La Marabunta: Casi todo me da miedo

A mí me da miedo casi todo; pero, mira, se puede vivir con eso. No es culpa mía. Sería como culparme a mí de que me guste Jason Momoa o del lunar que tengo en la planta del pie. C’est la vie. Hay cosas que la naturaleza te pone encima -o debajo, como lo del pie y el lunar- y una tiene que apechugar como más estoicamente pueda.

A mí me da miedo casi todo, pero hoy la Marabunta se va a poner terrorifiquilla. Quizás por el desbordante amor que siento hacia esta noble casa que es Altavoz Cultural, o quizás por una irrefrenable necesidad de sentir que formo parte de un grupo y que a mí también me han invitado a la fiesta de cumpleaños. En este caso, la fiesta tiene título, nombre y apellidos, como la gente de alta cuna: las III Jornadas sobre Arte y Cultura del Escalofrío. Han tenido lugar aquí mismo hace unos días y han guiado la inspiración de esta humilde servidora.

Porque a mí me da miedo casi todo, soy una malísima consumidora del género. El escalofrío me gusta cuando más pegado está a la literalidad del término y en la calle hace un calor como el de hoy. Aun así -siempre por voluntad impropia-, desde muy pequeña, he sido forzosa destinataria de historias que otrora me hacían orinarme en la cama y hoy me hacen decir: “¡Calla, calla, calla!” Y como aquí todas/os, quien más y quien menos, hemos sido poseedoras/es de una infancia, voy a invitaros a conocer y/o recordar los giros más espeluznantes del folclore literario “infantil”.

Hasta que la literatura infantil se consolidara como una rama literaria más, para permitir a los niños y a las niñas disfrutar del placer de la lectura sin la densidad de la literatura adulta, con temáticas motivadoras, ilusionantes y asequibles, tradicionalmente, se contaban las historias con un único o principal objetivo: el didáctico. Aunque también pasaba que había autores como Carlo Collodi, con “Las aventuras de Pinocho”, que tenían esa mentalidad que lleva a querer aterrar, por lo que sea, a las/os niñas/os del mundo. No era bastante con hacer que una marioneta cobrara vida -terror- y que le creciera la nariz cuando mentía -terror plus-. No. Él se cargó a Pinocho haciendo que, tras un atraco, acabara AHORCADO en una encina: “No tuvo fuerzas para decir nada más. Cerró los ojos, abrió la boca, estiró las piernas y, dando una gran sacudida, se quedó tieso”. Menos mal que había progenitores a finales del siglo XIX con ganas de evitar traumas a sus hijas/os y mandaron cartas al editor para convencerle de que cambiara lo que seguramente se convirtió en el origen de las pesadillas de cientos de criaturas.

Al menos, quienes hemos sido niños o niñas en los 90 hemos podido disfrutar de una terapia sanadora gracias a Disney, que recogió muchos de los cuentos de la tradición popular y los edulcoró para convencernos de que la vida podía ser más musical que traumática. Sin embargo, cuando repasas los relatos originales, se te tiene que torcer el gesto, como mínimo. Por ejemplo, el final de la Reina Malvada de Blancanieves, quien fue obligada a caminar con zapatos de hierro sobre carbones encendidos hasta que le llegara la muerte.

A mí es que la tortura me da miedo, como casi todo. Mucha gente tiende a identificarse solo con los o las protagonistas de los cuentos. Los buenos. Pero yo, ya de pequeña, tenía una mente muy abierta. Esa Amalia de 8 años, que rechazaba el maniqueísmo y buscaba

los grises entre los blancos y negros de las historias, se veía, muchas veces, con posibilidades de ser madrastra algún día. Un final escalofriante.

Las hermanastras de Cenicienta -pobres-, quienes no tuvieron bastante con automutilarse los pies, cortándose los talones para intentar entrar en la minitalla del zapato de cristal (siempre los estándares inalcanzables); sino que también acabaron siendo castigadas por unas palomas (¡con la cantidad de palomas que hay en todas partes!), que les picotearon los ojos hasta dejarlas ciegas por tratar de engañar al Príncipe. O la Sirenita, por favor, que tiene que elegir entre matar a su crush o desaparecer para siempre convertida en espuma de mar… Por no hablar de la primera versión de la Bella Durmiente, que escribió Giambattista Basile en 1634, “Sole, Luna e Talia”, y en la que la princesa no se despertó con el beso, sino que fue violada por el príncipe, noche tras noche, mientras dormía eternamente. De verdad que menos mal que a veces nos tapan las verdades; porque yo no habría podido volver a dormirme en la vida. Sí que me da miedo casi todo. Pero más cerca del todo que del casi.

Muchos de los cuentos, leyendas o nanas que nos han contado de pequeñas/os nos han dejado marcadas/os con un terror fatal en pro de una lección moral. Por eso yo he sido siempre una niña muy buena, porque casi todo me da miedo. O quizás pasó al revés.

El coco, el hombre de la capa, el Sacamantecas… ¿Habrá cosa que dé más miedo que esa gente? Yo me acuerdo de que me mandaban a la cama tempranito, para no cruzarme con el “hombre del saco” -que debía de salir a la calle a deshoras y estaba deseando pillar a algún incauto insomne- y de que ya no podía dormir del agobio de pensar que, en algún momento, alguien estaría despierto y se acabaría dando de bruces con este señor y con su saco. Un saco. ¿Cómo un saco podía ejercer ese poder aterrador en una persona cuyo referente vital era el Power Ranger rosa? Tengo recuerdos de nanas que me cantaban y que me dejaban con más inquietud que sueño, sinceramente. Nunca entenderé por qué “los mayores” usaban la hora de dormir para meterte el susto en el cuerpo. Aquí fue cuando le cogí miedo a acostarme tarde, aunque el reggaetón me acabara devolviendo, años después, las ganas de trasnochar.

Duérmete, niña.

Duérmete ya.

Que viene el Coco

y te comerá.

También recuerdo que me contaba mi abuela un cuento sobre una familia muy pobre, muy pobre, que mataba al hijo mayor para tener carne con la que hacer los guisos… ¿Cómo no va a darme miedo casi todo? Nos contaban historias sobre padres que abandonaban a sus hijas/os en medio del bosque. A su suerte. Hansel y Gretel, por ejemplo. Esos dos hermanos no levantaban cabeza. Salían de una para meterse en otra. Los abandonan, pero se encuentran una casa de chuches y chocolate; pero la casa es de una bruja que come niños, pero la bruja les da de comer cosas ricas, pero solo lo hace para engordarlos y poder comérselos a gusto, pero consiguen engañarla en el último momento y la QUEMAN VIVA. ¡Por Dios bendito! ¡Qué desasosiego! Claro que, por otra parte: ¿Qué clase de ser del demonio quiere comer niños cuando tiene una casa construida con un conglomerado de sirope y galleticas? Aquí le cogí miedo a comer muchas galguerías y, por supuesto, a que, en un cada día menos sorprendente giro de los acontecimientos, mis padres nos soltaran en el monte a mi hermana y a mí y nos pillara sin migas de pan que ir dejando para saber regresar a la casa de una familia que, evidentemente, no iba a querer vernos volver.

Casi todo me da miedo. He vivido siempre con el temor amenazante de que mi madre me mandara a hacer recados y que, por avatares del destino, un lobo disfrazado de abuela o de cabrita me enredara y me distorsionara el pensamiento para acabar desapareciendo de un bocado -sin masticar-. Y todo por mi secular y obcecada costumbre de no hacer ni caso. Aterradora se me antoja esta imagen con la que llevo tantos años viviendo: el lobo embaucador, capaz de rebozarse la pata de harina para que le abras la puerta y de ponerse unas gafas de cerca con tal de zampársete. ¿Y si pasa? ¿Y si un día no hay un cazador cerca, dispuesto a diseccionar al animal y llenarle la tripa de piedras hasta dejarle REVENTAR de ansia o ahogarse en el pozo?

A mí no me contéis ya más cuentos, por favor os lo pido. Que no es culpa mía. No es culpa mía. Vamos a pararnos un momentillo a pensar, verdaderamente, si una persona puede vivir así sin tenerle miedo a casi todo.

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