Desde la antigüedad se ha empleado el término brujo/a para marcar o señalar a personas que normalmente tenían una función relevante por sus capacidades y conocimientos en según qué artes.

Según cada cultura, se les asignaba un nombre. Pero debido en parte al imaginario colectivo, así como a la tradición oral, unidos a determinadas persecuciones y hechos del pasado, nos hemos quedado con una imagen de ello casi imaginaria, y más mitológica; o lo que es lo mismo: bastante alejada de la realidad.

Seguro que muchos y muchas de los que estáis leyendo ahora estas páginas tenéis en vuestra mente la clásica figura de la anciana que vuela en una escoba o los míticos y tan recurrentes aquelarres donde se reunían para convocar a los demonios.

Pero las brujas son mucho más que eso. De hecho, en su mayoría se trataba de personas que empleaban la medicina y las plantas para sanar, conocidas como curanderas. En otras civilizaciones llamados chamanes o guías espirituales, muy respetados y venerados.

Volviendo al eje de este artículo, quisiera centrarme en una época muy concreta de la historia: la edad en la que fueron perseguidas de manera indiscriminada por Europa y Norte América, por aquel entonces todavía protectorado Británico y también colonia española.

Durante la Edad Media y parte de la Edad Moderna (hablamos de bastante más de dos siglos) fueron perseguidas y castigadas de múltiples formas. Para ellas se empleaba un término muy concreto: malefica o maleficae (en plural), palabra que provenía del latín. Esta era la más usada, aunque, desde luego, cada país tenía su propia palabra para definirlas (hexe, witch, sorcière…)

Durante ese tiempo se creó lo que conocemos hoy como La Inquisición o el Sagrado Oficio, que fue fundado por los reyes Isabel y Fernando en el siglo XV, y que pronto calaría en el resto de Europa. Aunque sí que es cierto que todo esto venía de mucho antes, ya que en el siglo XII la herejía (hecho principal que perseguía la Inquisición) era algo que hacía tambalear en muchos países a la cristiandad.

Por ello, sobre todo en España comenzó como un medio para combatir los restos de religiones y creencias que quedaron en ella tras la Reconquista contra los Musulmanes.

Aun así, y a pesar de ello, la mujer ha sido siempre una de los principales focos de atención del Santo Oficio, y no han sido pocas las veces en las que injustamente bajo torturas y otros métodos han obtenido confesiones falsas o acabado con sus vidas..

De entre todos los escritos, si hay un libro infame por excelencia que ha servido como instrumento para esta caza indiscriminada de brujas en Europa, ese fue el Malleus Maleficarum.

Antes de hablar sobre él, quiero matizar que si bien es cierto que en España no se libraron de cometer atrocidades e injusticias en nombre del Santo Padre, sí he de decir que el número de casos en nuestro país fue muy inferior al de los números escritos con sangre en países como Francia o Alemania. Por supuesto, también hay excepciones. Un férreo inquisidor fue Tomás Torquemada, de hecho fue el primer inquisidor general en Castilla y Aragón en el siglo XV. Antiguo confesor de los reyes y presbítero dominico que realizó una tenaz persecución contra judeoconversos durante cincuenta años. Pero esa es otra historia…Volvamos a Europa y al Malleus Maleficarum (su nombre en latín, y al que a partir de ahora nos referiremos como El Martillo de las Brujas).

Dicho libro fue escrito por dos monjes dominicos alemanes (véase el antecedente mencionado), Heinrich Kramer y Jacob Sprenger. El Martillo de las Brujas fue publicado en 1487 y se extendió como la pólvora y se editó en numerosos países, llegando a ser la herramienta principal en la Caza de Brujas que tuvo su punto álgido entre los siglos XVI y XVII. Dicho texto era un tratado, o guía si se prefiere, en el cual se detallaba cómo cazar a una bruja y una serie de atrocidades (ya que no se pueden definir de otra manera) o pasos a seguir para que dicha bruja confesase sus actos. De hecho, tuvo un gran impacto en gran parte de los juicios por brujería en aquellos tiempos.

No obstante, estaba lleno de contradicciones; en una de sus partes se explica en pocas palabras: “Si no crees en las brujas eres un hereje, si crees en las brujas eres una bruja, y por tanto una hereje”. Algo así, que sería impensable en nuestros tiempos, era plausible y hasta normal por aquellos años.

En realidad, este libro está lleno de misoginia. Aunque eso es algo que ya viene de muy atrás. Ya en la época de los romanos la mayor parte de los males se atribuía a las mujeres. De nuevo para comprender este libro tenemos que remontarnos al pasado y volver a la creencia de que una bruja era una mujer de mediana edad, que volaba en una escoba e iba acompañada de un gato. Si a eso le sumamos los aquelarres en los que afirmaban que se reunían de manera clandestina para degollar a niños y realizar prácticas sexuales no habituales, el caldo de cultivo está servido. Pues todo este compendio o aglutinación de fantasías e ilusiones febriles se engloban en El Martillo de las Brujas.

Por supuesto, y volviendo al hilo anterior, dicho manuscrito o códice está repleto de misoginia, y para ello se apoya en las Sagradas Escrituras. Por un lado encontramos alusiones a la debilidad y fragilidad de las mujeres, hecho que las hace más vulnerables. Por otro lado también al atractivo de las mismas, y la alusión por tanto también de que una mujer malvada (de nuevo una alusión al Antiguo Testamento) es más malvada que un hombre. Por si eso no fuera suficiente, también se indica que el apetito sexual de las féminas en cuestión es insaciable. Hecho que termina de rematar la carambola, llevándolas a cometer en gran número de ocasiones adulterio y otras prácticas que las acercan al Demonio.

Si nos centramos ahora de nuevo en la Caza de Brujas, enseguida nos topamos con datos demoledores. Y es que durante la Edad Moderna (s.XV) principalmente en Europa Central y América comenzó a extenderse la afirmación de que el Demonio usaba a la mujer (otras veces a niños o animales, aunque en menor medida, siendo todos estos grupos vulnerables) como herramienta para acabar con el cristianismo. Se diferenciaba la hechicería tradicional de la brujería en que en la segunda de ellas participaba el diablo. Partimos una vez más de que el Pecado Original llevado a cabo por las mujeres es el origen de todo Mal. Esto llevaba a esas mujeres a ser condenadas a la tortura y posterior expiación por medio del fuego y el ahorcamiento.

Antes de finalizar con este breve artículo, me gustaría hablaros de un caso español que ha pasado a los anales de la historia al ser uno de los más negros en cuanto a la Inquisición se refiere. Os hablo de las brujas de Zugarramurdi, un caso que pone los pelos de punta.

Dicho caso acaeció en la zona del Pirineo Navarro. Como antecedente, muchas familias llegaban a Navarra desde Francia por el asedio que desde allí se efectuaba a muchas mujeres acusándolas injustamente de adorar al Macho Cabrío y de provocar innumerables catástrofes.

Todo comenzó como un bulo de una vecina del lugar según cuentan las crónicas. Una bola que fue creciendo en la pequeña población de Zugarramurdi, que tan solo contaba con doscientos habitantes, y estaba ubicada en la zona del Pirineo Vasco, la cual terminó llegando a oídos de los inquisidores de Logroño.

Para esclarecer los hechos se mandaron a dos inquisidores que tras varios meses consiguieron que los inculpados hablasen (en este caso una pequeña familia de ganaderos) y, de paso, que inculparan a otros tantos, entre los que se incluían también niños.

El resultado fue que en el Auto de Fe que se realizó en Logroño en noviembre de 1610 no solo se agolpara una gran muchedumbre, sino que también fuesen numerosos los acusados.

El número total quedó en dieciocho en personas reconciliadas (es decir, perdonadas) que apelaron a la clemencia del Tribunal, confesando así su culpa, y otras seis se resistieron y fueron quemados junto a cinco efigies de los que habían fallecido durante las torturas.

Una crónica tan negra como las ascuas que crearon las piras, y que dejó de paso grabada a fuego esta historia tan verídica y atroz como muestra de la dureza de los métodos que se empleaban.

Leyendas, cuentos y rumores a un lado, lo cierto es -y siempre defenderé esto- que el miedo al poder de la mujer ha quedado retratado durante siglos a lo largo de nuestra historia. Esta es solo una pequeña muestra, pero si rebuscáis y arañáis un poco en ella seguro que podréis encontrar muchas otras historias.

David P. Yuste

es coordinador de El Micro Asesino

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