-Irene de la Torre Perelló-

Cuando me enseñaron el infinito en el instituto aprendí lo que era el vértigo. Se iniciaron las náuseas y los mareos, no recordé lo que había desayunado aquella mañana, ni lo que había cenado la noche anterior. Tampoco entendí muy bien, y sigo sin entender a día de hoy, por qué motivo perverso tuvieron que enseñarnos eso, en el primer curso de secundaria. Destrozar parte de unas ilusiones preadolescentes, ingenuas y verdes, ese ocho tumbado, de un lado a otro, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Y es que fue a partir de ese día, a partir de ese preciso instante, que cada mañana, al despertarme, al unísono con el timbre punzante del despertador, me empezó a martillear el pensamiento del infinito más uno, ese número adicional, esa coletilla. Ese espacio inhabitable y pantanoso, que se extiende pero que no existe, o sí, el último número de la enumeración. Ese universo que se dilata y que crece y que no termina nunca.

Por un momento pensé que sería algo pasajero. Sin embargo, semanas más tarde, en clase de Matemáticas, siempre en clase de Matemáticas, sopló un viento en el exterior que hacía volar las hojas de los árboles, agitaba las ramas, daba con furia contra los cristales de los ventanales del aula, y, desde mi pupitre, volví a experimentar el vértigo. Tuve que agarrarme fuerte al escritorio, el susurro de mi piel temblando ligeramente, el profesor hablando y escribiendo con tiza números, ecuaciones, raíces cuadradas, equis, cuatros, cincos, veintes, infinitos, infinito partido por infinito. En esos momentos observé, de reojo, al otro lado de la ventana del aula, a los pocos pájaros de la zona volar ladeados. Me metí en sus carnes y pensé en lo difícil que les estaría resultando respirar así, contra la dirección del viento. Entonces llegó el infinito al cuadrado, en clase de Matemáticas, de alguna manera o de otra siempre en clase de Matemáticas, aunque algunas veces también en las de Música.

En esos días en los que mi mente divagaba en busca del fin del infinito, si es que andaba cerca, mi madre, pobrecita mía, como me veía una cara distinta, como percató un antes y un después del infinito en mi vida, del infinito entrando a través de la boca del profesor, a través de la tiza dibujando esa forma en la pizarra, se decidió, previa consulta con nuestro médico de cabecera de confianza, y casi se diría de la familia, a comprarme un periquito.

Y fue así como llegó Infinito a nuestras vidas. Y es posible que mi vida se iluminara un poco más desde la llegada de Infinito, que, poco tiempo después, ya era Infi para la familia y los amigos cercanos. Y fui yo quien decidí llamarle Infinito, al periquito, precisamente a modo de cura, ya que, para empezar, si Infinito era un animal, si esa palabra que ocupaba mi mente las veinticuatro horas del día pasaba a significar otra cosa, si se repartían el protagonismo en mi cabeza, mitad y mitad, entonces el infinito, en minúsculas, ya pasaría a habitar un lugar secundario en mi atormentada mente prejuvenil. Y así fue, más o menos, como sucedió. Si oía la palabra infinito dibujaba la imagen de pájaro, al menos en parte, y, aunque solo fuera en el espacio de varios segundos, desaparecían los mareos, las náuseas, el vértigo, y, por qué dejarlo de lado, también el viento, no nos olvidemos del viento.

Al principio Infi fue un extraño y nos costó que se adaptara a nuestras rutinas. Yo a veces le miraba fijamente y sin parpadear y me imaginaba su pensamiento. Cada día creía que Infi deseaba con fuerza haber aterrizado en la terraza de los vecinos, y no en la nuestra. A fin de cuentas, éramos una familia destartalada, neurótica y silenciosa, compuesta únicamente por madre e hija, y no una familia al uso, con perro, hermanos, campamentos de surf en verano y cereales para desayunar los domingos con el periódico del día en la mesa. Y lo cierto es que los primeros minutos del animal en nuestra casa, aunque no me gusta hablar del tiempo, seguía encontrándole algo de infinito al propio Infi. Fue cuando le escuché hablar por primera vez, cuando un sonido agudo salió de su pico y me pregunté que si mi periquito, si Infi, podría ser capaz de cantar siempre un poco más agudo. Si habría algún tono siempre más alto que el anterior, y volvió así el infinito más uno, el infinito dentro del propio infinito, el infinito dentro de Infi, el infinito al cuadrado y la consecución del vértigo, las náuseas, los mareos y el viento, no nos olvidemos de él.

Sin embargo, ese vértigo inicial en mi relación con Infi solo supuso el espacio que ocupan las primeras impresiones, ya que después, minutos después, aunque dejaré de precisar el tiempo, pues de nuevo vuelven las náuseas, los mareos y demás, me di cuenta de que Infi, el propio animal, el parche inmediato a mi locura infinita, era algo material, movía la cabeza de lado, agitaba las alas, me miraba raro, empezaba por la cabeza y terminaba por la cola y tenía unas dimensiones medibles. Entonces me relajé. Empecé a ver todos los finitos posibles y a dejar por fin de pensar en el infinito al cien por cien, solo en parte, cuidando de Infi.

A partir de entonces Infi y yo nos hicimos inseparables. Ya no leía en su mirada que prefiriese estar en la terraza de los vecinos, Infi estaba a gusto con nosotras, yo era su amiga, su confidente, y él el mío. Después del instituto salía corriendo a darle de comer, Infi me esperaba con los ojitos brillantes, como crisantemos, le salía un sonido por la boca finito, porque empezaba y terminaba, y ya está. Ya no había el tono más agudo más uno, ni el infinito ocupaba pensamientos estropeados en mi cabeza, que ya pronto, aunque no me gusta hablar del tiempo, empezaron a ser lejanos. Entonces mi madre entendió que mi sanación iba por buen camino, que Infi había sido un hallazgo y yo la vi sonreír, una sonrisa orgullosa de una madre que había actuado a tiempo, a tiempo de la locura de su hija. A tiempo de la invasión del infinito, aunque ella, pobrecita mía, no sabía lo que me torturaba en realidad. Y, por supuesto, no dejó de darle las gracias a nuestro médico de cabecera. Siempre es mejor, doctor, recurrir a cosas más naturales y cercanas que a las pastillas, los diagnósticos y las etiquetas de enfermedad tan modernas, así que tenga, la he hecho yo misma, es mermelada de fresa. Tengo más, avíseme si le gusta y le traigo más botecitos.

De esta manera, poco a poco, con la llegada de mayo, las primeras hojas en los árboles y los exámenes finales, empecé a sentirme mejor. Dejé de tener pensamientos de infinito al despertarme, el infinito en minúsculas ya no ocupaba un lugar en mi mente, comencé a reír, a comer helado, a hablar con la boca llena, a salir con mis amigas, a jugar al baloncesto después de clase, a nadar en la piscina, a tumbarme en la arena, a quemarme al sol, los granos, las olas, los chicos, la ortodoncia, las bromas, las pompas de los chicles explotando en mi cara. Y en este cúmulo de emociones que me avisaban de la puerta de entrada a la pubertad, llegó un día, repentino, en el que caí en la cuenta de que hacía varios días que no veía a Infi. Fue poco después de observar a un pájaro en la calle, me dije, ve corriendo a casa. Volví atropellada, mi madre planchando calcetines en el cuarto de la plancha, soñadora y feliz, con la radio encendida, el delantal de planchar, me saludó, le hice la pregunta, Infi no está en la jaula, cambió de tema, me dijo que no sabía nada, le busqué por todos los rincones, le llamé en voz alta, de golpe algo se me encendió en el cerebro, algo hizo clic, fui corriendo a la cocina, mi madre callada y sin apagar la radio, que ahora sonaba muy fuerte en mi cabeza. Llegué a la cocina, abrí la basura, levanté la tapa y estaba allí. El fin del infinito en la basura de la cocina.

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