-por Virginia GA-

“La muerte no existe, la gente solo muere cuando la olvidan;

si puedes recordarme, siempre estaré contigo.”

– Isabel Allende

1. LA MEMORIA

El dolor, Emile Friant (1898). 
Fuente: https://www.jotdown.es/2017/10/que-pintura-representa-mejor-la-muerte/ ]

El cerebro es un lugar maravilloso. En él reside nuestra esencia, el ancestral reconocimiento de todo aquello que nos hace humanos: sentir, pensar, emocionarse. Y entre sus cavernas, recovecos y laberintos, que aún son misterio, reside una región llamada hipocampo.

Llamada así por el anatomista del siglo XVI Giulio Cesare Aranzio, que vio cierta similitud entre esta estructura y la pequeña forma alargada y curvada de un caballito de mar. En nuestro océano cerebral, el hipocampo anida en la zona interna del lóbulo temporal, en estrecha relación con el hipotálamo y la amígdala.

Fuente: Vía Pinterest

Entre las muchas funciones que tiene este pequeño caballito, posibles gracias a la comunicación de sus neuronas con otras estructuras, la más importante, la que más nos interesa ahora es su misión como guardián de la memoria.

La memoria. Ese conjunto de álbumes fotográficos que nos muestran lo que somos a través de lo que hemos sido. Y son, como en esas carpetas de fotos de viajes y experiencias que guardamos en el ordenador, de carácter temático. Así, encontramos un álbum destinado a la memoria a largo plazo, que es aquella que permite registrar informaciones integradas en nuestra vida.

Otro álbum, otro archivo de nuestro hipocampo, vincula emociones a los recuerdos según si las experiencias vividas han sido agradables o dolorosas en el nivel fisiológico y/o psicológico. Si abrimos el siguiente álbum encontramos que lleva por título “la memoria declarativa”. Esta memoria se produce también a largo plazo, pero en este caso se centra en los recuerdos que podemos evocar conscientemente.

Estudios más recientes han sumado un nuevo álbum a la biblioteca de la memoria que reside en el hipocampo y es el responsable de coordinar los recuerdos que asociamos a las cosas que captamos a través de la percepción visual.

Son muchas más las funciones que desempeña el hipocampo, y muchas otras que seguramente están por descubrir. Una de las más bonitas es su función como hogar de la memoria. Hogar de la memoria, suena bien, ¿verdad? Eso quiere decir que se nutre de experiencias sentidas a lo largo de nuestra vida; el viaje que realizan esas experiencias es, por tanto, de fuera hacia dentro.

Como las fotografías al tomarse, capturan la experiencia, la realidad de ese momento y la anclan en una habitación plana de cuatro paredes. Una habitación a la que se puede volver, porque genera emociones, emociones que fueron ancladas cuando se tomaron, y porque remueven algo en nuestro interior cuando observamos la realidad que quedó allí atrapada o realidades similares.

2. EL RECUERDO

Si la memoria funciona como un viaje desde la experiencia hasta el anclaje de ese momento vivido, el recuerdo funciona en sentido contrario. Desde la biblioteca de nuestra memoria, el recuerdo viaja para volver a ser presente, aunque sea un instante efímero.

Y volvemos a sentir aquellas emociones, se nos eriza la piel o la piel recuerda que cuando lo vivió, se conmovió con la experiencia, sonreímos con el recuerdo, lloramos con el recuerdo, sentimos una calidez que nos invade mientras el recuerdo viaja por nuestro cuerpo.

Esa es la sabiduría que recoge la misma palabra de “recuerdo”. Porque proviene de la unión latina de “re” y “cordis”, “de nuevo” y “corazón”; es decir, recordar es volver a pasar por el corazón. Volver a experimentar, volver a pensar, volver a sentir, volver a vivir.

Volver.

Vía Pinterest

Y ese volver no solo se refiere a experiencias. También a personas. Y este, quizá, sea el poder más maravilloso que tiene el recuerdo. Podemos traer a quienes ya no están con nosotros. Y los que saben que en algún momento no estarán con nosotros tienen la seguridad de poder vivir en ellos cuando eso suceda.

La ausencia más importante, más palpable y más devastadora es la que provoca la muerte. La muerte elimina toda posibilidad de un reencuentro físico, reduciendo la experiencia a un reencuentro a través del recuerdo. Es aquí donde reside uno de los motores que ha movido a la humanidad a lo largo de la historia: saber que, así como llegamos a este mundo, en algún momento nos tocará abandonarlo y tener, por ello, el deseo de perdurar en ese mismo mundo más allá de la vida, más allá del olvido.

De esta necesidad y de muchas otras cosas más nos hablan los restos y monumentos funerarios que se conservan desde tiempos prehistóricos (y que aún seguimos construyendo). Como si de una escalera se tratase, el primer peldaño nos habla del cuidado y tratamiento del cadáver; el segundo peldaño cuenta que ese cuidado y tratamiento que recibe tiene detrás una ideología y una mentalidad asociada a la muerte, un deseo de despedir al ser querido con la mayor dignidad posible; el siguiente peldaño habla de la existencia de un más allá: preparamos al cadáver y su ajuar para que pueda disponer de lo necesario en la otra vida. Según la creencia de cada cultura, tanto el tratamiento del fallecido como la elaboración del ajuar serán de una forma u otra. Subimos un escalón más y este nos habla de los vivos, pues el tratamiento que reciben sus difuntos nos habla del respeto que sienten por ellos los vivos, de su nivel de conciencia social y de su relación con la muerte. Ya el último escalón nos habla de la interrelación entre muertos y vivos, de los lugares establecidos por estos para el descanso de aquellos y cómo regresan en fechas puntuales para reencontrarse con ellos.

Consuelo de vivos.

Pues reconforta saber que hay un lugar físico que no puede ser arrebatado por la muerte, un lugar al que podemos anclar a las personas que ya no están con nosotros, un lugar de piedra y mármol, de letra tallada y fechas marcadas, un lugar al que volver cuando nos duela la ausencia.

Mas cuán a menudo olvidamos que ya existe un lugar así dentro de nosotros donde la vida permanece inmortal, donde el tiempo y sus inclemencias no causan estragos, un espacio al que no es necesario ir porque es con nosotros: ese lugar es el espacio de la memoria y el recuerdo.

3. LA INMORTALIDAD

Por ello, si nos observamos frente al espejo en un acto sincero de autodescubrimiento y pensamos en la muerte y en quién seremos cuando ya no estemos, lo más seguro que puede pasar es que nos sorprendamos queriendo ser recuerdo, y extendamos ese deseo a las personas amadas que no estarán y las que dejaron de estar. Porque sabemos que la verdadera muerte es el olvido. Y a veces quiebra el pecho imaginar si después de nuestro paso por este mundo alguien nos recordará, aunque sea solo a través de nuestro nombre.

Porque a veces, el miedo al olvido es superior al miedo a la muerte en sí. El miedo a que se pase la vida sin haber dejado huella, sin haber creado algo que pueda justificar la propia existencia, algo que nos haga decir “yo estuve ahí”.

Y si miramos al mundo, ya las sociedades han intentado dar una respuesta lo más cálida posible a esta problemática. Porque el ser humano ha tenido la necesidad de celebrar a sus muertos, de permitirles sentir de nuevo la vida, de darles ofrendas, agradecimientos, de dedicarles canciones y festejar con ellos. Una manera de hacerles saber que, aunque sus nombres se hayan perdido en el tiempo, sobre todo cuanto más nos alejamos hacia el pasado, los vivos somos conscientes de que una vez pisaron la misma tierra que pisamos hoy nosotros y les honramos por ello, y más importante aún, les recordamos por ello.

Es algo que acabamos de celebrar. La noche en la que el Velo entre el mundo de los vivos y el de los muertos se hace más fino para permitir un reencuentro entre ambos, da paso a unos días en que los cementerios se llenan de vida, las lápidas, de flores, y los altares, de alimentos. El dolor de la ausencia duerme, la calidez de la reunión se manifiesta.

Día de todos los santos, Emile Friant (1888). 
Fuente: https://www.jotdown.es/2017/10/que-pintura-representa-mejor-la-muerte/ ]

Pero la auténtica magia del recuerdo es que, en un nivel más íntimo y personal, vive inmortal en ese sencillo espacio llamado hipocampo. Y ese espacio es tuyo, solo tuyo y de nadie más. Es tuyo para que lo hagas viajar cuando lo desees, para que busques la foto que necesites dentro de tus álbumes mentales y la observes de nuevo, esta vez con el corazón. Y en esa foto pueden aparecer aquellos que compartieron su vida contigo, mas ya no están. Esta es su forma de decirte: “Estoy aquí contigo. Te soy recuerdo”.

Y es que cegados por el deseo insano de jugar a ser dioses y burlar la muerte con ciertas ansias de inmortalidad, hemos olvidado que descubrimos hace mucho cuál era realmente su secreto: el recuerdo.

Pues, como dijo una vez una bruja a la que le pidieron resucitar a un ser querido: “No puedo hacer eso, pero si me hablas de él, aquí, por un momento, volverá a existir contigo, conmigo”.

¿Me hablas de los tuyos?

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