Autosabotaje, Isabel Garcerá

Las oscuras notas de una voz de los abismos

resuenan todos los ocasos desde mis entrañas

y me dicen que no he podido salvarme de las uñas.

Que la noche no tiene estrellas ni lunas crecientes.

Y yo, desesperada, busco la luz en el horizonte

y mi cráneo no deja de chocar contra la tiza negra

que cubre la pizarra del océano sobre mi cabeza.

Esa voz marchita que crepita y repta sobre mi cara

y repite mis pecados como un eco de cueva caliza.

Ese lamento quebradizo por no haber hecho más

y esas dos obsidianas opacas que tengo por pupilas

que reflejan todo aquello que no pueden alcanzar.

Y mientras retumba en mi pecho la voz de la penumbra,

asoma un nudo en mi garganta hecho de pelos.

Esa voz, la que retiene mis sueños en lo onírico

y no les deja espacio ni aire para respirar en la vigilia.

La que ahoga, la que aprieta, la que come.

Mi propia voz matando poco a poco mis anhelos.

Mi propia voz dejándome completamente muda.

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