Yo escribo la noche, Pilar Blanco Díaz

-Chamán Ediciones-

     Pilar Blanco Díaz recibió hace unos meses el Premio de la Crítica Valenciana 2021 por esta magnífica obra que hoy tenemos el placer de presentaros desde nuestros privilegiados ojos. Editada por Chamán Ediciones, su poemario huele a buena poesía, a poesía dulcemente íntima, cálida y poderosa. Su discurso poético se inserta de manera sublime entre las páginas de la inmortalidad: las autoras anteriores a Pilar y las autoras posteriores a Pilar confluyen mágicamente en esta obra, que trasciende moldes y ámbitos restrictos para ofrecer honestidad a cascadas y una belleza espectacular prendida del espectro nocturno.

     Cincuenta y dos composiciones de muy diversos largos y anchos a menudo introducidas por voces poéticas o artísticas interrelacionadas con el propio late motiv del poema son distribuidas en cuatro porciones fundamentales: Umbral, Ello, -S- y Ella

     Pizarnik es la responsable indirecta del antepreumbral y Hugo Mujica es la voz elegida para alumbrar el preumbral. La primera es bisagra completa de toda la obra. El segundo funciona como rico impulsor de aquello que late tras la primerísima página. Umbral esconde el manifiesto orgánico de Yo escribo la noche: cinco son los versos que traslucen al calor de Noche garza, un fabuloso primer bocado que elevará sobre su hambre todo un monumento a la majestuosa, compleja, única y autosuficiente dueña de la oscuridad. Como amantes y practicantes de la lectura inmersiva no podemos dejar escapar la ocasión de recomendarles que lean este libro de noche; resulta toda una experiencia deliciosa. Cabalguemos.

  1. Ello

     El crucial contraste luz-oscuridad / día-noche / diurno-nocturno atraviesa de punta a punta como un dorado hilo negro la magnánima obra que Blanco Díaz con manos artesanales, orfebres. La relevancia capital de la palabra, del lenguaje como cuerpo paralelo e intrínseco a la expresión humana y su existencia, ejecutará con plena vigencia y desparpajo una colección de metarreferencias que alternarán su imán con el de aquellas menciones al universo de los fenómenos meteorológicos -será especialmente activa la lluvia- y los diversos enclaves que irán construyendo levemente la corporeidad, el ser sobre, entre, en la noche. 

Este primer tramo del viaje -tantísimo viaje es la poesía y cuantísimo viaje hay en estas páginas (usualmente conducido por el pájaro o el agua)- propone la base, acaso la orilla: el asentamiento de la pureza y un amor hidratado son motivos y signos vivamente explicitados; la luz es la gran protagonista -en su presencia y en su ausencia, mediante distintas manifestaciones oscilantes en intensidad y modo, usualmente muy ligadas al fuego-. 

Destaca la forma como hábil compañera de las emociones: véase el uso de como en Nadie bajo la noche inmensa), el formato de diálogo entre la voz narrativa y mayo en La demasiada luz o el despliegue de la familia léxica del verbo doblar en Todo mirando. Asimismo apreciamos el recurso de la observación-contemplación: la autora nos presta sus ojos y poetiza sobre la mirada como sujeto mirador y como objeto mirado. El espacio nocturno se va llenando paulatinamente de raíces morfológicas, movimiento y faros secuenciales.

  1. -S-

     La relevancia introductoria del primer poema vuelve a ser notable en esta segunda fase del viaje, la cual redondea magistralmente esa sensación de distancia más o menos alejada con el interlocutor -a veces al oído, a veces a kilómetros- a través de la inserción del elemento epistolar (Carta que nunca fue, pero podría; Carta magna -que roza suavemente la doble interpretación a partir de una suerte de autolegislación en clave prohibitiva hacia el respeto indiscutible de ser y hacer). 

     La necesidad de decir -poesía- ante la angustia que se desata en este tramo es convocada en plena sucesión de invocaciones de huida, escapatoria, fuga. La melancolía y el dolor son ahora el otro. El negro animado de Ello ha dado paso al negro sin luna, estático en tanto que clavado, estanco, punzante. Cerrando astillas es la composición rotunda de esta segunda parte; aúna lo dicho hasta aquí y lo extiende física, geográficamente en dos direcciones: la del verso densificado y la de la localización literal. La poeta nos guía en el viaje de viajes: de sur a norte, de Alcalá a Orihuela, de Miguel a Sancho, el recorrido vital pintado de Literatura es de una belleza desgarradora. La ruina se hace madre de una travesía que empíricamente escuece mientras cura, cura mientras escuece. Y seguimos.

     El diálogo final de esta segunda etapa es una batalla entre orígenes y dioses: Pangea y la oscuridad por falta de expresión, la mudez como tumba, la ceguera como nido de voz. Un precioso canto al valor de la palabra -es Los dioses ciegos uno de los más impresionantes poemas de toda la obra, en nuestra opinión- concluye un descenso feroz, previsible de ser imparable.

  1. Ella

     Reaparece -siempre estuvo implícita- Pizarnik para inaugurar el último salón: la tercera parte de esta noche móvil y palpitante. La fluidez excelsa de los versos, las líneas y sus espacios constituyen un deleite visual y auditivo para el espectador. Leemos en tres claves entrelazadas con hilos de acero: una mayor mística simbólica y recursiva, la centralización de la mujer como sujeto revelado y rebelado y la fuerza -dinámica resistencia- como tono incesante, sostén de cuanto se vierte en tales coordenadas.

     Mujeres como laúdes de sal reúne la caricia de tantas manos hermanas; contiene el grito compartido, la carcajada sorda de hadas y brujas. Este pórtico abre todo un hábitat de pequeños pedestales hermosos: la energía del quejido, la dureza de la naturaleza y la verdosidad de la noche que centellea limpia a través de los lunares femeninos. La Maga es el personaje sublime del plano secuencia; Blanco Díaz asume el autobiografismo y se coloca en la misma fila que sus compañeras de viaje. La mitología y la tradición serán huellas bajo sus pies, balsas bajo sus mares. 

     Las últimas tres composiciones levantadas en Ella sirven de desescalada y refrescan la aparente sencillez de aquellas iniciales, quedando entre ambos extremos de la obra la total contundencia. La clausura de este definitivo tramo es puro tempus fugit. 

     Yo escribo la noche es un perfecto abanderado de la Noche de San Juan. El Sol es el gran asesinado, azotado por el silencio autoral, apenas reseñado en un par de ventanas. Emerge la poética de la rotura -desde la grieta hasta la cicatriz- con una estética singular y personalísima, que sirve a su vez como rescate del binomio creacionista en torno a destruir-construir -hermanastro de día-noche-.

     La dedicatoria impresa en el colofón a Luis Eduardo Aute -que lanza un beso a su mención activa incluida en la composición que ocupa el ecuador del conjunto de poemas y abraza la dirigida en Visión de la Belleza– nos destapa un poco más la estupenda sensibilidad que emana nuestra poeta.

     Pilar Blanco Díaz es mujer de poesía, dueña de todos sus secretos y rincones. Su obra es una maravillosa representación de la belleza más universal y de la emoción más humana. Sentimos, al concluir sus páginas, que nos ha salvado.

-Altavoz Cultural-

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