Una crónica de la Feria del Libro de Frankfurt 

por Clementine Lips

   Tras la Feria del Libro de Frankfurt volví a casa con un sabor agridulce en la boca. Por un lado, volví inspirada, ilusionada de que mujeres tan potentes como a las que tuve el placer de escuchar sean invitadas a la feria de libros más importante del mundo (the fair to end all fairs, como diríamos en inglés) para hablar de sus ideas. Ideas que además trascienden el feminismo, que incorporan la visión feminista pero que no se limitan a hablar de este tema porque, parece, ya se va reconociendo que las mujeres tenemos algo que decir sobre otros asuntos también. Oír a mujeres decir en este escenario “solo he venido porque éramos todas mujeres” y que eso no fuese controversia fue algo increíble. Una señal de que los tiempos están cambiando.

   Esperaba volverme con las manos llenas de libros, los de las ponentes y otros, pero no fue así. Cuando tienes una lista de libros pendientes tan larga como la mía y vives en el extranjero, aprovechas cualquier oportunidad para acercarte a editoriales y librerías que normalmente te quedan fuera del alcance. Porque sí, podría pedir los libros por Internet (y lo hago), pero no es lo mismo recibir un libro por correo que hablar con la librera, o pasearse por las estanterías llenas de palabras en tu idioma. Desgraciadamente, ni siquiera había responsables en muchos de los stands donde las editoriales invitadas tenían expuestos sus libros. Libros que no estaban a la venta en una feria del libro, que alguien me lo explique. Sin embargo, no quiero detenerme en las ausencias de la feria, sino en las estupendas presencias que hubo.

   La primera charla que vi trataba la vejez. En el panel estaban María Barbal (p.e. Canto Rodado), Elia Barceló (p.e. Sagrada) y Anna Freixas (p.e. Yo vieja), referentas cada una a su manera. Y ahí estaban, hablando de su experiencia como escritoras, de sus personajes femeninos, de como han roto con los estereotipos y han escrito sobre quienes no tienen voz, y han tenido éxito haciéndolo. No exagero cuando digo que se me llenaron los ojos de lágrimas al reconocer, más que nunca, que gracias a ellas estamos donde estamos las escritoras. Han sido parte del arduo camino de legitimar la escritura de las mujeres, aunque ahora los hombres nos quieran robar nuestro bien luchado espacio poniéndose nuestros nombres. El ego masculino no conoce límites. Y no solo eso, sino que su presencia era también ejemplar. Tres mujeres viejas (así les gustaría a ellas que las llamara), seguras de sí mismas y sin avergonzarse de ocupar un espacio en el que deberían estar. Me quedo con dos frases que creo que tienen mucho que enseñarnos de sororidad y de posturas políticas que son ejemplo sin ser impositivas:

   “Yo no mato mujeres”, decía Elia Barceló sobre sus thrillers. La imagen de la bella joven muerta, de la mujer que paga con su vida los traumas masculinos, es el punto de partida de muchísimas novelas policíacas, incluso aquellas escritas por mujeres. Que esto refleje en cierta medida la realidad no justifica su prevalencia literaria. Se puede hacer literatura realista, claro, pero también se puede hacer literatura prescriptiva, se puede tirar de la fantasía y de los “y si…”. Y eso hace Elia Barceló, que en lugar de matar mujeres mata hombres insoportables (algún muerto tiene que haber).

   De Anna Freixas me quedo con lo siguiente: “yo no hablo mal de mujeres en público”. Por supuesto, no todas las mujeres nos caerán bien. Nos parecerá, porque ocurre, que muchas de ellas son o hacen cosas misóginas. Sin embargo, presentar un frente unido contra nuestro enemigo mayor, el patriarcado (que casi que tiene vida propia) y los hombres que lo sostienen, es posiblemente mejor que hundir a estas mujeres en público. Cuanto más las critiquemos en espacios públicos, menos interés tendrán en informarse sobre feminismo, así que no nos estamos haciendo ningún favor arrastrándolas por los suelos, y más juego le hacemos al patriarcado. Cada vez más segura estoy de que los cambios profundos en el pensamiento de una persona ocurren cuando los puntos ciegos se los señala una amiga, o cuando tropiezan con alguna información que les instiga la curiosidad, más que porque una desconocida le diga “no tienes razón” (o algo peor).

   La segunda charla que vi fue de tecnología y poder. No creo que nadie dispute que a día de hoy el mundo de la tecnología sigue estando exageradamente masculinizado. Sin ir más lejos, los CEOs de las grandes compañías son todos hombres: Elon Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, etc. Y a un nivel más “de a pie”, los gamers siguen copando el mundo de los videojuegos y exigiendo videojuegos masculinizados y misóginos (recordemos Gamergate, una campaña de acoso online dirigida a las mujeres de esta industria).

   Y, sin embargo, como ocurre con otros movimientos (el veganismo o la lucha contra el cambio climático), son las mujeres las que están a la cabeza de la resistencia. De esta división surge, presumiblemente, la afirmación con la que Ingrid Guardiola (p.e. El ojo y la navaja) comenzaba su intervención en la charla, algo así como “solo he dicho que sí porque éramos todas mujeres”. Junto a ella se sentaban Esther Paniagua (p.e. Error 404: ¿Preparados para un mundo sin Internet?) y Marta Peirano (p.e. Contra el futuro. Resistencia ciudadana frente al feudalismo climático). Desde sus áreas de especialización, todas defendían que la tecnología se nos ha ido de las manos: causa problemas tanto sociales como medioambientales que, nos dicen los magnates tecnológicos, debemos solucionar con más tecnología.

   Pero Peirano, de hecho, defiende la postura contraria: que la solución al problema tecnológico y su impacto en La Tierra no vendrá de la tecnología, sino de repensar nuestras estructuras sociales y conectar con el aquí y el ahora (el vecindario, la localidad) más que yéndonos a Marte. Por otro lado, Paniagua nos advierte de la fragilidad de Internet, que, como explica Guardiola, es una interfaz más, pero que nos permite modificar nuestra imagen y realidad. En definitiva, estas potentes expertas nos están advirtiendo de que la tecnología no es la solución. Igual deberíamos hacerles caso a ellas, y no a quien tiene un claro interés económico en vendernos una solución intangible. Además, estos últimos ya han demostrado que el bienestar de su plantilla y sus clientes les da bastante igual.

   Si bien los stands vacíos de la Feria del Libro de Frankfurt me dejaron una sensación profunda de abandono, mereció la pena ir simplemente por escuchar a estas mujeres. Volví a casa con más morriña que nunca, pensando en todas las mujeres a las que no puedo escuchar por hallarme en el extranjero. Con suerte, volveré pronto.

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