Después de largos meses, terminar un manuscrito es el preludio de un sinfín de palabras crudas destinadas al olvido; mejor dicho, predestinadas al cementerio. Considero que este acto es un asesinato creativo, pero a la vez necesario para la obra. Todo ello deja un vacío amargo que fragmenta aquello que has construido con tanta intimidad. El primer borrador es como una parte de ti; imagina desprenderte por obligación. La experiencia resultaría devastadora, ¿cierto? Es lo que pasa cuando cancelas conceptos y palabras que han estado allí por mucho tiempo. Esa sensación de traición hacia tu propia creación es, psicológicamente, aniquiladora. Y deja una herida profunda: la de quitar, lentamente, lo más intrínseco del capítulo.
En medio de ese silencio, resulta doloroso sentir cómo se esfuman esas palabras que, muchas veces, surgieron tras un proceso de bloqueo u otras vivencias. Es allí donde reside el arte de la contención, donde mis manos tiemblan ante el miedo de borrar más de lo indispensable y de soltar lo que, para mí, ya es de suma importancia.
Ese proceso de descartar —lo que algunos llamarían «basura», pero que para el escritor son piezas indispensables— aporta un matiz distinto a aquello que se desea transmitir. Es la parte más difícil, donde un sentimiento desolador te envuelve por completo e invita inevitablemente a la reflexión: ¿lo estoy haciendo bien o no? ¿Qué pasa si me equivoco? ¿El lector entenderá o sentirá lo que deseo comunicar? Son estas preguntas las que provocan una angustia profunda. Dudas e incertidumbre que generan sensaciones contradictorias con las que el escritor debe aprender a convivir. Y, aun así, en lo más recóndito persiste la necesidad de rescatar lo que ya había decidido eliminar.
Es cierto que, como autora surge un impulso casi irresistible de restituir lo descartado. Nace una especie de dependencia emocional: el texto me absorbe en busca de validación, y me convenzo de que debo encontrar la frase o la palabra perfecta que encaje en ese contexto.
En esa fisura donde la conmoción y la serenidad avanzan juntas hacia la aceptación, brota una esperanza cálida: comprender que, al final, eso es exactamente lo que el capítulo necesita. La conmoción abre una puerta hacia una conexión emocional real con el lector; la serenidad, en cambio, disuelve el fantasma interno que intenta salvarlo todo. Y es entonces cuando surge otra pregunta, quizá la más honesta: ¿Estoy editando para mejorar o para protegerme? Existen autores a quienes un comentario negativo les provoca una herida que destroza su autoestima, porque solo ellos conocen las horas, el desgaste mental y la intimidad entregada a una obra que, muchas veces, termina siendo reducida a un juicio superficial.
Me reconozco en ese proceso de transición donde miríadas de dudas evocan un peso doloroso que se atenúa con parsimonia para dar paso a un texto pulido. Sin embargo, la verdad permanece viva en un rincón recóndito de la conciencia, con la certeza —quizá cruel— de que el lector nunca conocerá la primera versión de la lucha que el autor atravesó en ese proceso; se sentirá más cómodo con la versión más limpia de mi propia voz. Aunque, con gran amargura, la parte más honesta se haya quedado para siempre en el olvido.
Ada K. Soler