-por Daniel María-

-Estética Avanzada: Recomendaciones literarias LGBTIQ+-

A diez años del fallecimiento de la artista, Daniel María
repasa su legado actoral y su fructífera trayectoria literaria

Emma Cohen en su casa de luna, 25 en Madrid

El gran público tuvo noticias del quehacer literario de Emma Cohen cuando apareció su primera novela, Toda la casa era una ventana (Debate), en 1983. Hasta entonces, Cohen había forjado una importante carrera actoral que despegó a finales de los años sesenta y que durante los setenta logró su particular culminación. Luego, se fue prolongando decididamente durante los ochenta hasta que, de manera voluntaria, decidió ralentizar la actividad interpretativa mientras se consolidaba como escritora.

Son múltiples las facetas artísticas desempeñadas por Emma Cohen desde los comienzos de su andadura profesional. Sin duda, la interpretación en cine, teatro, radio y televisión es la más popular, pero desde sus inicios, la enorme curiosidad artística de nuestra artista la llevó a experimentar diversos medios: la dirección, la ilustración y el collage; la traducción, la lectura y selección de guiones; la docencia escénica, las colaboraciones periodísticas… Este bagaje multiexpresivo sirvió como punto de partida para algunas de sus obras literarias, donde la narrativa y el teatro colmaron la mayor parte de sus publicaciones.

Emma Cohen (Emmanuela Beltrán Rahola) nació en Barcelona el 21 de noviembre de 1946, se formó en el TEU, abandonó la carrera de Derecho en el cuarto curso –donde compartió amistad y aulario con Vila Matas, Mario Gas y Cristina Fernández Cubas–, pasó por la escuela de Adrià Gual, llegó al Festival de Teatro de Nancy de la mano de Richard Salvat y, tras desavenencias con la compañía, decidió marcharse a París, donde la recibió el mayo del 68. Allí mantuvo contacto con el laboratorio de Peter Brook.

Su gran debut fue en Barcelona, donde estrenó La noche de los asesinos y su estreno en la escena madrileña llegó de la mano de Un enemigo del pueblo. Su actividad teatral se extendió, entre otros, a los destacados montajes de Marat Sade, Noche de Reyes, A puerta cerrada, Los Lunáticos y Ojos de bosque, siendo dirigida, entre otros, por Ventura Pons, Adolfo Marsillach, Jorge Eines y Fernando Fernán Gómez.

Emma Cohen, musa del undreground según la revista Fotogramas

Como actriz de cine debutó con La petición de Montse Faixat Ensesa en 1966. Enseguida abandonó un primerísimo Emma Silva para rotular sus fantásticos trabajos como Emma Cohen y trabajar a las órdenes de, entre otros, Glauber Rocha, Antonio Maenza, Jesús Franco, Gonzalo Suárez, Crhistian Jacque, Fernando Fernán Gómez, José Luis Garci, Antonio Artero, Enzo Castellari, Fernando Colomo, Richard Balducci, Imanol Uribe, Jordi Grau y Eloy de la Iglesia. En televisión la dirigen, por citar solo a algunos, Jaime de Armiñán, Luis Escobar y Pilar Miró. Recibió el Premio del Sindicato Nacional del Espectáculo (1970), la Medalla del Círculo de Escritores Cinematográficos de España (1972) y el TP de Oro (en 1973 y 1988), además de una nominación al Fotogramas de Plata, siempre como mejor actriz protagonista.

A su vez, como directora de cortometrajes, sobresalen La plaza (1976), Solo quería dormir en paz (1978, adaptación de un cuento de Ignacio Aldecoa) y La Chari se casa (1978, seleccionado para el Festival de Berlín y Premio Sant Jordi al mejor cortometraje). En 1980 dirigió el segmento Tiempos rotos de la película colectiva Cuentos eróticos y para TVE el mediometraje María de las noches (1989). También escribió guiones para cine y televisión, donde ocupa un lugar de excelencia la serie El pícaro de TVE.

Emma Cohen, también directora

Aunque parte de su filmografía pertenece a lo que ella misma denominó como «cine alimenticio», películas amables de menor calado, su mayor contribución actoral corresponde, precisamente, al cine más arriesgado, poético y outsider del panorama español. No solo nos referimos a sus inicios en la Escuela de Barcelona, época en la que la revista Fotogramas la definió como «musa del underground», sino también, y sobre todo, a proyectos verdaderamente sui generis como Hortensia/Béance de Antonio Maenza, Cabezas cortadas, de Glauber Rocha, Al otro lado del espejo, de Jesús Franco, El extraño caso del doctor Fausto, de Gonzalo Suárez, o verdaderas joyas de la rareza cinematográfica española como el proyecto audiovisual de Pere Portabella, Cuadecuc, vampir, surgido del making off de El conde Drácula de Jess Franco; así como la zarzuela disparatada dirigida por Fernán Gómez, Bruja, más que bruja.

Este cine de veta onírica y poética, desprovista del corsé académico, es el que casa con buena parte de la literatura de Emma Cohen, una obra literaria que indaga en el sueño, la infancia y la huida hacia la libertad. Por ejemplo, en lo que a su literatura infantil se refiere, no es descabellado acudir al célebre personaje de la Gallina Caponata, que Emma Cohen interpretó, ataviada con su enorme atuendo, durante 1979 y 1980 en el programa Barrio Sésamo de TVE. La disparada espontaneidad creativa y su ímpetu lúdico y libertario fueron, en gran medida, fruto de su trabajo dentro del disfraz, en consonancia con los guiones de Lola Salvador.

Emma Cohen junto a la Gallina Caponata

La primera gran etapa literaria de Cohen está protagonizada por niñas y mujeres muy jóvenes. Seremos testigos de una transición de crecimiento que las obliga a tomar sus propias decisiones. Estas mujeres tienen como objetivo primordial deshacerse de las obligaciones y condiciones impuestas por el patriarcado y, sobre todo, en el seno de la institución familiar, que es el principal núcleo con que chocan sus deseos y su ideal del mundo.

Por este motivo, nos encontramos en Toda la casa era una ventana (Debate, 1983) con una historia de iniciación: la de Carmen, que llega a Madrid para dedicarse a las labores de servicio tras la muerte de su padre. Allí encontrará a Carlota, la niña que vive en su nuevo hogar. Entre las dos construyen un mundo a su medida y avanzan por las dependencias de la casa descubriendo los nuevos entresijos de un misterio que late solo para ellas.

Con esta nouvelle, Cohen cimientó algunos pilares básicos de su narrativa. Por un lado, la iniciación vital, tempranamente joven, en la que sitúa a sus protagonistas, un espacio de incertidumbre y de ilusión, que requiere de una valiente fuerza de voluntad y una claridad de ideas que no hagan tambalear su proyecto de vida. Por otro lado, la casa como escenario totalizador, en el que o bien se despliegan los resortes de una agónica existencia (por lo que es preciso elaborar un plan de huida, de liberación) o que, por el contrario, se alza como el espacio de la fantasía y el descubrimiento. En ocasiones, las dos circunstancias se vuelven cara y cruz de la misma moneda, y el personaje protagonista se debate entre la permanencia y el abandono.

En esta línea, encuentran correspondencia su primera novela con la segunda entrega de su producción literaria, el relato Alba, reina de las avispas (Anaya, 1986) en el que Cohen, dispuesta ahora a ofrecer una historia al público lector más joven, nos presenta a Alba, una niña de doce años que viaja a Galicia para veranear, y sufre un accidente en compañía de sus padres. Al despertar descubre un mundo nuevo, el que preside su tía Elvira en un pazo de frondoso y mágico jardín. La historia tomará visos de leyenda europea, al estilo de las narraciones orales llegadas hasta nuestros días, aunque también late en su imaginario las amarillas baldosas de Oz.

En 1988, Emma Cohen terminó la primera década de su visible producción literaria con una de sus mejores novelas: Negras tierras negras (Editorial Planeta). Por entonces, ya había forjado sus colaboraciones en diversos medios: Mundo Joven, Fotogramas, Rampa, Sal y Pimienta y El Urogallo; había escrito guiones radiofónicos (La gran tarde de la música, en RNE) y había  afrontado la escritura de guiones para televisión (las series El pícaro, El Quijote, ¡Nos vamos a Hollywood!). En este punto resulta curiosa la anécdota de cuando entrevistó a Julio Cortázar para la revista Fotogramas. El también actor Miguel Rellán la acompañó haciéndose pasar por fotógrafo de la revista con tal de conocer al escritor argentino. Cohen la recuerda como la entrevista más emocionante de cuantas realizó en esta etapa.

Según dibuja su mapa literario, Cohen nos lleva a Madrid con su primera novela, luego a Galicia en su relato juvenil y, ahora, con su tercera historia, nos sitúa en el delta del Ebro, de nuevo en una casa de importante presencia, a donde llega la protagonista, Julia, una adolescente que, tras sufrir una conmoción cerebral, su familia decide trasladarla a la casa de sus abuelos. Lo que en apariencia es un ambiente común, de sosegado retiro, poco a poco se convertirá en un espacio ambiguo, donde confluyen realidad y sueño hasta desembocar en escenas abstractas, envueltas en un halo de misterio e incertidumbre que convierte la novela, por momentos, en una narración onírica, surrealizante, absurda, descabellada… Cohen despliega su potente capacidad inventiva en esta narración insuperable, que comparte puntos de desvarío con la Alicia de Carroll, pero que hunde los pies en una corriente narrativa que ella –así como otro cineasta/escritor, Gonzalo Suárez– cultivó con maestría, aquello que nos atrevemos a denominar novela imprecisa, una narración que no se decide por explicar, sino por exponer, las situaciones más inverosímiles, aunque vividas por los personajes con epidérmica realidad.

Emma Cohen inició la década de los noventa con dos publicaciones. La primera fue Hechizos, filtros y conjuros eróticos, que a su vez son dos libros en uno. Por un lado, una novela, la que Cohen desarrolla en la primera parte del libro: el Diario de María Blanca Dentrago o Tratado de magia amorosa para desesperadas y desesperados. En estas páginas, María Blanca Dentrago, llegada a Madrid desde su Buenos Aires natal, escribe entre 1969 y 1988 su experiencia vital y profesional como hechicera. Las peticiones de sus clientes le sirven para reflexionar sobre el amor, el deseo, la pasión y la obsesión. Luego, el generoso apéndice, que ocupa el capítulo tres y que Cohen denomina Papeles varios encontrados en la casa de María Blanca Dentrago es el resultado de la contundente labor de documentación que Cohen llevó a cabo para la elaboración de la novela.

En el entramado narrativo de esta especial entrega literaria, Cohen da otra vuelta de tuerca más y en el Prólogo del libro declara haber tratado a María Blanca Dentrago, a quien conoció cuando se disponía a elaborar un libro sobre estas artes, encargado por la editorial Temas de Hoy. Este juego de realidades y ficciones alcanzará su máxima expresión veinte años después, cuando Cohen ofrezca a la protagonista de Ese vago resplandor (2011) gran parte de su propia experiencia vital.

Meses después de aparecer Hechizos, filtros y conjuros eróticos, Cohen publicó el relato juvenil Miranda Hippocampus o la Isla del Aire (Anaya, 1990). Esta vez se sitúa en las orillas de Menorca. Miranda, la protagonista, huérfana e interna en un colegio de monjas, descubre que el mar es su libertad y, gracias a las historias que le cuentan sus amigos marineros, consigue romper su soledad rodeada de Dios. De nuevo, la imaginación se vuelve supervivencia, pero esta vez Miranda tendrá la oportunidad de manifestar el amor y de elegir qué mundo desea habitar y cómo. Cuando se enamora del joven Iván, lo hace también de su historia y de una nueva realidad. El amor la puede convertir en otro ser, literalmente. Y Miranda decide, como sus compañeras creadas por la imaginación de Cohen, emprender esa aventura.

Muerte dulce (1993)

Llegamos a 1993, el año en el que vieron la luz dos grandes proyectos novelísticos de Emma Cohen: Muerte dulce y Rojo Milady. La primera, Muerte dulce (Editorial Debate), es probablemente su mejor obra literaria. Cohen alcanza una admirable madurez narrativa con una historia compleja, emocionante y, en gran medida, muy diferente del ciclo narrativo anterior. No obstante, como veremos, mantiene intactos los cimientos fundamentales de su taller literario.

Cohen será muy crítica con la sociedad española de finales de los ochenta y comienzos de los noventa; también con su propia generación, la que había enarbolado un discurso crítico y urgente, y que ahora, protagonista del progreso, avanza con pasos agigantados hacia un acomodado establishment burgués que entibia aquel ímpetu de cambio y desarrollo. Con todo, no abandona parte de sus pilares narrativos básicos. La acción comienza en la casa de la protagonista, espacio importante de la historia, y asistiremos a la especial relación de Cecilia con su hijo Max, un niño muy despierto e ingenioso que contrapone, con su mundo interior, el entramado social, político y cultural de la novela, al que asistimos a través de su madre y de la ciudad de Madrid.

La relación maternofilial alza la acción de la novela. Por un lado, Cecilia no encaja en la vida que tiene; en cuanto a Max, él tampoco encaja, entre otras cosas porque busca un padre, un referente masculino. Por ello elabora una lista de pretendientes para su madre, a quien insta para que los conozca. Cecilia accede, pero todo se complicará porque un error político la situará en el centro de la diana. Además, Cecilia repite, como hiciera Bartleby, su propio leitmotiv: «Quiero irme de aquí». Entonces aparecerán la ciudad de Roma, los monstruos del jardín de Bomarzo y la escritura de una novela: La mujer burbuja.

Muerte dulce alberga un final emocionante, crudo, muy duro de asumir, pero verdadero. A Cohen no le tiembla el pulso ante una historia que ha ido hilvanado en una huida hacia adelante, de nuevo la huida por la libertad. A medida que la novela avanza, parece improbable el curso de su propia historia, porque se nos hace imposible asumir tanta presión. Pero Cecilia no se rinde, continúa la senda, y cuando está preparada, en el momento preciso, toma una decisión: regresa, visita a Max –es la escena más hermosa y desoladora de la novela– y acomete su última y definitiva despedida. Francisco Umbral escribió que a Emma hay que leerla con todo su esnobismo proustiano y deliberado, porque lo que aclara y agranda sus antártidos ojos es la burla, la decepción, la infancia y el cansancio. Totalmente de acuerdo.

Rojo Milady (Temas de Hoy) apareció a finales de 1993 y dio a conocer a Carmela Kilcoyne, un personaje fetiche de nuestra escritora, que retomará en su siguiente novela, Loca Magnolia (1996). En Rojo Milady nos situamos en la Barcelona de 1925. Carmela es una joven vendedora ambulante, un ser de la calle, que ama la cultura y escudriña los periódicos que caen en sus manos. Se trata de un personaje puro, muy entroncado en el imaginario de Cohen, que sitúa a sus mujeres en el pistoletazo de salida hacia su aventura vital. La acompaña Tata María, la mujer que guarda el secreto familiar de Carmela, un enigma que la propia joven desconoce. Dos hombres, que representan dos mundos opuestos, entran en su vida: Andrés, un joven anarquista con quien recorre Barcelona, y Javier de Bellaboca, un joven de la alta sociedad con quien comparte unos desconocidos lazos personales.

Esta es una novela sobre el destino. Carmela cree dominar su vida, pero no sospecha que pronto llegará a Madrid y que la nueva ciudad la convertirá en otra, o más bien, como escribió Ángel González, será siempre la misma y siempre diferente. En su sangre bulle la farándula. Subirá a las tablas del Español, uno de los teatros culmen de Madrid, y Nueva York y Hollywood esperarán, pacientes, su llegada. A partir de este momento, Carmela se deja llevar por la vida, quizás porque es hora de darle una oportunidad a lo desconocido. La acompañaremos durante dos años, hasta que regrese a París con una historia que no ha terminado, pero que nos ha permitido descubrir un juego de identidades inserto en los muros del cine, una suerte de Fedora, de Billy Wilder, pero en la era dorada de Rodolfo Valentino. Cuando en 1996 Emma Cohen publicó Loca Magnolia (Espasa Calpe), retomó la historia de Carmela Kilcoyne en el París de 1927, exactamente en la Nochevieja de este año, donde había situado el punto y final de la novela anterior. Por estos años, Cohen era asidua colaboradora de El Mundo y La Revista.

Si el ritmo de Rojo Milady nos había parecido casi frenético, pues solo en dos años su protagonista experimenta un cambio radical, ahora en Loca Magnolia –que completa su título añadiendo en páginas interiores la fecha de 1928 entre paréntesis–, Cohen acelerará las peripecias de Carmela Kilcoyne, ya que en un año recorrerá París, Madrid, Estambul, Viena… El título del primer capítulo de la novela define perfectamente a Carmela. Ella es La viajera. Del barco que la trajo a Francia pasa al Orient-Express. Destino: Estambul. Compañía: su fiel gato Madrid. Y también un hombre, Lastur, motor del nuevo misterio.

Loca Magnolia, aunque forma un todo nuclear con Rojo Milady, es una novela más extrovertida, quizás porque la implicación de Carmela en su nueva aventura ya no es una búsqueda que parte de su propia identidad, su historia personal y familiar, hasta aquel momento desconocida. Por tal motivo, Cohen también modifica su escritura y tiene más peso la mirada inquieta de su protagonista, su perfil viajero y descubridor, más atenta a la tierra que pisa, al paisaje y la cultura que la envuelven. Incluso cuando regresa a Madrid, vemos la capital española con ojos renovados, sin el pulso interior de Carmela, que buscaba la protección de techos y habitaciones. Ahora, descubierta su identidad, provista de toda su personalidad, Cohen despliega su poderosa pluma de cronista, de escritora de viajes. Lo cierto es que, aun sin desvelar nada de la trama, Carmela Kilcoyne se reafirma como una mujer libre y solitaria que, aunque guste de la gente, ama y reivindica su soledad. Quizás sea este su gran mensaje.

En 1997, el Festival Internacional de Cine de Madrid, en su primera edición, encargó a Emma Cohen la elaboración de una filmografía de la diva mexicana María Félix, que vio la luz con el título Tras María Félix. Cohen expuso una introducción biográfica de la Doña y pasó a comentar sus cuarenta y siete interpretaciones en el cine. Se abre, entonces, un período de silencio editorial que se extiende, salvo algunas excepciones, hasta el año 2010.

En estos trece años, Emma Cohen continuó sus colaboraciones en prensa, participó en algunos films con personajes secundarios (El abuelo, Oculto…) –incluso reapareció en televisión con un personaje capitular en la serie Cuéntame cómo pasó en 2008–, leyó y realizó informes de guiones para la productora de Canal + España; impartió conferencias y talleres de interpretación, publicó cuentos en ediciones colectivas y continuó inmersa en su actividad literaria.

En su polifacético taller cabe destacar la traducción y adaptación. Una de las muestras más importantes es su versión española de El mal anda suelto, de Jacques Audiberti, en cuyo montaje fue también ayudante de dirección de Fernando Fernán Gómez en 1970. Igualmente, adaptó para la escena textos como el Hamlet de Buñuel y Pepín Bello, los Diálogos de Lorca y el cuento El Aleph de Jorge Luis Borges, en los talleres que impartió en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo y, en 2011, hizo lo propio con Las bicicletas son para el verano, de Fernán Gómez, que adaptó y dirigió para su representación radiofónica en la Cadena Ser.

La Asociación de Libreros de Lance de Madrid invitó a Emma Cohen en 2008 a pronunciar el Pregón de la XXXII Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, que fue publicado en una edición no venal de quinientos ejemplares. Cohen tomó el relevo de su compañero de vida durante treinta y seis años, Fernando Fernán Gómez, que falleció el 21 de noviembre de 2007 –cumpleaños de Cohen– y, por lo tanto, no pudo desempeñar su función como pregonero. Emma Cohen ofreció unas vibrantes y emocionadas páginas que contenían una viñeta creada para la ocasión.

Como dijimos más arriba, entre las múltiples facetas artísticas de nuestra actriz se encuentra la de ilustradora y creadora de collages. Curiosamente, esta actividad creativa fue acompañada, en gran medida, por el soporte literario, ya que Cohen ilustró no solo esta edición del pregón, sino también el libro de Juan Benet, Trece fábulas y media (Alfaguara, 1981), y durante los años ochenta creó alrededor de cuarenta portadas de la colección Biblioteca del terror de Ediciones Forum, entre las que se encuentran una buena parte de sus collages más alucinantes.

Como vemos, el silencio editorial de Cohen entre 1997 y 2010 no supuso un cese de su actividad creadora, sino la no aparición de una obra literaria individual hasta la publicación de Libeliula (Atrapasueños, 2010). La literatura de Emma Cohen a la que había accedido el gran público se centraba en la prosa, fundamentalmente en la novela, pero también en artículos y cuentos. Sin embargo, la escritura teatral de Cohen es latente desde los comienzos de su andadura como actriz. Su nueva entrega literaria fue precisamente la obra de teatro Libeliula, que la autora definió como una peripecia acuático-espacial en un acto, un prólogo y un epílogo. Se trata de una obra de teatro infantil que fue estrenada durante la Expo Zaragoza 2008 por la compañía Luna de Arena.

También en 2010 Cohen ofreció una nueva publicación. Esta vez, la Universitat Jaume I de Castellón será la editora del libro La libreta francesa. Mayo del 68. Hasta entonces, mucho se había aludido en sus entrevistas a este episodio de la vida de Emma Cohen, pero la artista no había compartido ni desvelado el diario de aquel momento. Con introducción de la humanista Patricia Badenes Salazar y epílogo de la historiadora Rosalía Torrent, Emma Cohen ofrece, desnudo y sin intromisiones posteriores, el diario escrito a sus veintiún años y que comprende el periodo del 29 de abril al 3 de julio de 1968. Quizás lleve su tiempo, como ocurre tan a menudo, que la crítica descubra y aprecie –como hacemos aquí y ahora– la valiosa contribución testimonial y literaria de este libro de Cohen. No solo porque se trata de una escritura apasionada y avivada por los acontecimientos, sino porque la redacta una mujer crítica y esperanzada que no esconde sus temores e incertidumbres, y que escribe, sin dar pábulo a la leyenda, la hora de un episodio histórico universal a pie de calle.

El doble regreso de 2010 se repetirá también en 2011 cuando Emma Cohen vuelva a publicar una obra dramática y otra narrativa. En La Página Ediciones vio la luz la obra de teatro Terraza de café por la noche. Cohen se inspiró en el cuadro homónimo de Van Gogh y decidió animar a los personajes de la pintura. Para ello, idea un escenario que reproduce fielmente la escena del cuadro y ofrece su particular soplo de vida a los personajes que aparecen en él. Este acto único activa el engranaje surrealizante de Cohen, aquel que ya vimos manifestarse en Negras tierras negras.

La adhesión de Cohen al sentimiento surrealista, a las siempre inconformistas y libres manifestaciones de su amado Antonin Artaud, a la apuesta por el sueño de Max Ernst con que hizo acompañar la magia de María Blanca Dentrago, a la ilusión alada de Libeliula, a la base fuertemente cultural de las referencias vanguardistas con que dotó al romanticismo de Rojo Milady y Loca Magnolia, acontecen aquí. Se reúnen en la plácida terraza donde Cohen hace protagonista a un joven a quien define como Soñante impactado. Es más, subtitula la obra como peripecia soñante. Cohen trabaja con la metarrepresentación escénica, la conciencia del observado y de quien observa y encaja en los diálogos la crítica sobre una sociedad que avanza mientras involuciona.

A finales de 2011, Cohen publicó Ese vago resplandor (Rey Lear), su primera novela en quince años. La más ambiciosa de las narraciones que publicó en vida, 347 páginas que aglutinan un ejercicio de ensayo periodístico, novela y autoficción. Cohen nos presenta a Julia, que convertida en una vagabunda, una homeless, una clocharda, se dedica a recoger objetos que luego expone al amanecer en plazas públicas. Esto mismo hacía el vagabundo con que se encuentra María, la protagonista del mediometraje María de las noches, que dirigió y escribió Emma Cohen en 1989.

Julia Folch –que quizás sea la Julia de Negras tierras negras– es una mujer barcelonesa, que nació en el seno de una familia de la alta burguesía catalana, abandonó los estudios de Derecho y llegó a París cuando el Mayo del 68 se propuso no pasar desapercibido. Julia actriz, amante de la cultura, mujer de paz, se encuentra con el periodista estadounidense Peter Mahtler Chu-yu, que patea las calles de Madrid en busca de historias de gente sin techo para su reportaje; pero Peter queda fascinado por Julia y decide ampliar su historia, se interesa por ella más allá de las cuantas páginas que hubiera ocupado en su reportaje colectivo. Julia accede y, mientras relata y escribe su vida, es testigo de un asesinato. La larga trenza narrativa de Ese vago resplandor comienza a fijarse. Julia ya no es Folch, se hace llamar Julia Proteus. Sin nada que le pertenezca, solo es dueña de su nombre, de ella misma. La memoria que Julia despliega conforma un itinerario que no es ajeno para el lector asiduo de Emma Cohen. Su destino, como el de Carmen, Alba, Julia, Miranda, Cecilia y Carmela Kilcoyne es una decisión unilateral, un proyecto de vida que dura hasta el final de la existencia.

Ese vago resplandor es una novela-desembocadura, donde confluyen los pilares básicos de la narrativa de Cohen que ya hemos mencionado, y también espacios y nombres –el delta del Ebro, Libeliula, Barcelona, el Mayo francés, el teatro…– que encajan en esta narración porque en ella recoge la autora todo su arsenal memorialístico, su discurso social y político, su defensa de las libertades, tantas veces acuñada en la palabra escrita. Podríamos aplicarle a Ese vago resplandor la referencia cortazariana de todas las novelas, la novela.

En la narración de Julia Proteus encontraremos su propia libreta francesa. Leeremos lo escrito por Julia entre el 30 de abril y el 3 de julio de 1968. Cohen realiza un arduo trabajo de autoficción, no solo en este punto concreto sino en toda la novela, pero por ser tan identificable lo señalado en la libreta francesa, advertimos que Cohen elabora la ficción de Julia partiendo de su experiencia de los hechos, pero creando para Julia su propio diario. Lo cierto es que, aunque a lo largo de toda su producción literaria, especialmente en las novelas adultas, Cohen ha incluido guiños biográficos que ella misma ha comentado públicamente –la especial relación con su abuela, la educación católica en una familia acomodada, el perfil rebelde, el Mayo francés, la llegada a Madrid, la vida en una comuna, la lecturas vanguardistas, el aprecio por el surrealismo– hay otros muchos detalles biográficos que están insertos en su literatura y que podrían sorprender por tratarse de retazos reales.

La última obra publicada por Emma Cohen fue la novela Magia amorosa para desesperadas y desesperados (Neys Books, 2014). En esta ocasión, Cohen retomó la parte novelada de Hechizos, filtros y conjuros eróticos, reescribió algunos pasajes e ilustró la obra con una selección de grabados de Goya.

Aunque la narrativa ocupó la mayor parte de sus publicaciones, Emma Cohen cuenta con varias obras teatrales inéditas. Por un lado, títulos originales como Araña en bañera, que fue representado en un ciclo de Lecturas dramatizadas de la SGAE de 2008, pero también adaptaciones como Nazaria, basada en la novela de Ramón J. Sender La antesala, y la pieza Peter Pan, que Cohen adaptó para un proyecto de radioteatro que finalmente se canceló. Existe también un cuarto título, la obra infantil La boca del árbol, que fue publicada en 2008 por la Asociación Aragonesa de Escritores en el número 9 de su revista Criaturas saturnianas.

En 2011, la Universidad Internacional Menéndez Pelayo publicó, en edición no venal, un cuaderno ilustrado con interesantes collages de Emma Cohen junto a adaptaciones que la autora realizó del cuento de Borges, El Aleph. En los últimos años Cohen continuó con sus colaboraciones en prensa y publicó artículos sobre cine en las obras colectivas Drácula. Un monstruo sin reflejo (Reino de Cordelia, 2012) y El cine. Fábrica de sueños (Fundación CIDEAL de Cooperación e Investigación, 2012).

El 11 de julio de 2016 Emma emprendió su definitivo vuelo soñante desde la calle Luna, 25 que habitaba a las afueras de Madrid. La noticia sorprendió a muchos y los medios, para nada conscientes de su valioso legado artístico, apenas mencionaron algunas de sus muchas aportaciones. No obstante, Cohen tenía reservado un último vistazo a la cámara. Había rodado pequeñas escenas a las órdenes de Juan Estelrich Revesz en su película Bombay Goa Express, que se estrenó dos meses antes de su fallecimiento. En ellas, una clocharda Emma Cohen parece encarnar el espíritu de la Julia de Ese vago resplandor.

Sin duda, el lugar que ocupa la labor interpretativa de Emma Cohen y la contribución literaria de su obra narrativa y teatral está lejos de la enorme calidad de sus textos y de sus actuaciones. El calado de Cohen, a lo largo de seis décadas de intensa creatividad, es profundo en público y lectores acérrimos que valoran su indagación en el sueño, la libertad y el compromiso social, pero como ocurre en tantas ocasiones, el desconocimiento y el prejuicio ralentizan la visibilidad y el aprecio general. Ella lo sabía. En una ocasión me lanzó la más feroz de sus sentencias, al analizar cómo era percibida su literatura en el espacio literario español: «Un mito erótico no escribe novelas».

Helena de Llanos –triple nieta de Cohen, Fernán Gómez y María Dolores Pradera– acompañó a su abuela soñante durante la última etapa de su vida. Ambas dieron forma a un futuro esperanzador e ilusionante donde la joven cineasta y actriz se sumergió en el universo infinito de Cohen y Fernán Gómez. Amén de otros proyectos cinematográficos y escénicos, el más totalizador es la inclasificable película Viaje a alguna parte (Helena de Llanos, 2021), que le valió una nominación a los Premios Feroz y el IV Premio Surrealismo Contemporáneo del Festival Rizoma, donde la filmografía de ambos intérpretes dialoga con los sueños, con la necesidad de búsqueda de la nieta-directora-actriz y con las últimas imágenes de Cohen en su casa, en su cocina y entre sus cosas.

Pero antes de zambullirse de lleno en esta aventura, Helena de Llanos puso en marcha un último vuelo literario. Nos invitó a Eva Fernández, directora de la editorial La Oveja Roja, y a quien escribe, a trabajar con el último manuscrito de Cohen. La artista había recuperado el aliento de Carmela Kilcoyne: sometió a una profunda corrección la dos primeras partes de su historia (Rojo Milady y Loca Magnolia) y emprendió una tercera y última parte. No le dio tiempo de terminarla, pero dejó unas aclaratorias anotaciones que permiten cerrar la historia. Con todo este material vio la luz Asuntos interiores (La Oveja Roja, 2018). A su vez, en 2021, Helena de Llanos centró su labor de rescate y conservación en los cortometrajes dirigidos por Cohen. En colaboración con la Filmoteca de Catalunya y con la Filmoteca Española, supervisó la recuperación, digitalización y restauración de ocho piezas audiovisuales dirigidas por Cohen entre 1969 y 1989.

Asuntos interiores (2018)

Los personajes literarios de Cohen fueron siempre hacia delante, no cedieron ante la nostalgia o la adversidad, porque amaron el mundo y sus posibilidades. Emma escribió un sueño. Interpretó un sueño. Dibujó un sueño. Tomó los retales de muchos sueños y plantó un collage en su jardín. Emma tradujo sueños, dirigió sueños para que pudiéramos ver cómo vuelan y hace diez años emprendió el sueño mayor: despegar de la luna hacia el infinito. Soltar la mano del satélite para atravesar el firmamento. Ese fue su gran legado: la vida soñante.

A veces pienso que estoy despierto, pero debe ser una broma de Emma.

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