Océano negro, Brenda Moran

La habían encontrado. Otra vez.
Una respiración. Otra más.
El aliento se hizo visible. Una ligera bruma salía de sus labios y se espesaba más y más con cada exhalación.
Cual espíritu abandonando un cuerpo, cual fantasma vagando por el limbo.
Perdido, cruel y frío.
Todo el vello de su cuerpo se erizó. No importaba lo que hiciera, no importaba lo mucho que corriese o donde se escondiera. Siempre la encontraban.
No podía esconderse de lo que era. Nadie podía.
Su espacio blanco fue consumido por manchas negras. Del suelo comenzó a brotar un agua oscura. Un agua que no se veía ni en su principio ni en su final.
Fue cubriendo su cuerpo de manera ascendente: sus tobillos, sus muslos, su estómago y sus pechos. Sabía que eso no la mataría, pero no por ello dejaba de doler menos.
Y entonces la capturó por completo. Toda ella sumergida en ese océano negro que era parte de su esencia y parte de su condena. Ella era su propio juez y verdugo.
El océano la rodeaba, la abrazaba con sus sombrías corrientes que se clavaban en su cuerpo como afilados puñales. Flotaba inerte, sin rumbo ni destino. Flotaba en medio de una inmensidad lóbrega e infinita.
Si tan solo pudiera quedarse ahí, en ese momento, en ese instante. Parando el tiempo o acelerándolo, el resultado era el mismo. Siempre ella, por el resto de la eternidad.
Tenía frío, mucho frío y solo quería dejar de existir. Un solo segundo sin ser lo que era, un solo segundo de permanente paz.
Pero ella no podía morir. Ni matar. Era lo que era.
De pronto, todo cambió y se vio lanzada a otro escenario.
El océano negro se desvaneció y sus rodillas chocaron contra unas ásperas baldosas grises. Apoyó sus manos sobre el suelo para ayudarse a tomar impulso y levantarse.
No reconocía ese lugar, pero tampoco le importaba. Nunca reconocía los sitios a los que iba a parar. Daba igual un emplazamiento que otro, una época que otra, el resultado siempre era el mismo.
No podía escapar de ellos. Nunca.
Comenzó a caminar descalza por las baldosas, dejando impresas las húmedas huellas de sus pies con cada zancada. Un largo corredor le dio la bienvenida, varias puertas a cada lado del pasillo.
No había indicadores, no había señales, ni nadie que le cortase el paso. Y ella siguió caminando. Sabía bien a dónde iba. Podía sentirlos, ellos la atraían irremediablemente.
Durante mucho tiempo intentó hacer frente a ese magnetismo, pero fue una lucha inútil, una batalla perdida mucho antes de comenzar a luchar. Nadie podía ir en contra de su naturaleza.
Ella menos que nadie.
Muchos la veneraban, le otorgaban sacrificios. Otros huían de ella, la temían. Los más osados la odiaban, sin que fueran conscientes de que todos acababan frente a ella.
No importaba la vida de ventaja que les ofrecía, todos acababan en ella.
Ella era el comienzo y el final.
Ella era una fuerza de la naturaleza, imparable, cruel y justa.
Y ella estaba harta de toda esa mierda.
Llegó hasta la última puerta de la izquierda y sin necesidad de tocarla se abrió por sí misma para ella. La recibió una sala pequeña, mal iluminada y grisácea. Contra la pared del fondo había un horno crematorio. En el centro había una esquelética camilla de metal.
En ella había un cuerpo tumbado, una sábana blanca cubriendo cada centímetro de piel, excepto por la cabeza y los dedos de los pies.
Ella se acercó hasta el cuerpo, era un varón. No sabría decir su edad exacta, pero seguramente estuviera en la mitad de su vida o menos. No es que eso supusiera una diferencia para ella.
Daba igual: género, edad o etnia, siempre la encontraban. Nadie podía escapar. Ni ellos ni ella.
Lentamente, posó su fría mano sobre la frente del hombre. La superficie era más cálida de lo que habría esperado en un principio, más templada que en otras ocasiones.
No le dio importancia porque ella no podía hacer nada. Ella era lo que era, todo lo demás ya estaba escrito.
Violentas ráfagas de imágenes cruzaron su mente con ese ligero contacto. Era ese hombre en negociaciones que nunca debió haber empezado, en alianzas que nunca debió haber traicionado, de niñas que nunca debió haber tocado.
De repente, un par de hombres elegantemente vestidos aparecieron en la sala. No la vieron, pasaron a través de ella sin inmutarse, sin ningún esfuerzo, como un hierro al fuego atravesando la nieve.
Nadie la veía salvo los que estaban destinados a encontrarla.
Con manos firmes y llenas de tatuajes, agarraron la camilla, uno a cada lado del cuerpo. Las ruedas oxidadas chirriaron por el esfuerzo de ser movidas, como quejándose por la osadía de hacerlas rodar.
Llegaron hasta el horno de cremación que había al fondo y depositaron al hombre sobre las rolinas hasta introducirlo por completo en la oscura cavidad. Cerraron la portezuela con el pestillo, encendieron el horno a su máxima potencia y abandonaron la sala.
Rápidos y metódicos.
Ella no dijo nada, ella no podía decir nada. Debía permanecer allí hasta que todo acabase, una mera espectadora de los destinos ajenos.
Porque ella era el fin, pero no el medio. Eso no importaba.
Ella era lo que era. Y la habían encontrado.
Ese hombre no debería estar ahí. Biológicamente hablando, aún seguía vivo. Así lo pudo confirmar cuando vio que los dedos de los pies se le contraían entre las llamas cada vez más feroces del horno.
Se movía, danzaba al ritmo de las despiadadas lenguas de fuego.
Iba a morir quemado vivo, su destino era el que era. O el que él mismo se había forjado. Una delgada línea que ni con toda la eternidad se podría resolver jamás.
Y allí estaba ella, contemplándolo arder. Y solo deseaba estar en ese océano negro, flotando en medio de una inmensidad lóbrega e infinita.
Estando solo ella y el cosmos.
Ser ella.
Porque nunca nadie le preguntó a la Muerte si quería ese trabajo.

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