Pilar Blanco Díaz

por su obra

Yo escribo la noche (Chamán Ediciones, 2020)

Bienvenida, querida Pilar, a Altavoz Cultural y enhorabuena por tu maravillosa obra Yo escribo la noche (Chamán Ediciones, 2020). Nos gustaría comenzar sabiendo cuándo escribiste la noche: en qué momentos del día, en qué época del año, en qué contexto desarrollaste mayoritariamente tu escritura dedicada a este libro, cómo fue su proceso creativo desde la perspectiva más cotidiana.

Muchas gracias por acogerme en vuestro Altavoz. Con este recibimiento ¡qué menos que contestaros cumplidamente! Aunque aviso de antemano que lo mío no es la brevedad carveriana precisamente.

Para empezar, no me resulta fácil ponerle puertas al campo de la escritura. Por ejemplo, me valen lo mismo las horas del día que las nocturnas porque el primer verso, el que lleva la semilla del poema, obedece a una enajenación repentina más que al acomodo maniático en una geografía, ritual o “rincón de escribir”. Tampoco necesito un estímulo externo, aunque este libro sí nace de chispazos que son ajenos e íntimos a un tiempo. Sí sé que el libro empezó a gestarse a finales de 2013, creció durante el resto del invierno, abrió brechas de luz en primavera para sumirse en la tiniebla en el verano del 14. En esos meses paseé los sucesivos borradores del sofá de mi biblioteca a la butaca del jardín, a la tumbona bajo los árboles, al ordenador del estudio, a la playa solitaria o la casa del pueblo, a las tormentas del insomnio y a todas las estancias de la espera y su siamesa la desesperación. A partir de ahí siguió creciendo con añadidos, amputaciones y muchas dudas; tuvo estructuras y títulos distintos hasta que me quedó claro que quería ser Yo escribo la noche y qué poemas le pertenecían. La mayoría arranca, como ya he comentado, de una iluminación irracional o una explosión emocional, cuando no de ambas, que es la que maneja las riendas del instante. Con ese magma de imágenes y emociones hice lo que pude durante años, pero esta labor no acaba hasta las últimas galeradas, en este caso en 2020. Aún hoy continuaría haciendo cambios si me fuera posible. Mientras habito un libro habito en la obsesión.

La obra exhibe una pluralidad formal muy rica. ¿Cómo llegas hasta aquí después de una grata trayectoria previa, de un camino ya andado?: ¿qué permanece y qué se ha desvanecido de la Pilar autora de sus anteriores textos?

El camino se llama “edad” con todas sus ventajas y sus contras, aunque no siempre es grato y seguro, ojalá. Supongo que parte de la ambición de crear una voz, un mundo propios. Pero, en mi caso al menos, en lugar de erguirse sobre la confianza se apoya en el aprendizaje, la inseguridad y la constante revisión de certezas. Parece tortuoso, pero es también muy placentero y me aporta un caudal de experiencia, lecturas y modelos sumamente enriquecedor. Incluso, con los años, cierta lucidez que permite escoger con más rigor que en etapas anteriores y dejar atrás, exactamente igual que en la vida, todo lo que ya no resulta útil. A estas alturas me parece todo un privilegio mantener intacta la curiosidad, la capacidad de aprender, de maravillarse, de sentir. El camino ya transitado no solo es memoria y telaraña, tiene también presente y espero que un largo trecho por delante.

En cada libro nuevo permanece lo que la poeta y la mujer necesitan conservar porque constituyen la persona que se ha llegado a ser. Se ha desvanecido -en parte, solo en parte- lo que ya no me identifica, sobre todo los miedos y carencias que intentaba conjurar mediante la poesía. Sin embargo, no olvido que, como escribe Siri Husvedt: Parecen otros pero son nosotros, / otros nosotros esas sombras son. Mis sombras son ahora luminosas, he salido de una cáscara que me protegía al tiempo que me aislaba. Ya se sabe, no hay violencia más triste que la palabra isla, en palabras de María Negroni. Supongo que nunca me desprenderé del todo de esa inclinación melancólica e interrogante que caracteriza lo que escribo, porque “la isla” es parte esencial de mí. Pero ya no la necesito para “salvarme” sino para confirmar quién soy y con qué autonomía, para lo que no dejo de tantear y abrir atajos que nunca me había atrevido a explorar, mientras intento conservar la bendita ceguera desde la que tantas cosas se pueden ver. Me trae bastante sin cuidado que esos balbuceos míos se acerquen o no a las líneas poéticas predominantes o con mayor aceptación. Para mí, como la romántica de miriñaque que en cierto modo soy, la poesía ha de ser Verdad, la que revela lo escondido aun sin desvelarlo crudamente. Como poeta me corresponde darle cuerpo de palabras a lo que percibo mediante los sentidos, también a lo que intuyo, discurro y me conmociona. Esa es mi medida y no se trata de un juego, una mixtificación, un trampantojo. Si no interesa a nadie ya es otro tema sobre el que mi voluntad no tiene jurisdicción.

A lo largo de todo el poemario, pero muy significativamente en Ella, resuenan las poderosas voces de muchas autoras, de Sylvia Plath a Olga Novo, con mención especial para Pizarnik. ¿Son Ellas las que más y mejor han alimentado tu imaginario, tu estilo y tu carácter poético?

Hay multitud de voces y de alientos que han ido acompañándome desde el primer poema que escribí en mi vida, voces que no tienen sexo ni tiempo ni ideología, capaces de nutrirme y mostrarme el camino, que son poesía sin más atributos. Afloran en mis versos y en las citas que añado, me han proporcionado madejas de cuyos hilos tirar. Sin embargo, hace ya años que cobré conciencia -que antes no tenía- de la fuerza arrolladora de las poetas. Este libro, sobre todo en su tercera parte, ELLAS, quiere profundizar en esa hermandad de lo extremo, en la confesión del desgarro, en la muestra desacomplejada del sentimiento; y no solo eso, también en la rotundidad con que se pueden afrontar desde el lenguaje. Y para ello echo mano de nombres muy especiales, unos reales como Sylvia Plath o Rosalía de Castro y otros ficticios como Ofelia y La Maga, que han dejado la huella calcinada de su dolorido sentir y atravesado los siglos y las páginas para atrapar a un número incalculable de lectores con una obra arriesgada y poco complaciente con el statu quo del panorama literario de su tiempo, pero sin alcanzar la misma proyección que los varones. Mariposas nocturnas, luciérnagas en un mundo solar y masculino.

¿Cómo consideras que dialoga Yo escribo la noche con las corrientes poéticas actuales, concretamente con aquella desarrollada por autoras que son nativas digitales y emplean las redes sociales como herramienta base de sus creaciones?

La verdad es que no tengo la menor idea, puesto que, obviamente, disto años y leguas de ser nativa digital, si acaso forastera recelosa. Es verdad que un libro, como cualquier producto (ya que hace tiempo que la industria intenta con bastante éxito que los libros se conviertan en un “producto” más del mercachifleo universal), puede encontrar en las redes altavoz y pasaporte para llegar antes, más lejos y a muchos más lectores que de otra forma no sabrían de su existencia, pero la facilidad comunicativa no me vale si desemboca en falta de profundidad, de ambición, de pensamiento, además de en ramplonería expresiva. Desde niña he sentido atracción por las palabras y una vez aprendida la norma me he dedicado a manipularlas a mi placer como quien moldea arcilla, pero me gusta la transgresión, no el envilecimiento. Las redes sociales, por su misma naturaleza, suelen caer en la trampa de la facilumbre y por huir de lo refitolero renuncian a ser ejemplos de rigor y riqueza lingüísticos; en ellas triunfa la inmediatez mientras yo vivo en el tiempo de los glaciares, en la velocidad de las tortugas. Así que, aunque tengo cierta querencia por el ingenio verbal y la improvisación, no les doy más importancia que a los garabatos que hago en un papel mientras escucho una conferencia, mero antídoto contra el aburrimiento. Al defender que hacer poesía, hacer literatura requiere una mayor reflexión, puede que esté dando la espalda inconscientemente a esas “corrientes poéticas actuales”, al menos a cierta parte de ellas que se ha decantado por la “poesía nádica”, la que es a la auténtica poesía como el potito de verduras a la alta cocina.

A veces pienso que sin alusiones al cine, a la música, sin fragmentos en inglés, checo o urdu, sin exhibiciones culturalistas que nunca han sido mis referentes ni tampoco la inmersión en el mundo cotidiano, veloz, urbano y narrativo de los cien mil hijos de Bukowski…mal voy. Y no es que lo critique, nada más lejos de mi intención, cada uno debe escribir sobre lo que le parezca y como le parezca siempre que no se instale en la impostura. A mí es que no me sale, ni soy ratón de biblioteca ni rata de callejón. Pero claro que empleo la intertextualidad en mis poemas, claro que en ellos se agitan numerosos guiños, alusiones, reelaboraciones y homenajes, ¡si soy una mulier legens desde bien mico! Pero para cuando los utilizo ya han pasado a formar parte de mi torrente sanguíneo. Son tan yo como yo misma.

Por tanto, el diálogo de Yo escribo la noche con quienes se mueven como peces en esos medios provendría no tanto de la autora sino del libro en sí, que es lo que realmente me importa. Y esa conversación, si se entabla (ojalá), es personal, no la conozco, necesito que me la cuenten.

Crítica y público, jurados y lectores ociosos coinciden en la potencia de tu poesía, digna de halago desde ambos enfoques. ¿Qué ingredientes consideras que debe tener una obra poética para alcanzar corazones de diferentes ámbitos e intereses? Paralelamente, ¿cuál fue la mayor dificultad a la que te enfrentaste en el desarrollo de Yo escribo la noche?

Si lo supiera seguramente mis libros estarían más presentes (o presentes al menos) en los escaparates físicos y mediáticos, pero no es así ni hay riesgo de que llegue a serlo. La verdad es que nunca me planteo nada semejante cuando escribo, porque fijarse un propósito que no sea la escritura misma sería, creo yo, ahogar el impulso espontáneo que la genera. A veces me pregunto dónde estará la llave del cuarto secreto de Barba Azul, pero más por curiosidad que porque tenga intención de ponerme a buscarla. Y a estas alturas ya…

Yo me identifico con Rebeca Solnit cuando afirma que La labor de los artistas es abrir puertas y dejar entrar las profecías, lo desconocido, lo extraño. Sin embargo, a otros muchos les gusta precisamente lo doméstico y convencional. Es probable que a ese tipo de lectores no les atraiga lo que escribo desde mi rincón, pequeño pero con vistas y aspiración de infinito.

Busco la intensidad porque no soy contemplativa sino excesiva, el apasionamiento más que la tibieza, la hondura a la que se accede como si no pesara; por eso el principal escollo que encontré al construir este libro fue conseguir que en los poemas fluyeran sin enfrentarse potencia y delicadeza, lo sensorial junto a lo visceral, lo que sugiere con lo que se derrama en imágenes y metáforas que transmitan el modo en que mis ojos perciben e interpretan la realidad. Y también mantener el equilibrio entre la verdad íntima y la verdad literaria, trabajar con materia sensible pero convertirla en poesía, que es cosa muy distinta. Si lo que hago tiene algún atractivo es la autenticidad. Quien me lee y me conoce identifica a la melancólica, a la que se cuestiona todo en cada poema, aunque quizás le gustaría encontrarse con la ácida y desinhibida que campa por el mundo real. Quien me lee y no me conoce se acerca a una de las pilares que hay en mí, esa solitaria incluso entre la gente que es, precisamente, la que escribe poesía.

¿Por qué Chamán Ediciones como hogar elegido -una vez más- para mostrar tu arte?

Chamán es un hogar muy acogedor, lo ha sido desde el principio. Pero es que además me han allanado una labor que siempre me ha resultado incómoda y he evitado como he podido, la de buscar editorial, enviar inéditos, hacer antesala palaciega. Si es para mí soy muy escrupulosa y pazguata en eso, me violenta rondar, recurrir a los amigos… Puedo dejar que pasen los años y los manuscritos se acumulen sin haber movido ficha. Cuando Chamán me ofreció la posibilidad de publicar con ellos en los dos casos no lo dudé: edita muy bien, con buen gusto y criterio; cuida los libros y a los autores; está cuando tiene que estar. Es gente honesta, generosa y majísima, no necesito más. Se merecen toda la suerte en un mundo tan difícil como necesario.

La noche y la luz conforman un binomio fundamental que retratas de múltiples maneras a lo largo del poemario. Empíricamente, a través de tus lecturas y de tu propia labor escritural, ¿cuál dirías que es el elemento original y cuál el derivado por la ausencia del otro en tu concepción poético-simbólica?

Se me vienen a la cabeza unos versos de Claudio Rodríguez: ¿Y la noche qué importa si aún estamos buscando un resplandor definitivo? Así escribo, atravesando una, múltiples noches en busca del resplandor.

Por carácter y circunstancias vitales tiendo a escribir desde la desazón y la tiniebla, que llevan implícitas la invocación y añoranza de la luz; una luz en ocasiones ausente o herida, pero siempre anhelada. Incluso en las etapas en que vivo en ella con total plenitud no puedo evitar regresar a la zozobra existencial cuando me asalta un poema. La pérdida es el combustible con que se alimenta mi hoguera como en otros autores lo son el gozo de vivir, el cántico, la mirada complaciente, la comunión con la naturaleza o la degradación personal y atormentada. No obstante, aunque mis lecturas preferidas se inclinan irremisiblemente hacia los temas que conectan conmigo, también disfruto con la poesía celebratoria, de humor, de sesgo social, irracional, estupefaciente… Si es buena casi toda me vale. Casi.

¿Qué canción o canciones le pondrías de fondo a modo de banda sonora a Yo escribo la noche y qué tres poemas consideras que podrían ser adaptados como letra de canción a un formato específicamente musical?

¡Vaya preguntita! Me resulta complicada de responder porque confieso de nuevo que soy un bicho raro, no puedo tener música de fondo mientras leo o escribo, necesito un nivel de concentración tan alto que cualquier cosa lo altera. Si acaso escucho música clásica cuando mi estado de ánimo se potencia con ese lenguaje y ambos dialogan en una atmósfera parecida. El arrebato puede presentarse en cualquier circunstancia: mientras voy en el coche, esperando turno en una consulta, en medio de la noche, vigilando un examen…, pero después, cuando toca corregir, desarrollar, y encontrarle una forma, necesitaría aislarme del mundanal y omnipresente ruido.

Dicho esto, podría evocar, al leer Yo escribo la noche, el álbum “Emboscados” de Amancio Prada o el Andante del concierto para piano nº 2 de Shostakóvich. Porque los escuché mucho en la época en que iba llenando páginas con esbozos de poemas que mucho después reuniría en Yo escribo la noche, porque me sostenían y revolucionaban sin quitarme el trance.

En cuanto a la segunda parte de la pregunta…pues tampoco lo tengo nada claro. Por un lado empleo muy frecuentemente recursos de repetición como la anáfora y el paralelismo que facilitarían encajar el poema en un ritmo musical, pero dependería del formato, no me veo en rap, trap, reguetón mami, ya tú sabes… o cualquier otra de las aves del nuevo gay-trinar. Un Battiatto, un Aute… la cosa cambiaría, pero me temo que ya será para la próxima resurrección.

Teniendo eso en cuenta, quizás “Algo de mí partió”, “Del tamaño de un nido” y “Noche garza” por decir algo. Pero a priori me cuesta imaginarlo.

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