Fran Garcerá

-Lastura-

   Romper es el alter-ego de construir, su sueño más lúcido, su fantasía oculta, su verdadera fe. Romper para nacer, crecer, deshacer y rehacer, re-, en general. Para re-. Qué necesario -y qué bello en manos de Fran Garcerá- es este verbo para la condición humana en su amplitud más infinita, cuando extendemos todos los puntos posibles sobre la línea de la identidad, cuyas aristas de tiempo, espacio y contexto nos raspan las etiquetas, los roles, los gustos, las suertes o herencias. Qué extraordinario es, así, compartir el desenlace.

   Rotura es una obra blindada y brillante: se autoprotege de prejuicios, de conformismos absurdos y de medias verdades que solo dañarían el fondo. Es brillante en estética, delicadeza, innegable demostración de potencia poética y aplastante sinceridad. Es rotuNDa. Perdón. Fran -y todxs sus Frans y sus ya-ni-Frans- orquesta alrededor de su voz un concierto de armonía inalterable que no por ello negocia pactos de redención ni miedos al desnudo.

   El bosque -desde la raíz de la infancia (y consecuente esencia inherente) hasta la cualidad tan arbórea de la resistencia ante tempestades de incomprensión, odio y acusación punitiva- se levanta como la imponente imagen que enmarca el escenario principal del imaginario que destila las diversas -y tan magnéticas- metáforas. Es el portal al entendimiento del discurso de Garcerá, así como su mayor símbolo. 

   Carmen Conde, esa estratosférica figura de la Literatura, tan conocida, cuidada y manifestada por nuestro autor, es al componente humano-filosófico lo que el bosque es al ingrediente descriptivo-alegórico. Ella es el gran espejo con forma de F, acaso su madre, mentora, quizás gota de agua que mira con los mismos ojos intercambiados de cuencas.

   Acompañan a Conde otras fuentes de abundante cascada influyente y explicativa de modos y fotografías: José Ángel Valente -en la Primera Rotura-, Vicente Aleixandre -en la Segunda- [Carmen ocupa la Cuarta, tan central], María Dolores de Pablos y Pablo García Baena -conjuntamente en la Quinta-. La primerísima voz tomada se sitúa en el aún afuera y pertenece a T. S. Eliot, que vuelca sobre el poemario una honda mancha para el tan crucial contraste entre principio y fin, alfa y omega de todo cuanto nace, muere y renace, siempre entre roturas. Nueve en este camino de belleza.

   Tan dispares en microestructura, el dibujo básico -apreciable sencillamente desde la superficie- esconde deliciosas trampas narrativas de un clamoroso peso retratista: cuatro poemas-cinco poemas-tres poemas-siete poemas-tres poemas-dos poemas-se ve interferido-por una séptima rotura-que-contiene-un solo aviso y siete fugas-y-una octava rotura-que-alberga en su interior-seis rodajas-para dar con sus huesos-en una última parte-o novena rotura-que recupera la nomenclatura original-para sin embargo-truncar el pie final de apoyo-en una construcción sublime-que besa la cita de Eliot-con nueve labios mudos y tantos poemas fluidos.-/–./.-//-… donde solo hay sonido.

   La familia, el puente a la edad adulta, el autocuestionamiento, el tedio rutinario y la fuerza del amor son algunas de las densas nubes rosadas que espolvorean su importancia sobre la cima de la (nueva) identidad, sobre la confección del nombre. Son esas séptima y octava roturas los parajes de mayor oscuridad, los sótanos anímicos más sombríos, combativos, agrios y forjadores del prisma que catapulta a F hacia un centro de la conversación mucho más marcado, solitario, consciente. 

   La cursiva divisora de direccionalidad discursiva es un recurso fascinante para quien pretende llenar el mantel de caras, reflejos y silencios. Ese alguien/nadie al otro lado de la palabra escrita es una de las claves poliédricas de esta obra inconformista en dimensionalidad -la mayor prueba de ello siempre será el ejercicio final propuesto en ese ultimísimo poema de composición parcialmente cedida-. 

   La electricidad de Garcerá es ágil y espinosa, pincha y escuece por sorpresa, se mantiene constante en regalos léxicos y leves concesiones experimentales, en tonos duales y giros de esquina tan contundentes que tronchan la cámara. Pero es siempre suave. Su poesía es azúcar de color rosa con una soga negra enterrada en su masa. La amenaza de tiniebla es permanente y Fran juega con el volumen. 

   ¿Pero Fran es Fran? ¿Garcerá es Fran? ¿Fran fue antes Fran que Fran? ¿Y Ella? Qué privilegio poder apartar con las manos blanquísimas las prendas del sistema que nos expone el bosque: sus mil ramas, sus hojas en incesante caída, sus ancladas raíces impertérritas, sus vuelos y sus cortezas dibujadas en círculo. Es uno de los libros más maravillosos que hemos leído jamás en términos de proceso, de recorrido con una meta modificante de la entidad primigenia. Comenzamos Rotura con una persona que nos mira a los ojos. Terminamos Rotura con unos ojos que buscan una persona que no estaba antes. Y no sabemos si queremos encontrarla, tal vez no es lo más importante, quizás sea muy similar a la sombra, al rastro, a ese monumento de carne y hueso que ha suplantado un hueco huérfano. Tal vez seamos nosotrxs. O él. O solo él. Él. Ella. F. NO-F. O tal vez, acaso, puede que, sin querer, no sea. Acudiremos, siempre, al sonido siseante entre la frondosidad.

   Rotura es una perla color tierra hallada en el ínclito nido de Lastura: esa fábrica artesanal de lo precioso y necesario, una generosa mordedura en el cuello del panorama literario, que honra la pluma de quien la tejió nudo a nudo y de quienes hicieron posible que nuestros sentidos decidieran saltar a su mar. Que nunca nadie os arrebate vuestra naturaleza.

Altavoz Cultural

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