Coloquio en torno a la figura y la obra de Amparo Dávila

Cecilia Eudave

Patricia Esteban Erlés

Altavoz Cultural – Páginas de Espuma

Junio 2022

¿Cuándo y cómo conocéis la literatura de Amparo Dávila?

Cecilia Eudave: Mi padre, sabiendo de mi gusto por la literatura poco convencional, lo que ahora reconocemos como no mimética, me regaló Muerte en el Bosque de Amparo Dávila, una antología de cuentos que publicó el Fondo de Cultura Económica en los ochenta. Cuando la leí quedé encantada y me di a la tarea de buscar todo sobre ella, difícil en aquella época, se le conocía poco y sus libros no se reeditaban. Sin embargo, eso no fue obstáculo, incluso tengo primeras ediciones de sus libros. Con los años me hice estudiosa de su obra, la enseñé en el aula, entusiasmé a muchos estudiantes y jóvenes escritores a aprender de su escritura. Con el pasar de los años la conocí en persona y tuve la oportunidad de charlar con ella varias veces; siempre fue muy generosa. Recuerdo que una vez me dijo: Cecilia, no hay que llevar nunca prisa, la buena escritura se gesta con el tiempo, en reposo, si está hecha para quedarse, quedará.

Patricia Esteban Erlés: A Amparo Dávila la conocí mientras estaba buscando relatos de autoras para elaborar una antología que pudiera servirme de cara a mis talleres. La descubrí con “Alta cocina”, que me hizo buscar más sobre ella. Así llegué a “El huésped” y “Moisés y Gaspar”. Todos ellos me parecieron terroríficos de un modo cercano, como si alguien que me conociera bien estuviera susurrándome al oído historias que suceden en el mundo que habitamos, la casa con jardín, la cocina, la alcoba, pero que de pronto se ha vuelto otro.  

Más tarde accedí a la edición de sus cuentos completos, que no hizo sino corroborar esa primera sensación. Me quedé de piedra cuando descubrí en “La quinta de las celosías”, intercalados, los mismos versos de Eliot que encabezan mi primer libro de relatos, “Manderley en venta”. O cuando leí en “El espejo” un argumento casi simétrico, un reflejo, de “Espejismo”, una reescritura mía del cuento de Blancanieves. Con esto quiero decir que en Dávila he encontrado a una antepasada desconocida, alguien que me interpela directamente desde sus líneas y que me hace sentir unida a ella por un vínculo secreto. 

¿Qué rasgos fundamentales destacaríais subjetivamente de la obra de la autora, entendida como un todo homogéneo?, especialmente con el afán de presentarles una muestra a quienes no la hayan conocido aún.

CE: En un artículo reciente para la revista española Brumal, a propósito de un número dedicado a ella, dije que la fuerza interior de su escritura, de su poética, la consigue porque sus relatos nacen de un profundo extrañamiento vivencial y nos llevan más allá de lo formal, o de los discursos de lo terrorífico, lo fantástico, lo maravilloso. Altera la cotidianeidad en la que se mueven sus personajes, para romper su normativa, para desestabilizar cualquier certeza a través de perspectivas inusuales que se lanzan en direcciones contrarias a lo establecido. Encuentro en su obra una poética personal con preocupaciones que privilegian la mirada femenina frente al mundo patriarcal, por una parte, y a la vez defiende y esgrime la escritura de umbrales que suele evidenciar de mejor manera los contextos violentos que se habitan.

PEE: A mí me parece que una de sus grandes virtudes es el desasosiego que crea en sus relatos sirviéndose de unas pocas líneas. Es un clima de inquietud que se respira de pronto y se adueña de ti. Muchas veces la frase inicial, el comienzo de los cuentos, actúa como una cremallera que abre en canal tu ánimo en dirección a esa angustia. Por ejemplo, el de “El huésped”, que dice así: “Nunca olvidaré el día en que vino a vivir con nosotros. Mi marido lo trajo al regreso de un viaje”. O este otro, el de “Final de la lucha”: “Estaba comprando el periódico de la tarde, cuando se vio pasar, acompañado de una rubia”. Esas primeras frases afiladas introducen lo anómalo con pulso firme. La llegada de un intruso temible, una criatura híbrida, toda ojos y maldad. El avistamiento que un hombre hace de sí mismo, pero siendo otro, el que logra vivir la historia de amor imposible con una mujer desdeñosa… Ambos son dos ejemplos de  argumentos que se desarrollan en las líneas siguientes, pero que surgen ya ante nuestros ojos como un tráiler certero que nos atrapa y nos inquieta. 

Además de esos comienzos inconfundibles, secos y certeros, destacaría la presencia continuada de la obsesión, la monomanía o neurosis que hace que los personajes proyecten en el exterior un miedo interno, inexplicable, absurdo, de forma que ese entorno cotidiano, familiar, se convierte en un verdadero infierno.  Dávila es kafkiana en su forma de llevar al extremo las consecuencias de esas fobias. Un hombre recibe una visita de un desconocido en su ausencia y rápidamente, sin razón, cree que el extraño le persigue para hacerle daño, lo que le lleva  a huir lejos, a comprar un billete a cualquier parte. Una mujer serena y trabajadora comienza a escuchar el ruido de lo que cree es una plaga de ratas en su casa y se obsesiona de tal forma que la búsqueda y exterminio de los roedores desestabiliza el resto de su vida, hasta entonces modélica y  tranquila. En varios relatos el personaje percibe un peligro externo que acaba destruyéndolo como individuo, afectando a sus relaciones, su trabajo… Literalmente se quedan sin nada debido a la enajenación que aparece de buenas a primeras, sin aviso previo, súbita y fatalmente.  

Diría que en los últimos libros de Dávila la alucinación pasa a ser premonitoria. Me refiero a cuentos como “El entierro” o “La rueda”. En el primero el maduro empresario intuye la propia muerte y se obsesiona con preparar cada detalle de su funeral y testamento. Como lectores vamos pensando que es otro de los cuentos persecutorios de Dávila, pero en realidad el protagonista está en lo cierto.. En el segundo se sueña con el reencuentro imposible con un novio fallecido, que acaba materializándose de forma casi idéntica al sueño. Es curiosa esa forma de abordar la fabulación desquiciada como un avance de la realidad que aguarda a esa mujer burguesa despreocupada, que mira escaparates y desayuna con amigas en días soleados, pero acuciada por el recuerdo de un amor de juventud ya muerto  

El ritmo machacón que desvela la atormentada psique de los personajes se refuerza con un mecanismo lingüístico, la repetición de palabras clave. Dávila utiliza muy seguido palabras que aparecen y reaparecen, para afianzar la sensación de pensamiento limitado, claustrofóbico, que asedia a sus protagonistas. Creo que no le interesa tanto el pulido estilístico como crear un desasosiego, un cepo mental del que el personaje no sabe librarse. Repitiendo palabras las carga de un sentido aciago, me parece.  

Hay algunos motivos recurrentes en todo el libro, en cada uno de los volúmenes que lo componen. Por ejemplo, la obsesiva mención de los ojos de las criaturas que amenazan, que se cuelan en la vida de los personajes para derrumbarlas. En ocasiones da la sensación de que esos ojos no vienen integrados en un rostro, son ojos flotantes, exentos, que resulta imposible no mirar, no temer. Pienso en los ojos de “El huésped”, de “Alta cocina”, de “Música concreta” o “Moisés y Gaspar”. En casi todos ellos podemos dudar de la naturaleza del ser propietario de los ojos. Parecen un híbrido de perro y humano bestializado, en algunas ocasiones, o explícitamente en “Música concreta”  se habla de una mujer sapo, animal repugnante por su fisonomía, el ruido que produce, su viscosidad. No se establece empatía, cercanía, conexión, al mirar esos ojos, sino que justamente anuncian la irrupción del extrañamiento temible, la certeza de que nos enfrentamos a criaturas peligrosas, enemigas, que nos amenazan en la hasta entonces apacible o aburrida, según los casos, vida diaria. 

Junto a los ojos, aparecen y reaparecen sin cesar gritos surgidos de la nada, pasos que se acercan inesperadamente. Ambos motivos funcionan como efectos especiales que contribuyen a incrementar la tensión del personaje que siente su presencia. ¿Quién grita, quién se acerca, y para qué? 

Por último, mencionaré uno de los grandes temas de Dávila: lo indecible, ese temor que tantas veces se insinúa pero no llega a expresarse del todo. Los desdichados personajes de sus cuentos temen, intuyen un horror profundo, íntimo, tiemblan y se conducen de forma irracional por su culpa, pero rara vez lo confiesan explícitamente. No se concreta y ello lo convierte en una pesadilla intransferible, en un terror tan atroz que quien lo sufre acaba, casi por sistema, perdiendo el juicio, cometiendo crímenes o causándose un daño irreparable a sí mismo.  

La figura de la mujer es la gran protagonista de sus historias, como personaje central y como propia voz narradora. Desde vuestro punto de vista, y tomando en cuenta vuestra propia experiencia creativa, ¿qué cualidades de esas mujeres os resultan llamativamente singulares respecto de cómo percibís otras propuestas literarias que también las sostienen como eje crucial?

CE: Dávila intenta con sus textos evidenciar una búsqueda de definición y reafirmación del ser femenino frente a sí y frente a la alteridad masculina, dejar de ser activas solamente en los mundos posibles de la imaginación excéntrica, dejar de ser las reinas del silencio conversando con lo monstruoso, abandonar el vacío y el fuera de lugar, ocupar el sitio que les pertenece, no el que les han otorgado. Amparo Dávila, como las mujeres de la generación de medio siglo, con o sin la soga al cuello, trazan con sus textos las primeras rutas para la configuración de un espejo propio donde se miran y se representan; ellas saben lo que son, ahora falta que el orden patriarcal las reconozca. Además, crea para sus personajes femeninos —principalmente— un espacio cómplice de ese yo oculto y monstruoso que es el síntoma del horror a lo diferente y del horror en sí. Lo monstruoso femenino en sus cuentos funciona como una metáfora de la aniquilación de la identidad propia: por un lado no pueden ser lo que desean, pues resulta perjudicial para la sociedad y rompe con los núcleos sociales (la familia, el matrimonio, la religión, el trabajo); por el otro, si se es lo que se desea, acaban sometiéndose a la realidad que impone lo homogéneo como punto de estabilidad: debes casarte, debes contener tu ira, debes obedecer a la familia, cumplir con el rol tradicional de la mujer en el contexto de los años en los que se inscriben sus cuentos. Fue muy visionaria y trató muchos temas que ahora muchas de nosotras denunciamos, fue de las primeras en tocar el embarazo no deseado en su cuento “El último verano”, por ejemplo. De marea sutil habla de la violencia doméstica y de los feminicidios en la sociedad mexicana de la época, prueba de ello son “El final de una lucha” o “Música concreta”.

PEE: Me encanta la ambivalencia de los personajes femeninos de Dávila. Son muchas veces protagonistas absolutas desde el mismo título, que las nombra en el caso de “La señorita Julia”, “Matilde Espejo” o “Tina Reyes”. Estos cuentos de personaje, centrados en una mujer, nos muestran el conflicto entre el ser aparente y el desequilibrio que sufre. Me gusta mucho cómo se ven amenazadas Julia y Tina por una neurosis que transforma su realidad de una manera rocambolesca. En ambos cuentos  un pensamiento paranoico se superpone a la vida de las dos, se adueña de su mente y les impide pensar con claridad, actuar de forma racional. Ambas son mujeres trabajadoras, independientes, que sufren una amenaza, la supuesta plaga de ratas y el presunto acoso de un desconocido, de forma que los logros de sus vidas se ven perturbados, neutralizados, por un peligro interno, por los desvaríos del cerebro. En “Matilde Espejo” encontramos un personaje femenino fascinante, un híbrido de hada y bruja maligna. Dávila se sirve muy hábilmente de la primera persona narradora, la mujer que alquila una casa que pertenece a Matilde. La voz que relata su relación con la aristocrática dama se niega a aceptar una realidad palmaria que destrozaría la imagen idealizada que de ella se ha ido formando durante años. Pero mientras leemos no podemos dejar de ver que la naturaleza dañina de Matilde prevalece, se superpone a sus modales delicados, su sensibilidad, su encanto.  

Personalmente me interesan estos personajes duales, ambiguos, luz y sombra. También los conflictos en los que Dávila plantea casos de sororidad avant la lettre, como por ejemplo cuando la dueña de la casa y su criada cierran filas, forman un frente común para combatir al intruso por el que se sienten amenazadas en “El intruso”. Ambas están luchando contra un ser inmundo, temible, pero también, o sobre todo, contra el poder patriarcal, la voluntad caprichosa del marido de la dueña de la casa que les impone un depredador dañino a las dos, solo porque puede hacerlo. Igualmente me parece que la rivalidad femenina está perfectamente delimitada en “Detrás de la reja”, relato en el cual una mujer traiciona a su madrina, hasta entonces la persona que la había protegido y cuidado. Dávila ejecuta una venganza terrible sobre la joven traidora y creo que es sumamente perspicaz cuando refleja el vínculo de unión incondicional o el odio cerval que pueden llegar a sentir dos mujeres. Un cuento muy desalentador, en este sentido, es “La noche de las guitarras rotas”, en el que se crea un espacio de intimidad femenina entre la dueña de una tienda de instrumentos musicales y la narradora que entra en ella. Conversan sobre hierbas y remedios de belleza pero la delicada complicidad entre las dos desconocidas se rompe en mil pedazos con la llegada del marido brutal. Dávila crea en este relato un universo apacible, de música y pétalos de rosa, que queda aniquilado con la violencia del hombre. La narradora percibe cómo es la vida fuera de la tienda de la desdichada vendedora de guitarras y nos hace recordar todas las veces en que hemos sospechado que alguien sufría en silencio un maltrato continuado, pero hemos pasado de largo, dejando sola a la víctima con su victimario. 

¿Qué aprendizaje, en su sentido más sociocultural, os ha regalado la lectura de los textos de Dávila?

CE: Desde mi perspectiva, consiguió validar, como lo he comentado en otras ocasiones, no solo los géneros no miméticos en México, sino contar desde la focalización de una mujer que observa cómo el mundo la descalifica y la somete empuñando una escritura inteligente y feroz. Los giros argumentales, las atmósferas, acompañan muy bien las problemáticas de abuso, sumisión y empoderamiento de su época. Nos hace tomar conciencia, desde su singularidad narrativa, de las fijaciones restrictivas y caducas de una sociedad envuelta en una normatividad que prohíbe todo aquello que no sea homogéneo o estandarizado. Ella, desde lo fantástico, desnuda y muestra los vicios de un contexto que se asume como la única alternativa para leer el mundo. Su prosa se despliega en múltiples realidades que van de lo extraño a lo insólito para mostrarnos el otro lado de lo convencional, de lo pactado por los discursos socioculturales. Así, un espejo, una rubia, un sapo, un ser innombrable, un boleto a cualquier parte, el armario de una chica, o los sueños, nos llevan más allá de lo que aparentemente representan y se trastocan en otras posibilidades de confrontar la realidad.

PEE: Me ha parecido asombrosa la lucidez con que Dávila refleja, por una parte, un mundo de mujeres y hombres acomodados, modernos, acostumbrados al lujo, a la comodidad de sus vidas burguesas, para luego dinamitarlo todo en un instante y convertirlo en la nada gracias a un toque de varita siniestra, con un giro en los acontecimientos que frecuentemente se relaciona con la enfermedad mental, el desvarío súbito, la monomanía progresiva. Acertó a ver que el cerebro es muchas veces la mejor fábrica de monstruos que poseemos. He mencionado ya algunos ejemplos, pero “Arthur Smith” sería uno clarísimo, en el sentido de que ese hombre de negocios que en medio del desayuno de un día como tantos se transforma en alguien completamente distinto aniquila con su comportamiento el estilo de vida de su familia en un segundo. El equilibrio de todo es frágil, inquietantemente frágil, y la existencia más consistente, mejor edificada, puede venirse abajo como un castillo de naipes. La sociedad nos inculca la obligación de construir relaciones, de poseer objetos, inmuebles, amistades, pero lo cierto es que todo acaba siendo un simulacro, un espejismo de seguridad que nos tranquiliza pero que siempre parece estar a punto de desbaratarse. 

Por otro lado destacaría su visión de la situación de la mujer de su época, que viste a la moda y se peina con moños italianos, que fuma y conduce su propio coche, que escucha música de jazz y asiste a estrenos de teatro, pero se ve en realidad amenazada constantemente por los imperativos sociales y pulsiones interiores como la insatisfacción o el desequilibrio. Su felicidad siempre pende de un hilo: las muchachas deben intentar casarse a tiempo y procrear para no acabar relegadas a la infame categoría de solteronas, pero, como le pasa a Tina Reyes, esa obsesión por formar una familia convive con el miedo a la violencia masculina, que es un peligro constante. Si logran contraer el idealizado matrimonio con el que sueñan, el riesgo asume la forma de dependencia total del esposo, es decir, el supuesto triunfo social va asociado a la pérdida de libertad. Siempre, por lo tanto, sus personajes femeninos quedan acorralados, o buscan una autonomía que atenta contra la vida de otros, un deseo de independencia que induce al crimen, como pasaba con la ya mencionada Matilde Espejo, ejemplo extremo de individualidad femenina capaz de todo para mantenerse sola y autosuficiente.  

Dice Mariana Enríquez: «Los escenarios son, en general, mundanos. Así ocurre el enrarecimiento, así se eleva la cabeza implacable de lo siniestro. Es un mundo normal cuya realidad se destroza». ¿Cómo valoráis esta cualidad que señala ella en su prólogo a los Cuentos reunidos de Amparo Dávila? ¿Cuál es vuestro concepto de lo «siniestro»?

CE: Yo creo que los mundos de Dávila confeccionan el espacio y los escenarios fantásticos no sólo como lugar libertador del otro yo: el monstruoso, sino que también tejen y destejen el espacio íntimo e interior propio de lo femenino frente al espacio exterior, lugar privilegiado de lo masculino. Ella busca la movilidad del pensamiento de las mujeres, así como la necesidad de romper con la realidad inmediata y atroz, de ahí que derive en lo siniestro, un siniestro estremecedor por posible. Ella escribe para resistir y/o resistirse a lo siniestro.

PEE: Lo siniestro en Dávila es sutil y persistente, un aroma leve a flores de cementerio, un chirrido de puerta que rompe el silencio. La muerte, la locura, la violencia están en sus cuentos como una latencia, como un presentimiento de lo aciago que acaba por concretarse para el protagonista, asediado bien por los demás o por sí mismo.  

Mi concepto de lo siniestro es muy similar. Me gusta que no se respire una placidez cómoda en los relatos, que siempre, pese a jugar en casa, a hallarse supuestamente en un refugio seguro, les ocurran cosas a mis pobres criaturas que tengan que ver con lo siniestro, lo que no puede predecirse, evitarse, porque está instalado casi atmosféricamente en cada habitación, presidiendo cada relación humana. 

¿Qué primera impresión os causa la edición de sus Cuentos reunidos llevada a cabo por Páginas de Espuma?

CE: Yo tengo la edición mexicana publicada por Fondo de Cultura Económica en el 2009, me alegra que ahora circule en España en coedición con Páginas de Espuma con fecha del 2022 y prólogo de Mariana Enríquez. Me entusiasma que los lectores españoles tengan acceso a la obra completa de esta narradora de extrañezas, de imposibles que pueden trocarse en posibilidad; narradora de lo onírico y de las realidades íntimas cargadas de locura o desconcierto; narradora de lo profano, de lo oculto, de la violencia sutil y sistémica que nos respira detrás de la nuca y nos estremece. Su prosa nos recuerda que lo siniestro está ahí a la vuelta de la esquina.

PEE: El libro es una casa con puerta y aldaba misteriosa, un rostro-máscara de ojos vacíos de esos que tantas veces menciona la autora en sus cuentos. Esa puerta nos invita a entrar en ese mundo oscuro y sin embargo irresistible de Amparo Dávila. Recoge muy bien la esencia de lo terrible doméstico, del miedo sofocante, de la claustrofobia que se siente  de puertas para adentro y me hace pensar en “El ángel exterminador” de Buñuel, en esos hombres y mujeres ataviados con traje y corbata y vestidos de brocado que quedan atrapados en los dormitorios, en la sala o la cocina de su lujosa mansión.  

Pregunta a Cecilia Eudave: tratándolo desde una perspectiva académica, ligada al ámbito de la Universidad y la investigación, ¿qué impronta consideras que ha transmitido la autora a aquellos interesados en la historia de la literatura y su estudio?

Respuesta: Me voy a permitir retomar otro fragmento del artículo que publiqué en Brumal en el 2021, ya que se trata de acercarnos desde una perspectiva académica. En él digo que: Amparo Dávila legó a las siguientes generaciones una radiografía siniestra pero real de su contexto histórico. Abrió el camino, hizo brecha, consiguió con sólo cuatro libros de cuentos que perdurara su voz, y vivió lo suficiente, desde un silencio casi fantasmal, para ver cómo las escritoras contemporáneas, desde este siglo XXI, reconocemos la explosión de su literatura, de su crítica social. No intentó intelectualizar su obra: por el contrario, la dotó de cierto tipo de afectividad que le permitiera crear un yo colectivo empático donde cabían tanto mujeres como hombres intentando vencer sus roles asignados sin conseguirlo, pero asumiendo o reconociendo su confinamiento, su soledad, como un buen principio para desafiarlos.

Pregunta a Patricia Esteban Erlés: esta temporada tuvimos el placer de comentar contigo algunos de los rasgos más relevantes de tu obra Ni aquí ni en ningún otro lugar. Tratamos por supuesto su base vinculada a la tradición cuentística, en tanto en cuanto evolución de los temas, los símbolos y los referentes propios de cada época. ¿Qué detalles, particularidades de la forma personal de Dávila reconocerías en tu texto, ya sea directa o indirectamente?

Respuesta: Hay muchísimos detalles que me vinculan a ella. En un cuento tan temprano como “Fragmento de un diario” plantea la escalera de una casa, ese simple elemento arquitectónico que nos permite llegar a nuestro hogar, como una trampa mortífera. La sucesión de peldaños es casi una boca dentada, una trampa expresionista, mortífera.  Alguien puede esperarnos agazapado allí, podemos caer y herirnos fatalmente. Esa forma de elaborar con lo aparentemente cotidiano lo terrible, de transformar la casa en trampa, en cárcel, en locus terribilis, es algo que se me hace muy familiar, que yo empleo mucho al escribir. “Alta cocina” se sitúa directamente en la cocina, el lugar que por tradición se asigna a la mujer, pero allí tiene lugar un crimen habitual, el del extraño conjunto de seres que se guisan para espanto de la voz narradora. Yo también he usado ese habitáculo vinculado al olor, el sabor, las texturas, para cometer asesinatos, siempre llevados a cabo por amas de casa desquiciadas que se vengan, de alguna manera, de su opresión, del encierro. 

El tema de la monstruosidad también lo tenemos en común Dávila y yo. Una monstruosidad canónica, en ocasiones, que ya he mencionado al hablar de ese huésped ominoso o de los bestiales Moisés y Gaspar, pero también más sutil, y por tanto más peligrosa, como la de Jana en “La quinta de las celosías”. Me hace mucha gracia que Dávila imaginara que su personaje es embalsamadora porque yo también tengo un protagonista, el de “La chica del UHF”, que se dedica a embellecer a los muertos, que parece contagiarse de lo terrible en su trabajo.  

Por último mencionaré la presencia del doble, tan importante  en sus relatos y en los míos. Creo que este es sin duda uno de mis motivos favoritos y me encanta cómo lo interpreta Dávila, a veces mostrando que la existencia de ese otro “yo” es una alucinación que permite a un personaje fantasear con la vida que querría haber tenido. Otras, como en “El entierro”, el doble es literalmente un desdoblamiento, pues el hombre de negocios que intuye que va a morir es sorprendido por la visión de su propio cortejo fúnebre desde un interregno entre la vida y la muerte muy conseguido.  

En definitiva, ha sido un placer leer y disfrutar y temer a esta autora formidable, que es capaz de situar el horror a plena luz del día y en nuestro propio dormitorio.  

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