Mesa Cerbero

III Jornadas sobre Arte y Cultura del Escalofrío

Altavoz Cultural 

Mónica Ojeda

José Luis Pascual (Dentro del Monolito)

Sheila Mesa

Roberto Bayeto (Revista Mordedor)

¿Qué os da miedo?

Mónica Ojeda: La soledad no buscada, la violencia y la crueldad.

José Luis Pascual: Aparte de las respuestas comunes como la muerte o la enfermedad, ya sea propia o de seres queridos, contaré una experiencia. Hace unos años entré en una “caseta del terror” que habían colocado en unas multisalas de cine. Consistía en un pequeño habitáculo en el que entraban cuatro personas y se las dejaba en completa oscuridad hasta que un actor, convenientemente caracterizado, aparecía para asustar a los congregados. El minuto completo que nos dejaron en la absoluta negrura consiguió inquietarme mucho más que cualquier película de terror, demostrándome que el ser humano es presa de ese miedo atávico, un miedo que no desaparece con la edad. Como dice mi amigo y compañero en el Monolito Franky, mete a cualquier persona en la “situación adecuada” y sus miedos saldrán a relucir.

Sheila Mesa: Aquí donde me veis soy una persona muy simple con unos miedos muy simples. ¿Que qué me da miedo? Pues no llegar a fin de mes, no tener para comer, que me embarguen la casa… Lo típico hoy en día, vaya. Si tuviese dinero, mi hombre del saco sería un técnico de Hacienda con muy malas pulgas, pero como soy pobre cuan rata portadora de la peste, pues de momento esta terrible figura recaudatoria no plaga mis pesadillas. En cuanto a miedos más clásicos, más de libro de texto por así decirlo, pues las serpientes y las alturas. Como ya he dicho, soy una básica.

Roberto Bayeto: Howard Philips Lovecraft comienza su libro “El horror preternatural en la literatura” con esta frase: “La emoción más antigua y poderosa de la humanidad es el miedo, y el miedo más antiguo que se conoce es el miedo a lo desconocido”.

Yo no siento miedo, quizás por sobredosis de ese sentimiento en mi infancia, pero lo que sí llego a sentir en algunos momentos es temor, el que considero un preámbulo del verdadero miedo que paraliza y hace latir el corazón más rápido.

Hay dos cosas puntuales que me lo provocan, una es el cielo nocturno cuando estoy en una superficie elevada, sea la azotea de mi casa o un cerro desolado. La posibilidad —tonta— de que un ser horrible y gigantesco descienda desde la oscuridad para atraparme y devorarme la tengo desde mi infancia y a veces, en circunstancias especiales, me puede afectar. Y la segunda cosa es estar junto al mar en esas madrugadas silenciosas en las cuales no hay una sola persona en las inmediaciones.

Por eso voy a hablar del temor y de qué me lo generó cuando ya era adulto, porque en mi infancia me lo provocaba todo, desde el pajarraco con cabeza de plumero de “The Giant Claw” hasta el hombre lobo de Lon Chaney Jr.

Una tarde en la soledad de mi vieja casa de Barrio Casabó, con un corte de luz de por medio, comencé a leer “Una voz en la orilla”, de William Hope Hodgson. Tendría unos dieciséis años. Cuando llegué al final me invadió el temor, sentía que la casa me era hostil y los rincones en penumbras ocultaban formas acechantes. Recuerdo que dejé el libro sobre mi escritorio y, tratando de no sentirme un idiota, salí para aspirar el aire de la tarde sin poder creer que un relato me provocara tal sensación. Esa fue una gran experiencia que se repitió un par de años más tarde, mientras leía “Nacido de los vientos”, de Brian Lumley, sentado junto a una roca en el Cerro de Montevideo. Casi sobre el final del relato comenzó un temporal de viento espontáneo y helado que casi me arranca el libro de las manos. En ese preciso momento sentí un dejo de temor similar al que me provocara Hodgson, aunque no tan intenso y que se fue diluyendo en el quilómetro que debí caminar hasta mi casa, en medio de un ciclón que horas después arrancó techos y tiró árboles.

¡Maldito Ithaqua!

¿Qué puede llegar a produciros asco dentro del contexto de la literatura de Terror? ¿Dónde situáis el mal gusto, lo desagradable?

Mónica: Nunca he sentido asco leyendo buena literatura, sea del género que sea. Lo desagradable, cuando se trabaja bien, puede ser emotivo y toda una experiencia.

José Luis: Creo que nunca he dejado de leer una obra por su componente gore o explícito, pero sí que ha habido textos que han logrado generarme una sensación de mal cuerpo. Diría que las novelas que utilizan escenas muy hardcore dentro de un contexto pulp o fantástico no suelen afectarme; por ejemplo, englobaría en este apartado títulos como «Las babosas» de Shaun Hutson. Sin embargo, cuando ese componente se utiliza en un trasfondo realista, el efecto es mucho mayor. Por ejemplo, la crudeza de «Meridiano de sangre» de Cormac McCarthy es de las que se queda contigo durante mucho tiempo. También me resultan muy efectivas las maneras en que se utiliza lo desagradable en textos de corte más experimental o incluso poético, tal y como hace gente como Mónica Ojeda o Daniel Pérez Navarro.

Sheila: Pues, hombre, asco, lo que viene siendo asco, no se me ocurriría deciros. Probablemente nada. El mal gusto es algo subjetivo, un poco como la moralidad. Al final cada uno tiene sus límites y no puedes contentar a todo el mundo. Yo personalmente soy fan del “cuanto peor, mejor”, y siempre estoy buscando estirar un poco el límite del “mal gusto” que soy capaz de asimilar, por así decirlo. Por otra parte, seamos realistas, estamos hablando de literatura de terror, no de cuentos infantiles; ese estiramiento y deformación de los límites del buen gusto debería ser un deber autoimpuesto de todo autor que quiera escribir este género, que el terror gótico hace tiempo que se pasó de moda.

Roberto: Dentro de la literatura, nada, porque mi cabeza amolda las escenas a mis límites de sentir asco, como me pasó con Ligotti o Clive Barker, que tienen varias historias truculentas, pero no me resultaron desagradables. Deben existir autores que escriban historias repulsivas o que traten de provocar asco, pero no son de mi interés y ante la primera escena que me desagrade los dejo de leer.

En el cine del género es diferente porque si las escenas son explícitas no dejan espacio para resguardarse de ellas. Por eso lo escatológico me comenzó a resultar desagradable desde hace algunos años, más si no tiene otro propósito que provocar repugnancia. Lo visceral no me deja un buen sabor de boca, por eso prefiero lo sobrenatural, donde lo grotesco sucede por una necesidad narrativa y no para provocar asco.

Por ejemplo, cuando vi La Bruja, de Robert Eggers, me desagradó la escena en la que la bruja del bosque machaca los restos del bebé en una olla, o marmita, o lo que fuera. Esa escena me resultó gratuita e innecesaria, por lo que dejé de verla. Al final la retomé unos meses después y, saltándome esa escena, me resultó una película entretenida, aunque para nada innovadora como leyera en las críticas. Si Eggers hubiera dejado a la imaginación lo que le sucedió al bebé después de desaparecer, el clima de su obra habría ganado bastante.

Ni hablar que cosas como “The Human Centipede” cruza el límite de lo que considero cien por ciento de mal gusto.

Acepto lo desagradable dentro de una narración siempre que el único propósito no sea provocar, sino que esté en un contexto lógico. Por ejemplo, David Lynch tiene escenas grotescas y truculentas —Eraserhead es un ejemplo muy claro—, pero todas entran en un contexto coherente con la singularidad de su lenguaje cinematográfico.

En definitiva, para mí todo debe pasar por la naturalidad del talento y en ese aspecto mis límites se vuelven un poco más elásticos. Ese es el secreto.

¿Cuál es vuestro concepto de ‘monstruo’?, ¿qué características le atribuís en vuestro imaginario?

Mónica: El monstruo es lo innominable, lo que es monstruoso porque desconocemos y tememos. Para mí el monstruo siempre va a ser la criatura de Frankenstein: un ser abyecto y bello a la vez.

José Luis: No soy muy de monstruo clásico, son con los que crecí, pero no me dejaron una huella indeleble. Esa figura me impacta más cuando se ubica en una silueta difuminada o un concepto inaprensible. Lovecraft lo hacía muy bien, pero actualmente hay muchos autores que crean monstruosidades nuevas, ya sean corpóreas o conceptuales. Para mí el monstruo no tiene forma. Si nos vamos a la disciplina cinematográfica, siempre me funcionó más la sugerencia que el mostrar la amenaza. Supongo que esto es extrapolable a cualquier obra artística.

Sheila: Vuelvo una vez más al hecho de que soy una básica y una simple. El monstruo no es el engendro de tres cabezas, ni el ente horripilante de otra dimensión, ni el vampiro de piel brillante que hace que tu hija se masturbe leyendo novelas de baratillo. No, el verdadero monstruo es el que podemos encontrarnos en la vida real. Es el psicópata que conserva recuerdos de todas sus víctimas, el progenitor que viola y abusa de su prole, el chiquillo dolorido que al crecer deja que su mente rota lo lleve en busca de una horrible y probablemente sangrienta (y muy satisfactoria) carnicería vengativa. Todos nos podemos ir a dormir pensando en hombres lobo y gorgonas, porque al final del día sabemos que no existen. ¿Pero ese vecino tan majo que siempre saludaba y un día te enteras de que tiene a tres prostitutas emparedadas entre tu pared y la suya? Ese puede existir y eso sí que quita el sueño, porque imagínate cómo depreciaría eso el valor de tu propio piso en un clima económico tan inestable como el nuestro. Terrible.

Roberto: Yo creo que los peores monstruos tienen forma humana. Gilles de Rais, Vlad Tepes, Erzsébet Báthory, o más cerca en la historia, Mengele y Shirō Ishii entran antes que cualquier ser teratológico en mi definición de monstruo. Ishii y sus subalternos del Escuadrón 731 consumaron aberraciones inimaginables con los prisioneros chinos y ahí creo está la esencia de lo que para mí son verdaderos engendros.

Por ejemplo, el monstruo de la literatura o el cine comete atrocidades por su naturaleza intrínseca, porque para él ser un monstruo es inevitable. Pero eso no sucedió con Shirō Ishii. Él, como ser humano con todas las características que posee un ser humano, pudo evitar tales atrocidades, pero sin embargo las llevó a cabo y vivió hasta los sesenta y siete años sin arrepentirse por sus actos.

En mi relato “Monstruos” escribí como apostilla: “Los Monstruos que soñamos y fabricamos los humanos son los peores. No hay peor Monstruo que el creado por un Monstruo”.

Creo que eso define mi concepto de monstruo.

¿Qué lugar le otorgáis a la muerte, como elemento narrado, en la literatura de Terror?

Mónica: La muerte es el miedo último. Nos recuerda que somos frágiles y que vamos a descomponernos. En el fondo le tememos a la no existencia más que al dolor, a esa última experiencia del cuerpo. Nadie sabe lo que es la muerte, es decir, lo que es morir. Es ese desconocimiento el que contamina la mente de los personajes. El terror es a lo ignoto, sí, pero también (y sobre todo) a lo que no puede conocerse.

José Luis: Primordial. En mis relatos es algo omnipresente; cada vez que me pongo a escribir la muerte termina colándose entre las líneas, ya sea de forma explícita o en segundo plano. Conectando con la primera pregunta, la muerte es algo que llevamos tan dentro que es imposible ignorarla. Es la columna vertebral de cualquier asomo de escalofrío.

Sheila: Pues pienso que en general se le otorga un puesto sobrevalorado, la verdad. Para empezar, la muerte no es tan espantosa. ¿No habéis oído lo de “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”? En realidad la muerte no da miedo, otra cosa es la forma en que te mueras. ¿Qué es peor: ¿irte a la tumba durmiendo y en paz o pasarte veinte años en el corredor de la muerte sin saber si te van a achicharrar en una silla eléctrica que lleva sin encenderse desde la época de Felipe González? La gente se queda tocada en el corredor de la muerte, pero ¿cuántos locos habéis visto que vuelvan del cementerio? Yo ninguno.

Otro aspecto también interesante del terror que puede llegar a producir la muerte es el miedo a las cosas que no hemos llegado a hacer, esas cosas que nos vamos a perder, todas esas fotos de viajes exóticos que no vamos a poder subir a Instagram. Pero no creo que este sea un elemento que se tenga en cuenta con respecto a la Parca en el ámbito del terror, quizá más en otros géneros. Al fin y al cabo, cuando un maníaco te persigue con un cuchillo de carnicero del tamaño de tu antebrazo no piensas en ese viaje a Cancún que nunca pudiste hacer, sino en lo dolorosas que van a ser esas cincuenta puñaladas.

En definitiva, elemento del terror terriblemente sobrevalorado. Si me habláis de formas de morir o matar, entonces tenemos discusión para rato.

Roberto: Claramente no le otorgo el primer lugar. No todos tienen miedo a la muerte, pero sí al sufrimiento. Yo creo que primero viene el miedo al sufrimiento y después el miedo a la muerte. Por eso en muchos casos se le llama “la muerte liberadora”, o “la seducción de la muerte”. Porque en una obra de terror la muerte está siempre presente, pero no es lo que más aterra, sino el qué la puede provocar, si hay sufrimiento, si la agonía dura demasiado tiempo o si no existe una manera de terminar con ésta.

La muerte en definitiva es otro más de los elementos que se utilizan en una obra de terror, es una finalidad en sí, pero en muchos casos se le puede esquivar. Existen muchos ejemplos en el cine en los que el “malvado” le dice a la víctima: “si me dices lo que necesito te daré una muerte rápida”, como si esto fuera un beneficio o una forma de liberación.

En muchas obras el terror predominante es a la locura, porque la locura y el sufrimiento son dos de los peores terrores del ser humano ya que no son cosas que se deben esperar o se puedan controlar. La muerte está dentro de lo inevitable, vivimos con ella, sabemos que va a llegar en algún momento, pero no está dentro de nuestras expectativas volvernos locos o sufrir durante años.

Por ejemplo, en la obra de Lovecraft, el miedo a la locura va siempre por delante al miedo a la muerte. Quizás fuera por un temor personal de Lovecraft ya que su madre no era muy cuerda, o por el conocimiento de que su padre murió en un manicomio, pero en el terror, la locura, la tortura, el sufrimiento o la profanación son hechos que siempre se superponen a la muerte.

Para concluir, el propio Lovecraft escribió una frase que representa más o menos mi idea de que la muerte no es lo más importante en una obra de terror: “La muerte es misericordiosa, ya que de ella no hay retorno”. Y a las palabras “liberadora” y “seductora” podemos agregar “misericordiosa”, con todo lo que ello implica.

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