-Catherine Proy-

La reciente clausura de la antológica «Maruja Mallo: Máscara y compás» en el Museo Reina Sofía (octubre 2025 – marzo 2026) trasciende la mera presentación del catálogo de una figura histórica. Mediante un recorrido cronológico, la muestra se articula como un dispositivo aséptico que permite a la obra hablar por sí misma, dialogando con el espectador sobre diversos mecanismos de representación. Esta perspectiva facilita la reflexión sobre cuestiones como el uso de la fisonomía como arquitectura del ser en la cultura visual, planteando interrogantes sobre la vigencia de los modelos estéticos presentes en las dinámicas de visibilidad del siglo XXI. Así, la propia pulsión creativa de Maruja se confronta directamente con las inquietudes del hoy.
La importancia de la artista, tanto en su contexto histórico como en la contemporaneidad, más allá del virtuosismo formal, radica en su capacidad visionaria para habitar y gestionar la disidencia simbólica. En una España tensionada entre la tradición y los destellos de la modernidad, Maruja Mallo trasciende la observación del cambio para encarnarlo en gestos rupturistas.
Un exponente de esta actitud es su participación como una de las «sinsombrero», un acto que opera como dispositivo performativo, interpelando a las jerarquías sociales y las estructuras de género de la época. Al despojarse de sus sombreros en la esfera pública, Mallo y su círculo no solo subvierten los códigos de legibilidad de su tiempo, sino que desestabilizan las convenciones normativas sobre las que se asentaba la construcción identitaria tradicional.
Maruja Mallo no se limita a ejecutar la vanguardia pictórica desde la distancia del lienzo; ella habita la vanguardia, convirtiendo su propia existencia en un laboratorio estético. Su figura diluye fronteras, pues logra hibridar lo popular con el cosmopolitismo internacional, estableciendo un puente ininterrumpido entre la algarabía de sus «Verbenas» iniciales, de los años 20 —cuya audacia celebraría Ortega y Gasset en colaboración con la Revista de Occidente— y el ascetismo del cálculo geométrico que define la madurez de su obra, como se demuestra en la pieza «Canto de las espigas» desarrollada durante su etapa americana.
Bajo esta óptica, la obra de Mallo sugiere una representación que carece de esencia inmutable, presentándose como una máscara en constante negociación que habita la fisura entre lo animado y lo inanimado. En su producción, el empleo de morfologías cubizantes tempranas y la exactitud de la proporción matemática de sus composiciones posteriores no son meros recursos estéticos, sino la articulación de una suerte de búsqueda de orden frente al caos. Este anhelo de estructura responde a una biografía atravesada por la fractura. Como figura significativa de la Generación del 27, el estallido de la Guerra Civil española y su posterior exilio en países como Argentina y Uruguay, entre otros, transforman la violencia del desarraigo en voluntad constructiva. Así, sus pinturas americanas no son solamente resultado de la geometría, sino también de la resistencia frente a la desintegración de su mundo conocido.
Estos planteamientos resuenan con especial vigencia en el ámbito contemporáneo a través de un par de vías fundamentales: mediante la interrogación sobre la esencia del individuo que, frente a la mirada simplificadora, propone una construcción intelectual e incluso metafísica del yo. Este rigor desafía lo instaurado, pues tanto en su época como en 2026, su producción incita a desconfiar de categorías binarias y cerradas; y, mediante una resistencia estética donde su énfasis en la naturaleza interrelacionada con la precisión científica opera como un escrutinio consciente de la policrisis actual.
El Museo Reina Sofía, al articular una propuesta expositiva que renuncia deliberadamente al dirigismo ideológico, permite que la propia cadencia de la producción de Mallo dicte la temporalidad y el sentido del recorrido. Esta estrategia museográfica adquiere una relevancia clave en la actualidad, donde la práctica artística es frecuentemente instrumentalizada para ofrecer respuestas inmediatas o lecturas reduccionistas del presente. Al presentar la obra desde una distancia analítica, la muestra honra la exigencia de la artista y restituye al espectador la soberanía del pensamiento activo y la responsabilidad de la interpretación.
La trayectoria de la artista demuestra que en lugar de la evasión, Maruja Mallo responde a la crisis con una reconfiguración ontológica de la realidad bajo sus propios preceptos lógicos y estéticos. En consecuencia, su legado interpela directamente al presente, instando a recuperar la singularidad de laagencia intelectual, la narratividad alternativa y la solidez del rigor crítico.