Quemar la casa, Lara Losada

-Valparaíso Ediciones-

     Lara Losada ha logrado sublimar la belleza de la destrucción, ha conseguido elevar al dolor, la violencia y la tristeza a una nueva dimensión poética. Quemar la casa es una de las más crudas lecturas que vais a poder echaros a la cara. Es una bomba, un objeto afilado con sangre en la punta. Lara danza desnuda, con una transparencia más propia de un diario personal musicalizado públicamente. Ha sido un placer descubrir sus entrañas y habitar su casa. Para verla arder. Con nosotros dentro. 

     Tres bloques, como tres plantas o pisos de un mismo edificio, componen este recorrido sin ascensor al sótano más sórdido del corazón de la autora: Contra el padre; Contra el cuerpo; Contra el lenguaje. El primero contiene cuatro niveles (los tres primeros integran su propio juego nominal): Quemar la casa, Verla arder, Conmigo dentro, Romper la herencia. El segundo contiene dos: Nuestro espacio, Esto son mentiras. El tercero expone otros dos: La mujer primera, Transfiguraciones. La distribución de poemas luce de la siguiente manera: 3, 4, 6, 3 + 3, 9 + 8, 9, respectivamente. 

     La cita-prefacio de Elena Garro, “Todo lo que soy es contra él” (referida a su pesadilla vital protagonizada por su enemigo Octavio Paz) es la inmejorable entrada -en espíritu y esencia- al conjunto de textos, los cuales presentan poderosas referencias internas, en voz de Lara Moreno, Anne Carson, Adrienne Rich o Jeffrey Eugenides, así como menciones autorales a Pizarnik, Woolf, Vicente Romero Redondo o Freud -como antagonista-.

     Como útil guía para ejercicio colegial, vamos a dejar aquí señalados los temas, los sentimientos, los recursos, los datos biográficos y los rasgos de estilo de la autora:

     Temas principales:

herencia, violencia, muerte, identidad, maternidad; 

     Sentimientos: 

suciedad, tristeza; 

     Recursos: 

lenguaje (como poder destructor, como arma vengativa, como herramienta creadora, como pozo de conflicto de expresión y como soporte para el reinicio de la historia en clave feminista), en forma de silencio, conversación, discusión y provocación; a través del uso del ordenador. Coordenadas religiosas; fuego como elemento definitivo; el cuerpo (especialmente pezones / pechos y la recreación íntima / sexual). El río y el patio como lugares claves además de la casa;

     Biografía: 

dos menciones a sus ocho años; la transformación física como metáfora de pérdida de inocencia de aquella niña rubia de ojos azules; su formación en Psicología, su trabajo en el mundo editorial y sus lecturas;

     Estilo: 

intertextualidad constante y frecuente uso de metalenguaje; empleo de cursiva para diálogos, pensamientos, reflexiones y giros lingüísticos; narración en pasado sostenido, en presente pretérito; aforismos y conciencia del propio estilo; detalles vinculados a su poema publicado en Aquel invierno que gritamos y a su novela Un poco de tu leche.

     A continuación procedemos a colocar las piezas de este extraordinario puzle, como estrellas en la galaxia literaria que nos propone Lara Losada. Vamos a sus constelaciones.

     Contra el padre

Este primer contra es el gran contra de todos: los subsume, los encaja en su mandíbula, los salpica de sangre. La casa es el padre, el padre es la casa. En su primer texto hallamos, a modo de autosinopsis, la génesis de la obra, cuyo primer término es “hogar”. Los dos siguientes poemas completan esta suerte de introducción al caos ardiente de Losada: se nos confiesan los motivos del enfrentamiento irreversible, se nos presenta la hija no amada, no deseada, la terrible comparación con el hijo que nunca fue. En estos primeros pasos nos asomamos a ciertas imágenes fuertemente religiosas, que apuntalan en nuestra retina una atmósfera conservadora, sometedora y devota en diversos sentidos.

En Verla arder se menciona ya el término “transfiguraciones”; asistimos al episodio del golpe traumático, ese que todo lo llenará de tristeza. Lara comienza a desgarrarnos, a contarnos cosas con una sonrisa envenenada: la de la incredulidad, la rabia, la ansiedad, la tensión arrugada. El bombardeo hacia la figura paterna alcanza la cota del hombre como legión de padres, hermanos, abuelos, varones. Hombres que todo lo siembran de fuego frente a mujeres que son agua. En el IV poema de esta ristra emerge mamá, regazo agridulce de algunas de las escenas más hondas del libro.

Conmigo dentro termina de establecer en el centro la herencia -biogenética, sociocultural, intrafamiliar- como tema troncal del camino poético. Arranca Romper la herencia en pleno vuelo de ramas de árbol y pedazos de techo. Los dientes sangrantes nos recuerdan a b., esa criatura de la que nos habló Lara en su poema para la antología Aquel invierno que gritamos. La pérdida es el otro gran océano. La inocencia se evapora con el rubio y el azul de la niña que creció, en una metáfora física bellísima y ruda. En esta última fase se introduce el uso del ordenador -para trabajo y ocio- como herramienta rutinaria de la autora, que nos baña de inmersión en sus ojos de editora, de lectora, de zorra, de putita.

Estas cuatro ventanas reúnen la más significativa interconexión de los textos dispuestos entre sus páginas. Son un todo cerrado pero dinámico, imparable hacia el próximo estadio, donde el ojo del huracán no hará otra cosa que expandirse entre suciedad y tristeza.

     Contra el cuerpo

Entran como leves oasis las imágenes del río y del patio hogareño, espacios amables, propicios para la fantasía maternalista, vecinos del pecho, otro de los grandes puntos cardinales de la obra: pezones y leche son erótica y cuidado, son excitación de chat y alimento del futuro (lean ustedes Un poco de tu leche, novela de la autora, para acariciar con decencia el simbolismo que baila aquí). El primer tramo, Nuestro espacio, funciona como antesala de Esto son mentiras, escenario central y céntrico de la obra, epicentro del terremoto feminista, de la mujer que, autora, reivindica espacio, cuerpo y lenguaje. Es la parte más combativa del poemario, con perlas como el homenaje al desgraciadamente viral Aylan Kurdi. Lara combate tristeza con suciedad promovida. Combate el lenguaje con metalenguaje. Combate al padre con la horda de mujeres infinitas, sean madres, abuelas, insignes escritoras, hijas o no-hijas.

     Contra el lenguaje

La tercera y última sección de Quemar la casa es también la más equilibrada: La mujer primera y Transfiguraciones conviven pared con pared, sujetas por el mismo tabique. En esta habitación de doble puerta hallaremos un “poema de vida”, una invitación notredamesca a quemar el poemario, una declaración de estilo sin cortapisas y la proclamación decisiva: el deseo de albergar la NO HERENCIA.

     Rebelión, cuerpo y lenguaje son los tres escudos. Padre, herencia y conflicto expresivo son los látigos que hay que romper con las defensas altas y la guardia protegida por mujeres, recursos de siglo XXI y formación -vital y profesional, en ese puto orden-. Lara es salvada por sus lecturas, por su memoria del dolor y por su constante reflexividad. Lara sacó a Lara de la casa y la llamó hogar mirándola a los pechos. 

     Quemar la casa es un poemario eterno, dificilísimo de acotar, trocear, subrayar o exhibir. Escapa a la frialdad del análisis escrupuloso, aniquila la pausa del observador y se inyecta en la carne con su verdad. ¿Acaso es Lara Losada poeta? En ocasiones la respuesta es más grande que la pregunta y lo quema todo. Te abrazamos en el patio, amiga.

Altavoz Cultural

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