Querido Ramón: 

No me extraña para nada la grandeza del superlativo con la que acaba tu nombre. Tu apellido siempre me trajo a la mente el sonido de un río francés y ahora sé que recorriste París con varios libros bajo el brazo. 

Casi nada de finales de los 30 hasta sumarle los 40 de hambre fue justo por aquí, pero tú pudiste ver ese sol de plata que te saluda con un acento diferente y te cuenta que España, pese a todo, sigue teniendo a gente bonita entre tertulias y cafés. 

Nunca pensé que de una botillería fuera a nacer tu apellido compuesto en formato de greguería pero me gustas más que los refranes. 

Me acuerdo de ver tu pipa por encima de un pupitre y sobre una pantalla proyectada que no dejaba ver toda la nitidez con la que te movías entre las calles; pero sigo pensando que el nihilismo se creó para entender precisamente eso: la nada. 

No me cuesta levantar las cejas al leerte ni pronunciar el agua que recorres entre los patios de recreo. He visto a niños llamarte “adivinanza” y a adultos repetirte en aviones con turbulencias de todos los colores. 

Gracias por la brevedad en formato de amplitud. 

Atte.: 

Tus amantes de dos líneas. 

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