Mandíbula, Mónica Ojeda

La articulación de este hito de la Literatura del Desasosiego -Literatura del Escalofrío, Literatura del Temblor (acuñado por nuestra querida Érica Couto-Ferreira); como reverso hermano y orgánico de la Literatura de Terror- en treinta y dos capítulos de extensión variable entre la página única y la treintena superada explora y alumbra temas trascendentales: la complejidad de la adolescencia -con su intrínseca crueldad con el prójimo, su impunidad ético-moral, su recurrente rechazo de cualquier tipo de autoridad y su salvaje estallido sexual-, la particular y espinosa relación madre-hija -con sus conflictos, espejos, reflejos, cargas y bombas-, o la larga sombra de la vocación profesional y su embudo en forma de utilidad social; todos ellos vehiculados por una oda práctica y extrema al trastorno de ansiedad convertido en puro pánico.

Fernanda, Miss Clara y Annelise conforman el triángulo escaleno de primeras figuras determinantes de la trama planteada: las dos primeras son actrices visibles en la pantalla, dueñas del ahora narrativo; la tercera es, además de fundamental en sus apariciones físicas, la gran constructora del horror que atraviesa la historia. Su manipulación salpica hondamente a las demás y lo enfermizo, lo tétrico y también lo sublime llevan su apellido en un altísimo porcentaje dado un reparto cuantificado.

Asistimos al desarrollo exponencial de lo perturbador, de lo punzante. La figura de Martín, la maravillosa creación de todo un culto al Dios Blanco o la ingente representación del universo creepypasta son algunos de los principales calentadores térmicos de este manantial que llega a ahogar, a apretar el cuello del lector, a inundarlo de angustia, tensión e incomodidad. Tal es el tsunami sensorial creado por Ojeda que no sabemos si trasciende el género de Terror, esto es, su canon, su concepto base.

No sabemos si Mandíbula es Terror; si es mucho más que Terror o si es el más perfecto Terror jamás forjado. La autora ecuatoriana contribuye con esta obra a la necesidad comunitaria de afrontar de una vez por todas una reformulación de ciertos mantras, a la revisión de algunos pilares y al derrumbe de tantos elementos que, históricamente, no han hecho más que fricción y rozadura en la garganta de la verdadera o más fiel criatura a la que podamos llamar Terror. Ojeda nos ha sacudido como nadie.

El espectacular desfile de referencias culturales -eminentemente literarias, cinéfilas o virtuales- al denso campo de lo bizarro, lo gore y lo inquietante es, paradójicamente, uno de los mecanismos lúdicos que, a ojos del -al menos parcialmente- alumno aventajado, permite el alivio, el entretenimiento, el abrazo del guiño o la comprensión más certera de ciertas claves del argumento. Esta luminosidad -como todo conocimiento observado a posteriori fuera de las páginas- contrasta con la oscura prosa de Ojeda: el barroquismo, el exceso, la poesía atroz y excelsa y los juegos estructurales y semánticos de nivel múltiple exigen una ardua tarea para quien lee con mirada detectivesca hacia el simplista desenlace de una situación de secuestro y nada más. El jardín es hondo y la rosa roja tiene muchas blancas cegadoras a su alrededor.

El poderoso lenguaje actualizado hasta el borde del neologismo, la escritura de red social, la naturalizada inserción del elemento bilingüe, la constante -y cíclica- superposición de estilos narrativos -entre los que debemos destacar el brillantísimo impacto de las líneas mudas del Dr. Aguilar en conversación con Fernanda- esgrimen una irrefutable imposición del continente sobre el contenido, de la forma sobre el fondo, y la consecuente expansión de los límites estéticos hacia lo experimental, en el sentido más positivo posible.

Bajo una óptica bañada en mortal color blanco y afilada a golpe de mandíbula -de cocodrilo, de mujer (madre, amiga)-, las muchachas de 5º B y sus caricaturizados maestros conviven en este inestable mundo viralizado de likes, views y challenges. Despertamos en una remota cabaña con Fernanda atada y Miss Clara limpiando el suelo. La configuración de ambas -los personajes más gruesos: herederos de una biografía extraordinariamente contundente y focos principales de absorción de la actuación de Annelise- se genera de forma opuesta: Fernanda es parida por la palabra, dibujada por su discurso, su propia percepción y sus pensamientos y discusiones interiores. Clara es la presencia más ausente: su silencio es casi total y su trazo corresponde a palabras ajenas y golpetazos de martillo sobre un débil hierro candente (martillo con forma de madre, con forma de abuso estudiantil, con forma de miedo crónico). No será hasta el ultimísimo capítulo XXXII su único y gran secuestro de la voz narrativa; su gran canto a la muerte.

La obra prospera generosa en innumerables detalles sin terminar de cortar el lazo que une inicio de la acción y término de la misma. Entremedias, el mundo, cuyos mayores hallazgos ofrecidos son, a nuestro juicio, ese capítulo décimo que da la bienvenida a la inestimable figura del cocodrilo, ese capítulo XV “Reglas para entrar a la habitación blanca por Annelise Van Isschot”, ese genial XVIII en el que la propia Annelise desarrolla toda una demostración en coordenadas creepypasta.

El número XX supone el principio del fin, el descenso frenético a los infiernos. Resulta apoteósica, catártica la manera en que Ojeda desenreda -o reúne, tal vez- todas las líneas dispuestas en los primeros tramos de la obra. Nos incita a la lectura compulsiva y nos empuja a un éxtasis sin precedentes. En estas aproximadamente últimas cien páginas se producen sendas exhibiciones de Annelise: una nace como deberes, tarea escolar, para convertirse en una proeza de la bibliografía sobre Terror en Cine y Literatura; la otra provoca el desgarrador clímax en la frontera entre realidad y ficción: deseamos taparle los oídos a Miss Clara.

Paulatinamente, la obra camina hacia un razonable escenario final que no ensucia sus preliminares, complace la premisa básica y, sintéticamente, proyecta como un volcán todo lo adquirido en los rojizos rincones de papel que lo precedieron.

Mandíbula es una obra imprescindible, increíblemente ambiciosa y digna de los más minuciosos análisis, seminarios, talleres y crónicas. Una absoluta bestialidad que rehúye la más bienintencionada comparación para abrir puertas, ventanas y acantilados a paisajes gigantescos en los que solo importa no dejar de mirar.

Altavoz Cultural

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