personajes protagónicos o de la autora-narradora- como guía de los acontecimientos.

Debemos destacar en esta elocuencia un denso repertorio dedicado a la maternidad y sus tan diversos ápices; debemos señalar, además, y complementariamente a dicha voz, la importancia del silencio: los personajes fallecidos, las sombras, los recuerdos, las ausencias y los tormentos son una constante atronadora en el hilo argumental de esta colección que, tomados sus pedazos dos a dos, nos sugiere tres enfoques del concepto de desenlace: i) presente y rudimentaria justicia deseada; ii) rabioso abrazo del pasado herido; iii) futurible horror en las sospechosas manos de la ciencia.

Estamos ante una pieza artística de extrañísima -en tanto en cuanto genuina- hermosura; una obra brutal sobre juventud y muerte, mundos tan aparentemente alejados desde la cronología vital estática, tan fusionados en estas páginas de coordenadas góticas, latitudes sobrenaturales -o extraordinarias- y sinfonía eminentemente animal, compuesta por fauna relevante al nivel de los más definidos personajes. Tierra fresca de su tumba es, con su constatada infinitud, un libro definitivo.

Altavoz Cultural

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