De un mundo raro, Solange Rodríguez Pappe

-InLimbo-

     Guayaquil es capital del asombro narrativo. Del acontecimiento. Solange Rodríguez Pappe acoge en sus textos una literatura tan poderosa como adictiva: confesamos antes que nada la extraordinaria sensación de haber leído menos páginas de las que contiene esta brillantísima antología de relatos. El viaje sensorial y epidérmico que nos ha proporcionado desde un imaginario salvaje, espiritual y trascendental quedará coagulado en nuestra memoria. InLimbo vuelve a ser la cueva donde suceden las fogatas. En el centro, sobre las llamas, una mujer cuenta cuentos y todos los animales escuchamos.

     Raro, hermoso, lúdico. Eso es un mundo responde al título que tan sencillamente óptimo encaja en la frente del discurso introductorio que Giovanna Rivero realiza como prólogo. Cuatro bloques cuádruples de primer pie quebrado (uno / cuatro / cuatro / cuatro) se reparten los diamantes hasta saturar el irracionalmente flagelado número trece. 

     La dedicatoria previa al concreto ensayo de Rivero filtra un primer contacto intramundos, tan personal como significativo. Detrás de sus volutas la artista boliviana reivindica el torso del renacimiento rayado por la aguja de la invención, la creación como modelo último y predilecto de conservación. Captura Giovanna Rivero la necesidad y la jungla de Rodríguez Pappe como gatera al escrupuloso análisis que lanza sobre las zonas de la obra y su inmortal cohesión, a una escala materialmente menor que la que podremos ofrecer aquí, sin duda mucho más elegante y cabal que nuestra propuesta. Giovanna nos deja solos en el primer árbol y se desvanece risueña. Metemos la pata.

I

     Una poética

Tres cuerpos silábicos es lo que tarda el adjetivo ‘raro’ en emerger desde las manos de la autora. El segundo responde al nombre de ‘hombre’, otra pieza básica en el universo que se nos abre delante. La primerérrima persona narrativa es Solange, en cuerpo y voz, como personaje canalizador y omnipresencia. Se pasea protagónica por los recuerdos y vivencias que embriagaron su alma en una Feria del Libro en Valencia.

Cuatro relevantes personas -dos anónimas, dos de alto nombre propio- constituyen su mapa de calor. Gracias a la charla con Vicente Cervera podemos levantar el pretérito camino de Solange -tan alargado en lo fantasmal; el eco más sonoro de cuantos rescataremos en la obra presente-. El hombre raro y la mujer fanática formarán el primer dúo transmisional de esta serie de cuentos: obsesionado con los seres espectrales y portadora de la historia elevada del difunto escritor César Dávila -mágico referente reconocido por la autora en ambos extremos estructurales: poética y agradecimientos-. Todas ellas serán menciones dialogadas incrustadas espontáneamente en el fluido torrente narrativo, reservando los guiones y otras llamadas tipográficas para la inevitable distinción de un foco hablante frente a muchos posibles. La cuarta figura es, claro, el propio Dávila.

La original forma de Rodríguez Pappe de presentarnos su poética es tan fascinante como ejercicio como honesta en cuanto a resultado: efectivamente, este primer texto contiene las instrucciones creativas de nuestra autora, goteadas entre intercambios verbales con uno u otro congénere o deslizadas entre solitarias confesiones a cámara. Así, temática y formalmente, la guía la completan el simbolismo animal -inaugurado por el oso (dorado; primer gran color revelado)-, que corre en libertad por el fuerte campo onírico tan constantemente avivado por Solange y sus personajes; la belleza estética, el lirismo desbordante, el juego incesante en enésimos modos, el humor espinoso que pincha nuestra carcajada inocente. Todas cualidades maravillosamente aglutinadas como primera gran exhibición en el último párrafo grueso de esta poética. Dávila continúa flotando.

II

     Noche de difuntos

Rompe el silencio la primera cita introductoria, de índole bíblica, previa a la primera -una de las escasas- voz masculina narradora. Se trata de Justino, contraparte del dúo femenino que nutre su vida en forma de mujer e hija en un equilibrio que hallamos ciertamente similar al que conforman los personajes familiares de El sueño de los jueces, de Jeremy Robert Johnson. También nos recuerdan a dicha historia sendos detalles vinculados a la lejanía de ellas frente al primer plano de él y al propio desarrollo de la actividad del hogar cargado a sus espaldas como amo de casa. En esta ocasión nuestro protagonista debe ocuparse de los preparativos de la noche de difuntos, la última que disfrutarán en su ubicación actual.

El otro fiel amigo de Justino será el perro de su hija, mascota canina representativa de cuantas invaden estas páginas paridas por Rodríguez Pappe y elemento crucial en una celebración que bien podría extender su interpretación hasta sugerir acaso que la autora plasma justamente ello en De un mundo raro: una permanente, detallada y feroz noche de difuntos.

Tangencialmente elegida, la particular tradición por parte del linaje de Justino se abre paso entre el incansable debate sobre la forma solemne vs. la forma lúdica de vivir tan señalada fecha. De la eterna madre a la pretendida heredera, el horror acude entrelíneas generacionales para hacer del ritual un espacio macabro, ancestral pero tan pegado al suelo…

La invención creacionista de Rodríguez Pappe adquiere aquí un homenaje que acaricia su poética y recupera las palabras de Rivero: con vísceras animales y barro todo es posible en manos artesanas. El rojo arremete con bestialidad en un episodio sangriento y horrendo que nos despierta el instinto de los ojos a medias. Brillante fiesta violenta y repugnante.

     Compañeros de viaje

Siguiendo la flecha de los grandes títulos globalizadores nos chocamos con el primer y más grande cuento de fantasmas de la antología, teñido de blanco sábana desde la propia cita musical que nos da la bienvenida. Nos subimos en marcha al oscuro autobús del diálogo infinito. Nos embarcamos en un rumbo paulatinamente indefinido y angosto hacia el nihilismo mortal (disfrazado de costa/playa en la literatura de Rodríguez Pappe). Guayaquil, escenario absoluto del conjunto cuentístico, es también el motor geográfico de esta excursión a doble vida entre allá y acá.

La generosa plurigeografía mentada es hija del personaje múltiple, que arroja historias, leyendas, mitos y sombras por tan diversas -y firmemente diseñadas- bocas. La momia, la gata dorada, la niña accidentada o los campesinos furiosos son algunas ilustraciones de un cuento trepidante en ritmo y escalofrío. Los escritores, los artistas, tienen su leve gramo de luz en un texto que logra impresiones tan indescifrables como la que eterniza el minúsculo recorrido de diez pasos hasta el baño atrancado.

Acarreando la muerte -de cuerpo presente o fosilizada- en sus manos, los inquietantes viajeros alcanzarán su destino parcial con silueta de cementerio. Sin embargo, estamos ante el magnánimo durante de toda la saga: espíritus como fondo, como comienzo tétrico, como mantenido acompañante, ¿como broche?, ¿como consciente reflejo presente? Jueguen a detectives. Pista: la perra del gringo se llama Parca.

     Las dramáticas imágenes

La otra gran crónica de sucesos, partida de una tercera persona mucho más ajena a los diálogos. Segundo emparejamiento: Lisandra Guerra y Luca Gallo, en el relato más nominal -apellidos incluidos- del libro. La dupla persigue el reportaje definitivo sobre los crímenes acaecidos en la insegura Guayaquil mientras la voz en off denuncia el sensacionalismo y el morbo puro en época de Internet, teléfono móvil y red social -al modo que podemos encontrar en otro relato alumbrado en la misma casa editorial (“#Nora”, Los ritos mudos -Nerea Pallares).

El debate que se coloca en primera posición relegando aquel es el que gira en torno al exclusivo empleo del término ‘femicidio’, a tenor -a soprano- de la desgraciada identificación de la mujer como la víctima tantísimos atentados, cuya secuencia narrativa abre la cortina para comenzar a alternar su exhaustiva descripción con la infantil vigente rutina de Renata, la hija de Lisandra.

El afilado deseo que se desenlaza al cabo de estas líneas -tan ajusticiador en concepto de volteo histórico, acaso una expansión de venganza femenina concentrada- es tan brutalmente perverso. El rojo y el dorado acaban de congeniar espléndidamente.

     La profundidad de los armarios

Presenciamos el estreno del segundo espacio contenedor de almas y seres atrapados en la frontera vital detrás del autobús. El armario será una de las joyas de esta antología a través de este relato que tanto dignifica su empleo como elemento comunicativo -primo hermano de los espejos quizás-. Recuperamos al fin la primera persona femenina para conocer a una protagonista madre de gato -el insólito Muñeco-, criatura del afecto en una infancia familiarmente complicada y estímulo decisivo hacia la exploración del espacio improbable hasta asimilarlo como costumbre indefinidamente recuperable. Así llegará la etapa universitaria y el combo vértigo más llamada que justificará posteriores incursiones hasta atenuar el pavor original.

De nombre Maka, la amistad sexual hallada en viaje de fin de curso atraerá con ella una novedosa relación: cama y armario serán los perfectos mellizos. Inicio y despedida se aferrarán a la fugacidad unitaria y la nueva vida de la exploradora dará sus primeros pasos con un esperado reencuentro. De uno a otro, pasando por la reconciliación maternofilial y jugueteando con las afinidades sobrenaturales que nos ofrece el amor, nuestra viajera se topará con una densa y heterogénea colectividad como primera representación del concepto de ‘fauna’, tal vez ‘tribu’, seguro ‘especie’ de los que observaremos en esta colección.

El color amarillo, especialmente potenciado para los ojos -felinos y humanos-, y una autoproclamada última imagen de “hembra mandril” serán los dibujos más notables. Con este cuento Rodríguez Pappe ha amueblado alguna parte de nuestro futuro bagaje literario, estamos convencidos.

     II es un sabrosísimo primer plato: la polivalencia narrativa conduce un deliciosamente accidentado trayecto entre manifestaciones de la no vida -o la vida más vida de todas- hacia horizontes cubiertos de paciente arena. Los relatos más explícitos se aglutinan en un cuarteto que inevitablemente proyecta violencia y visceralidad desde los puntos cardinales que resultan ser los sucesos (e infrasucesos) -tan reales / creíbles-.

Encajados en un esquema A-B-B-A si tomamos los dos centrales como grandes promotores de la metanarración desde las entrañas de la transmisión, dispuesto en uno de tipo A-B-A-B si deseamos resaltar la crudeza gráfica en cuanto a muertes, crímenes o intenciones. El hombre como enemigo naturalizado de la mujer queda claramente abocetado en Las dramáticas imágenes para ser subrayado con mucha más contundencia desde los personajes activos en próximos bloques. Su contrapunto definitivo será la niña, que acaparará la marcada figura infantil -no desfilará (sí, desfilará, vigilen el movimiento explícito) un solo chiquillo por estas páginas-, todas ellas gloriosas: la hija heredera, las viajeras vacías, Renata -capitana del equipo- y la temprana amante de los armarios. 

Los primeros animales esenciales describirán un triángulo forzosamente isósceles: perro presa genérico-la perra Parca-el gato Muñeco. Los tres trabajarán desde su influjo en la arquitectura de una dinámica exposición de presencias y ausencias. El rojo y el amarillo -en orden jerarquizado- serán las pinturas más espesas de un capítulo ambiciosamente ceremonial. Rivero no nos dejó linterna.

III

     Una luz inolvidable

Prende este tercer habitáculo la voz femenina. Vera se sitúa en el ecuador entre ciudad y costa, entre Tierra y Saturno en el texto intergaláctico de Rodríguez Pappe. El lector es vestido como “amiga” y escucha atenta pero relajadamente la bélica historia del impacto de especies. La densidad, el humor -pretendido o indirecto- y el baño romántico serán los ingredientes de un pastel extraterrestre que saciará con mucha singularidad el cebado contraste mujeres vs. hombres a escala espacial.

Iker Marciano será uno de los más potentes personajes masculinos de la presente colección; absolutamente empatizable, convincentemente diseñado como caballo de Troya y un oasis feminista. Su piadoso enfrentamiento contra los suicidas de la playa precederá -como estupenda tecla de compasión frente a Vera y las lectoras- la horrible sorpresa camuflada en otra piel. Ese adorable extranjero espacial, por el que la protagonista prescinde de las píldoras doradas, oculta un terrible secreto que, no obstante, significará a la postre el triunfo del amor más rotundo. La extrañeza es retratada con maestría en este agradable regalo que nos hace la autora.

     Una nueva especie

Lo onírico y lo terrenal han tenido un vástago forjado en lodo sobrenatural en esta fábula legendaria de fondo anti-apocalíptico (lo que parece un final pero indiscutiblemente es un principio, incluso El Principio). Nos habla directamente Ella, la Madre Tierra. Y tiene hambre. 

El texto más icónico de la antología, rozando el manifiesto personalizado, derrocha seres vivientes por doquier como meros gránulos en sus intestinos. Nos cuenta sobre niñas desde los ricos valores alimenticios; alude a hombres con un incremento voraz apretado en su paladar. El importante concepto de hembra que cabalga pesado por esta obra reajusta aquí sus líneas de expresión.

El creacionismo muestra su cumbre subterránea -¡abajo con la dictadura celestial!-: “Gestamos desde el barro una nueva especie” sentencia y abraza el título por detrás de la página. La belleza de la concepción vital alcanza en estos párrafos una nueva conquista. Bajo sus turbulencias orgásmicas se gesta mágicamente la semilla imparable que restablece el dominio natural, sin abandonar el deleite corporeizado con el macho humano. El marrón nos cubre enteros.

     La noche del hombre salvaje

La tercera heteropareja del tercer estadio antológico está compuesta por Clara y la cálida -o cánida; perdón- voz masculina que ejerce como narradora. El mundo del sueño se despereza en esta ocasión con más notoriedad y orienta muchos de los constructos que atraviesan el argumento, además de abastecernos estéticamente con un lirismo genuino que bebe del binomio despertar-anochecer y ya provoca distorsión, borrosidad sensorial, en uno de los más espectaculares comienzos de cuantos caben en De un mundo raro

La salud del dúo se percibe sincera, trabajada en una rutina amable tejida en torno a la mecánica elaboración de comida y la obsesiva anotación de datos, observaciones y pedazos de (auto)conocimiento. Él encarna en extremo la inmensa cualidad de la gran mayoría de los personajes -al menos de los positivos- que es la curiosidad: se muestran altamente vivos, despiertos e insaciables.

El fragmento dedicado a la investigación en materia de civilizaciones antiguas, arqueología y desentrañamiento de nuestro pasado como especie cumple la doble función informativa desde la nutrición del hombre sagaz y la mantenida contribución al imaginario desenterrado en el conjunto de cuentos.

Por su parte, la comunicación a través de la naturaleza será en esta propuesta una forma idílica que honrará la usual vía de la oscuridad. El bosque y los perros -iluminados por la soberana luna- serán jardín y hermanos del florecimiento. La adopción es un admirable método de amor. Peligro: se avecina la ruptura de este bálsamo enamorado de tres cabezas con la cuarta historia del subconjunto.

     El mar espera entre las astas de los ciervos

Una tercera persona adecuadamente distante nos filtra uno de los mayores combates ellas vs. ellos. El pueblo elegido para el contraste original entre la jocosidad femenina y la aparente ingenuidad masculina queda dinamitado por la llegada de Queen, un “hombre chapado en oro” que desequilibrará costumbres, ritmos de vida y la propia existencia de Trinidad, la hembra sobresaliente de su grupo e inminente emparejada respectiva.

A menos de diez pasos del verano cambiará catastróficamente el futuro más presente, lo que acelerará el cambio de madre y hermanas por hombre y padre del hombre por parte de una Trinidad que reúne algunos de los aspectos característicos más apasionantes de toda la obra de Rodríguez Pappe.

El fuego cobrará su cota de relevancia en las páginas dentro de un ecosistema que bien merece la catalogación de enorme exponente del naturalismo ambiental, tan enrarecido y acechante como siempre, trufado de sensaciones sombrías, miradas ilocalizables y esa grotesca claustrofobia al aire libre, todo ello complementado por los inabandonables sueños. Las adversidades se sucederán progresivamente en un relato marcado primeramente por manchas amarillas.

La convivencia se rodeará de muerte y cadenas arrastradas. El mantra hechizante salpicará conceptos que recogeremos nerviosamente más adelante: llaves y candados. Llegará la nieve con su manto exterminador. El huerto será medio y fin. En un texto rayado hasta el cráneo de agresividad, las escenas sexoafectivas y el aura de respeto generacional serán medidas de belleza que ajustarán el daño a los ojos desde una historia crudamente forjada con una guerra inagotable en el pecho. 

La paulatina resolución de conflictos traerá la misma fatalidad en las consecuencias: desde el último entierro familiar hasta el asesinato en la barraca, sin esquivar el inicio de una silenciosa conexión obsequiante. Como tres puertas a un mismo derrumbamiento. El fuego será irrevocable y la comunidad de féminas y hembras se revelará divinamente ab-ARCA-ble. ¡Salve, su sacerdotisa!

La honda huella de este cuento es rastreable desde el dorso de Una nueva especie -que tiende el tablero para su ocupación con estos párrafos-, desde la hermandad de sus seres con los habitantes de armarios -y próximos sótanos-, desde la fabulosa cubierta de De un mundo raro, erigida centro de mesa. Es la fogata bajo los pies de Solange.

     III es especie y mundo: el bloque más ambicioso en términos de latitud, longitud y cultivo. La Madre Tierra es el cuartel general de contrastes étnicos, enfrentamientos pro supervivencia y regresos -desde el más allá vertical y desde el más allá horizontal-. Todas estas dinámicas se pueden personificar en las cuatro parejas que respectivamente copan cada parcela textual: Vera-Iker, Madre Tierra-hombre sometido, Clara-hombre doméstico, Trinidad-Queen -la excepcionalmente tóxica, que quizás devuelve nuestros pensamientos a la superficie real-.

Es la cuna de lo salvaje, más allá de sus representativos títulos, escaparate de elementos como el fuego, el barro, la nieve, protectora de una fila infinita de animales, proclama de las primeras plantas -cuyo crecimiento aguarda una fuerza capital a continuación-. La hembra y el onirismo contemplan con gafas anti-radiación las drásticas agonías del mundo en una travesía que recurre al pasado -con sus batallas y sus tesoros-, al misticismo cercano a la producción religiosa y al color dorado como marcaje de los peligros carnales. Dejamos atrás la frontera simétrica enriquecidos de minerales.

IV

     Autodiagnóstico

La voz renace en garganta femenina y segundo cuerpo impedido del círculo pseudoprotagónico. Por ella ruge una atronadora crítica a ciertas maneras sociales, incluida una sensacional metáfora del popular pan y circo que confronta el tabú de la muerte con el escudo ciego del entretenimiento. 

Uno de los grandes aforismos de la obra articula la necrológica acción que bombea vida amarilla al son de las travesuras de la mujer y su más estimable compañero de sala -el gran “compañero” (vs. esposo) de estos cuentos-. “Echarle ganas a la muerte” es otro de los tatuajes de la mano autoral.

Voz doblada, manos sustitutas, pies ligeros. La no identificación es propiamente materializada y la restauración mueve montañas en uno de los más asépticos ejemplos del duelo dentro vs. fuera que representan espacialmente muchos de los mapas que sustentan los movimientos de los personajes. Ah, uno de nuestros predilectos. 

     Calamidad doméstica

Llegamos al sótano, el impresionante canal subterráneo que recorre el suelo de esta antología. Nos esperan 4-1 mujeres: Dos, Tres y Cuatro, que miran desde abajo a Uno en su rutina junto al tan temible como deseado Barba Azul [No descartamos la teoría de que Tres -áspera y destructiva-, Cuatro -sensible y temerosa- y Dos -racional, líder natural- sean los pedazos del alma personal de Uno, pero no es lugar para sobreinterpretaciones].

La querida ‘comadreja nocturna’ Dos personificará algunas de las escenografías más desgarradoras del tremendismo amoroso -hasta la asfixia, hasta que no te corte con el cuchillo-, mientras que Uno padecerá la pesadilla premonitoria de la suplantación. “El suceso”, fragmento epicéntrico, conciliará ambas perspectivas durante la ascensión de las mujeres ocultas a la superficie, avivadas por la incorporación de Cinco, brotada del útero de Tres. “Calamidad doméstica” abraza como epílogo el título mayor.

Uno de las más complejas y fundamentales historias -además de una genial versión del clásico popularizado por Perrault- es expresada por boca de Dos a través de una estructura microantológica con once capítulos titulados. La búsqueda de conquista de las mujeres sobre el hombre se apoya mejor que nunca antes en una confrontación natural desde la transparente descripción de unas y otros, definidos como especies polares que se atraen con la misma contundencia con la que explosionan. El sentido de ‘amor hermético’ y el eco esclavista basado en el manojo de llaves se sitúan alrededor del mismo fuego que contonean de manera tribal y numerosísima ellas. Si avanzamos un poco más por el sótano podremos visitar a Trinidad.

     El mundo estará ahí afuera

Le toca el turno al sabor agridulce. Retoma la tercera persona su asiento para prestarnos la grisácea vida de la docencia prejubilación raída en su garganta. Como si de un último servicio -¿nacional?, ¿planetario?; en cualquier caso premonitorio- se tratase, la invencible profesora recalca la importancia de no desatender a su pequeña clase de ingenieros manchados en plena construcción de la conmemoración patria. Barbarita tiene ya un trozo de nuestro corazón para siempre.

Estamos ante el grandioso cajón de bombones lexicológicos, de mayor a menor en dimensión: la leyenda del titán Atlas > el enigma del último hombre postapocalíptico que escucha el tono de llamada durante su fatal caída > la carta recordada / soñada de aquel novio de juventud.

La imaginativa truculencia decorativa -proyectada en uno de los sueños más nauseabundos de todos los confesados en los trece cortes- no logrará inundar de rojo un texto que, como la extraordinaria maqueta escolar, nos fundirá con su material para alojarse definitivo en nuestra alma. Otro gran favorito.

     La madre

Acaso la contrapoética extremada en ubicación como glorioso epílogo conjunto. Acaso la madre de todas las madres. O puede que solo un cierre perfecto. La introducción célebre es literaria, cuentística, de un tal Hans-Christian Andersen, tomada de su inmortal Historia de una madre. Nueve prenatales capítulos como sucesivas etapas de un proceso contado por una voz tercera nos insertan en una rosa tan preciosa como sangrante. La quebradiza fortuna inicial sumergirá el foco visual en azufre: estamos ante la mayor manifestación de horror -gráfico, físico y emocional- de esta bendita serie.

La supervivencia postraumática extenderá dos luces dispares tras el primerísimo entierro: padre y madre entenderán sus espacios unipersonales como Norte-Sur del mismo hogar. Una leyenda pretérita de sacudida latente en el sentido creacionista de la obra y otra absolutamente vigente para los implicados en este presente texto refugiarán con abrigo de solución consoladora el gélido vientre materno.

Así conoceremos la casa de la ceiba, el enclave diferencial y un templo dentro de los márgenes de este libro. Regresan las llaves y los candados con un fin bien distinto. Tras ellos hallamos muerte, una preciosa imagen atmosférica de hoja caduca. 

Volvemos al hogar con el cuerpo descompuesto y sin abandonar la poderosa producción visual, que ahora nos enseña en pantalla elevado al cuadrado un salvaje video erótico de mujeres indómitas fornicando con un hombre atado, y ya en el retorno a objetivo único la tan radicalmente diferente respuesta del padre promotor y la madre ultraescéptica. Completa la racha un turbulento sueño enraizado en la suplantación.

El Mes 6 clava con su solitaria oración la barrera intuida como irreversible entre ambas posturas. La casa de la ceiba será más adelante la causa de fuertes martillazos a grito de conflicto sólido y la misma sede de esperanza.

El Mes 9 abrirá los ojos al “verdadero nacimiento” en un epílogo reconciliador que unificará con una sensibilidad exuberante los puntos de encuentro vital mediante el imperfecto abrazo vegetal. Una delicia.

     IV es territorio feminista de máxima graduación. En él habita la rev(e/o)l(a/u)ción. Es cueva del amor, la batalla, los hombres mansos y los verdugos, las ménades, las llamas pasionales insuperables y el metal de cerraduras, con la casa como gran lugar que todo lo comprende.

Las cuatro mujeres principales despliegan desde sus huesos la muerte y la maternidad -en su catálogo más anhelante-. Son las magnánimas adultas de una espectacular fiesta infantil: Cinco, Barbarita y el más amado niño -y único reflejo masculino de minúscula edad- ocupan el trono a la derecha de la madre, elevado sobre fantasmas, espacios (in)habitados y un noble compendio de enfermedad y gravedad fisiológica. Una joyería de cuatro puertas.

     De un mundo raro nos comunica su frondosidad desde unos títulos ciertamente transparentes, tres citas introductorias -bíblica, musical y literaria- y una impresionante demostración del poder de la imagen escrita. Nos deja, por encima de todas, una sensación lúdica, ajena a cualquier tono oscuro, enfatizada además por la ausencia casi total de negro -y de blanco- gracias a una paleta en la que se reúnen jubilosos el dorado, el rojo, el amarillo y el verde, tan vistosos como acotados.

Solange -primerísima mujer de su antología, encarnación de la figura de la escritora- nos permite conocerla bastante y, entre otros méritos, funda el éxito literario de armarios y sótanos como dos bisoños espacios que, junto a unos cuantos semejantes, practican la comunicación de la otredad, el suceso, la proliferación de especie y la resignificación de la mujer como entidad.

Ellas -de inolvidable nombre propio o de imperial nombre común (la madre, la profesora)- desarrollan su fortaleza desde la unión colectiva y la convicción individual. Luchan y vencen. Ellos -de foráneo nombre genérico (tienen la exclusiva del término ‘gringo’ y una correspondiente notable representación) o de altisonante nombre personalizado- oprimen,  enredan, afectan. Son derrotados, sometidos, desterrados en un enorme porcentaje salvo en aquellas gratísimas excepciones que no implican amenaza y disfrutan de la convivencia y el respeto. La infinidad de historias traídas por los propios personajes establecen los puentes más originales, devastadores y bellos entre ambas comunidades. Insistimos en que la niña Renata es el ángel vengador de todas sus hermanas.

Resulta muy interesante el hecho de que aquellos cuentos que engloban una presencia animal capital no reciben ciertas concesiones narrativas hacia las voces de los personajes, sino que son encarados y transmitidos directamente por Rodríguez Pappe. Las referencias son fascinantes en lo simbólico y huyen formalmente de la sobrecarga -no esperen una loca selva descontrolada sin sentido-. Sus principales soldados -algunos de nombre ilustre- son: perros y gatos, después osos y después roedores y reptiles, acudiendo a primera fila dos muy definidAs: la “hembra mandril” y la querida “comadreja nocturna”.

El pariente vegetal reduce la estadística pero equilibra la responsabilidad: el manzano y la ceiba son troncales. Seres vivos, seres inertes, seres ausentes, seres latentes y seres humanos, juntos, complementarios, pero todos alrededor de un mismo fuego entrelazan sus manos para protagonizar el asalto a una Madre Tierra que es su titiritera.

     Nuestra experiencia lectora respecto de las publicaciones de la editorial InLimbo consiste en una suerte de ritual en sí mismo. Nuestro cuerpo ya sabe que va a leer un libro de su colección cuando nos disponemos a ello. De un mundo raro no ha sido una excepción a esto: más bien al contrario, ha resultado el punto de inflexión en nuestra consciencia. Porque tiene imán, uno gigantesco, vestido de piel de oso. Deslumbra su belleza como una luna llena incandescente. Solange Rodríguez Pappe se convierte en nuestro espíritu preferido y decidimos permanecer en su bosque. ¿Qué linterna?

Altavoz Cultural

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