-Provincianos Editores-

   Nos aproximamos a la narrativa ágil, fresca, altamente social de Javier Rodríguez a través de un buen amigo de esta casa: Manuel Broullón nos recomendó su lectura y hoy presentamos nuestra reseña de Zona de promesas, una novela magnética que trata y retrata una gran bola de fuego incandescente alimentada por mecheros tan poderosos como la identidad, la configuración personal desde la infancia o la condena de la apariencia en un mundo hipócrita, interesado y cruel con quien sueña con la libertad. 

   Hallamos en ella una joya que roza con los dedos el trazo de protagonista perfecto: Pablo es en sí mismo un brillante reclamo. Mucho más. Es un personaje que contiene tantísimos pinceles que es capaz de dibujar, estamos seguros, al menos una característica de cada una de las personas que se acerquen a contemplar su historia: está impregnado de humanidad, naturalidad, miedos, defectos y valores, ausencias y deconstrucción. Su historia, al menos en algún punto, es universal: por cómo trabaja el diseño de la personalidad -entre lo que somos, lo que realmente somos, lo que quieren y/o esperan que seamos y lo que no nos dejan ser-. Por cómo presenta una generación socioculturalmente hija de su tiempo, sus dificultades, su política y su posición aleatoria en el plano global. Finalmente, por cómo orienta sus esfuerzos hacia la rebeldía, la búsqueda de esos ángulos muertos que tiene todo duelo entre inercia y conformismo.

   Jaime Álamos es el otro gran foco personajístico de la obra, casi coprotagonista, casi antagonista. Su carisma está muy por encima de sus convicciones. Es un gran fondo negro para las sombras de Pablo, así como una luz insoportable en ciertas ocasiones. Su delineamiento es igualmente excelente: Javier Rodríguez da vida a personajes que son mucho más que marionetas argumentales. Desprenden todos autonomía, relevancia y poderío. En el caso de Álamos, estamos además ante una de las principales dianas de ese magnífico azúcar humorístico que nos sirve la primera persona narrativa en labios de Pablo. 

   En el extremo -éticomoral, sociopolítico, directamente antropológico- se sitúa Rita: la drag queen que camino a la mitad de la obra se adueña de las cámaras lectoras para desfilar con un arrollador ritmo reivindicativo, auténtico y estético que no tarda en empapar a nuestro protagonista, para irremediablemente arrojarlo hacia su espejo más íntimo en el código de la libertad y el amor.

   Es Chile el escenario orgánico de la trama: funciona la acción como elemento fotográfico para simultáneamente ofrecer una panorámica situacional -especialmente en lo políticosocial y sus marcas visibles- del entorno, por supuesto filtrado por la originalidad de Pablo, su creatividad expresiva, su diversidad contextual en el tratamiento de la realidad -con síntomas más o menos adultos, sólidos, más o menos festivo-adolescentes, más o menos sombríos, todos ellos a tomar en consideración desde una treintena cargada de experiencia, inseguridad, ilusión-.

   El puntal pendiente, muy al principio esbozado, que equilibra con cobertura maestra la totalidad de la obra es ese estilo literario que no cesa de emitir luz a cada leve corte estructural en el discurrir de las páginas. El autor es un ninja que asalta con una lucidez impresionante esos rincones de la narración en los que supuestamente no sucede nada relevante. Los llena de semillas significantes: esparce y siembra riqueza que dona frutos de manera inmediata o a largo plazo. 

   Zona de promesas cumple las expectativas tendidas por la confianza que nos regala nuestro amigo Manuel: Javier y su vástago -de, quizás, códigos y claves semejantes- Pablo se elevan sobre el atril para entregarnos una magnífica novela actual, impecable técnicamente, rabiosamente necesaria y entretenida. Enhorabuena a todas las partes: desde el creador hasta el mensajero. Enhorabuena, sin lugar a dudas, a Provincianos por la infalible apuesta.

Altavoz Cultural

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