Ni aquí ni en ningún otro lugar, Patricia Esteban Erlés

Ilustrado por Alejandra Acosta
-Páginas de Espuma-

   La maga zaragozana y primera dama de la cuentística española volvió a encantar con sus pócimas textuales a propios y extraños. Patricia Esteban Erlés, inestimablemente acompañada de la brillante artista chilena Alejandra Acosta, nos engulle de pies a cabeza en esta nueva propuesta para el catálogo indispensable de joyas literarias terroríficas. Ni aquí ni en ningún otro lugar coge la tradición y la doma, hasta una posición incómoda, para sacarle todo su jugo y añadirle sustancia negra, de rápida coagulación. 

     Un total de dieciséis cuentos de diversa extensión entre la página única y la veintena y una decena de impresionantes ilustraciones repartidas indiscriminadamente a lo largo de las historias tienen la culpa de este último escalofrío. Pasen, lean, observen, admiren. 

La vieja

     La imagen inaugural del primer cuento y, por ende, de toda la colección, ese retrato sublime de la vieja, significa, a nuestro juicio, una presentación de doble filo: Alejandra Acosta nos muestra a la protagonista de la primera historia, pero también nos presenta a la narradora de todas las demás que se forjan en la tercera persona. Incluso llegamos a sospechar que la vieja, la más sabia de cuantos personajes conforman el universo de la autora, es el alter-ego de la mismísima Patricia Esteban Erlés. 

     Este texto que estrena Ni aquí ni en ningún otro lugar aúna en sus páginas un vistazo rápido al inventario de su creadora: la libertad otorgada al lector para completar imaginativamente las corrientes desprendidas de cada trama; la categoría para fundir nuestros ojos con el entorno en el que se desarrolla la acción; la mayoritaria oscuridad grisácea que pinta desde el léxico las diferentes imágenes; las interpelaciones metaliterarias… Estas destrezas irán desarrollándose como patas de araña sobre la antología que nos congela los dedos. 

     Mientras tanto, hablemos de su primer gran personaje: la vieja -de aspecto pirata y algo rockera- es el escondite humano del mejor cuento del mundo. Lo guarda con tanto mimo como celo y solo ella lo conoce. A su alrededor crecen infinidad de criaturas rastreables mediante la pateada tradición -otra razón para hablar de introducción activa a la obra, que, sin prólogo ni excesivas pistas previas, vuelca en este cuento bastantes de sus objetos de recreo-. Emparentada indirecta y gatunamente con Angeline -cuento sexto-, su reminiscencia más clara atañe a cierta bruja de cierto cuento de las nieves. Sin embargo, aquella no es más que una reina en el tablero de esta -ni se la menciona aquí-. Su rutina es tan común y su misterio tan inaccesible…

El príncipe

     La enorme historia de amor del libro: el príncipe Orlando y su yegua Boreal transcribirán como ninguna otra pareja su amor y su lealtad más allá de los renglones físicos, vitales y razonables. El duelo más desgarrador -encuadrado en un marco familiar impoluto, noble, generoso- cabalga con angustia a lo largo de tres cuartos de la travesía. El diseño de cada integrante de la acción -plasmada en flashback- es rico, perfilado con gracia y distinción. En el centro se sitúa el desgraciado príncipe, el niño dorado de este catálogo de cuentos. A sus pies se halla el más ilustre animal de cuantos trufan estos bosques -con permiso de los gatos de Angeline-.

     El alegre motivo de la fascinación de última hora cocina con azúcar una de las imágenes más emocionantes de la obra: esos huesos reunidos a puro galope edifican el Final Feliz con mayúsculas. Esteban Erlés desnuda en este segundo capítulo primerísimas claves de su magia narrativa: ella es la cuentista, la dueña de la oralidad, la voz en nuestra habitación. Su cercanía -en interjecciones, confesiones a bocajarro e implicaciones omnipresentes- nos abriga y eriza, en ese orden. Paralelamente, en el grato ejercicio contenido versus continente, su tacto para moldear sensaciones es impecable. Ya a estas alturas intuimos una propuesta en absoluto anclada al terror más grotesco y visceral, sino próxima -con sus tintes fantásticos, oníricos y anacrónicos- a una clase de horror más hondo, más anímico, mucho más amigo de la calificación “para todos los públicos” que de la que exige una absurda mayoría de edad. Esto es posible gracias a que los elementos que componen, entre otros, El príncipe, son inteligibles para cualquier lector. Tema aparte es la huella de asombro o desazón que impriman en los diferentes rostros -de padres, de niños, de pieles más sensibles, de infatigables buscadores del asco por el asco-. Corre, corre sin cesar, pequeño Orlando.

Dos princesas

     Remasterización de Tres eran tres (Casa de Muñecas, 2012). Aquella Cripta nos dejó grandes ratos y hemos gozado este hallazgo. Las maltrechas matemáticas tropiezan en este texto subterráneo en el que nos reencontramos con la figura de la muñeca. Iseo es la mejor amiga de la mortaja ideal. El contraste rubio-negro muerte causa un efecto apagón que nos hiere. La ambientación ‘de palacio’ contribuye notablemente al -saludable- distanciamiento propio de las fábulas, los relatos y las leyendas urbanas y nos permite una admiración-consuelo espontánea. El microcuento de esta antología brilla poderosamente.  

El ogro

     Qué grande e inefable personaje es el señor Z, efectivamente, el terrible ogro de esta serie de cuentos. La perspectiva de la narradora -tan conquistada por el amor a las plantas que profesaba el repentinamente arrestado- es el primer velo encubridor de la leyenda putrefacta. El narrador infante es una constante en el grueso de la antología: su distorsión inocente, atenuante, pero su honestidad flagrante, su subjetiva búsqueda del bien o la nobleza… En este caso nos filtra la identidad de un bonachón encantador perseguido injustamente -filtro al que contribuye la tía abuela Irene, representante, con perdón, de la otra gran perspectiva distorsionada por antonomasia: la ancianidad-. 

     Los crímenes del pasado no caducan por mucha tierra que los cubra. Donde se infligió dolor habrá una respuesta del destino, de la naturaleza, de la justicia poética. Las apariencias y los pasillos corredizos de la verdad son fuente inagotable de especulación, incredulidad y misterio. El trasfondo sociocultural e histórico que logra armar Esteban Erlés para fundar su texto es para quitarse el sombrero. Y, por supuesto, desprende un horror total, sin ambages, el más lamentable de cuantos nos arañan en nuestro viaje.

     La historia más ‘actual’ o moderna de la antología -asumiendo para ello una mayor carga de verosimilitud-, en la que el salvoconducto tradicional, ese sobrenombre de Ogro, está más cerca de la mención metafórica que del fondo fantástico-legendario, se alborota mediáticamente y adquiere el componente dramático-televisivo que nos permite apreciarla casi en pantalla más que en papel. Los recursos son fabulosos. El cuento más complejo de los dieciséis. Sobresaliente.

El monstruo

     Hermano arterial de El príncipe, y único cuento con doble ilustración -introductoria y central, ambas excepcionales, la historia de la princesa y su monstruo es la otra gran historia de amor de Ni aquí ni en ningún otro lugar, bastante más elaborada desde el prisma de la incidencia en ambos personajes -porque están vivos, en fin- y resuelta con el efecto contrario a aquella. Estamos ante la vergonzosa y cruel imposición del dignísimo caballero de palacio en detrimento de aquello que, aberrante, es lo que más queremos. Dejad la rana como está, no hace falta besarla. El aroma propicio para los lectores de menos edad se cuela también por las ventanas de esta tremenda crónica.

     La maquinaria descriptiva de Esteban Erlés trabaja a destajo en sus lienzos para proporcionarnos una vasta definición de los espacios, sus figurantes y sus particularidades con microscopio. La ambición es, en este sentido, especialmente elevada en el diseño de este magnífico cuento. 

     El monstruo es antónimo de El ogro en esencia y significado: su ensamblado estructural habla de la pluralidad que recorre la antología, rica en sucesos apoteósicos, denuncias de injusto tratamiento a diversos seres, honestidad hacia el lector y adecuada explotación de tantas canteras como permita el híbrido del fantástico-terrorífico.

     Otro genial desenlace -parido del enésimo giro estrangulador a las puertas de la inercia- apuntala la dirección de la mayoría de textos: el contramito, el despido de clichés y mantras, el revisionismo de aquellos obsoletos cánones que, generación tras generación, han servido para que adoremos la delicadeza normativa -y sus tentáculos- y despreciemos la monstruosidad -y sus indiscutibles virtudes-. Este es, sí, el cuento ideal para comprender tantas cosas.

Gigantes, enanos

     Una nueva ilustración introductoria nos invita a la lectura de lo extraordinario en su semántica transparente más denotativa. Este cuento sobre la extraña morfología de lo ominoso y su impacto en el ámbito sociocultural que la recita es una brillante confrontación dimensional: proporciones y malformaciones serán las microprotagonistas de un cuento crudo, carente de piedad o empatía gratuita. Sin pretender someterlo al pasapurés del sermón concienciador de nada, sí diremos que nos situamos con gusto al lado de los desechados, de los marcados por el fuego del destino. Somos los guardianes de los quintos hijos. Nunca los apartaremos como garbanzos negros. 

     Las dos partes en las que invisiblemente se estructura este cuento -la segunda es sinónima de epílogo- completan una historia de exitosa supervivencia como pocas hayamos leído jamás. La sombra lejanísima, ese vacío cósmico que no sabemos si está en el infinito vertical o en el infinito horizontal, ese agujero que resetea y devuelve almas restauradas, mejoradas y/o imprevisibles es el fundido a negro más relevante. Después de él, el aumento de tamaño, respeto, peligrosidad… Las dos caras invertidas de una naturaleza caprichosa se funden en un mismo pozo de segundas oportunidades. Parece lógico entender ambas como una suerte de versión primera y versión segunda. La original triunfa en la resistencia. La última se alimenta de aquellas vejaciones para ejecutar su poder. 

     Este estupendo cuento sobre lo diferente es asimismo una gran oda implícita al concepto de metamorfosis. En una propuesta en la que el secreto narrativo reside en la atención dirigida a los detalles, la autora no falla: el camino desde el nacimiento de los personajes hasta sus penúltimas actividades devastadoras es un paisaje esperpéntico -en el sentido más valle-inclaniano del término-. 

Los gatos de Angeline

     Nuestra imagen favorita de todas las disponibles de manos de tamaña ilustradora persigna este cuento felino sobre el arte de contrarrestar desde la ínclita cadena alimenticia. Una rata es una rata. Un gato es un gato. Amén. La Romieu medieval sufre el azote de la peste ratil, que se propaga abrazada a una imparable habilidad narrativa de Esteban Erlés en torno a la multiplicación y su consecuente desasosiego. Hemos comprobado que no, que no han asaltado nuestra morada. La solitaria, clandestina y altruista perpetuación de la especie tradicionalmente opuesta virará hacia la veneración más que justa. La loca de los gatos es aquí la mayor benefactora de su pueblo. Su encomiable labor es narrada en primera persona y, más allá de la confirmada devoción de la autora por la figura minina, traspasa con sencillez y emotividad el umbral de la época, el siglo y la impuesta necesidad. Sentimos en su plenitud gráfica el plano de la localidad: los detalles hogareños, los trazos callejeros y la atmósfera sepia apuntalan el mantenimiento del listón por parte de Esteban Erlés, que vuelve a ejecutar la inmersión como nadie. Nos gustan los finales felices, sobre todo cuando cuesta alcanzarlos. ¡Meow!

Funeral de hadas

     Banshee ha cambiado el curso de la vida de las hadas para siempre. La más insigne y longeva mensajera del adiós ha visto cómo la brújula se volvía contra ella. La sorpresa, el pasmo, es colosal y desubicante. Sus hermanas hadas rememoran las hazañas de la ya reducida a leyenda y tuercen el gesto ante la nueva normalidad: Banshee ha inaugurado el acabose de las intocables, el ocaso material de las eternas e inmortales. El drama inunda las líneas sin despistar en ningún momento el discurso bello: la autora hace gala de una ternura que estremece. El punto de inflexión supone un drástico cambio de perspectiva, un desequilibrio en el mundo mágico más positivo que afecta a todos los seres, especialmente a los más necesitados. El tremendo dibujo del amargor flotante sobre la difunta es de una hermosura severa -qué bien elegido a lo largo de cada paraje el lugar preciso para colocar la ilustración, que aquí potencia ad infinitum la sequedad de nuestros labios-.

Espejismo

     El fiel espejo contestador que en tantas ocasiones redunda o eleva el rictus de la reina a través de la simple confirmación de su guapura distinguida sobre todo su enclave se fuga de su humilde y crucial tarea para ser ave oscura, carta cruda de incertidumbre, proyector del silencio más significativo de la historia muda. Trae el pasado como dolorosa reducción de la sensación térmica; trae el futuro probable como fuego abrasador. El terror más auténtico pertenece al maestro estratégico, al dueño del maldito artilugio. Es quizás el descubrimiento más espeluznante de la saga. El giro brutal -truncador- de la rutina del personaje vuelve a ser el mecanismo del pavor interno -nos encanta cómo Esteban Erlés transmite fehacientemente el miedo de sus hijas e hijos-. La proximidad a la caída del telón aguarda todavía un último horror en forma de sustituta. Uno de los mayores éxitos de esta antología en términos de inversión del mito planteado es además un magnífico canto áspero al temible sentimiento de prescindibilidad, de inutilidad, de olvido y quema.

Sacrificio

     Una de nuestras mayores debilidades. Su doble fondo, surgido de un juego de ejes identitarios que pervierten estereotipos, prejuicios y cursos histórico-fantásticos desfasados, consuma como virtud el intervencionismo autoral a lo largo de la densidad textual. Esteban Erlés mete las dos manos en sus cuentos. La leyenda contracigüeñal de recogida de bebés sacrificables esgrime la figura monstruosa más canónica para sostener la atrocidad en todo lo alto. Dicha atrocidad se duplica a partir de la revelación de la auténtica identidad del encargado de la recogida entre tinieblas. No solo estamos ante un perfecto ejemplo acerca de cómo el mecanismo para fomentar horror desde representaciones apriorísticamente más amables -niños, mascotas, ángeles, personas buenas, payasos, monstruos simpáticos- es un modo muy eficiente de aumentar dicho horror, sino que observamos una trampilla debajo de tal recurso: nos lleva hasta el retorcimiento del concepto de damnificado y desata más víctimas de las previstas -puede que las inesperadas sean, además, las más dañadas-. Visualmente, el recorrido por todo este juego dimensional no defrauda: forma y fondo son notables. La primera practica una vez más una dulzura inusual, vigorosa. El diseño del espacio -que parte de un paraje concreto para descolgar sucesivamente la mente del lector hacia tantas y tan largas direcciones- es otro motivo para el reconocimiento y el halago. Esteban Erlés nos acostumbra a un amargor bonito. Es adictivo.

El cuento desierto

     Esteban Erlés nos recluta a filas para resignarnos ante el posible rescate de la princesa del castillo, cuya libertad se encuentra bajo llave del temible narrador-dragón. Los enemigos -nosotros- aguardan al otro lado de La Madre, la majestuosa montaña que mece el castillo. La descripción de la soledad helada de la desdichada compone una de las sinfonías más hermosamente crueles del compendio de cuentos. En este menester colabora de manera espectacular la enésima genialidad grabada por Acosta. Nos inquieta sobremanera la repentina madurez -perdón por el eufemismo- de la protagonista, que ve acelerado su viaje vital hacia el destino fatal. La autora logra convencernos de que, efectivamente, hay muchísimos soldados y guerreros y lectores mirando hacia arriba. Con suspiro en sus rostros.

Neverland

     Otra joya inolvidable. Mamá es el monstruo y Matt y su hermano-escudo son los heroicos cervatillos. Consideramos este triángulo el mejor ejemplo de la antología en materia de la estratosférica capacidad de Esteban Erlés para diseñar personajes. Citadlo en vuestros trabajos de clase, jóvenes. Hemos disfrutado cada arista de esta tragicómica aventura en forma de excursión indecente al lago, bien agarrados a las características de sus protagonistas, con el cinturón de seguridad de la osadía materna roído por dos partes y un ritmo narrativo vertiginoso, que conduce hacia un quitamiedos de carne y hueso. Tal vez se trate del cuento más ‘adulto’ de la colección -desde ciertos vulgarismos lingüísticos berreados por la progenitora hasta una angustia existencial menos evaporable-. 

     La relación de amor fraternal más férrea de todas las avistadas en el bosque estebanerlesiano es una delicia en sí misma: cómo se traza, cómo se nutre, cómo se apropia de un código especial, cómo conecta con nuestros ojos infanto-adultosprecoces. Esa madre prototípicamente ajena a la responsabilidad más obvia de su condición -esto da para debate largo; no aquí- es la antagonista más humana de cuantos seres malignos abarca Ni aquí ni en ningún otro lugar. Y qué gozada. Su parodiante caricatura desde la mirada de sus vástagos nos ofrece momentazos, divertidos y surrealistas. Este anticuento o metacuento -¿manuscrito encontrado?, ¿diario leído por la misma voz una vez izó sus cuerdas vocales?- es una exhibición de domestic noir translúcido. 

     El desenlace nos saca por el cuello del agua de una reconocible realidad para ahogarnos en el mar fantástico más verosímil -en hechos y forma, nunca en causalidad-. Sentido de justicia y alivio se dan la mano contemplando tan definitiva escena. 

Primer día

     Alejandra Acosta da la bienvenida a este falso retelling de Hansel y Gretel de narrador trunco y regresión extrema -Esteban Erlés estira hacia atrás la leyenda de los mellizos-. La autora juega a los narradores difusos y la historia malcontada para entregarnos un presente envenenado y sumamente original. Como si un apéndice de otros cuentos sobre hijos engendrados -oh- se tratara -unos cuantos en este tomo-, esta bomba literaria vuelve a acercarnos a la empatía infantilizada. Malos padres por doquier. 

     El desapacible escenario traspasa las páginas para helarnos y zarandearnos con una inmersión marca de la casa. Es el fotograma geográfico más salvaje de la presente antología. Su rudeza contribuye a la malicia pasivo-agresiva de unos progenitores desnortados y frágiles. La valentía, el desparpajo y la reciprocidad de las pequeñas víctimas comparten meritocracia con la pareja del cuento anterior. El anonimato de los mellizos alarga su zancada hasta el momento idóneo. 

     La paradisiaca visión de aquella casa enchocolatada cumple su función analgésica sin despegarse de su piel de ensoñación. Finales alternativos, versiones del director, dimes y diretes de escasa acreditación configuran un batiburrillo genial que refrenda la esencia misma del género cuentístico: la necesidad de apelar a una creencia, a una fe para adoptar como veraces los acontecimientos recibidos.

Madre

     La perla oscura de este tesoro. Carente de luz ni amabilidad, vierte un llameante baño de locura, tensión y dolor que nos escalda las entrañas. El título no peca de baladí ni de redundante: evoca con fuerza la circunstancia de que la protagonista es, de largo, lo más semejante a lo-que-se-supone-que-es-una-madre (sirva la llamada del instinto como una teoría paralela menos invasiva). Su estratagema fantasmal adolescente es ahora la inmejorable solución a una situación desesperada con su hijo ‘no muerto’ en el horizonte. 

     La secuencia central es impresionante. El triatlón -pelo, voz, ojos- que debe afrontar la mujer encoge nuestro corazón como si fuera una pelota antiestrés. La descomposición es bestial. El pestazo a contrarreloj infernal acelera nuestro pulso al compás del que desgasta la imparable madre. Las imágenes son devastadoras, ausentes de todo ángel cercano. Este cuento escrito en color noche nos expone una mitología urbana tan frondosa y sacrificada como todas las mitologías. De corte griego, los particulares ritos y trabajos navegan en un universo diametralmente opuesto -al menos en sutileza- al de las hadas y los duendes. 

     Frente a aquellos finales rotundamente ufanos –Los gatos de Angeline– y aquellos indefinidos por probable contradicción –Neverland, Primer día-, incluso frente a aquellos que nos alegran la vida a pesar de la resignación inherente que proyectan –El príncipe, Gigantes, enanos-, la historia de la Madre es imposible de edulcorar ni iluminar en sus últimas caladas hacia el precipicio. Esteban Erlés nunca dejó de escribir terror.

El buen dormir

     La penúltima ilustración introductoria acaricia nuestras mejillas con mano muerta. El relato durmiente no falta a su cita con el retelling y nos sumerge en el universo de la antitradición con gracia y virtuosismo. Ella y él: más dispares que nunca o el triunfo del mal. El esforzado mantenimiento del heredado -defecto arriba, defecto abajo- es una muy mala noticia para todos los príncipes salvadores: sois inútiles. Por su parte, la imposible comparación con la bella protagonista de tantas amistosas entregas-en-mano libera a ella de toda culpa. Siempre fue la víctima. 

     El experimentalismo simbólico gana en jugosidad cuando alcanza la trascendencia de los diferentes y perversos actos del nuevo destino: es hermoso el derrumbe de lo establecido sobre las almas corrompidas por el forzoso acto de bien, tan interesadas, superficiales, indiferentes ante el más mínimo indicio de peligro, tan soberbias en belleza y elegancia. Tuvieron toda la prensa a favor y solo maquillaron un rendimiento pobre, cutre. Sin recurrir al asunto de la princesa-que-no-quiere-ser-salvada, debemos limitarnos a invalidar desde su raíz -como ocurriera en El monstruo– el gran paradigma del muchachote azulado. Auténtica fobia lo de Esteban Erlés. Y cuánta razón. 

     Aunque, como se puede concluir, sentimos cierto éxito en el mensaje enviado, no es óbice ello para corroborar una fuerte angustia atragantada en la entretenida lectura. El poso es, cuando menos, agridulce, como vómito de algo que nos supo delicioso y deja un porcentaje de sabor positivo atropellado por la desagradable avalancha de tripas. Así, recibimos el texto con poco ánimo, paralizados en un rincón. 

Ni aquí ni en ningún otro lugar

     Alejandra Acosta abandona el libro con una sorpresa en sus dedos. Nos encaminamos hacia ella, hacia la salida, atravesando su última puerta pintada y el último cuento -de nombre hiponímico- de la maestra Patricia.

     El acto de fe vuelve a ser condición indispensable para asumir cuanto se dice por boca de la -infante- protagonista. Esa aura de probabilidad como rasgo intrínseco a la propia labor cuentística halla en este último peldaño una de sus manifestaciones más sinceras. El comienzo es uno de nuestros predilectos: la desgracia que asola la realeza produce el luto más espectacular que hayamos leído, poseído por la negrura irrefrenable. Progresivamente asistiremos a la cota de relevancia de cada una de las cuatro figuras femeninas. El pastel está magistralmente repartido. Los contrastes a doble madre y doble hija funcionan como cruces invertidas que giran sobre sí mismas y dejan espacio a la mutación de guión en manos de las afectadas. La hazaña post remordimiento de la no-deseada es el gran gesto heroico.

     Nuestras palabras sobre el diluvio de negro que se avecinaba al comienzo de esta aventura confirman intenciones y objetivos que en absoluto han supuesto una restricción estilística ni emocional. Esteban Erlés usa el terror con precisión quirúrgica. Además, lo degrada en diferentes opciones y recursos según las necesidades de la historia en cuestión. Ni aquí ni en ningún otro lugar entretiene en sus tres partes -presentación y primer conflicto; solución parcial al primer conflicto y generación del segundo; solución del segundo conflicto-. La intensidad y la acción desbordan los confines del reino y atraviesan la gran masa negra que oscurece sus jardines. 

     Es el maravilloso broche a un trayecto con vistas a algunas de las criaturas más populares de la tradición narrativa: esa bruja venenosa, la madrastra, la desdichada sucesora al trono, el rey todopoderoso… La nulidad del príncipe adquiere un nuevo subidón en esta última oportunidad. Ni aparece en los créditos. El bando de las intrusas decepciona a los más pérfidos. Un cuento que justifica una antología y luce brillantemente muchas de sus sentencias.  

Patricia, Alejandra, ¡enhorabuena! La preciosa encuadernación de vuestra obra es el cofre deseado para la mina de oro que habéis fabricado. Detrás del último cuento nos topamos con la sorpresa final de la ilustradora chilena: esa aportación gráfica que abastece tanto a esa misma leyenda como al conjunto de todas las participantes en el libro. Es un epílogo visual fascinante para dicho doble remate literario. La calidad que atesora es, después de todo, previsible. Acosta sitúa belleza e impresión aquí y allá: con ilustración final (Funeral de hadas), central (El monstruo) e introductorias (las demás). 

“La vieja” Patricia Esteban Erlés se sabe la mejor historia del mundo. Da en Ni aquí ni en ningún otro lugar una masterclass como contadora de cuentos. Además de sus virtudes y destrezas, ofrece una diversidad de enfoques exquisita: desde retellings desnudos (Primer día, El buen dormir) hasta novísimas propuestas (El ogro, Neverland), con mucho terror (Madre), con mucha fantasía (Funeral de hadas), con mucho amor (El príncipe, El monstruo), con espejos y dragones nunca antes contemplados (Espejismo, El cuento desierto) y gatos y muñecas (Los gatos de Angeline, Dos princesas) y una retahíla de maravillosos niños -los radiantes protagonistas de este libro- no queridos, apartados, odiamos, salvadores, buenos, increíbles (de Gigantes, enanos a Ni aquí ni en ningún otro lugar). Confesamos, con dificultad, nuestros favoritos: El príncipe, Gigantes, enanos, Neverland y Ni aquí ni en ningún otro lugar

Esteban Erlés ha puesto boca abajo la tradición y la ha agitado en su coctelera. El resultado habla de reyes y reinas, de príncipes y princesas, de bosques y castillos, de lagos y bestias. Por la sangre de la escritora corren mil y una historias. Su originalidad, su personalidad y su fuerza constituyen los pilares de esta colección de dieciséis cuentos que se consagrará como una de las más estimables referencias de la literatura fantástica, del propio género cuentístico de habla hispana y como una nueva conquista en la extraordinaria carrera de la maga zaragozana. Descolorín, descolorado…

Altavoz Cultural

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