-Jorge López Llorente-

Sabemos que tiene truco y a veces adivinamos cuál es el truco exacto, pero nos sigue fascinando. Con esa mentalidad vemos a magos e hipnotistas. También acabamos así al ver la magia de la novelista estadounidense Ottessa Moshfegh, que acaba de presentarnos su último espectáculo con Lapvona, tras una serie de novelas tan polémicas como seductoras, que dan alas a la alta imaginación y al asco visceral por igual, convirtiéndola en un blanco de críticas y una musa «de culto». Moshfegh es más que una contorsionista; es una escapista, pero no una ilusionista al uso. Al más puro estilo Houdini, le importa tanto dar un buen show como examinar los trucos fraudulentos y nocivos de otros vendedores de ilusiones. No pretende hechizarnos, dejándonos en una nube fantasiosa que ya se disipará, para que sigamos con nuestra realidad, sin efectos secundarios. No, ella busca esos efectos inesperados, que salgamos con la tripa revuelta o con mariposas en el estómago de sus encierros literarios, pero nunca indiferentes, con algo de shock ante la brutal realidad que nos expone, por mucho que todos sus personajes traten de evadirse de ella con inusuales fantasías. Siempre deja un sabor agridulce en la boca.

En sus últimas novelas acumula altibajos, pero ese impacto y el factor sorpresa de su variedad están garantizados. Aun así, Lapvona puede ser un callejón sin salida en el camino oscuro por el que nos lleva Moshfegh, tras sus recientes novelas La muerte en sus manos y Mi Año de Descanso y Relajación.

Encerrada y tirada por la borda en una caja, con esposas y grilletes, se hunde con pesos de plomo en el East River neoyorquino. Parece la historia de un suicidio. Hasta que emerge del río, liberada, y al rato se saca la caja, intacta, con las esposas dentro. El escapismo literario de Moshfegh en Mi Año de Descanso y Relajación no tiene nada que envidiar a ese truco de Houdini. Ahí consolida sus típicas narradoras problemáticas en primera persona a través de una mujer que lo tiene todo menos un nombre y un propósito. Esta narradora decide recomponer su vida vacua vaciándose y autodestruyéndose del todo con somníferos hasta dormir casi 24 horas al día. Quiere que su reclusión absoluta la libere de su vida y de su incordiante amiga Reva, aún esposada a la superficialidad de su pasado. La idea nos absorbe, pero parece difícil hacerla avanzar en este encierro narrativo. Moshfegh sale de ello con maestría, inundándonos con una voz narrativa irritante, pero tan corrosiva que penetra hasta incómodas verdades, pasando de bella durmiente y femme fatale a matices de una mujer que se encuentra fatal. Los flashbacks a su turbia infancia y locos episodios de sonambulismo rompen la posible monotonía y dan esperanzas de evolución en la desgana de la narradora. Se trata de un antimanual de autoayuda, contra las recetas perfectas para la vida instagrameable perfecta, e incluso un antimanual de autodestrucción, que no nos deja regodearnos en la pena, satirizando estas dos fantasías que acaban solapándose. En mi opinión, es la mejor novela de Moshfegh, la mejor manera de entrar en su estilo punzante y brusco, pero con zarpazos líricos.

Encerrada y esposada en la celda de una cárcel sin nada, no tiene salida, solo le queda pensar en fugas de cine. Como en una fuga de thriller, acaba escapando contra todo pronóstico. Así podría imaginarse a sí misma en otro truco de Houdini la narradora-protagonista aislada de La muerte en sus manos, la viuda jubilada Vesta. Ella se monta una película de cine negro a partir de una nota tirada por ahí que dice: «Se llamaba Magda. Nadie sabrá jamás quién la mató. No fui yo. Aquí está su cadáver». Sin cadáver ni nada. Proyecta teorías conspiranoicas sobre los pocos personajes y nombres que se encuentra en su remoto pueblo rural, encerrándonos en su propia mente y en bosques misteriosos hasta que no distinguimos deducción e imaginación. Aquí el estilo más maduro de Moshfegh roza el de David Lynch. La jaula mental es más abstracta y ambigua, aunque su final sea menos potente, como en las simbólicas partidas de ajedrez del marido de Vesta contra sí mismo. Es una novela antidetectivesca o un antithriller, porque Moshfegh construye la fantasía escapista de Vesta mientras desmonta la del true crime que tanto consumimos y nos consume actualmente. También va más allá: se ríe hasta de la invención creativa en sí.

En Lapvona va aún más allá si cabe. Se entierra a sí misma viva, metros bajo tierra sin ataúd, esposada, en su truco más difícil hasta la fecha. Casi no sale de esta: casi excava hasta la superficie, pero se queda sin respiración y la salvan in extremis. Hasta un maestro como Houdini llegó a su límite así y Moshfegh también parece haber llegado al suyo en Lapvona. Vuelve a crear una atmósfera opresiva, pero pasa a la narración en tercera persona por primera vez en sus novelas y usa un protagonista masculino, el chico deforme Marek, por primera vez desde su debut con McGlue, por lo que se revuelve contra el estilo al que nos ha acostumbrado. Lleva su filosofía «anti-» al límite: se trata de una novela antihistórica/ahistórica situada en un medioevo poco realista y centrada en satirizar la religión, la mayor industria de fabulaciones. Suena bien, pero es una novela «antimoshfeghiana» también porque carece de la efectividad que caracteriza a Moshfegh.

Lapvona empieza escarbando hasta el fondo en la psicología de cada personaje, como si cada uno se narrase su propia historia, al nivel habitual de Moshfegh. Crea un mundo repleto de personajes fascinantes: Marek, «un niño embridado», de extrema religiosidad masoquista pero también egoísta, como su padre Jude; Ina, la semibruja que inquieta y amamanta a todo el pueblo; Villiam, el señor feudal hedonista e impredecible, cuya estupidez solo es una herramienta más para su crueldad gratuita… Hasta los sirvientes secundarios son todo un mosaico de amores y odios. Pero a la mitad del libro dejan de evolucionar, dejan de importarnos sus dilemas morales. El encierro psicológico, religioso y político del reprimido pueblo pseudomedieval de Lapvona no lo es tanto porque el nihilismo se hace amo de todo. No importan la muerte de Dios ni de desconocidos o familiares, que se confunden entre sí; ni la verdad ni la mentira; ni el bien ni el mal. Así tampoco importan los barrotes que sufre cada personaje ni sus intentos de escapar. La voz narrativa se atasca en este nihilismo, incluso de cara al lector, mascullando que «esté bien o mal, pensarás lo que tengas que pensar para seguir adelante». Solo importa el horror, que cae en mero efectismo a veces y deja de chocarte o sacarte una sonrisa irónica cuando pasa algo vomitivo por enésima vez. En anteriores novelas, Moshfegh exprime historias limitadas con pocos personajes al máximo; aquí ofrece posibilidades desbordantes que se hunden en el mismo fango demasiado pronto.

Pese al bajón de Moshfegh en Lapvona, me sigue pareciendo muy necesaria: es un ácido que revienta las cajas en las que se acomoda el panorama literario anglófono. Salpica y te mancha. Y esa mancha no se va. Su reto pendiente es no ensimismarse como sus narradoras en primera persona, no acomodarse en su propio shock porque sí. Pero seguro que seguirá sorprendiéndonos, «esté bien o mal».

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