Infinitud de los negocios, J. Mordel

Subimos en el ascensor. Me mira, me provoca. Agarra mi corbata y se ríe. Tira de mí. Me besa como si yo fuese un esclavo suyo, un súbdito suplicante, un acólito. Un adorador de una diosa lujuriosa. No me tiene en cuenta. Convierte sus deseos en realidad. No pregunta. Me muerde el labio inferior. La sangre brota. Sonríe. Salimos del ascensor. Las carcajadas inundan el pasillo, es una traviesa. Va a ser dinero bien invertido. Entramos en la habitación. Me sirve una copa de vino. Y me invita a disfrutar del espectáculo. Se suelta los tirantes del vestido y sus pechos aparecen ante mí. Redondos, atractivos. No me deja tocarlos. Se aparta ágilmente y, sin pronunciar ninguna palabra, me indica que espere. Que observe. Observo. Bebo un poco de vino. Se quita la ropa interior. Con un movimiento sensual, la baja por sus piernas. Bebo más vino. Los latidos de mi corazón se aceleran. La contemplo, abobado, expectante; me contengo; no por mucho más tiempo… Se desliza felinamente sobre la cama. Levanta el culo. El vestido, muy corto, no oculta nada. Me dirige una mirada lasciva. Estas son las pequeñas recompensas de la vida. Pagadas a gusto. Me acabo la copa y la dejo sobre la mesilla. ¿Qué ocurre? Noto una sensación extraña. Mi cuerpo pesa. Mucho. Mis sentidos se nublan. Mis piernas flaquean. Mis ojos se cierran. Caigo.

En cuanto cae, me visto y me aseguro de que está muerto. No tiene pulso. Perfecto. Con paciencia, logro forzar la caja fuerte. Cojo lo que buscaba y lo meto en el bolso. Salgo de la habitación. Bajo en el ascensor. Las potentes lámparas del vestíbulo alumbran la gran estancia. Sonrío falsamente a la recepcionista y salgo por la puerta giratoria. Camino por la acera con paso firme y seguro. Me alejo un poco del hotel y cojo un taxi. Le escribo un mensaje. Estoy de camino.

Me entrega la mercancía. Le digo que se largue, su trabajo ya está hecho. Pone cara de disgusto. Pero es mentira. Menuda actriz. Está encantada de finalizar la transacción. No necesita complicarse la vida. Nunca lo hace. Sus honorarios son altos. Aunque, en realidad, en este caso, es una cantidad desdeñable. No sabe lo que ha traído. Su verdadero valor. Llamo al comprador. El precio será muy alto. Astronómico. El trato está cerrado. Nos reuniremos mañana.

Cuelgo el teléfono. Lo tiene. Por supuesto que no vamos a pagar lo que pide. Maldito estúpido. Vamos a quitárselo. El equipo de operaciones está preparado. Los mercenarios están listos. El asalto comenzará en menos de una hora. No tiene ni idea de con quién está tratando.

Después de atravesar el bosque, llegamos a la mansión. Sigilosamente, rodeamos el perímetro. Gaseamos a los vigilantes. Silenciosamente, nos colamos en el jardín. Reventamos las ventanas. Disparamos a todo lo que se mueve. Registramos el lugar. Torturamos al pobre desgraciado. Hasta que nos revela dónde está el paquete. Nos lo entrega. Es nuestro. Le pegamos un tiro en la cabeza. Misión cumplida. En el momento propicio, hago el cambiazo y me apodero del paquete auténtico. Volvemos por el bosque. Regresamos a los vehículos. En el lugar adecuado, me desvío del camino y desaparezco.

Son las siete y cuatro minutos. El gran reloj del aeropuerto expone la hora a la vista de todos. Mi vuelo saldrá en poco tiempo. El objetivo irá a bordo del avión. Antes lo he visto tomándose un café, sentado tranquilamente, disfrutando, leyendo el periódico. Cree que su viaje inmediato lo llevará directamente hacia la riqueza. Está convencido de que podrá vender lo que ha sustraído. Ahora balancea, despreocupado, el maletín que subirá como equipaje de mano. Está distraído, confiado. Las azafatas se muestran amables. La fila va avanzando. El ingenuo mercenario pasa por la puerta de embarque. Le sigo poco después. Controlo su emplazamiento. La portezuela del portaequipajes todavía está abierta y puedo ver el maletín, justo encima de su asiento. Solo queda esperar a que lleguemos. Entonces, se lo arrebataré.

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