Desde mi ventana, Lucía Gárdez

     Estabas ahí (sentada)…

     …en el peldaño de tu casa, con tu inseparable libreta en tu regazo y el lápiz pendiendo entre tus dedos. La suave brisa del atardecer te revolvía los cabellos que se escapaban de tu improvisado moño, ese que siempre te hacías con dos bolígrafos rojos marca bic. 

     No había nadie más en tu jardín. Las flores eran los únicos testigos de la batalla que se desataba entre tus dedos y esa superficie que apuñalabas con la punta de tu lápiz favorito. Era aproximadamente del mismo tamaño que tu dedo índice porque lo utilizabas tantas veces que iba menguando tanto como los últimos rayos de sol.

     Tus ojos azul marino miraban fijamente la hoja garabateada como si fuera un espejo. Las ideas siempre pasaban por tu cabeza demasiado deprisa y yo sabía lo mucho que detestabas no ser capaz de organizarlas todas al mismo tiempo para plasmarlas en tu libreta de tapas amarillas.

     En tu fuero interno deseabas que tus ideas fueran como soldados: graves, rectas, organizadas con marchas que siguen movimientos establecidos, uno, dos, uno, (dos)… Sin embargo, se asemejaban más a los cajones de tu habitación: caóticas, confusas, revueltas, sin orden y sin fin.

     Tu espalda muy recta se parecía a un muro contra el que se frotaba Misifú, ese gato color negro que adoptaste poco después de tu decimosexto cumpleaños. No te importó que tus padres te dijeran que eras alérgica a los gatos, ni que probablemente tendrían que devolverlo en cuanto se te cerrara la glotis. Confiabas en que todo saldría bien porque un ser tan peludo y tan lleno de cariño como era tu gatito de patas blancas no podía, ni quería, hacerte daño. 

     Aún recuerdo cómo te observaba escondido tras la madreselva, incapaz de apartar la mirada de tus cabellos, esos que bajo el cielo enrojecido siempre brillaban como si fueran de oro.

Tu rostro de porcelana se agrietaba por la concentración, sumergida en esos mundos de seres con orejas puntiagudas o naves espaciales que viajaban más allá del cinturón de Orión.

     A veces me preguntaba si algún día tendría el coraje suficiente para acercarme y así posar una de mis callosas manos sobre tu hombro desnudo. Tal vez pegarías un brinco, maldecirías entre dientes y te subirías las gafas a toda prisa sobre tu nariz aguileña. Esos luceros se volverían hacia mí y me mirarían con una fuerza capaz de detener el latido de la mismísima Tierra.

     No sabía cuándo llegaría el momento en el que te diría que me encantabas, que amaba tus letras encarnadas porque sentía que me hablaban personalmente sobre los problemas que me negaba a poner en voz alta. Sin embargo, hasta el momento lo único que hacía era dejar que mis brazos colgaran caídos a lo largo de mi cuerpo.

     Ojalá pudiera abrazarte. Ojalá pudiera retorcer uno de esos mechones negros y acariciarlo entre mis dedos.

     Misifú emitió un maullido y tú levantaste la cabeza con aprensión, cerrando la libreta

temerosa de que alguien pudiera echar un vistazo a tus letras. Eras demasiado metódica y no te gustaba que leyeran tus textos cuando aún no te sentías preparada para compartirlos. Los revisabas una, dos y tres veces antes de publicarlos en la revista del colegio.

     Pensé que era hora de irse, pero no podía apartar la mirada de tu figura al ponerte en pie. Los tirantes de tu camiseta resbalaron por tus hombros y te los colocaste de cualquier forma mientras le susurrabas unas palabras a tu negro minino.

     El atardecer dejó paso a una noche plagada de estrellas. No recuerdo el momento exacto en el que me armé de valor para hablar contigo. Es lo que tienen esas imágenes forjadas en la soledad… se empañan de las horas que se viven en compañía, de los “te quiero” susurrados entre sábanas que huelen al aroma de tu jardín. Las hojas de tu libreta ya no eran un espejo de tu alma, sino espectadores de la serenidad inquieta con la que se visten los colores del arcoíris.

     Nada de eso importa en este instante, frente a la fría roca que reza tu nombre. Las hierbas sembradas alrededor se enzarzan en una amenaza implícita con la que tratan de ocultar la fecha en la que el ritual de la vida decidió fallar a manos de un opulento bebedor de vino.

     Si te traigo de vuelta, ¿serás tú misma de nuevo o te faltarán piezas, trozos importantes de ti misma?

     Extraño tu aliento (pútrido) en mi piel, tus manos (frías) en mi cabello, tu risa (hueca) en

mis oídos. 

     Mi mente profética no escucha a mi corazón roto y pienso que el amor no es cuestión de tiempo, sino de falta de valor. Si hubiera sido más atrevido, si no hubiera pasado tantos días

observándote desde la ventana de mi habitación, habríamos vivido muchos más segundos juntos. Mi falta de valentía solo consiguió restarle minutos al tiempo.

     Eras una escritora de verso libre encerrada en un cuento con punto y final.

     Estabas ahí (sentada)…

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