-Editorial Cántico: Colección Culpables-

     Plop, plop, plop… Declaramos culpable a Laura Rodríguez Díaz de adueñarse de nuestros ojos con sus versos-bisturí y sus páginas de bata amarillenta. Declaramos culpables a Rodrigo García Marina -director del centro-, Carla Nyman -enfermera jefa- y Juan F. Rivero -celador de primera- por forjar el abrazo de tres esquinas en este parto que alumbra nuestra más nerviosa incredulidad. San Lázaro es un beso-con-mordida entre la sangre y el suero. Brindamos con las vendas aún calientes.

     La medicina poética halló hace unos años la fórmula Nyman contra el estancamiento, la espesura, la ausencia permanente de regadío. La flor balear es hoy madrina, de este libro y de tantas cosas que, ojalá, paladearán nuestras semillas; aquí firma Este saco de tripas que eres, prólogo de boca grande. Las voces que, como fuentes de agua limpia pero roja, mojan la entrada al hospital pertenecen a tres gárgolas bruñidas: César Vallejo, Alejandra Pizarnik y Blanca Varela ofrecen el cuerpo y la palabra, los dos moleculares caballos que sembrarán el campo de cuarenta romenclaturados poemas hasta llegar a la talla esquelética XL. Todos los girasoles que levantan la valla nacen en página derecha excepto los desviados I y XXXVI, que tuercen la curva hacia algo más que confesar.

     Rodrigo, Carla y Juan como Vallejo, Pizarnik y Varela. Las quince notas al pie como la culebra humana que repta sin ser alcanzada por la luz. El efecto de triple sección como autocomplaciente trago para derribar la primera impresión y poder meter la mano -enguantada-: I a VII a XVI a XXXI (aunque XXXVI a XL es oruga completa). La cubierta como el todo que todo lo sostiene en sus centímetros de textura un-poco-más-gruesa. San Lázaro como el inicio de.

     El sonido del silencio es la melodía que atraviesa, “henferma”, este extraordinario cántico a la muerte y la vida, a la muerte como forma de vida, a la vida como primer estadio de la muerte. Y todo lo que brota en medio. Tan blanco. La (auto)sorpresa del ser humano, su viciado reflejo en cristalinos ajenos pero tan todosnosotros. Y nombrar, oh, nombrar… Nombremos algunos puntos de sutura de este poemario curandero (o todo lo contrario).

     La autora-personaje camina / arrastra los pies por un santificado templo de la salud con capital en VII. No tardamos en conocer la herida. Tampoco Lázaro -ese Lázaro- en ser ficcionado en pleno siglo XXII -Rodríguez Díaz escribe con un siglo de antelación; pregunten mañana-. Literatura, religión y gafas de realidad virtual. En sus extremos, I y XL dialogan a través de sus intérpretes pro-epi-logares. 

     La dramatización como técnica definitiva navega cada agua y alcanza una cresta en XVII. La musicalidad aliterada es brutal, delfínica, como en XIX. Da de comer a un viaje del cuerpo-poema por los terrenos más ojerosos, tan dantescos, tan amigables en reminiscencia a la Crisis de Juan Carlos Abril.  La descomposición que se abre paso tembloroso hacia la re- no concede tregua a un ritmo acelerado con pequeñas partículas: el valle de XVI a XXXI es cegador, tan brillante. Queremos que publiques mil obras, Laura, y leerte después de muertos. 

     Tras la decena llega el sistema de embudo y sedimento. XXVII define ‘nacer’ para siempre. Ay, la masa filológica. La obsesión comunicativa destruye todo intento de. Vienen los inacabamientos, la mercenaria cursiva, la desemantización que mató a los dinosaurios. ¡Grice!, que rima con ratones anglófonos que corretean por los alrededores de este hospital que desprende salvación o acaso ruido de quietud. Aquí solo apreciamos al perro y a los insectos, cada cual en su privilegiada posición enfrentada.

     Lo lúdico, claro, pero nunca tan antónimo de prescindible. La bisutería formal. Que nadie venga a decir que yahabíaleídoesaocurrenciaenalgunaparte, que no nos molesten, grac. La tierra es el hospital del hospital. Se desliza Platón, pero no pensamos en M. E. Higueruelo. Esto son tripas y boca. Enfermedad y amor. En ese preciso.

     Hace poco debatía quien os escribe -oh, amigxs lectorxs, tan agradables receptorxs de esta especie de carta- acerca de las necesidades de la labor reseñadora. Y de su imagen. No fumo en pipa. Ni gasto monóculo. Detecto el olor a poesía fresca a hectáreas de mis narices. No la corten toda. No la poden. No lo permitan. Laura, huye. Huye culpabilísima.

Altavoz Cultural

CUATRO PREGUNTAS A LA AUTORA

¿Qué primer estímulo hace explotar San Lázaro como concepto a desarrollar como obra literaria? ¿Por qué Cántico como hogar editorial para su expansión?

Creo que la enfermedad marca la manera en la que accedo a la realidad: siempre me ha interesado mucho todo lo relativo al cuerpo, cómo este percibe los estímulos y genera una dicotomía dentro-fuera, mismidad-alteridad. Me gusta explorar de qué forma tener un cuerpo determina nuestra identidad, la cual, a fin de cuentas, es una expresión que nos sitúa en el mundo y crea (o no) redes sociales. Antes de San Lázaro, escribía una poesía marcada por la materialidad, pero no trabajaba con un imaginario hospitalario. Realmente había vivido el estar enferma desde la individualidad; no me había situado como sujeto enfermo en un ámbito médico. Cuando comencé un tratamiento en el hospital que tiene el mismo nombre que el poemario, cuando me vi en una sala durante horas, rodeada de tantas personas con sus bolsas de suero, hierro, sangre, fue cuando surgió la idea de tratar este tema en específico. Concretamente me impactó que los pacientes más mayores de la sala se sorprendieran porque yo tuviera una enfermedad siendo joven, como si ellos no sufrieran también algún daño físico, como si la vejez supusiera la aceptación y normalización de la fragilidad, frente a una supuesta fuerza inmutable propia de la juventud. Ese episodio hace que escriba el poema que inaugura el proyecto, el primero de San Lázaro.

Estoy muy contenta de ser parte de Cántico. Es una editorial muy cuidadosa en el trato humano y en el trabajo material de sus libros. Además, tiene una apuesta por autores noveles que buscan otras formas de hacer que no cuadran con los moldes hegemónicos, continuistas. Cántico es una casa que permite otras formas de habitar la poesía, lo cual es algo que yo quería reivindicar con San Lázaro. Me parece que vivimos en un momento de atomización de estilos muy beneficioso para el panorama (como seguidora del barroco, siempre a favor de la suma), pero pienso que también hay una jerarquización de las estéticas que viene, en gran medida, impulsada por el sistema institucional de premios, el prestigio académico y las exigencias comerciales. Verme acompañada de autores como Juan José Ruiz Bellido o Adrián Fauro es ilusionante y confirma que hay espacio para otras propuestas más (iba a decir “heterodoxas”, pero bah) juguetonas.

¿Cómo fue su proceso creativo, en el fondo y en la forma, y cuánta postproducción ha sufrido? ¿Qué tres palabras, contenidas en sus versos, consideras que lo representan por encima de todas las demás?

Soy lenta y meticulosa. Mi proceso creativo comienza recopilando las lecturas que me han llevado al proyecto, volviendo a ellas, y buscando otras que podrían ir en la misma línea. Entiendo la lectura como una conversación que me permite crear posteriormente. Me gusta pensar a través de otros. Por eso, aunque la escritura sea un acto solitario, siento que me conecta profundamente con los demás y me hace tomar conciencia de lo importante que es lo colectivo en el arte. Releo mucho lo que escribo, comparto con amigos de confianza (sobre todo con aquellos que sé que serán honestos), reescribo. Aunque San Lázaro no sea un poemario extenso, tardé dos años en escribirlo. Quería que las ideas se revelasen a través de una forma meditada, reposada. Creo que hay que defender la lentitud en un sistema hiperproductivo que pisa los ritmos orgánicos, que imposibilita la conciliación de la escritura con otros planos más urgentes.

Las tres palabras que representan San Lázaro son literatura, dios y amor. Así lo dice el poema XI. La enfermedad y el hospital funcionan como motores para que el sujeto lírico reflexione sobre la materia, y ahí es donde comienza también la pregunta por el otro y por determinadas realidades vinculadas con el pensamiento y lo ideal, pero que necesitan de la fisicidad para ser, como el lenguaje y lo divino. El habla se produce en un cuerpo, la experiencia divina se da en un cuerpo. Ambas realidades configuran un yo y, paradójicamente, lo conectan con la otredad a la que se opone. Buscaba que todo ello estuviera cohesionado a través de una reivindicación de la ficción como elemento constitutivo de la literatura, como plano en el que poder recurrir a códigos religiosos desde la negación de dios. La poesía puede, en su contradicción, inventar nuevos discursos, imaginar otras formas de ser.

¿Cómo dirías que conversa tu poemario con el momento poético actual y, especialmente, con tu labor como editora de la revista Caracol nocturno?

Conversa desde la amistad. No puedo concebir la creación poética si no es a través de los diálogos que mantengo con amigos y conocidos del mundo literario. Sin ninguna duda, los debates más interesantes sobre poesía los he tenido con Rocío Simón, Carla Nyman, María Limón, Claudia Caño, Alfredo F. Crespo… Compartimos temas y tratamientos necesariamente porque pensamos en conjunto mediante la amistad y sus hábitos. La pregunta por el cuerpo, el lenguaje, la tradición religiosa o familiar está presente en todos nosotros, así como determinadas formas vinculadas con lo visual, el silencio, la desestructuración. Evidentemente estos son puntos de partida para desarrollar poéticas propias, diferentes entre sí. No pretendo señalar la existencia de una escuela (la realidad siempre es más compleja que la categorización; las etiquetas nunca pueden ser un fin en sí mismas), pero creo que hay un vínculo afectivo que marca nuestra concepción de la poesía. De ahí nace Caracol nocturno, un círculo inconcluso que está en una red más amplia y se abre a ella.

¿Qué dejas atrás cuando abrazas tu poemario y qué asoma en tu horizonte cuando levantas la mirada por encima de sus hombros de papel?

Dejo atrás la sensación de estaros mintiendo. Durante mucho tiempo, sentí pudor al decir que era poeta y daba algunos rodeos a la hora de situarme ante la creación literaria: “escribo”, “me gusta la poesía”. Ahora pienso que la etiqueta es necesaria porque ayuda a poner de manifiesto que la literatura es un trabajo que implica tiempo, esfuerzo, formación. En definitiva, que los poetas tenemos la caprichosa costumbre de querer comer cada cierto tiempo. Entiendo que el sentirse un farsante tiene mucho que ver con la mitificación de la literatura y la creencia de que el escritor es un ser especial, cuando en realidad ser poeta solo supone tener la voluntad de hacer con palabras. La buena acogida que está teniendo San Lázaro me anima a reafirmarme en estas ideas.

Lo que tengo ahora entre manos es un poemario que parte de la archiconocida escena de la Anunciación (de Fra Angelico a Godard) para proponer la reescritura de sus códigos, la defensa de los modelos familiares no tradicionales, de las sexualidades disidentes y una denuncia de las herramientas del poder para establecerse y mantenerse, concretamente las lingüísticas y estéticas. Una obra que sigue la estela de San Lázaro (simbología religiosa, pregunta por el lenguaje, por la ficción), pero que también presenta nuevas inquietudes. Ya veremos cómo cierro este proyecto (si es que eso es posible en literatura).

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