Mala sangre, Carmen Moreno

      Mala sangre es una potente creación de Carmen Moreno a partir de dos rasgos principales perfectamente complementados: el Western y el Terror. Podríamos decir que el primero funciona como forma y el segundo, como fondo. Estamos ante una salvaje historia de supervivencia, con temas como la familia, la justicia y lo abominable del ser humano como hilos atravesados cosiendo una herida muy roja que no cesa de supurar.

      Moreno, que escribe con una personalidad impresionante, nos lleva de la mano hasta Waukegan, Illinois, tumba del legendario Jesse James, en la segunda mitad del siglo XIX. Allí nos suelta y desaparece dejándonos tres patrones narrativos que guiarán nuestra brújula: los fragmentos del diario del protagonista, Jesse Delany, la caricatura de un oeste americano sucio, negro y ebrio y los múltiples guiños a la cultura popular elaborada alrededor de las aventuras de balas, muertos y desapariciones. Toda una bendita locura extraordinariamente entretenida, inquietante y brutal.

      Trufada de unas geniales ilustraciones interiores y dispuesta en una serie de dieciséis capítulos de extensión equilibrada -ocupados por diversos subtítulos que trocean y focalizan la acción más concreta o inminente-, la obra narra la vida del joven Jesse desde los ojos del espectador -voz de la autora-, asaltado sucesivamente por aquellos extractos de su diario, donde la voz en primera persona es limpia y clara como el agua, contundente e inteligente, explícita en sentencias y firme en pensamientos. Un valiosísimo hallazgo.

      Cuatro puntos cardinales: Jesse James, Sherlock Holmes, Abraham Lincoln y la tradición más clásica de colmillos afilados con la punta bañada en sangre. El primero es el Norte, el segundo es el Este, el tercero es el Sur y el cuarto es el Oeste. El mapa que sostienen ellos es el tablero en el que se mueven las piezas de los Delany, la familia McGuire, la familia Feldman, el siervo Tom, el magnánimo doctor Stevenson y algunos secundarios que no desentonan: todos son piezas negras o rojas.

      Reminiscencias del fantástico film protagonizado por Cate Blanchett y Tommy Lee Jones y otras cuantas de la Niebla de King nos aguardan hacia la mitad de la obra, cuando la nube de horror comienza a hacerse espesa a ras del terreno de borrachos y reses. Pero vayamos por partes. Para comprender la esencia de Mala sangre debemos asumir que la venganza puede ser un paso más que lógico en la deconstrucción de la debilidad de espíritu. Puede ser ella una venganza física, moral, poético-divina, contra el principal verdugo de nuestro pasado, o contra todo bicho viviente, incluido dicho verdugo. No estamos lejos de los casos de abusos y aquellos que participan mirando y callando, observando sin impedir, siendo cómplices. La debilidad puede parir un monstruo con las vitaminas anímicas -y bioquímicas- necesarias.

      Como dice el maestro Alejandro G. Calvo, el sentimiento más expresado en el cine clásico es la venganza y el Western es el género de la venganza por antonomasia. La obra de Moreno es terriblemente cinematográfica: su estética de lo vetusto, de lo hipernaturalizado, incluso de lo asqueroso es palpable; se siente, se huele, se prueba. Toda venganza nace de un dolor que merece respuesta, acaso justicia.

      El “teniente” es el agujero negro de la trama. Todo lo absorbe en su gradual traspaso de verdugo a víctima -sin que este último calificativo pretenda arrojar empatía necesariamente-. Aúna las condiciones prototípicas del animal humano: destructivo, cruel, irracional y autoproclamado salvador de la buena herencia masculina que ha de sucederle. Es, en otras palabras, un pésimo padre y un deleznable marido. La confrontación paralela más sólida que traza la obra, compañera de la arraigada debilidad vs. “virilidad”, es la de cultura / literatura vs. violencia; en los aledaños de lo que contó nuestra experta en Miguel Hernández, Valeria Navarro, acerca de que el padre del poeta le pegaba cada vez que le veía leyendo, especialmente si ello sustituía la inversión de su tiempo en el trabajo, en sus labores -en el sentido más rural posible-. Jesse Delany es cercano a Miguel en esto y muy lejano a él en otras tantas cosas.

      La intensidad es la característica más notable de Mala sangre. La autora no escatima en ritmo, en trepidancia, en leña volcada sobre el frenético duelo acción-reacción. Es apasionante, toda una joya de la literatura de aventuras. Hasta el ecuador de la historia no vira hacia el Terror, y lo hace de manera sutil, escalonada, sin excesos ni gratuidades.

      El tramo desde John Ford hasta Tarantino se recorre con cautela, así como el de la descripción indirecta de las escenas más severas hasta la visceralidad más bestial. Nos atrevemos a situar en ambos ciclos un prisma por el que cruza la luz narrativa y distorsiona dichos enfoques: el poder de la sangre. El poder de la sangre en boca de Jesse.

      La revelación del hijo se prepara en torno al epicentro de la obra. Con ello se irán sucediendo el ocultismo, lo sobrehumano y el definitivo asentamiento del infierno en la tierra, cubriendo de oscuridad el miedo para repudiarlo a grito de sed. En el duodécimo capítulo se produce el alumbramiento máximo. Dicha circunstancia sirve como puerta hacia la parte final del libro, que no levanta los párpados del amargo gris que inunda ahora cada una de las páginas -frente a los claroscuros del principio-. Es como si leyéramos en un sótano.

      Los ‘personajes débiles’ completan una involución espectacular -y merecidísima-: el relevo en la representación familiar se consuma con enorme éxito, nos guste más o menos el precio que deja su huella. Pactos con el diablo. Lo asombroso de la prosa de Carmen Moreno es su capacidad para dinamizar -sacudir, zarandear- el contexto, un contexto aparentemente tan estándar como impersonal: el rutinario, aburrido Waukegan se va viendo apuñalado por los diferentes elementos introducidos en los huecos exactos. Primero se interpreta que todo ‘lo interesante’ sucede afuera, exteriormente a su ubicación; esto se observa maravillosamente en las visitas de Jesse al doctor Stevenson, colmo de lo exótico, lo elevado y lo positivo a ojos del chico, así como su mecenas en materia de lectura. Qué peligroso es leer. Ah, y la curiosidad.

      Es increíble la metamorfosis de Waukegan, decíamos. Llegan las nubes y se quedan a vivir sobre tantas cabezas ignorantes, infelices y podridas. Sin entrar en cuestiones de evolución natural, justicia divina u otras fórmulas parabiologistas pseudoreligiosas, debemos señalar lo bien que le sienta a una quasicivilización un baño de sangre e incertidumbre.

      La cazadora mayor de la editorial Cazador de Ratas ha escrito una novela fabulosa, plagada de momentos excelentes en lo visual, lo técnico y lo emocional. Mala sangre suma una gran leyenda a las estanterías en las que no caben lo previsible ni lo etiquetado. La valentía tiene su recompensa. Pasen y lean, embriáguense de este torrente de furia y sombras.

CUATRO PREGUNTAS A LA AUTORA

¿Sientes Mala sangre como una de esas obras difíciles de ceñir a un género específico, a un canon más o menos rígido? ¿Cuál fue el estímulo que prendió su creación?

Siempre siento todo lo que escribo como una hibridación de difícil definición. No creo en los géneros puros. No conozco ya a nadie que crea que escriba una sola cosa, la literatura es mucho más compleja. Obviamente si escribes una novela de “vampiros en el Oeste”, como suelo etiquetarla, ya apaga y vámonos.

Cuando leí Salem’s Lot, novela que me fascinó, pensé en escribir mi propia versión de los vampiros, el ser mítico que más miedo me ha dado siempre, con el western, un género cinematográfico que me encantaba cuando era pequeña. Bueno, nadie dijo que yo fuera normal.

Tu trayectoria revela un dominio extraordinario de la creación poética. En Mala sangre se puede detectar a través de la finura de las descripciones y de la exquisita elección de ciertos términos para expresar sentimientos o emociones. ¿Cómo crees que contribuye tal cualidad a la construcción de tu narrativa? ¿Percibes una dualidad diferenciada entre ambas facetas o consideras que tu escritura representa un continuum ajeno a etiquetas y formatos?

Nunca he sido consciente de que mi narrativa estuviera tan influenciada por la poesía, pero me lo han dicho muchas veces, así que voy a pensar que tenéis razón. Es cierto que no puedo diferenciar a las dos autoras (la narradora y la poeta) porque soy yo misma y, al final, es mi manera de visualizar la creación. En cuanto a las etiquetas, es la necesidad que tiene otro de controlarte. A mí me dan igual. 

¿Qué personajes, así como autores, tanto de literatura como de cine, dirías que han supuesto una suerte de influencia en tu concepción de Jesse Delany? Recomiéndanos asimismo, por favor, dos novelas de Terror y dos películas Western. 

En cine John Ford y una suerte de mezcla entre James Dean y aquel Robert Wagner de La verdadera historia de Jesse James.  Dos novelas de terror: Salem’s Lot de Stephen King y Drácula de Bram Stoker. Dos películas Western: Centauros del desierto, de John Ford; El hombre que mató a Liberty Valance, de John Ford también.

En la obra se destaca poderosamente la virtud de la Literatura como salvavidas, como medicina. Uniendo tu perspectiva como editora a tu experiencia como escritora, ¿qué papel dirías que ha jugado la Literatura en esta terrible época de pandemia y dolor?

Creo que la literatura ha tenido un valor terapéutico profundo y un valor social esencial. Las editoriales se volcaron, los autores se volcaron. La literatura tiene un poder sanador que mucha gente desconoce, pero que hay que poner en valor, sobre todo, en los tiempos que corren.

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