Mesa Espantapájaros

III Jornadas sobre Arte y Cultura del Escalofrío

Altavoz Cultural 

Mariana Enríquez

David Luna Lorenzo

María Fernanda Ampuero

Kalton Bruhl

¿Dónde radica según vuestro criterio la belleza estética de las obras literarias de Terror? ¿Cómo consideráis que se forja y dónde la apreciáis especialmente?

Mariana Enríquez: Según la búsqueda del autor, pero puede ser en las imágenes o en el lenguaje. O, como en el caso de King, en el tremendo armado de personajes, que son tan vívidos que parecen reales. Creo sí que cada vez más ocurre en el lenguaje y eso se aprecia en autores tan diferentes como Mónica Ojeda, Peter Straub o Anna Starobinets.

David Luna Lorenzo: Se trata de una estética retorcida, cuya belleza radica en ser capaz de despertar sensaciones extremas mediante la palabra. Sensaciones que han de conducirnos a uno de nuestros instintos fundamentales, ese que nos ha permitido mantenernos vivos desde que habitábamos en cavernas: el miedo. La estética viene a cimentar el modo de alcanzarlo, pues existen infinitos caminos para llegar al destino.

En mi opinión, una de las claves reside en introducir al lector en la historia por medio de la totalidad de los sentidos y no ceñirnos únicamente a lo visual, de modo que se genere una experiencia inmersiva de la que solo se pueda huir cerrando el libro y ni así pueda uno librarse de la inquietud. Cuando, como lector, me siento atrapado y con la adrenalina disparada sé que me encuentro ante una buena obra de terror. Si ya logra que quiera dejar de leer pero sea incapaz, llegamos a la cúspide.

María Fernanda Ampuero: A mí me gustan especialmente las atmósferas. Me gusta que los elementos perturbadores, el unheimlich, lo extraño, lo inquietante, vaya apareciendo mucho antes del monstruo. Quiero decir: me gusta que mientras más te acercas al monstruo (es decir, la casa, el castillo, el inframundo, lo que sea) la naturaleza, el clima, los animales, los árboles, la orografía, todo va cambiando, oscureciéndose, volviéndose peligroso. Me gusta que los ojos de las aves o de los lobos brillen mucho más en la oscuridad y tengan una cara más perturbadora, me gusta que la niebla se haga más espesa, que los árboles cobren formas amenazantes. En el cine es maravilloso el uso de una cámara un poco más frenética o de un plano menos equilibrado, un poco torcido, que genere una incomodidad inubicable, sutil. En la literatura de terror empiezas a sentir que algo anda mal, aunque no sabes exactamente qué. Empiezan los sustos (un gato que salta, un insecto, un pájaro negro, las cosas de mal agüero). Me gustan quizás más las preparaciones al terror, esos previos de los que os hablaba respecto de la aparición de lo monstruoso, que el momento en que el monstruo se manifiesta explícitamente. Eso me parece hermosísimo; la atmósfera del terror está cargada de un aire eléctrico y peligroso que me apasiona.

Kalton Bruhl: La diferencia entre literatura y cualquier otra manifestación del lenguaje siempre es la forma, cómo se estructura una narración de tal manera que el lector crea que está ante un mundo en apariencia real (aunque sepa que lee ficción). Luego está el estilo, la manera personalísima en que el escritor usa la lengua para contar. Todo esto configura el hecho estético, que se consuma plenamente cuando alguien lee el texto. Ahora bien, en la literatura de terror, tanto la estructura del relato como el uso del lenguaje deben transmitir una inquietud, esa especie de asombro petrificante con lo que lo desconocido nos aprisiona. Cuando esto se logra, el terror es parte de la función estética del relato. Es decir, la sensación de miedo que te transmite se convierte en parte de la experiencia estética del lector, que ha sido dibujada previamente por el autor.

¿Qué lugar ocupan en vuestra concepción de la literatura de Terror las referencias a los ritos y las prácticas oscuras? ¿Os atrae el binomio religión-ocultismo?

Mariana: A mí personalmente muchísimo. Creo que el ocultismo como búsqueda de una verdad mística relacionada con experiencias distintas a las religiosas monoteístas abre una imaginería, un lenguaje finalmente, que está muy relacionado con el terror y de alguna manera habla de lo mismo: levantar el velo de lo normal para ver ese otro mundo que se oculta.

David: Uno de los miedos ancestrales (y que seguirá funcionando hasta el fin de los tiempos) es el miedo a lo desconocido. Y más si eso que desconocemos pertenece a un Más Allá, a una realidad solo perceptible en determinadas circunstancias, precisamente las que promueven los ritos y las prácticas oscuras en su afán por contactar con aquello que se escapa de nuestra vista, aquello que se agazapa en nuestro rabillo del ojo y que nunca conseguimos captar directamente. Hasta el mayor de los incrédulos muestra curiosidad.

Se trata, por tanto, y siempre desde mi perspectiva, de un tema nuclear dentro de la literatura de terror. Los ritos oscuros despiertan lo dormido, abren la celda de la ignominia. Y la religión, como no puede ser de otra manera, forma parte de esa temática. Es el otro bailarín de la pareja. Porque, de hecho, la religión se basa en el rito, aunque sea como la antítesis (y no siempre) de lo oscuro. Es el otro lado, el que pretende arrojar luz a las tinieblas. Lo interesante llega cuando entremezclamos roles y descubrimos que el binomio adquiere una sola forma y la lucha del bien y el mal comienza a confundirse. Es entonces cuando los matices adquieren su máxima relevancia.

Hasta tal punto me parece interesante la inclusión de los ritos y de la misma religión y sus representantes, con todas sus aristas, que echando la vista atrás y analizando mis obras (incluidas las que no son consideradas propiamente de terror) descubro que en ellas casi siempre encontraremos elementos religiosos, o directamente la figura de un sacerdote o similar. Y es que lo religioso sirve a las mil maravillas a mis temáticas recurrentes, centradas en la condición humana y en lo que hay más allá de ella, tanto por debajo como por encima. Ese cielo e infierno presentes, en realidad, en todo momento.

María Fernanda: A mí absolutamente. Yo fui religiosa de niña y de jovencita y todo lo que rodea la religión en América Latina, en Ecuador, ese sincretismo con las creencias indígenas y afroecuatorianas, la macumba, el mal de ojo, la hechicería, me marcó para siempre. En mis historias hay mucho de eso, mucho de revisión de las historias de la biblia unidas a la brujería, por ejemplo. Además, la idea del diablo y del mal me atrae muchísimo: que el diablo haya sido un ángel, un ángel rebelde, quizás el primer rebelde, es algo que me genera fascinación. Me gusta también que en un mundo cada vez más pragmático nos siga asustando generación tras generación ese portal que comunica este plano con el otro, ese en que habitan las almas que no descansan, los espíritus malignos. La estética de las prácticas de hechicería o brujería me parece hermosísima, esas velas, esos trajes negros, esos cánticos o invocaciones, esos libros con tapa de cuero, las mujeres agarradas de las manos, el fuego, el pelo, los objetos que pertenecen a alguien como representantes de ese alguien, las fotos. Toda esa parafernalia me encanta, me atrae muchísimo y creo que es porque apela a una parte muy infantil, muy de creer en la magia. Los seres humanos como niños y como seres primitivos asustados frente al fuego, soñando con los muertos, llamándolos, negándose a que no hay nada más allá. Puede sonar raro, pero lo que nos da miedo como seres humanos me parece absolutamente fascinante, de las cosas que más me interesan en la vida.

Kalton: Para mí, las prácticas oscuras tienen un lugar destacado en la literatura de terror. Muchos fuimos educados en el cristianismo y no podemos evitar el efecto terrorífico o al menos inquietante que las imágenes y los ritos satánicos tienen en nosotros. Algunos de mis autores de terror favoritos hacen alusiones constantes a ideas religiosas y satánicas.

Me atrae mucho el binomio religión-ocultismo. En mis textos abundan las menciones de prácticas oscuras, rituales mágicos e imágenes, textos y símbolos religiosos, especialmente cristianos.

Sin embargo, casi cualquier acto humano puede ser inquietante y causar miedo, visto a través de la atmósfera adecuada. Todas las acciones humanas siempre se pueden oscurecer o ritualizar, toda historia se puede convertir en una historia de terror. Para el caso, yo suelo tomar mitos de diversas culturas, relatos orales, leyendas urbanas o simplemente relatos que la gente cuenta. Sobre ellos trabajo para dotarlos de cierta extrañeza, y a veces logro el efecto del miedo o el horror. Otras veces sólo les doy un nuevo significado, como una variación sobre una pieza musical.

En cuanto a la extensión de los textos, como autores y como lectores, ¿qué ventajas y desventajas encontráis en el contraste relatos vs. novelas?

Mariana: En el relato es más fácil sostener la tensión narrativa necesaria para el terror; una novela tiene mesetas, necesarias, pero que pueden (y de alguna manera deben) disminuir esa tensión, pues de lo contrario sería insoportable. Pero no me parece un versus y tampoco creo que se generen desventajas, más bien características con las que cada autor debe lidiar como puede, o elegir dónde se siente más cómodo.

David: Como autor, los relatos han sido mi laboratorio, pues permiten ingentes posibilidades de experimentación sin demasiado riesgo. De hecho, con ellos comencé en esto de escribir. Su menor extensión y la flexibilidad de la que gozan en todos los sentidos me sirvió para aprender las distintas técnicas, así como los posibles itinerarios a recorrer. Puedes jugar con la estructura, con los diálogos; puedes (y debes) ser todo lo osado que quieras. Se trata de una suerte de equilibrismo con red.

Pero los relatos no solo me permitieron mejorar mi escritura, sino que impulsaron mi carrera literaria, ya que los premios que gané con ellos fueron el acicate que necesitaba para probar en el campo de la novela, que, al final, salvo excepciones, es el que te abre las puertas al mercado.

En mi opinión, las novelas son mucho más difíciles de escribir, aunque solo sea por la necesidad de una férrea constancia que no permite desfallecimientos. Si el relato es una carrera de velocidad, la novela es una carrera de fondo, y un error en cualquier aspecto (y son muchos los que tener en cuenta) te obliga a realizar innumerables cambios. Porque no es tan sencillo defenestrar una novela como un relato; ¡su culminación te ha costado tantas horas de trabajo que no estás dispuesto a rendirte fácilmente! En las novelas, además, se tratan ideas colaterales, pueden aparecer más personajes, más tramas, y han de tenerse en cuenta elementos tan complejos como el ritmo a largo plazo, que debe hacernos bailar a un son determinado. Sin duda, es todo un desafío.

Como lector reconozco decantarme por la novela. El relato lo leo disfrutando del puro elemento literario, pero debo reconocer que en ocasiones acaba dándome pereza el zambullirme una y otra vez en mundos diferentes con tan poca demora entre sí, y no puedo evitar el echar de menos algo más de profundidad.

Para ser del todo sincero, optaría por el Camino del Medio, como decía el Buda. Y es que me declaro fan absoluto de la novela corta tanto en mi faceta de lector como de escritor, pues creo que conjuga los puntos fuertes de las distintas extensiones. Por un lado, la frescura, el dinamismo y el riesgo del relato; y por otro, la antedicha profundidad y la riqueza de los matices de la novela.

María Fernanda: Yo no escribo novelas, así que no os podría hablar de ventajas o desventajas. Lo que sí sé es que en mis textos yo causo mucho daño a los personajes y los pongo en la cuerda floja sin red de seguridad. Creo que presenciar ese caminar por esa cuerda no es soportable más tiempo del que le toma a ese acróbata llegar del lado A al lado B. Siento que en la distancia corta puedo poner al lector en un estado mental desesperado y que lo va a soportar porque sabe que terminará en un par de páginas. Además está el tema del manejo del suspenso y la tensión: en la novela, me parece, ese mecanismo es distinto y yo no me siento capaz de utilizarlo (aún).

Kalton: Creo que el cuento ofrece la ventaja de que se puede leer en pequeños momentos libres, algo que es importante en el mundo contemporáneo. Pero sobre todo percibo una diferencia fundamental: la complejidad del cuento viene de su simplicidad, la de la novela de la aglomeración de elementos que componen la trama. La trama en un cuento consta de uno o dos elementos, esto ofrece la posibilidad de que el lector se convierta también en constructor de dicha trama, sobre todo en la medida en que el relato deja cabos sueltos que detonan la imaginación. La brevedad del cuento, además, el rápido desarrollo de un argumento, permite que el lector reflexione sobre una situación completa en breve tiempo. Esto le da la impresión de haber estado expuesto a una luz que le mostró un lugar que no conocía, una parte de la realidad sobre la que ahora sabe algo.

¿Qué lugar le otorgáis a la muerte, como elemento narrado, en la literatura de Terror?

Mariana: Un lugar muy importante porque si Lovecraft decía que el miedo siempre provenía de lo desconocido, la Muerte es lo desconocido por excelencia. Y lo inevitable por excelencia. Lo desconocido y lo inevitable son terreno del terror.

David: Creo que, junto con el amor, la muerte es uno de los motores principales de la mayoría de las historias (sean de terror o no). Incluso en la propia vida la muerte vertebra tu existencia. Siempre está presente. Algunas culturas fomentan su visualización al modo del célebre memento mori mientras en la mayor parte del mundo occidental le volvemos la espalda, aunque, eso sí, sin dejar de observarla por el retrovisor. Nos resistimos a la evidencia mientras escuchamos el resoplido de la parca en el oído. Resulta cómico y terrorífico a la vez porque nadie duda de que ella siempre acaba ganando la pugna.

A raíz de lo que acabo de decir es fácil imaginar la importancia que adquiere la muerte en la literatura de terror. Desde un punto de vista estrictamente psicológico la muerte se erige como nuestro miedo más básico y elemental, ya sea la propia o la ajena (la de nuestros seres queridos, por ejemplo). El miedo, sin muerte, o desaparecería o quedaría relegado a aspectos muy residuales, pues la muerte no solo cuenta con un aspecto tangible, físico, sino que va más allá y puede asimismo referirse al ego, ya que la eliminación de este, de nuestros roles e identificaciones, resulta muchas veces tan aterradora como la de nuestro propio ser.

La muerte en todas sus variables es una de las materias primas con las que se construye el miedo.

María Fernanda: Bueno, lo es todo, ¿no? ¿A qué le teme más la gente que a nada? A morir, sobre todo a morir de formas espantosas, que tu cuerpo sea triturado ya sea por una enfermedad o por una máquina o por un cuchillo. Somos puro cuerpo y ese cuerpo es irremplazable. Cualquiera que haya pasado por una enfermedad o un accidente muy doloroso te podrá decir que no hay nada peor que eso, que sentir que es el dolor, es decir, el cuerpo, el que te controla a ti y no al revés. Por eso, por el miedo a la muerte, nos hemos inventado tantas ficciones para intentar revertirla, es decir, vencerla: ahí está Frankenstein, ahí está La pata de mono, ahí está Cementerio de Animales, ahí están todos los muertos vivientes. Lo que pasa es que en el terror intentar burlar a la muerte, “jugar a ser dios”, trae sus consecuencias espantosas porque la muerte es, debería ser, definitiva. En relación a la muerte están también los que vuelven de ella que, salvo en Ghost o en Gasparín, son terribles porque se trata de gente que murió de formas espantosas o que fue mala en su vida terrenal o que quiere vengarse. La muerte es el gran tema del género del terror porque es el miedo primigenio, el que nos vincula con el primer ser humano, el que no se va y no se irá.

Kalton: La muerte está presente siempre en la vida y, por tanto, en toda literatura, incluso en la comedia o el erotismo. Por su condición de fin del ser es inexplicable y por eso incómoda. Ver o leer que alguien muere siempre nos incomoda, sobre todo porque sabemos que tarde o temprano nos pasará a nosotros lo mismo. La literatura de terror juega con este miedo, construye las muertes de los personajes, incluso las más fantásticas, de tal manera que creamos que es posible que nos puedan pasar a nosotros.

Pero quizá lo más extraordinario de la muerte en la literatura de terror es su desnaturalización: deja de ser un estado para convertirse en una línea o en una puerta mediante la que está más allá y puede encontrarnos o tocarnos. Y esa línea es el límite de nuestra comprensión y seguridad, por lo que todo lo que está más allá entra en el ámbito del terror.

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