Geometría de lo imposible, Ernesto Alcalá

-Valparaíso Ediciones-

     Geometría de lo imposible es un carnaval de sensibilidades. Su autor desliza melancolía, esperanza y dicha agridulce entre unas líneas sencillas, equilibradas e increíblemente musicales. Todo un homenaje a la Poesía en su imagen más inefable.

     Dostoyevski nos presenta una de las teclas fundamentales de la obra: el mundo del sueño, lo onírico, ese sutil idealismo que viste lo poético como ilusión primaria. La breve nota de autor desmenuza intenciones y tal confirmación: estamos ante un tributo transparente, sin ornamentos ni flautas traveseras. El alma es la protagonista de los versos destilados, pues no hay mayor regalo poético que hacer poesía. Ernesto Alcalá es ducho en estas vidas del alma y, mediante cuatro bloques -de diez y un ocho triple en poemas- interpretará una melodía excelente. ¿Quieren escucharlo?

     De arrullos y mundos

Aún resta un prefacio que se ha colado por la ventana de esta primera planta: Ser Poesía es mucho más que el primer poema del conjunto; es el manifiesto, la confesión y la presentación pública. En él hallamos el bello elogio al silencio como perfecto estado cuando las palabras no son extraordinarias -¿no es acaso esto la definición invertida y esencial de Poesía?-. También aquí se autocita el nombre de la obra y se asienta el modelo paradigmático que -esquemáticamente- sustentará la gran mayoría de las composiciones.

Aplastado ese bendito prefacio poetizado, nos hallamos en medio de una densa nebulosa de silencio: el vehículo que ahuyentará excesos y falsas promesas, así como el peligroso ego autocomplaciente. Alcalá se esfuerza; se intuye su post-producción en sus obras, se observa su naturaleza detallista y entregada. Conocemos rápidamente otro de sus fetiches: las posibilidades expresivas a través de los sentidos principales. Ese “poeta daltónico”, hermano del amigo íntimo del silencio, compañero del poseedor del oído entrenado, es en sí mismo una de las grandes personalidades que desentrañan una de las claves del poemario: Alcalá es natural, común, ordinario -perdón-. Su terrenalidad es una fantástica prueba de honestidad con su poesía, que refleja torpeza medida, espontaneidad calculada, libertad por los cuatro costados. Es el poeta más cercano que hemos conocido en tiempo y al que sí podemos imponerle ese wonderfulista sello de “es como nosotros” sin abusar de la ficción que trasluce la distancia entre lector y pluma.

Formalmente adivinamos tras las costuras más clásicas –La mirada amatista– la explosión rupturista contenida que terminará desbocándose paulatinamente. En este sentido, Geometría de lo imposible es una cascada de triple nivel: primero luce la superficie pulida, después salta hacia algún saliente enroscado y ya cerca de su impacto último se retuerce sobre sí misma para recrear una fuente dentro de una fuente.

Es en este primer segmento donde también testamos los dos grandes aliados creativos del poeta: amor y naturaleza. Ambos en numerosas formas y dibujos -hasta con un ‘desaparece’ espaciado…-.

     Estancias vacías

Entramos de lleno en el universo poético de Alcalá -como el instante en el que metes la cabeza al completo bajo el agua para superar el frío externo-. Aquí hay más jungla de la prevista. La paz entra en conflicto con el anhelo y la calidez se tuerce fría en algunos puntos en los que nos encontramos despojados de toda piel. Los títulos de los poemas se han vuelto grises y cada vez arañan más. Limbo está fabricado para ser detonado en directo, ante micrófono y a plena oralidad. El amor, el sueño (los sueños, el mundo de los sueños / el mundo soñado) y una cierta mitología enraizada componen el pentagrama de esta segunda fase.

De la Hecatombe al Deshecho, la rudeza se instala en nuestros pulmones, que desbordan autocompasión en los momentos de debilidad y coraje para escalar el mañana. Nos deja marcas como esta: “En las cloacas de un callejón gris / encontré, descompuesto, el firmamento”.

Poesía optimista en tres minutos es nuestro caramelo favorito de este surtido, que regresa a las referencias metaliterarias y autonominadas para abastecer a la Diosa Poesía de mucho silencio, páginas en blanco, reflexiones sobre el propio lenguaje y sus quiebros. El tiempo es el nuevo fichaje del equipo de los tópicos y abarca bastante campo.

     Crepuscular

Acechamos la noche -tras el ecuador estructural del libro- con violenta quietud: nos asomamos, pudorosos, al abismo experimentalista que esconde Geometría de lo imposible -y ofrece un comentario práctico bellísimo al título con pruebas muy contundentes-. Alcalá rompe las páginas y hace origami. Parábola es extraordinaria en ejercicio y resultado. 

Acuden prestas la cursiva para doble voz, la prosa poética y la ubicación barcelonesa cruda. El autor ha pegado fuego a los violines. Sin perder su sonoridad intrínseca, su voracidad progresa más allá de lo cotidiano y se adivina lejos de casa. Juguetea con los límites de la tradición o, mejor, juguetea con diversas tradiciones que se golpean en un ring sin árbitro. 

El homenaje al loco en el portazo previo a coger el ascensor es abrumador: lo tomamos como cancioncilla neopopular desde ya. Qué adecuado, qué bien situado para contar y contarse la poesía de Alcalá en este tercer piso y qué digno en el retrato más desnudo de cuantos ha hecho el poeta al espejo desde que rompió su silencio. Subamos.

     En alto

Nos estampa Alcalá un soberano Carne en la frente al abrir este último paquete. Las texturas y las musas se multiplican como los panes y la infelicidad en estas últimas huellas del recorrido terminal hacia la terminal de vehículos desguazados. Hemos asistido, inesperadamente -confesamos- a un decrecimiento absoluto, a una decadencia cruenta y cruel. Apenas hallamos paz y cierto cariño en al menos tres cuartos de la obra. Estos ocho tenores que agitan el pañuelo de la despedida son ocho cañones que sentencian cualquier motivo de prosperidad.

La figura femenina es más concreta en sus apariciones; la amiga naturaleza resiste las embestidas de un aparato artificial edificante cada vez más frío y ajeno. El silencio apenas sobrevive a un tono que se ha dinamitado. Como escaso objeto de deseo pretérito, el lirismo no solo ha traspasado el caos estético de la tercera selva, sino que en este cuarto estadio ha recuperado su compostura original. El estupendo análisis es, pues, de un híbrido genial entre las herramientas del primer Alcalá y los escenarios del tercero, siendo el segundo un generoso trabajador de sombras y el cuarto, el campeón con la copa levantada. Todos necesarios en este perfecto ejemplo de proceso.

En alto es un abrazo infinito entre alma y corazón: hemos comprendido cada uno de los eslabones expuestos y ahora contemplamos una cuarta parte que reúne mucho más profundamente la pura esencia de cuanto se nos prometía en aquella nota de autor. Ahora hemos entendido todo, sin necesidad de panorámica posterior al cierre. 

     Ernesto Alcalá ha creado una pieza muy original. Geometría de lo imposible es un artefacto bello y sagaz, armado desde lo minucioso y convenientemente zarandeado en los instantes justos, precisos. El poeta comparte con su público una sinfonía que desde la personalidad individual viaja hacia un universalismo torcido, desviado del foco más obvio o recurrente. ¿Tal vez ha reclutado una nueva horda de almas hambrientas de poesía?

Altavoz Cultural

BREVE ENTREVISTA AL AUTOR

Bienvenido a Altavoz Cultural, querido Ernesto. Enhorabuena por tu obra Geometría de lo imposible. Nos gustaría comenzar desvelando los tres porqués: ¿por qué Geometría de lo imposible, como concepto y como título?

El concepto original del libro es su título propiamente, fue lo primero que escribí. Tomo como punto de arranque la profunda frustración que experimentamos cuando nos sentimos coaccionados, sea por la falta de oportunidades, la pérdida o cualquier forma de abuso, situaciones que, de manera más o menos virulenta, se dan en la vida de todos nosotros y que, en definitiva, sesgan nuestra libertad; y en contrapartida, he querido plasmar un sentimiento de reverencia ante el instrumento que abre esa puerta cerrada: el lenguaje, y un paso más allá, la poesía, un modo de sentir y de reinventar el mundo que conecta con la verdad más recóndita de las cosas. Geometría de lo imposible, pues, es una búsqueda de orden ante lo abrupto, un ejercicio que quiere ensalzar la armonía que nos constituye esencialmente frente a la agresión que nos destruye.

¿Por qué en 2021?

No es algo que estuviera premeditado. No obstante, es cierto que a inicios de 2021 me estaba haciendo muchas preguntas, necesitaba eclosionar en alguna dirección. Tenía la sensación de que se escapaba la vida y necesitaba luchar por un sueño más que nunca. Creo que a pesar de la desgracia de la pandemia, en el tiempo presente existe una conciencia colectiva reforzada, una mirada interior mucho más profunda y una necesidad renovada de sentirnos unidos. Estoy convencido de que la poesía, como ninguna otra expresión artística, nos impulsa a quitar el disfraz a mucha de la pantomima que nos rodea en nuestra sociedad materialista, lo cual no puede ser sino una invitación al progreso.

¿Por qué Valparaíso como hogar?

Cosas del destino. Mis antepasados son de un pueblo muy cerca de Granada, que es donde Valparaíso Ediciones tiene su sede, así que la evocación me resulta muy especial. Cuando me llamaron me llevé una gran alegría, pues de hecho Valparaíso estaba a la cabeza de las editoriales que a priori más me interesaban. Me gusta la denominación “hogar”; creo que en poesía es fundamental sentirse entre amigos, pues, a fin de cuentas, al escribir un poema y ofrecerlo al mundo estoy trasladando mi mayor grado de introspección a la intimidad de otras personas, y en esa afiliación, casi fraternal, reside la magia. En Valparaíso creo que se entiende bien este concepto, pues impera un espíritu de familia que admiro, encabezado por el propio director, Federico Díaz–Granados, y nuestro editor, Fernando Valverde, ambos poetas consagrados. Se trata de una editorial de ámbito internacional en cuyo catálogo conviven premios Nobel con voces completamente incipientes.

¿Cómo fue su proceso creativo desde cero y cuánto grado de autobiografismo puro —retrato quasiliteral de experiencias— alberga?

Siempre he sentido devoción por la poesía, que ha tenido presencia en mi casa y a la que he sido fiel desde niño. Sin embargo, me atrevo a decir que mi vida se ha visto impregnada de poesía en su radicalidad, más que haber reflexionado yo sobre lo que poesía significaba para mi, o haber inducido su conocimiento conscientemente. A los envites de la vida he respondido en muchas ocasiones con un poema, de forma bastante visceral, como queriendo modelar mi lugar en el mundo en unos versos. Quizá por ello, tan pronto me lancé a escribir Geometría de lo imposible, desde la certeza de que quería compartir mi vocación poética con el mundo, percibí una transformación interna potente: una fuerza casi frenética que se proyectaba hacia la bondad y el amor. Con todo, el grado de autobiografismo es elevado; existe en el libro una mirada retrospectiva hacia acontecimientos determinantes de mi vida, vertebrados en buena parte por la pérdida, y cimentados en el coraje que nos conduce a la superación.

¿En base a qué criterios decides establecer su estructura interna respecto de la distribución y aglutinamiento seccional de las composiciones?

El poemario comienza con De arrullos y mundos, que es una lectura del instante, si podemos llamarlo así; una voz susurrada, en un momento vital caracterizado por la incertidumbre, la duda, en el cual me sobrevino la necesidad de determinarme sin ninguna reserva en el acto poético. Esta parte que abre el libro está caracterizada por la idea de descubrimiento.

Estancias vacías es una mirada a la vulnerabilidad del ser humano, a la soledad que lo vertebra en un mundo que transita, quizá, demasiado deprisa, y donde nuestra mirada queda difuminada frecuentemente en tierra de nadie. La palabra que mejor describiría estos poemas es anhelo.

Crepuscular es un despertar al mundo, o mejor dicho, un desempolvar mi mundo interior, desde la sencillez y la franqueza. Estos poemas viajan de la alabanza a la tristeza, de los destellos del alba a la palidez del ocaso. Si tuviera que acotar en una palabra el sentido de esta sección, elegiría confrontación.

En alto es la parte en la que vuelco mi mayor emotividad; son poemas, cada uno de ellos, que reflejan hitos importantes en mi vida: unas veces desde la denuncia, y otras desde la admiración. Si tuviera que retratar esta sección, lo haría con la palabra pundonor.

Reside en sus páginas una fuerte carga de belleza, perseguida y encontrada, plasmada. ¿Qué referencias artístico-culturales nutren tu imaginario y cómo ha evolucionado tu forma de hacer poesía desde tus primeros textos hasta la fecha de esta publicación?

Empiezo por el final: el poemario base, con sus treinta y cuatro composiciones más la introducción, podríamos decir que salió de una pieza, en un lapso de tiempo reducido, de unos cinco meses. Fue intenso y gratificante, y lo viví con emoción. Entonces, el modus operandi no ha cambiado en exceso con relación a los poemas que he ido escribiendo a lo largo de una vida, poemas que desgraciadamente no conservo; sí varía la intención, lo cual me ha llevado a realizar un trabajo de revisión minucioso en el que, básicamente, he logrado generar mayor profundidad de silencios y vacíos. En la escritura, en general, creo un poco más en la fuerza de la espontaneidad que en la perspicacia de la reflexión, aunque confieso que disfruto por igual de ambas cosas, que son ramas de un mismo árbol.

En cuanto a mis referencias artístico-culturales: en mi casa no había libros, pues provengo de una estirpe de aceituneros, que poco entendían de números y letras. Mi madre siempre contaba la anécdota de que mi abuelo, con buena intención, hacía que le leía un cuento para dormir, y siempre cogía el libro al revés. En el seno de mi familia había, sin embargo, mucho amor por el flamenco y la poesía, disciplinas en las que mi madre, a viva voz, se manejaba como pez en el agua. Esa fue entonces mi más temprana referencia artística, arraigada en la tradición andaluza, junto a la influencia de un hermano pintor y otro melómano. Pronto me interesé sobremanera por la música, y antes de cumplir los veinte años me profesionalicé como pianista, y es algo que mantengo. Indudablemente, la música ha cultivado mi alma por completo. También me he relacionado con gente de teatro, he amenizado tertulias literarias, y he ejercido religiosamente como músico de calle. Entonces, mi mayor imaginario es un elenco de personas muy queridas y con mucho talento, con las que he bregado en libertad a lo largo de la vida.

Aunque siempre he escrito, entré en la lectura tarde y con poco acierto —creo que escribía para desquitarme, pues lo que leía no me gustaba—. Mi llegada a Australia, país en el que resido desde 2011, me ha supuesto una reconciliación con muchas cosas: con la lluvia rompiendo sobre verde, no sobre asfalto, con la lectura. Me gustan Ida Vitale, Antonio Daganzo, Rosana Acquaroni, Lorca, Bécquer, Huidobro, Isabel Bono. Y sigo a la búsqueda.

Terminemos con unas evocaciones:

¿Un lugar idílico para leer Geometría de lo imposible?

Un bosque, sentado en una piedra frente a un río.

¿Una canción como su BSO?

Fire and Rain, de James Taylor —me pido la versión en directo del álbum One Man Band—.

¿Un color que lo identifique simbólicamente?

Amatista.

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