Mesa Temblor

III Jornadas sobre Arte y Cultura del Escalofrío

Altavoz Cultural 

Érica Couto-Ferreira

Javier Jiménez Barco

Izaskun Gracia Quintana

Francisco Muñoz Rico

¿Qué puede llegar a produciros asco dentro del contexto de la literatura de Terror? ¿Dónde situáis el mal gusto, lo desagradable?

Érica Couto-Ferreira: No consigo pensar en nada concreto que pueda llegar a provocarme asco en la literatura de terror y, de hecho, jamás he abandonado una lectura por su nivel de explicitud, violencia o desagradabilidad. No creo que autores y lectores deban ponerse límites a priori cuando se escribe ni cuando se lee, ya que el terror, tal y como yo lo concibo, tiene que colocarnos en una posición incómoda. Solo así nos permite explorar lo más oscuro, mezquino y repugnante de la existencia.

Javier Jiménez Barco: Nunca he sido demasiado amigo de los recursos gore, o especialmente truculentos o viscerales, ni en la literatura, ni en el cine de terror. No obstante, no dejan de ser recursos para lograr un fin (en este caso, crear horror). De modo que, aunque no sea especialmente aficionado a ellos, no solo los acepto sin la menor repugnancia, sino que incluso reconozco que, debidamente dosificados y empleados, pueden resultar de lo más eficaces. Y desde luego, los acepto. Y por ello no me veo con la menor autoridad para descartar ningún recurso literario, por chusco que pueda parecerme en un momento dado. Lo desagradable, lo insoportable incluso, variará en cada persona, según sus valores o incluso sus experiencias personales. Pero no soy del tipo que soñaría siquiera en limitar la creatividad de un autor o autora. Asco real puede producirme una obra especialmente mala, o mal traducida, o una obra puramente oportunista y escrita de forma chapucera. O lo peor de todo: una obra que tome por estúpido al lector y le falte al respeto. O, en relación directa con el tema de la pregunta, puede producirme enfado y desagrado que se puedan emplear recursos gore por parte del autor o autora como único modo para llegar al lector. O dicho de otra forma, siempre que dichos recursos sean empleados de un modo eficaz y que bajo ellos haya una historia buena y bien contada, la autora o el autor tienen mi bendición como lector o editor para llegar a los extremos que consideren oportunos. Pero si bajo toda esa explosión de vísceras -o de lo que se trate- no hay nada, si la persona que está empleando esa arma literaria no conoce otra, y se limita a emplearla una y otra vez, como si matara moscas a cañonazos, dejo de leer.

Izaskun Gracia Quintana: Yo creo que la cuestión no es tanto lo que se cuenta, sino cómo se cuenta. No tengo ningún problema con leer escenas sangrientas, con vísceras volando por los aires o con la descripción de una agresión o un episodio de tortura, siempre y cuando sirvan a la historia que estamos leyendo/escribiendo.

Me causa rechazo tanto la gratuidad como el regodeo de lo narrado. Parte importantísima de la literatura de terror es saber qué debemos mostrar y qué debe trabajar la imaginación del lector, y en muchas ocasiones es mejor y más efectivo que el lector imagine qué sucede. Cuando se insiste sin necesidad en lo gore, cuando se llenan párrafos de cosas desagradables sólo porque sí, entonces es cuando el texto se vuelve desagradable para mí.

Francisco Muñoz Rico: Debo traer aquí, creo que ineludiblemente, la famosa frase del cómico latino, como lo llama Unamuno en el arranque de su Del Sentimiento Trágico De La Vida, Publio Terencio Africano: Homo sum, humani nihil a me alienum puto. Nada humano me es ajeno (aunque modernamente podríamos decir “nada humano me es alieno”, palabra ya de uso más común y muy bonita y al caso para este tema). No me voy a poner tampoco a citar ahora a Unamuno y las disquisiciones sobre el adjetivo humanus y el sustantivo humanitas: baste el latinajo clásico. Mas otra cita es tan ineludible como la primera, los primeros versos del famosísimo poema de John Donne: No man is an island entire itself; every man is a piece of the continent, a part of the main. (Casi resultará abstruso que lo traduzca, tan famoso es: Ningún hombre es una isla en sí mismo, cada uno es una porción del continente, una parte del todo.)

Bien, hemos citado al Africano, del siglo ciento y pico antes de Cristo, y al señor Donne, de unos dieciséis siglos después, pero podríamos traer más citas de muchísima más gente que refrendara nuestra postura (aunque no lo haremos, que no es cuestión de ponerse académico en una charla informal): No hay nada que me vaya a desagradar, no hay nada que me vaya a producir asco, nada que yo vaya a llamar mal gusto (en términos morales). Y esto último de los términos morales es la clave: para mí la literatura no debe ceñirse en absoluto ni a moral, ni a estética (esa otra forma de llamar a la moral), ni a nada en absoluto. Aunque suene pánfilo: debe ser libre. Trayendo ahora una sentencia española, cuyo autor original desconozco, remataré la jugada con un cabezazo y un gol metido por entre las cachas de ese portero insulso (la Moral es el portero, por si se me pierde la pista en las comparaciones locas): Quien se pica, ajos come. En efecto: ¿quién se ofenderá al ver que un personaje de Clive Barker hace un corte en un cadáver para violarlo por ese nuevo y tumefacto agujero?, ¿quién al ver el desenlace de la genial A serbian film?, ¿quién al leer cómo un niño de corta edad (no la recuerdo exactamente, digamos de entre ocho y doce) se propone suicidarse de un tiro de la mano del Maestro Stephen King? ¿Quién se ofenderá, quién dirá “esto no es arte” cuando lea al magnífico Jack Ketchum, que recordemos: ha sido censurado en muchas ocasiones?, ¿y quién diablos se sentirá asqueado al leer la descripción de una terrible violación que termina en carnicería escrita por mí mismo en una de mis novelas? Solo puedo dar una respuesta: un perfecto y absoluto imbécil, ese se asqueará, se ofenderá, vomitará y clamará a los cielos. Puede que resulte lapidario, pero es que lo soy.

Podríamos traer muchas historias y escenas tan truculentas como estas de que hablo leyendo el libro fundacional de nuestro paradigma social actual: la Biblia. No va a hacer falta, por supuesto, ya sabemos que es un libro lleno de violencia y masacre, como los poemas de Homero, como las miles de noveluchas pulp que se regocijan en lo abyecto. ¡Yo me regocijo en lo abyecto!

Nada humano me es ajeno, nada que escriba un humano me va a resultar alieno: puede que sea antihumanista, o malvado, o segregacionista, pero esas cosas no tienen que ver intrínsecamente con la calidad literaria, esta se mide (yo la mido) en parámetros amorales.

Ningún hombre es una isla en sí, pero aquellos que creen que esto o aquello es de mal gusto pretenden erigirse ellos mismos en isla, o peor: condenar al “autor protervo” a ser una isla incomunicada con el resto del mundo.

Ayer mismo escribí un cuentecito con un autista como protagonista: ¿voy a tascar el freno en alguna medida porque sea autista? En absoluto.

En una película de Takashi Miike dos tipos desmiembran a un tercero con la sola fuerza de sus manos por pura diversión, y creedme: yo me divierto con esa escena. Raskolnikov mata a una despreciable vieja para robarle dinero, y un buen número de personajes de Poe hacen cosas horribles guiados por su locura o su capricho o sus obsesiones: recordemos que se ha atacado a ambos, a Fiodor y a Edgar; y ¡¿qué hubiese sido de sus obras si un censor pazguato, mojigato, beato y sandio las hubiese condenado a la hoguera del Santo Oficio de la Moral?! Eso sí que da pavor.

A esos censores les diremos con esta frase atribuida al Cristo: si tu ojo derecho te ofende, sácatelo, pero no vengas a decir que nos saquemos los nuestros, truhán.

¿Qué grado de vigencia le atribuís a la figura del diablo en la literatura de Terror actual?

Érica: Tengo la sensación de que el diablo está presente en la literatura de terror contemporánea en su forma más abstracta y menos confesional. La presencia física del demonio bestial de tradición cristiana ha cedido el paso a un mayor protagonismo a la esencia de lo diabólico (la alienación, la pérdida de control sobre los propios procesos mentales y la disolución del sentido de realidad), como sucede en Una cabeza llena de fantasmas, de Paul Tremblay, por ejemplo.

Eso no significa, por supuesto, que las formas más clásicas del diablo hayan desaparecido de la producción literaria de terror y, de hecho, creo que el diablo y lo satánico siguen teniendo cierta vigencia en la literatura anglosajona. Me viene a la cabeza El exorcismo de mi mejor amiga, de Grady Hendrix, que bebe de la corriente de novelas setenteras de Satanic Panic, y la más reciente Whisper Down the Lane, de McLeod Chapman. Por otro lado, la brujería sigue desplegando un gran protagonismo en la literatura de terror y fantástica en general. No hay más que ver el éxito cosechado por Thomas Olde Heuvelt con HEX.

Javier: A pesar de que la figura del diablo se encuentra íntimamente relacionada con la religión en general (no solo el cristianismo tiene un diablo), y que el peso de ésta es cada vez menor en la sociedad actual y, por tanto, en la literatura y otros aspectos de la cultura, creo que no ha perdido vigencia. Es posible que pueda haber perdido peso en cierto tipo de narrativa o que la inclusión de un aspecto religioso se emplee cada vez menos como recurso literario, pero la figura de Satanás, Lucifer o cualquier de sus mil nombres sigue resultando pavorosa como encarnación del mal; quizá porque, por mucho que la sociedad haya podido cambiar, no es menos cierto que el mal está cada vez más presente a nuestro alrededor. Difícilmente podrá sucederle lo que al vampiro, o al licántropo o a otras figuras clásicas del horror, que han ido perdiendo fuelle (salvo honrosas excepciones) en las últimas décadas. Por eficaces que sean algunas de esas figuras, no dejan de ser encarnaciones secundarias del mal, que el Diablo personifica en toda su intensidad. Y no necesita, para ello, ser combatido por monjes guerreros, exorcistas o agua bendita. No necesita ser examinado desde un punto de vista religioso para ser quien es. Y es que la religión podrá mantenerse o desaparecer. O incluso cambiar. Pero el mal siempre ha estado allí y siempre estará. Y ese mal absoluto sigue siendo a día de hoy una de las figuras más aterradoras que se puedan concebir. Por su propia naturaleza, no podrá pasar de moda; al menos mientras existan seres humanos a los que el mal puro les produzca horror. Y todavía quedamos algunos.

Izaskun: Considero que la figura del diablo siempre ha estado vigente en la literatura de terror, ya sea como el diablo propio del imaginario cristiano o como entidad o amenaza maligna más o menos definida que ronda a los protagonistas de cada historia.

No creo que hoy en día, en el siglo XXI, se le dé más importancia que en épocas pasadas, sino que estamos asistiendo a un nuevo auge de literatura de terror y, en especial, del subgénero gótico (con Mariana Enríquez, Richard T. Kelly…), y quizá por eso dé la impresión de que está más presente que antes.

Francisco: Todavía está muy presente, lo que pasa es que la diáspora del Terror (y de todo) es tan absoluta que su papel plano de “malo” ha dejado, en cierta medida, de interesar y se profundiza en él desde mil y una nuevas perspectivas: desde la satanista seudo laveyana (es más bien puramente fantástica) de por ejemplo Luz en el lado oscuro (Open City, 2019), de Oscar Ryan, al cómico Príncipe infernal de Little Nicky; tenemos también al Demonio muy presente en estas series icónicas que toman constantemente el pulso a la sociedad: South Park y Futurama (aquí en forma de robot). El viejo Pata Hendida está tan vivo como siempre.

¿Cómo valoráis aquellas obras literarias que homenajean abierta, explícitamente, a grandes maestras y maestros de la literatura de Terror? ¿Dónde situáis la línea divisoria entre la imperfecta imitación y el digno tributo?

Érica: Me parece algo tremendamente subjetivo y no podría formular una teoría al respecto. Aprecio mucho el homenaje que se le pueda rendir a un autor o a una obra que se admira, pero, más allá de esto, no sabría trazar esa línea que separa la imitación del tributo. Imagino que la clave está en aportar algo personal de cosecha propia a la recreación que se hace del universo literario del autor que se honra.

Javier: Claramente la línea divisoria se encuentra en la calidad de la obra resultante.

A la hora de valorar un homenaje explícito o un pastiche hay quien tiende a desdeñar todas aquellas obras que resulten demasiado sumisas a la obra previa a homenajear o, dicho de otro modo: el pastiche siempre ha sido despreciado por una gran parte del mundillo editorial, por aquello de que, al beber directamente de un universo literario que no ha sido creado por el nuevo autor -sino que homenajea al de otro escritor previo-, se puede pensar que la obra resultante carece de valor literario. Y eso no tiene por qué ser así. El pastiche literario es tan antiguo como la propia literatura. ¿Qué es La Eneida de Virgilio sino un pastiche de Homero? O el Orlando Furioso de Ariosto, que no es sino la continuación del Orlando Enamorado, de Boyardo, siendo éste, a su vez, deudor de todas las obras previas del ciclo épico de Carlomagno y sus pares. El hecho de aprovecharse de un universo literario creado por un autor previo no estropea las obras de Virgilio o de Ariosto, a pesar de ser no solo “homenajes explícitos”, sino directamente pastiches. Y el motivo es la calidad del resultado.

En la actualidad uno puede encontrarse con infinidad de pastiches novelísticos o incluso antologías de homenaje en las que un buen número de autoras y autores aportan su punto de vista personal respecto a la obra de un maestro anterior. Y puedes encontrarte también con pastiches oportunistas, escritos al albur de las modas, o con pastiches sinceros y honestos, creados desde el conocimiento y la devoción. Ninguno de ellos tiene por qué ser malo. Y yo, personalmente, jamás los he considerado obras inferiores solo por el hecho de ser pastiches u homenajes. En algunos casos el resultado es soberbio y fácilmente defendible. Y puedes encontrarte con que uno de esos “pastiches buenos” son absolutamente sumisos al estilo o el universo literario de la autora o autor a homenajear. ¿Y qué? Si en arquitectura te encargan, por ejemplo, añadir una nueva ala a un edificio emblemático de, pongamos, el Siglo XIV, siempre tendrás la opción de añadirle al lado un pepino ultramoderno, o bien seguir el estilo del arquitecto original, buscando un “todo” armonioso. Las dos opciones son exactamente igual de respetables, y lo importante es la calidad del resultado final, que no va a depender del enfoque que hayas elegido, sino de tu calidad como profesional y, por supuesto, de la calidad del resultado. En literatura, el hecho de “romper” con lo establecido y mostrar un punto de vista novedoso o incluso desdeñoso o irrespetuoso con respecto al clásico siempre tendrá mucha mejor prensa que intentar ser canónico. Pero ni uno ni otro caso serán nunca garantía de obra buena o de obra mala.

Izaskun: Mientras el texto en cuestión esté bien escrito y se trate efectivamente de un tributo y no un plagio, no tengo nada en contra de una obra homenaje de otra obra o de un autor. Toda persona que se dedique a escribir, en general, es también alguien que lee mucho, y es normal que tenga firmas u obras fetiche a las quiera rendir tributo en un momento dado.

Creo que la diferencia entre “imperfecta imitación” y “digno tributo” radica en la calidad de lo escrito. Considero “imitación” y “tributo” conceptos muy parecidos (en lo que a literatura o, más ampliamente, arte se refiere) y depende de la pericia de quien escribe que el texto sea algo “digno” o “imperfecto”.

Francisco: En una de mis obras, Frank Malone Busca Venganza, he utilizado un montón (un buen número de ellas) de citas de Robert Howard, y la novela está dedicada a él, de hecho, lo considero mi amigo, así de simple: mi amigo, no digo autor admirado, o escritor idolatrado ni nada por el estilo. Si escribes un libro con el corazón, y en él traes a alguno de tus autores amados, a alguno de tus amigos, no es cosa mala, por supuesto: el problema viene, es verdad (o puede que venga), cuando se traspasa esa línea entre homenaje (permítaseme que no use el neologismo tributo, pues como buen carpetovetónico que soy no puedo hacerlo sin ponerme nervioso) y imitación; pero es cuestión de medida, de no dejarse llevar y elaborar algo de calidad, así: no hay una línea divisoria clara, o la hay: en cada caso particular, una distinta.

¿Son los primeros trabajos de Ramsey Campbell un intento de imitar a Lovecraft?

Lo son, sin ninguna duda. Él mismo así lo ha dicho.

¿Son estos primeros trabajos una maravilla?

Lo son.

No es mala, ni mucho menos, la imitación: en realidad es casi el primer motor, el primum movens, de un escritor. Sencillamente si la imitación es burda, no nos gustará. Podemos decir que desde Los crímenes de la rue Morgue toda novela policíaca o de detectives ha sido imitación, y no estaremos errando mucho. Pero es que la imitación es ineludible. Y cuando imitamos con arte y gracejo: ahí está también el digno homenaje.

Por citar obras de valor universal incontestable que usan de la imitación a las claras: El Quijote.

En realidad lo que solemos llamar pomposamente “nuestras influencias” podríamos llamarlo “a quién imitamos”; y no pasaría nada.

Por poner otro ejemplo: Juan de Dios Garduño imita excelentemente a Stephen King, y lo hace tan bien, y siendo tan él mismo, que nadie llamará a su obra “burda imitación”, pero verá a King ahí.

¿Prefieres leer una obra de Terror en su lengua original, en aquella en la que fue escrita por el autor? Justificad vuestra respuesta, por favor.

Érica: Si puedo, prefiero siempre leer una obra en su lengua original. Me gusta tener una experiencia directa del texto tal y como fue concebido por su autor o su autora. De todos modos, contamos con excelentes traductores y traductoras de terror en español que saben cómo volcar un texto para que nuestra experiencia se asemeje al máximo a la de un lector en el idioma original.

Javier: Aunque, en principio, me decantaría por defecto por esa primera opción, creo que todo puede depender tanto de la obra, como del autor o autora, como de quién la ha traducido. Y, como es lógico, me explico.

Por mucho que aceptemos que una traducción no deja de ser una adaptación a otra lengua y, por tanto, una traición al texto original, no es menos cierto que en España tenemos excelentes profesionales de la traducción. Por supuesto, hay de todo. Pero en general el nivel es soberbio. Hasta qué punto es importante la persona que ha realizado la traducción se pone de manifiesto en, por ejemplo, dos detalles. Uno de ellos, el hecho, cada vez más habitual, de que el nombre del traductor o traductora aparezca en la cubierta de tal o cual libro, como sinónimo de garantía de calidad. Otro ejemplo más es hasta qué punto se ha identificado en muchos casos una obra original con la persona que la ha traducido. Nadie duda, por ejemplo, que Martin es el autor de la Canción de Hielo y Fuego, pero resulta complicado concebir la lectura de los últimos libros de la serie con una traducción que no sea la de Cristina Macía. Resulta tan difícil como pensar en leer un libro de Sapkowki que no haya traducido Faraldo.

Personalmente, como traductor, cada vez con más frecuencia me resulta una pequeña tortura leer un texto en su idioma original. No por no ser bilingüe, pues lo soy. Pero como profesional no puedo evitar el hábito inconsciente de traducir mentalmente el texto. Se trata de un síndrome adquirido, pues durante años he leído en inglés o francés sin que mi mente me jugara esas pasadas. Pero en la actualidad es algo que no puedo evitar ya. Leo el texto original y mi mente tiende a buscar la traducción más adecuada, o cómo quedaría mejor en la lengua de Cervantes… de la forma más adecuada, más fiel al original y más eficaz. Al final, no es que me eternice en la lectura, pero, qué duda cabe, pierdo la frescura de una lectura directa. Eso rara vez me pasa con un texto traducido. Si está traducido con calidad, me sumerjo en él y me dejo llevar. En ocasiones, con algunas traducciones, vuelve a salir la deformación profesional, y me encuentro indignándome por alguna pifia que acabo de detectar. Pero, como digo, no resulta habitual. Lo normal es que lea de un modo más directo y natural un texto traducido, a pesar de que, especialmente con algunos autores, puede darse el caso de que el trabajo del traductor o la traductora haya tenido que dejar impreso en dicho texto su sello especial. ¿Se pierde algo y hay algo añadido? Por supuesto que sí. ¿Lo original es siempre mejor? Pues la verdad es que sí. Siempre lo es. Pero en ocasiones tiene que primar también el disfrute del lector. Y a fin de cuentas, aunque uno lea literatura de horror para pasar miedo, en el fondo, está leyendo para disfrutar. Ese es el fin último de un libro. Ser leído y disfrutado. Y si para hacer disfrutar a más gente ese libro ha de pasar previamente por una persona que sea profesional de la traducción, pues me parece muy bien.

Izaskun: Sí, sin duda. Siempre que sea posible, intento leer obras (de cualquier género) en su lengua original. Por una parte, porque son muy importantes la musicalidad y la sonoridad particulares de cada idioma, que hacen que entremos en la obra y que ésta nos afecte de una manera diferente. Por otra, cada lengua tiene una serie de palabras o expresiones que carecen de equivalencia directa en otros idiomas y, aunque el trabajo de traducción suele ser muy bueno, siempre hay matices, ambigüedades, juegos lingüísticos o referencias que se quedan por el camino. Por último, porque sólo al leer una obra en el idioma original en el que fue escrita es cuando podemos apreciar al 100% el estilo y la calidad de un autor.

Francisco: Yo leo muy poco en otros idiomas, pero sí que procuro leer al menos la poesía que me apasiona en su idioma original. La narrativa casi siempre la leo traducida, pero lo ideal es leer a cada autor en su lengua; lo ideal, al menos, intelectualmente. Si el mundo fuese un lugar mejor todas las ediciones traducidas serían bilingües, y no existiría esa cosa que tanto asco me produce: el doblaje en el cine, una costumbre que me resulta desagradable y que desprecio totalmente. Por otra parte: ¿quién puede manejar el inglés, el italiano, el alemán y el francés (por ir a lo básico) gastando en trabajar doce horas diarias como cualquier perdulario (cosa que soy)?

Aunque está claro que hay que intentarlo, en la medida de lo racional. Yo me manejo en inglés y en italiano con soltura, pero el francés se me atasca. El latín sí que es ya una necesidad, creo yo, para un lector español de enjundia.

De cualquier manera digamos que es cuestión de profundizar: si te quedas en “El sitio estaba oscuro y lleno de polvo, y medio perdido en el dédalo de viejos callejones junto a los muelles”, te estás quedando ahí, en la traducción que ha hecho un señor. Pero una vez que te preguntas, después de leer el poema cien veces: ¿qué quería decir el buen Lovecraft específicamente, qué palabra usó para dédalo, por qué no laberinto, o acaso en inglés no usó ninguna de sus homónimas? Debes ir al “The place was dark and dusty and half-lost in tangles of old alleys near the quays”. Y ahí está: la diferencia entre quedarte en la superficie o derribar el muro y encontrarte felizmente con el autor, o al menos mucho más cerca de él.

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