-Editorial Cuadranta-

[Semana de la Poesía // 20-27 de Marzo 2022 – Altavoz Cultural]

   Una de las más desgarradoras exhibiciones de amor se abre paso a través de este maravilloso poemario, hacia el que no podemos escatimar en halagos desde lo más hondo de nuestro corazón, primero desde la extraordinaria generosidad de su autor, que comparte con nosotros una experiencia tan íntima, tan incomparable, que obliga a nuestro criterio a disponer de holgura como para, sin menospreciar la calidad estética y la suficiencia poética que derrocha Pablo Blanco Del Moral, atender en primera instancia el mensaje que libera.

   Miguel Hernández e Isabel Logroño Carrascosa, mediante su prólogo Permanecer en el silencio, guían con sus manos luminosas el principio del viaje, desde su esencia y primeras claves emocionales. Pórtico —inútil— e Incipit, completan, ya en voz autoral, la obertura, que desborda violín y piano. 

   Treinta y cinco poemas enlazados numéricamente desde la evocación romana, I a XXXV, articulan una composición total que expresa en la Canción final el último giro de cuantos ofrece la sublime relación tejida desde las manos del padre hacia el hijo que vive ausente, eterno en su semblanza.

   Pórtico —inútil— (escrito en cursiva, como el segundo segmento de la Canción final, en una perfecta estructura de vaso comunicante entre extremos formales) imprime el sello de carácter que, desde la temática tratada y su inercia voraz, como un torrente de herida, fuego y hemorragia, dibujará la experiencia de los dos protagonistas de la asimétrica conversación. 

   Partimos inevitablemente de los dos organismos más severos de la ausencia: el silencio y la oscuridad. A ellos, y sus respectivas búsquedas de sonido-voz y penumbra-aurora, se suma un monstruo que se alimenta de sus miedos: la devastadora sensación de inutilidad, de existencia quebrada, de misión fallida, de sinsentido andante, cruel sombra pegada a una rutina que se sabe condenadamente infinita.

   El Incipit extiende la otra cara de la misma escarcha, si bien lo hace adquiriendo una capacidad musical tradicional muy particular, excepcional respecto de cuantos poemas flotarán en el compendio: la rima se apoderará de manera insólita de esta segunda cascada de imágenes apuntaladas en el contexto primigenio: sombras, voz, ausencia, niebla, palabras, noche tan larga, silencio y concepto de marcha, verbo dejar…

   El despegue estricto de las composiciones numeradas acontece desde el presente manchado: solo nos queda recordar cuando todo se ha perdido. La dicha alejándose con el rumor de la lluvia por la ventana entreabierta será la gran primera cima visual, que encontrará en las gotas finales -en torno a los poemas de XXXXXXV– una respuesta. En lo estilístico, el autor manipula pronto la exclamación y desliza el movimiento lateral de último verso como marcas que serán explotadas desde su personalidad narrativa.

   Es II la primera concreción corpórea de doble polea: el abrazo -muy presente en el recorrido venidero- y la mirada -a esos ojos ¡negros!-. La definitiva ubicación espaciotemporal de la acción y su canto se produce versos más adelante: noche y verano -el primer verano después de- son testigos permanente y puntual, respectivamente, de la artesanía verbal enhebrada por el padre para comunicar el afecto: ya que no puedo verte, uso mi voz para abrazarte. Las palabras serán el canal de amor decisivo.

   Por su parte, IV supondrá la primera manifestación de máxima brevedad: el primer poema de tres versos, hábito que se asentará alternativamente en torno a las grandes composiciones de más longitud pero misma o injustamente comparada carga emotivo-reveladora. Las palabras -y su nefasta réplica silenciosa- continúan desplegando su autojustificación como elemento fundamental de expresión paterna, alcanzando en siguientes escenarios contrastes, luchas y sublimaciones.

   Avanzamos hacia otro de los planos procesuales: el mundo del sueño, en constante referencia al punto álgido de su difuminación, ese despertar-amanecer vinculado a la extinción -cerrar los ojos un día para no soñarte más-. Se expande alrededor de esa verticalidad un contexto hogareño como laberinto de silencio y habitaciones, ventanas, pasillos, espejos. XI es el regreso drástico a la coordenada realista-verosímil: “qué más quieres de mí si todo me lo quitaste aquella tarde de abril”. El retroceso crucial al origen del dolor -y consecuente cambio vital- resetea todo lo vertido hasta esta página.

   El código destilado pretéritamente dispone las piezas que ahora cabalgan autónomas, con su simbología léxica grabada en la piel: no dejaste nada al marcharte, brazos vacíos, tu nombre en el aire, ausencia de verbo y ausencia de tacto, desesperación, búsqueda coartada, alba y cielo como oasis. Y el amor, siempre el amor: “yo a solas con tanto amor”. 

   Toma el relevo del conjunto de cinco aristas la fase que inicia XVI: el diálogo visual asumirá el foco técnico para desentrañar algunas de las más notables creaciones de estos Poemas para una ausencia. Desde los corazones opuestos al primer trazo del mar, imágenes de crepúsculo enfrentadas, juegos concesivos de “para ti.., para mí…” y otros constructos performativos, prevalece la crudeza amortiguada en seda.

   El siguiente valle de quíntuple mirador se erige como unas predilectas vistas que subjetivamente decidimos destacar. La belleza de este tramo, causada fundamentalmente por esa suavidad en el tono para retratar algunos episodios y ciertas evocaciones muy ásperos, inunda nuestro camino mientras anuncia un ligero punto de esperanza que, con sus indiscutibles altibajos, se sitúa en el horizonte.

   Ese leve viraje angular aúna toda una serie de consecuencias directas en la forma y en el fondo: “de vez en cuando vuelves como si por una vez tuvieras miedo de perderme”; un nuevo capítulo del “para ti…, para mí…” que añade la poderosa imagen del oro a la del mar; una continuación de ello muy orgánica, dedicada a la espuma del mar, dividida de nuevo en sendas partes contrastadas. Finalmente, la modalidad de tres versos muta en tres versos más un pie quebrado, llenado con la mejor palabra posible: ‘tú’.

   La recta XXX promete un último paisaje fabuloso, abarcador de las dos funciones principales de esta obra: la emotiva y la estéticamente comunicativa. La bonita estructura de ese poema XXX es el primer ejemplo de una gama de recursos geniales constituyentes del armazón formal que sostiene el desgarro: le suceden el paralelismo constante con repetición en cada estrofa, un enormérrimo, gigantesco poema en tres versos -si antes no hemos advertido del cuidado de la sensibilidad al leer el texto de Pablo, ya es tarde para no erizarse aquí- y un paulatino crecimiento de las ramificaciones versificadas.

   El no revelado nombre de cinco letras -que tanta tristeza encierra- supone uno de los penúltimos tesoros hallados en este camino. El próximo es una confesión tremenda alrededor de una proximidad intangible, madre de una eternidad florecida como faro: “No te he perdido nunca”. Resta el desenlace en plena cascada de acción.

   XXXV es el poema más largo del libro, lo cual permite enmarcarlo entre dos gruesas columnas enfrentadas a lo lejos: dos textos iniciales, previos a los poemas numerados -aquellos Pórtico e Incipit-, y un broche dual compuesto por este XXXV y la llamada Canción final -de doble hoja impar: lo que se interpreta como introducción narrada y lo que se ejecuta, en cursiva, como texto musicalizado, próximo a la nana-. 

   Estas dos últimas composiciones tienden vigorosos puentes semánticos hacia la orilla del principio: las tardes de lluvia te traen conmigo -lluvias de abril, el mes de la pérdida-, la evocación del niño en ese contexto brumoso que contacta con el plano onírico, vienes como un rayo de sol a acariciar mi frente para después desvanecerte entre las sombras. 

   En la Canción final la ternura máxima en la expresión capital: el corazón paterno como cama confeccionada con luz y sin frío. El primer elemento, la luz, que nos acompaña -silente, tapada por el dedo de la oscuridad- desde el principio del viaje, se expande en el triple escenario final (rayo de sol, luz, rayo de sol): “A veces imagino tu risa como un rayo de sol en mi ventana”. La esperanza al fin nos acoge en sus brazos: el ansia de la caricia proyecta un hilo de alba sobre esa noche que, por una vez, no se siente infinita ni eterna.

   Poemas para una ausencia es una de las manifestaciones de amor más impresionantes jamás conocidas por nuestros ojos. Pablo Blanco Del Moral pone la lírica al servicio del alma y transmite con el pecho abierto. Su comunión con el lector es absoluta, generosísima en la invitación. 

   Hay tantísimas formas de leer este libro… y son tan distintas en el prisma biográfico: ojos más familiarizados con el sentimiento plasmado, algunos solo próximos a ciertas ideas, seguramente algunos rotundamente empáticos en primera persona, muchos otros ajenos a nada acaso parecido. No es importante. El poeta logra reunirnos a todos en un mismo nivel de filtración de la dimensión dolor-afecto gracias a sus imágenes, sus incursiones estilísticas y su pasmosa capacidad para volcar el imaginario más personal en un lenguaje de código humano común y entrañable.

   Merece mucho la pena descubrir los versos arrancados de Pablo; desde Altavoz os animamos a que hagáis de su obra un recorrido íntimo por la ausencia, esa forma de pérdida tan brutal que nos asola desde no lo acaecido, desde el silencio más negro y la oscuridad más inaudible. Enhorabuena, poeta, y gracias.

Altavoz Cultural

CUATRO PREGUNTAS A PABLO BLANCO DEL MORAL

Poemas para una ausencia pertenece a esa clase de obras alimentadas por un sentimiento de tal magnitud que acelera procesos creativos, desecha formalismos y traspasa el concepto de premeditación. ¿Cómo fue el modo en que encaraste, paso a paso, la escritura de este poemario, que desborda fuerza interior hasta tal punto de sugerir una expresión casi vomitada, casi automática e inconsciente?

El proceso de escritura de este libro ha sido, a pesar de su brevedad, largo y complicado. En agosto de 2015 escribí el primer poema -no diré cuál- y hasta finales de 2020 el libro no adquirió su forma definitiva. En realidad, cuando empecé a escribir no tenía intención alguna de elaborar un poemario como tal. De hecho, para mí aquellos primeros poemas no fueron sino apuntes de ideas y borradores que iba almacenando en un documento de texto de manera totalmente desordenada a lo largo de los años. Sin embargo, en 2019 (atravesando una fuerte crisis personal y creativa, todo hay que decirlo) me di cuenta de que tal vez todo aquel material en bruto podría llegar a tener sentido, y fue cuando empezó el proceso de selección y organización que me llevó a ir encauzando el libro hasta darle su forma definitiva. En este aspecto ha sido inestimable para mí la ayuda de José Mateos, a quien conocí en un recital en octubre de 2019. Él fue el primero en leer el manuscrito (ciertamente incompleto y desordenado) y fue además quien tuvo a bien sugerirme el título. Una vez sentadas estas bases, continuar con la composición del libro hasta darle su forma final fue relativamente fácil, pues era evidente que todo aquello ya tenía un sentido pleno.

Respecto a la escritura de los poemas, diría más bien que se trata de un proceso que podría dividirse en dos partes. Por un lado está la inspiración, que llega cuando llega (lamentablemente no tan a menudo como a mí me gustaría) y por otro el trabajo sobre los apuntes tomados en esos raros momentos de lucidez. Cada uno de nosotros tiene sus propios procesos creativos; en mi caso, la mayoría de estos poemas han surgido de forma muy espontánea, en momentos en los que me encontraba en un estado de ánimo lo suficientemente relajado como para dejar que mi pensamiento divagara y fueran surgiendo las ideas. Estoy pensando por ejemplo en un paseo tranquilo por el parque, o cuando puedo sentarme un rato en la terraza de mi casa y desconectar. Es en esos instantes cuando las ideas acuden a mi cabeza en forma de versos sueltos que procuro siempre apuntar en la aplicación de notas de mi teléfono móvil. A veces, si tengo tiempo, trabajo in situ sobre esos mismos apuntes hasta darles una forma más o menos definitiva. De lo contrario, suelo volcar el material en el ordenador, donde lo voy elaborando hasta que siento que estoy satisfecho con el resultado. Así es como se han escrito prácticamente todos los poemas que componen el libro, independientemente de su longitud: sucede que a veces he dedicado más tiempo de trabajo a un poema breve que a uno largo, todo depende de la claridad con que haya conseguido desarrollar ese primer o primeros versos que me han venido a la cabeza. Sin embargo, y a pesar de todo lo que he dicho antes, debo admitir que, como bien afirmáis en la pregunta, la mayoría de los poemas han surgido con una facilidad pasmosa, lo cual no significa que no haya releído y corregido los textos hasta la extenuación.

La ternura, la crudeza y la belleza comparten espacio en sus páginas. Desde un punto de vista estético, respecto de tu imaginario y su tratamiento léxico y visual, ¿qué relevancia consideras que ha tenido tu experiencia paternofamiliar? (entiéndase, especialmente, en contraste con aquel Pablo escritor antes de ser padre).

Mi primer hijo nació cuando yo tenía 25 años. Ahora, con 33 años y cinco hijos a mis espaldas, vuelvo la vista atrás y me pregunto cómo fui capaz de sobrevivir a todo aquello. Aunque nadie está verdaderamente preparado para ser padre o madre, en mi caso la paternidad me llegó en un momento muy delicado de la vida, una etapa convulsa que para mí supuso un antes y un después en todos los sentidos. En cualquier caso, no puedo hablar de un contraste estético con mi poesía anterior, puesto que esta apenas se compone de un puñado de poemas escritos entre el final del bachillerato y los primeros años de universidad… Tengo que confesar que, aunque empecé a leer y a escribir muy pronto, durante los años de carrera dejé los versos a un lado y me decanté por el teatro y una intensa vida social. Si acaso, puedo decir que los años y las lecturas me han ayudado a afinar la expresión, a simplificar las cosas y a encontrar esa voz propia que todos necesitamos. Por otro lado, ser padre, por extraño que parezca, creó en mí un arraigo con la realidad del que antes carecía. La llegada de mis hijos -junto a mi matrimonio, claro está- me ha ayudado a encontrar un lugar en el mundo, a estabilizarme y a crecer como persona. Ahora mi poesía está arraigada y es parte activa de mi vida, por así decirlo, a pesar de su tristeza. Gracias a ella puedo dar voz a todas aquellas cosas que llevo dentro y que de otra manera permanecerían allí sin que nada pudiera sacarlas al exterior, y eso es una ventaja. Pero también sé de buena tinta que, sin la experiencia de la paternidad -en este caso una paternidad dolorosamente frustrada-, Poemas para una ausencia no habría podido existir. Al final, las circunstancias de nuestra vida contribuyen a hacernos ser quienes somos, y si yo no hubiera pasado por todo ese dolor tal vez todavía seguiría inmerso en aquel silencio creativo de años anteriores. Quién sabe.

El relieve de algunas escenas es extraordinario: destacamos, por ejemplo, la fuerte transmisión que desprenden las composiciones -al principio y al final- desarrolladas en cursiva, esa inauguración y esa canción, respectivamente. ¿Compartes nuestra sensación de que se trata de una obra muy oral -por cómo está plasmada- pero, paradójicamente, muy difícil de entonar en voz alta -por su tan sensible, personalísimo, contenido-?

Poemas para una ausencia es, en realidad, un pequeño cancionero. La métrica de los poemas es muy tradicional, y en nuestra literatura lo tradicional va de la mano de lo musical, siempre. Desde mi punto de vista, la sencillez de los versos (rimas asonantes, ausencia de arte mayor…) casa muy bien con la profundidad de la pena que tratan de expresar, sin estridencias ni distracciones que puedan confundir al lector: pienso que este es uno de los grandes logros que he conseguido con este poemario, tan en la línea profunda y transparente de nuestra lírica popular. Sin embargo, como bien decís, se trata de una obrita para leer en silencio, simplemente porque hay determinados sentimientos que no se pueden expresar en voz alta, y así es como debe ser. Por ello, es muy difícil para mí leer los poemas en público, no solo por la vergüenza que me da leer algo que he escrito yo, sino también por esa sensación de pudor que me da el violentar ese silencio que creo que es la esencia de estos poemas. Así pues, la aparente oralidad choca con la necesidad de conservar esa atmósfera callada y doliente que va acompañando a los lectores a lo largo del libro. Por otro lado, los poemas que citáis sirven como apertura y cierre del poemario, y en cierto sentido muestran cómo el libro representa ese caminar desde la desesperanza y la noche hasta ese alba final que efectivamente anuncia la esperanza, una esperanza que puede interpretarse de muchas maneras, pero que al fin y al cabo consiste en asumir la pérdida e integrarla en la propia existencia, porque el amor -y el dolor- siempre van a estar ahí, tan vivos como el primer día, a pesar de la imposibilidad de un encuentro, al menos en esta vida.

¿Cómo ha sido tu experiencia editorial con el sello Cuadranta? ¿Qué ha sido lo más bonito que te han dicho sobre tu texto aquellos lectores ajenos a tu círculo íntimo?

La experiencia editorial con Cuadranta ha sido muy positiva desde el primer momento. A mí me gusta tener las cosas claras y ellos fueron muy transparentes en todo lo referido a las condiciones de publicación, las cláusulas del contrato editorial y demás. Respecto al proceso de edición del libro en sí, puedo afirmar que hacen las cosas con mimo y con cuidado, teniendo siempre en cuenta la voluntad del autor. Creo que ha merecido la pena y honestamente les estoy muy agradecido por haber apostado por este libro.

En cuanto a los comentarios, la mayoría de las personas que se han tomado la molestia de compartir conmigo su experiencia lectora me han dicho que Poemas para una ausencia ha logrado conectar con sus propias experiencias de duelo y pérdida, del tipo que sean, y eso es algo que a mí me parece muy hermoso, porque considero que, en cierto sentido, estos versos ya no me pertenecen exclusivamente a mí, sino que están ahí para acompañar y consolar a quien quiera acercarse a ellos, haciéndolos suyos en cierta medida a través de la lectura.

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