Chad Lutzke

-Dilatando Mentes-

   Chad Lutzke nos ha conquistado. De hogares de acogida y moscas es una de esas obras que se queda contigo para siempre: la historia de Denny, su mentalidad, su fortaleza, esos puntos de luz como Carter o Sam, el grandioso final… No sería justo reducir esta novela al ambiguo y excesivamente gratuito calificativo de “entrañable”, más bien conviene hablar de ella como una obra preciosa, admirable, muy poderosa.

   Compuesta en lo formal por un sugerente prólogo externo de Alberto Plumed y un prólogo-introducción del propio Lutzke ya en boca de su narrador y fantástico protagonista, Denny, recorreremos ocho días de la semana, de viernes a domingo, sin explicitud del jueves ni del viernes segundo, esto es, presenciaremos expresamente: viernes, sábado, domingo, lunes, martes, miércoles, sábado y domingo, para terminar nuestro periplo y abandonar la inestimable compañía de Denny en un maravilloso epílogo creado desde su misma voz.

   Los abusos, excesos y maltratos están presentes desde el primer contacto, concentrados en la figura de su madre. Su perrita Ingrid y él forman el equipo de la resistencia antialcohólica, con su difunto adorado padre contemplando todo desde el cielo -su presencia se hace realmente notoria a lo largo de diferentes partes de la obra, dejando una extraordinaria constancia de su importancia para su hijo-. 

   Completan el elenco rutinario su vecino, el pintoresco y simpático señor Artwell, su mejor amigo Carter, sus progenitores -sumados constituyen lo más cercano al concepto de familia que conoce Denny-, las esporádicas amigotas de mamá, Helen y Jerri, y la encantadora tía Sunny -tan propicio (y simbólico por cierto motivo geográfico que atañe al milagro cumplido) su nombre-, la otra gran sombra blanca y amorosa que alumbra los progresos vitales de Denny y sitúa en lo alto un faro fijo de esperanza.

   En una Nueva Orleans sudorosa, con el sueño californiano allá en la ventana infinita, Denny avanza entre descomposición materna, autoconfianza y preparación para el desafío capital de su vida: el certamen de deletreo de su último curso de la escuela. La lista de sacrificios es mucho más cruda que larga. Es, incluso, insoportable. Hasta que el propio Denny te convence, capítulo a capítulo, de que absolutamente cada cosa que hace tiene lógica, convicción y búsqueda de una vida y un mundo mejores. La empatía que logra es brutal: el personaje derrocha carisma muy pronto, pero no resultaría sencillo aceptar tantas decisiones que a primera vista nos pueden suponer un grave conflicto moral, ético, personal, social… Denny pasa por encima de todo ello: nos convierte en sus hermanos felices, esos que le aplauden completamente seguros de que está haciendo lo que debe.

   La página 68, que coincide con el final del terrible lunes, es la que tiene como rehén la expresión que da lugar al título de la obra. A su alrededor, si la tomamos, pues, como eje central -en términos de doble equilibrio estructural: en páginas y capítulos-, se construye la jungla semanal, como si Denny nos hubiera convocado a asistir a los días más decisivos de su existencia. Y no es sino exactamente así: de la muerte al triunfo -en sus estupendas distintas formas-. 

   Nace la narración en viernes, que extiende sus garras de contexto heredadas de los prólogos de Lutzke y Plumed. Es el episodio más largo -junto con el dedicado al miércoles, su opuesto radical en esencia y sentido desenlazante-, el que contiene los primeros y algunos de los momentos más potentes -argumental y visualmente hablando-. 

   No tarda en emerger el primer ser humano -Ingrid, tan especial ella, es de corazón animal- que funciona como salvavidas, trinchera, guante y baño de paz para nuestro chico de doce años: Carter resulta imprescindible para que Denny alcance unos mínimos de felicidad, también para que podamos conocerle mejor, más hondamente, al lado o frente a su amigo, con todo ese bagaje de experiencia desplegado con las alas tan abiertas. El sábado supondrá la transición de la gran estrella masculina a la gran estrella femenina: Carter dejará el presente para esperar el regreso de la acción en un futuro próximo, mientras Sam toma su relevo como persona crucial para el desarrollo de nuestro Denny.

   Sam es el novedoso aliento precioso: la única figura desconocida al comienzo de la trama que aparece inesperadamente en la realidad de Denny, para sacudirla de arriba abajo con una inyección de fortuna inconmensurable. Vais a disfrutar muchísimo el capítulo y medio que dura la relación de Denny y Sam en pantalla, ante los ojos del lector. Lo que deja en la vida de nuestro protagonista es de incalculable valor, construido, como sucede con el amor, la muerte, la pérdida, la furia, la rabia, la frustración, la victoria, a través de las palabras.

   La despedida es amarga siempre, pero, como ya desde el inicio demuestra Denny con pasmosa maestría, en circunstancias infinitamente más desagradables, la virtud de buscar el equilibrio emocional casi obsesivamente -a modo de mecanismo protector- es impagable. 

   Es domingo y Sam debe partir para continuar con su propia y tampoco menor (a)ventura. Nos deja a Denny en un punto valle de la sucesión de actos, tan oportuno para reposar mínimamente y concedernos cargar fuerzas emocionales para todo lo que nos espera con el comienzo del lunes.

   El señor Artwell es el secundario de lujo de una sucesión de eventos que encuentra en su presencia, tan costumbrista, en su porche, con ese espectacular desenfado tan necesario, un alfiler de eterno retorno que acaricia a Denny y nos sirve de check point a quienes lo observamos desde fuera. Es ese punto de paz el que antecede a la peor jornada de cuantas nos ofrece Lutzke: el cruel desengaño, la definitiva traición, la burla gigante a una vida basada en la apariencia con tal de salvaguardar otra vida, podrida, dañina y asquerosamente nociva. Sufrimos con el descubrimiento -también verbal, esto es, del verbo, de la palabra, escrita en este caso- de Denny, aunque no tardamos en encorajinarle para que sentencia su injusto pasado de una vez por todas.

   El martes apenas implica una extensión a pie de página del tremendo lunes, con la inoportuna visita de Helen y Jerri en pleno plan de mantenimiento del silencio, un martes que actúa como otro pequeño instante de calma antes de la tormenta, en una repetición del juego tonal previo a que nos habla de la talla literaria de Chad Lutzke. Llegará muy rápido, no obstante, ese rebosante miércoles, tan marcado en el calendario, también para nosotros.

   Es el gran día. Denny lleva mucho, mucho tiempo preparando su mente, su boca, su estómago  y su corazón para alzarse triunfante en el concurso de deletreo de sexto curso. La creación fotográfica de Lutzke nos traslada al auditorio, nos sentidos tan dentro, tan metidos, estamos allí gracias a la fascinante habilidad descriptiva, tan inmersiva, del autor, que no escatima en antecedentes, rigor contextual, secuencias empáticas que no ceden más que algún centímetro a la necesaria construcción tópica de los lugares comunes de nuestro imaginario. Vivimos con Denny toda la increíble experiencia, hasta la última letra. 

   Tras la cortina, ya a un paso de la noche, la policía y la tía Sunny acercan un temprano epílogo que todavía no requiere de tal etiqueta para sentirse tan culminante en cuanto a consecuencias, devenir, sentimientos de inquietud, temor, dignidad o esperanza. No podemos despegar las pupilas de cada página. El siguiente valle, tan solicitado después de un miércoles reventado de emociones de tantos tipos dispares, se forja en la ausencia: no hay testimonio físico de los acontecimientos del jueves y el viernes, puesto que se insertan indirectamente en la narración desde el arranque gráfico del sábado, que, tan breve, lanza las palabras hacia el domingo, tan leve, tan alegre, tan despojado, renacido, tan hermano de ese fabuloso epílogo con la mayor sorpesa final. Parece que el tiempo vuela cuando somos felices.

   La imagen colocada a las puertas de la lectura de De hogares de acogida y moscas, esa pizarra con tantas palabras pertenecientes al campo semántico de su temática, y los insectos, los grumos de diseño que seccionan capítulos, la encuadernación, la panorámica general… Qué brillante trabajo del equipo de Dilatando Mentes, qué edición tan excepcional, inserta en esa tradición de acompañamiento estético, atmosférico, del contenido que, siempre elevado, nos expone con incomparable generosidad.

   Denny y Chad Lutzke, criatura y creador, joya y padre, muchísimas gracias por habernos emocionado con vuestra historia: nunca olvidaremos lo sentido con estas páginas, tamaño abanico de sensaciones y sentimientos, al que nos acercamos con una curiosidad con creces satisfecha, mutada en aplauso y reverencia. 

Altavoz Cultural

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