XXIV Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal

-Hiperión-

[Semana de la Poesía // 20-27 de Marzo 2022 – Altavoz Cultural]

     El tiempo como verdugo natural de nuestra condición finita es uno de los grandes temas de la Literatura: desde los latinizantes carpe diem y tempus fugit hasta los innumerables revestimientos creativos que persiguen obsesivamente su enmascaramiento, su camuflaje suave, su atenuación como dentro de una pompa de jabón que debe caer lenta, especialmente cuando miramos bajo su capa y esconde su otro nombre.

     La muerte, mejor aun, la caducidad es el objetivo del retrato poético que traza un original, transgresor y empático Darío Márquez Reyeros, cuya virtud más destacada en lo narrativo reside, desde nuestro punto de vista, en una entrañable capacidad para hablarnos de pérdida y ausencia -así como del dolor intrínseco al proceso de la vida- en torno a elementos, circunstancias y entidades humanas e inanimadas con una determinación tal como para poder clavar nuestra atención y taparnos los oídos mientras se aproxima, página tras página, la barcaza de Caronte.

     Treinta y seis poemas se distribuyen en tres partes estructuralmente lineales en sentido y cronología semántica 15-17-4 respectivamente. Despegamos desde la ternura pueril hacia la irreductible fatalidad. Poemario vertical este que nos habla a los ojos. La rotundidad del autor es salvaje: invade el espacio personal del lector como poquísimas veces hayamos visto; destroza la confianza para sentarse al lado y echarnos una mano sobre el hombro en diagonal. Este descaro contrasta con su demoledora intimidad plasmada en las píldoras -acaso incontenibles cascadas- autobiográficas que comparte con nosotros con la misma audacia.

  PRIMERA PARTE

     Dylan Thomas es el encargado de lanzar al cielo la pelota eterna que reúne en sus costuras infancia e infinito. La cita del poeta maldito de Gales antecede el primer impacto con nombre propio: Septiembre, el no-verano que entierra la calidez y trae un nuevo curso, sostenido sobre ausencias -adiós físico a la madre- y reencuentros -con esos amigos igual de soñadores-. Adiós y sueño serán fondo y mecanismo durante todo el grueso de la obra. Castañero, el segundo corte, despedirá el otoño y a alguien más: se introduce con él la esencia anímica que tejerá desde las sombras de una presencia caliente una permanente sensación de acompañamiento invisible pero muy notable, situada en lo personal entre un amigo -tal vez puro reflejo de sí mismo- y la figura de su abuela, protagonista esencial de esta primera parte.

     Continuaremos degustando ese asentamiento del binomio viajes-sueños, especialmente marcado por la fuerte carga interlocutora a nadie en concreto / al lector / desde luego muchísimo a Ella, mientras asoma, con Deberes, el humor del poeta, el cual nos ofrecerá momentos de experimentación textual, diversos registros sonoros y una más que interesante colección de gags que convertirán al lector en espectador del Darío MR Show.  

     Alcanzamos el primer trío consistente en cuanto a canto compartido: Tarjeta de cumpleañosEn el comedorAmigo invisible alberga el principal desvío de mirada hacia esa sombra más asemejada al amigo coetáneo, al compañero similar. El último de los tres poemas representa asimismo una cumbre estética particular: las escenas de evasión en su dormitorio, con ciudad propia y potente virtud imaginativa, elevan la belleza mientras subrayan por primera vez el terrorífico futuro que algún día caerá sobre sus / nuestras espaldas. Estamos ante la primera manifestación de refugio. 

     Entrada al sueño y Salida del sueño actúan como polos de un diálogo que prolonga el refugio fermentado y explota el baño de onirismo con una explicitud que escasamente veremos a lo largo de la lectura completa. La realidad es habitualmente atravesada por pensamientos, flashbacks y algún deseo arrojado a cámara, pero cuando el autor pisa firme la tierra del presente más crudo se nota y se nota mucho. Esa contundencia no escapa, no obstante, al pozo de amargura en el que pronto se convierte el porvenir -en lo laboral, lo familiar y lo social, probablemente en ese orden-. 

     Así, Imágenes de futuro supondrá el primer gran vistazo al horizonte con todos sus pelos, calvas y heridas aún imparables; contado desde el despreocupado recreo, espacio que completará la secuencia en el siguiente poema: En la fuente de ladrillo, donde se nos transmitirá con una fantástica metáfora parida del concepto de sed esa distancia de seguridad entre el presente infantojuvenil y el lapidario futuro.

     Esa dedicación a la narración acerca de la selva adulta desde la aún conservada inocencia dejará paso al último bloque de poemas aglutinables temáticamente desde lo específico de su expresión. Entramos en el manejo del presente-pasado para conocer al Darío más desnudo, ese que comunica la pérdida, que lamenta y sufre. Duelo a un ser querido, Abuela, In Memoriam y Abierto para jugar describen el cuarteto más trágico, sensible y difícil de digerir.

     El segundo proyecta desde su homenaje la que será la imagen de portada del poemario: esos columpios incomparables. El tercero es nuestro poema favorito, de esta primera parte y consideramos que de todos cuantos contiene Fecha de caducidad. Una verdadera maravilla dirigida al corazón más aniñado, una oda a esas tiendas de chuches cerradas pero eternas y, paralelamente, un hermoso testimonio alegorizado de cuanto dejó dentro la abuela. Abierto para jugar da el paso definitivo y recrea al propio Darío mencionado y a la abuela; ambos regresan de jugar en los columpios del parque y con la pelota, esa que permanece infinita en su descenso desde que la lanzó Dylan Thomas. Abrochamos imágenes y símbolos para redondear una primera parte estupenda, esculpida con fría suavidad.

   SEGUNDA PARTE

     Ana María Matute -creemos que ejerciendo de altavoz de la mismísima abuela de nuestro autor- exclama en su cita indicadora de la segunda parte “cuánto ha crecido este niño” en la puerta de entrada a un escenario adulto, desesperadamente adulto y complejo, trufado de horarios y marcas temporales desde el título hasta las consecuencias. El primer poema ya advierte sobre este formalismo. 

     A las 21 horas recoge el salto del yo primario al yo maduro que experimenta Darío, además de ofrecer, con ello, la punta de un iceberg que poco a poco irá minando numerosos rincones de su nuevo escenario: nos referimos a la confección de la pareja sexoafectiva. Sin alcanzar ese estatus de irrupción, la confirmación del gancho lúdico opta aquí a su más inolvidable ejemplo con la referencia al número cinco.

     La primera tríada temática absorbe pronto nuestros ojos tras esa especie de prólogo empírico. Cuando seas padre, Madrugada y Refugio arman el canto nocturno cubierto de bruma, la del sueño, la de la (des)esperanza, la de la falta de respuestas. Como ocurriera anteriormente, es el tercero de los tres el que picotea un poco más arriba y remata la ecuación enarbolando algún código superior: Refugio resulta la perfecta posdata -más si cabe siendo el primer poema de gran brevedad-, en clave amorosa, de aquel Amigo invisible, pero además muestra un rico juego con la temperatura desde el apartado formal. Por supuesto, expresa una continuación natural de la escena plasmada en el anfitrión A las 21 horas, haciendo gala de un sentido de oasis que trasvasará su foco de suero de la abuela a la novia.

     Y acuden los nombres propios -los muy, muy propios por ilustres y los muy, muy propios por confesionales en lo biográfico-. El primero será Ángel González. El segundo, Paco de Lucía. El texto que menciona en su título al poeta nos introduce en un fabuloso juego que atravesará varias páginas y barreras visuales. ‘Violín’, ‘muchacha’ y ‘triste’ son escupidas por ambas voces y adoptadas por Márquez Reyeros para su recreo poético. Por su parte, Al ritmo de las cuerdas de Paco de Lucía retrata el culmen sexual más ardiente del poemario, con unas imágenes poderosas, sin romper la usual calidez en el lenguaje de Darío. 

     Le sucede Estación REM, el poema central de Fecha de caducidad en significado y ambición. Su extraordinariamente densa extensión, conformada mediante la suma de cuatro partes distinguidas, guarda el mayor despliegue visual de nuestro poeta. Asistimos a un tremendo juego fabricado a partir de aquellas tres palabras prestadas por Ángel González. Y lo hacemos, por si fuera poco, atendiendo a la señalada “correspondencia con Sueños y Pesadillas”. El viaje onírico es fascinante: dispone violín, muchacha y triste como piezas móviles y realiza travesuras con sus combinaciones hilando una historia autoconclusiva que nos hace aguantar el aire en el pecho. Estamos ante uno de los ramalazos de genialidad de Darío Márquez Reyeros. Nos paramos en él y lo exprimimos hasta saciarnos.

     8:00 de la mañana nos devuelve al ingrato plano diurno, con su apestosa rutina laboral y su bombardeo de caos y destrucción. En dicho entorno difuso nacen los siguientes poemas, que nos señalan imperiosamente tres siluetas: la del barrendero -en su primera aparición-, la de Laura, novia de Darío, y la del abuelo -de Darío-, que complementa grácilmente la de la abuela en un reflejo retrospectivo desde ese poema final que cerrará la obra.  

     La nominalización y el gusto por las referencias cruzadas -en espacio y tiempo-, así como la metatextualidad, granjearán estupendos frutos desde entonces y hasta terminar esta segunda parte, cultivados con simultáneo impacto sobre la identidad de la obra desde lo estructural y morfológico. 

     En esta línea, el Cantar de un barrendero infeliz es otro de los puntos álgidos de esta sección y uno de los principales himnos del conjunto poético. Como cremas rejuvenecedoras encierra como oro brillante la revelación de “fecha de caducidad” en su primigenia fase de expresión pre-consideración de título. Invitación es un texto enviado desde el futuro inmediato del mismísimo poemario: adelanta la condición de presente estabilizado -amparado en su consolidada relación de Darío con Laura, niños mediante y rutina un tanto más amable según se traduce del color de las palabras empleadas-.

      Apadrinado por Salustiano Masó y su angosto palomar de sombras, el poeta con el que comparte Alcalá se permite una vez más traspasar la cuarta pared y juguetear con la mirada del lector / espectador en el jardín de la confianza, la confesión a bocajarro y el límite finísimo entre verosimilitud y mentira. Lo agridulce como insacrificable sensación constante.

     La enorme brevedad regresa para concluir con Juegan al ratón y al gato una etapa intermedia que adquiere rasgos definidos respecto del cuerpo completo de Fecha de caducidad. El yo retorna a su refugio prototípico: esa cama de la que tanto le cuesta desprenderse frente a ese enemigo sol que cambia la noche por el día, con todo lo que ello implica.

   TERCERA PARTE

     Llegamos a la orilla: esta suerte de epílogo que prescinde de citas introductorias y constituye desde sus cuatro composiciones un microcosmos de desprendimiento y fuego arrasador contemplado desde la perspectiva de un nuevo presente -ficticio en su condición narrativa vinculada al mañana más alejado- que, sin embargo, destila un poso de paz.

     Separación de bienes es una indiferente ruptura -de pareja- consumada, la cual lanza al patio de butacas algunos fantasmas que forjaron sus sábanas en la pasada segunda parte. Tinieblas expone de manera impresionante la oscuridad total, la del abandono, la intuida mudanza, la despedida de cuanto teníamos y hemos sido. Es una de nuestras mayores debilidades. Inventario nos traslada todo el polvo que levantan los recuerdos mezclados con la marcha y hace recuento de aquello que permanece, aquello que nunca fue y aquello que ahora puede emerger sin fisuras. 

     Cuenta atrás es el discurso final de la boca de un envejecido Darío al lector considerado amigo y compañero, un discurso de despedida previa al inevitable tijeretazo de las tres moiras, a la caducidad decisiva. En él hallamos el calor, el tacto y la fuerza que, como pilares básicos de su identidad poética, el autor ha ido sembrando en sus versos a cada página de su obra.

   Darío Márquez Reyeros construye en Fecha de caducidad un artefacto bimembre que se sostiene anclado a una viga de tragicomedia salada: un recreo prolongado -específicamente en la forma- y una angustia escalofriante galopan por los mismos senderos, tanto como para chocarse, tropezarse y volcarse de forma recíproca hasta nutrirse una de otra. La musicalidad, la representación teatral y el visionado en gafas de cine 3D son algunas de las perspectivas consumidoras a las que nos invitan un buen número de sus poemas, lo cual habla muy bien de su talento creativo y su inagotable abanico de recursos estéticonarrativos.

   Pero sobre todo Fecha de caducidad nos regala la oportunidad de conocer a Darío desde las circunstancias de mayor indefensión y desde la borrachera festiva de arte, como dos gemelos unidos por las manos, una azul hielo y otra rojo llama. En un puzle de caras de pigmentación degradada es la fotografía de un honorable autor la que ocupa el núcleo.

Altavoz Cultural

CUATRO PREGUNTAS A DARÍO MÁRQUEZ REYEROS

¿Cómo nace desde cero Fecha de caducidad respecto de primeros estímulos, estructura premeditada y propia experiencia en el desarrollo «a tiempo real» de su escritura? Desde el otro extremo cronológico, ¿cómo recibes su distinción con el XXIV Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal?

Nace hace unos cuantos años, a raíz de volver a pasar por mi antiguo colegio y reencontrarme con aquellos lugares susceptibles de ser recordados. De pronto algo en mí se removió. Encontré a través de la poesía el alivio. En un primer momento el título no era Fecha de caducidad, sino “Abierto para jugar”, pero siempre con los primeros recuerdos de la niñez, junto con un repertorio de vivencias futuras en mente. Decidí dividir el libro en tres bloques muy diferenciados, que se correspondían con crecimiento, madurez y declive. Cuando revisé todos los poemas, dije: “Ya está, ya tengo título”.

Me llamaron un mes de septiembre, diciéndome que era el ganador, precisamente el mes que abre el poemario, y fue como el punto final al libro. El saber que tendría su huequecito en las librerías me produjo mucha ilusión y así sigue siendo.

Hallamos en la obra una dualidad tonal muy particular: por un lado, existe una honda carga autobiográfica, relacionada especialmente con los sentimientos de pérdida, ausencia y preocupación por el futuro. Por otro, disfrutamos de ciertas licencias indiscutiblemente cómicas, juguetonas, incluso burlonas, normalmente destinadas a palpar la complicidad del lector. ¿Cómo fue el proceso creativo de Fecha de caducidad respecto de este contraste de registros?

Hay mucho de mí en el libro, pero no necesariamente se cumple esta premisa. Al final, el poeta busca lanzar un mensaje y que llegue al lector. Dentro de la variedad encontramos poemas en distintos tonos. Me pregunto, al empezar a escribir un poema, cuál será el resultado final. A veces no siempre sale lo que buscas, pero te acaba sorprendiendo.

El concepto de lo agotable es, por supuesto, una de las constantes vitales del libro. Desde este punto de partida, ¿cómo crees que conversa tu propuesta con el panorama poético actual respecto de inquietudes, mensajes o temáticas? ¿Qué aportación consideras que deja para quienes escriban después de su lectura?

La infancia, tema principal en mi libro, aparece en muchísimos poetas actuales. En mi caso particular, los columpios de la portada nos lo advierten. También el tema de la cotidianidad: hacer la compra, atender a los hijos, el divorcio, el hecho de envejecer… Creo que se acomodan muy bien estos temas de mi libro a esos cánones que encontramos en la poesía actual.

Bueno, lo que pueda aportar o no, el tiempo lo dirá. Me gustaría que la gente que se acerque a su lectura encuentre un lugar para recordar, para volver a jugar, y a partir de ahí que suelten esa emoción, que no dejen que se escape, que la escriban.

¿Supone Fecha de caducidad un punto de inflexión tal en tu carrera literaria como para entenderlo como un nuevo origen desde el cual partir de cara a tus próximos proyectos, en cuanto a hacer de su imaginario, su estilo y sus virtudes una autoguía? ¿Qué planes confesables tienes a corto y medio plazo?

No me gustaría repetirme, pero inevitablemente mi base para escribir es todo lo vivido anteriormente. No me queda más remedio que echar la vista atrás y, de momento, solo encuentro al Darío de seis o siete años. A partir de ahí conecto con otro Darío mayor, mi yo del futuro y, con todo eso, creo personajes, lugares, situaciones… Como he dicho antes, nunca sabes por dónde te llevará el próximo poema. Ese es el misterio: hay que dejarse llevar.

Estoy trabajando en la creación de una asociación de carácter cultural en Alcalá de Henares. Organizar recitales, encuentros de autores, coloquios, conciertos, etc., ese es ahora mi objetivo.

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