Dulce Hogar, Antología Domestic Noir ( Avenida Noir)

       Nos sentimos en casa leyendo esta ansiada antología. ¡Hogar, dulce hogar! No sabéis, queridos lectores, cuantísimo deseábamos leer esta primera publicación de nuestros queridos amigos de Avenida Noir (un beso enorme, David y Melania). Diez cortes componen esta maravilla de la narrativa negra, diez escenas domésticas alborotan la casa en búsqueda de esa sensación de inquietud, angustia y temblor que tanto nos gusta abrazar desde las más frescas plumas. 

        Dulce Hogar es la entrada perfecta a esta nueva casa del género noir: logra el comentario acerca de lo bien cuidado que está el jardín que tantas veces hemos visto -y sigue siendo hermoso- y logra el comentario acerca del particular color de las paredes, que nos sorprende y fascina. Posee coherencia y progreso, reúne todo lo bueno de la tradición especializada y avanza hacia rincones lo suficientemente originales y oscuros como para cautivar a los más clásicos y a los más transgresores. Es, sencillamente, una delicia. ¿Nos acompañáis en la degustación de su menú? ¡Alfred Hitchcock nos pone la mesa!

        José Luis Pascual (otro beso por ahí) nos recibe nada más llegar a la morada. Nos mira fijamente; no nos habla. Sostiene lo que parece ser un prólogo. En él hallamos una serie de indicaciones sobre la casa que vamos a visitar, ubicada apenas dos pasos largos detrás de él. En el texto se presentan las medidas sobre plano, los diseños interiores y, especialmente, los refugios subterráneos. El gobernante de Dentro del Monolito nos invita, con ademanes y gestos ostensibles, a acceder a la vivienda y destaca aquello que abona el terreno, aquellos nombres que, como pilares de construcción, podrán sugerir algún que otro atisbo tras las cortinas. Pero nos advierte, sujetándonos repentinamente el brazo, sobre el horno caliente, el felpudo cambiado y alguna habitación invisible desde la ventana… No estaba todo inventado. Llamemos al timbre con su mano, por si acaso.

        Sofritos es el gran triunfador y distinguido premio de esta antología. Fran Castillo, habitual y admirado comensal de la amplia serie de propuestas gastronómicas de certámenes, concursos y otras variantes de la dieta literaria, hace todo bien en esta receta, pero, sobre todo, hace dos cosas básicas -no por ello usuales, paradójicamente- en una narración dedicada al plato que nos ocupa: el relato tiene un muy buen comienzo y tiene un muy buen final. El ritmo a fuego lento, el superrealismo en forma de voces internas, pensamientos y reacciones corporales a los distintos estímulos y el minimalismo que describe el escenario de la acción son claves para dotar de terrorífica verosimilitud las sucesivas ocurrencias de Cleopatra, portentosa protagonista, cuya virtud principal es, como mandan los cánones, aparentar todo lo contrario a lo que esconde: se la siente ausente, torpe, apocada y gris. Lo convincente de sus superficiales defectos casa a todo color con la personalidad de la vecina arrolladora, Lourdes, transparente como aire. Unos cuantos ingredientes más, un poco de carne, café… ¡y listo! Como última pizca sabrosa a este suculento manjar, Ale Lyokard le pone voz al texto en un maravilloso detalle de los anfitriones como extra por el cuadro principal de la cocina, salpicada de cebolla, pimiento y sangre.

        Estrenamos calzado con Rocío Stevenson. Los zapatos nuevos es una demostración de gala de una de nuestras nuevas escritoras favoritas. La protagonista de la historia, Ana, no se lleva muy allá con el charol: prefiere el barro, la tierra, sentir todo, todo aquello que esta puede albergar bajo sus pequeños pies. Permitidnos guardar aquí una línea expresamente dedicada a la figura de la madre, extraordinario elemento perturbador, concentrado de sub-realidad, obsesión y vitalidad accidental. No menos trabajados están los demás: el padre de la niña es un tipo que apetece conocer; los acompañantes festivos son fieles a los útiles códigos del entramado propuesto (comunidad, madres de niños, repelencia o indiferencia, histeria y flacidez). La atmósfera a dos espacios es de alta genialidad: cómo explota todo afuera, cómo se rebaja la presupuesta -incluso antes de la lectura- tensión hasta un mínimo casi anestésico en esa tan bien elaborada relajación de salón para de golpe estallar del modo más inocente. La reunión familiar que cierra la narración es brillante, una de las grandes fotografías del conjunto doméstico.

        Llaman a la puerta y decidimos abrir, con cierta desconfianza, a Virginia Orive de la Rosa. No todos los días tienes una estupenda escritora en tu porche. Trío de compañeras de piso, casa barroca, de estas que permiten un infinito juego de luces, sombras, ruidos y sobresaltos. Las crudas circunstancias económico-laborales azotan a Marta, que parece atraer las sombras con su aura de desgracia e infortunio. El diseño de los personajes es correctísimo, en tanto en cuanto nos remite a detalles de personalidad básicos y excluyentes respecto de cualquier generalización, sin complicarnos la lectura con exceso de trivialidad. El enfoque del terror es una bomba inteligente: la mirada se dirige irremediablemente a lo que acontece fuera de los límites físicos del espacio tripartito, torturado por un timbre que no deja de sonar, como un tic anti-descanso. Pobre Marta, tenía razón desde el principio: en ocasiones el negro se distingue sobre el negro y la piel percibe sonrisas que tus amigas no pueden atajar. Qué bonito escalofrío, Virginia.

        B.J. Sal nos invita a jugar a Su juego favorito: provocar intranquilidad, presión y oscura empatía con el origen del horror. Stanley Forstworthington III es el villano definitivo; es malo, malo de verdad; la profundidad de su maldad acaricia la genética. El enfermizo narcisismo que recorre sus poros es todo un deleite transformado en discurso, entre desplantes ético-morales, burlas altivas, autoproclamaciones y demostraciones egocéntricas cargadas de éxtasis. Con particular amor por el atentado contra la autoridad incompetente, y con cierto regusto al John Doe que castiga e imparte justicia, su perversa diversión alcanza el efecto espejo en un apoteósico final. El detenimiento en las exhaustivas, clínicas, descripciones del entorno y sus individuos, así como la rumiante narración en alternancia de recuerdos y sentencias universalizadoras de sonora actualidad son dos habilidades notables en el grueso de la contribución. Un exquisito plato para paladares finos que nos obliga a volver a revisar la rigidez de los axiomas del género.

        MJ Ceruti, -¡ah, otro gigantesco nombre!- nos lleva hasta la Noche de San Juan. ¡Viva nuestra amada Valencia! El costumbrismo y la pesadez del duelo arrastrado como cadenas negras durante todo el relato establecen un fuerte amargor coloreado desde la primera palabra. La inmersión es total: se percibe a la perfección el cambio de localización, la llegada como tal a tierras valencianas, todo lo que ello supone. Desem encarna la idealización de la simbiosis víctima-verdugo tan pretendida por los autores del género a lo largo de la tradición literaria. Ceruti lo consigue con una facilidad pasmosa, con la misma con la que -como ya sospechábamos- nos presenta cada minúsculo aspecto del contexto histórico-geográfico. La tía Vicenta es el señuelo mejor trabajado que hemos conocido en mucho tiempo y Laura y Edu son tan necesariamente opuestos como geniales en la captura de aquellos clichés -mejorados y actualizados- que requiere la trama. Nada como la salvaje oscuridad de una casa, de una familia, de la persona amada y de la conexión sociocultural que puede llegar a envolver peligrosamente una propuesta en la que las hogueras sirven de metáfora y las personas albergan monstruos.

        La Ventana con vistas nos conduce a C.G. Demian -si antes hablamos de ilustres…- y a su sórdido planteamiento de múltiples culpables. El desvío de atención hacia, reconozcámoslo, un blanco fácil anclado a un banco con apariencia harapienta, el carisma de la señora Adela y la sólida confianza entre las dos principales protagonistas se entrelazan en una maraña avivada por el vocerío vecinal y la simpleza que rezuma como solución la palabra ‘ladrón’. La lógica con la que avanza la acción introduce sigilosamente el golpe de efecto donde más escuece, pero es el doble giro mortal de los últimos dos párrafos el que nos sacude con un hormigueo incontrolable con la mano acusadora fija en nuestra retina. Dinámico, entretenido y potente, el autor cumple las expectativas y nos vuelve a conquistar. No dejéis de escuchar a Rocío Jurado, la necesitaréis.

        Tiene mucho Talento el bueno de Andrés Granbosque para esto de escribir: drones y ouijas en una historia de fantasmas, seres atrapados entre dimensiones y mucho ingenio. El formato es tan arriesgado como impresionante, precisa más de dos parpadeos y se disfruta según encajan las piezas. El dúo Hugo-Martín es estelar: el autor logra la proeza de que ambos personajes funcionen mejor juntos que separados, con sus compatibilidades y sus drásticas diferencias efervescentes. Sus diálogos deshilachan las costuras de un tejido que se impregna de sudor y sangre helada a la luz de las recurrentes pesadillas y el clarividente tono femenino que completa las intervenciones post desgracia. Después, mucho después, llega el verdadero horror en un epílogo -inevitablemente dialogado- cuya magnitud se alza ante nosotros como un feroz convidado de piedra inerte cuyo nombre conocemos y no podemos pronunciar. Quedamos igual de mudos que Martín.

        La abeja reina es la criatura de David Rubio Sánchez y busca su hogar en nuestros corazones. Resultaría demasiado sencillo -e injusto- mencionar Midsommar para explicar ciertas cosas análogamente. Este relato es espantosamente silencioso. Amanda es, con todo respeto y aprecio por todos los demás, la protagonista estrella de la antología. Su cuidadosa presentación, paso a paso, por boca de su madre, nos produce la ternura innegable y la fascinación horrible. El recurso del cuento dentro del cuento es celebradísimo como una de las máximas genialidades de la obra conjunta -añadimos: el cuento dentro de la carta dentro del cuento-. No sabemos si el doctor se estremecerá tanto como nosotros, pues la finalidad de la narración varía según el receptor: él debe atender una advertencia que ayuda a comprender la situación, literalmente desbordada, que tiene entre manos y nosotros debemos limitarnos a abrazarnos las rodillas al lado de Ángela. Vuela alto, pequeña abeja, vuelve a casa.

        Bed and breakfast es el servicio que nos sugiere Iván Serrano, impecable anfitrión. Ay, la cándida señora Carmen. Todos echamos de menos a Laura, a esa figura -maternal- que encontramos en nuestra pareja en momentos de tristeza, incertidumbre y miedo. Mucho miedo. La sucesión de mensajes con fecha y hora es tremendamente efectiva si no se abusa de ella ni se juega a ser excesivamente consciente de su alto grado de cuadro-de-cuarta pared. Aquí es perfecta, concisa y responsable. Así luce también la micromutación del implacable carácter del casero, que pasa de rottweiler a cachorrillo. Todo transcurre entre desayuno y desayuno como punto de eterno retorno, con las manecillas diurnas aliviando en plena primavera toda noche de dudosa naturaleza. Otra cosa es sobrevivir al amanecer. Vuelve, Laura. Y llévate a Iván, que deje de asustarnos.

        Permanecemos Al otro lado para escuchar a Sofía Guardiola, última pluma de esta dulce lista negra. Espejos. Cuantísimo morbo dan, eh, amantes de la intriga… La historia de Soledad es un vistoso ejemplo del poderoso impacto que puede crear la ausencia de acción activa: no hay grandes alardes de adrenalina, pomposos asesinos ni fetiches psicopáticos gratuitos; hay un cruento pasado, una obsesión, un profundo sentimiento de… de soledad… -*el reseñista se pone en pie, aplaude efusivamente, se vuelve a sentar, se siente listo, inteligente, agradecido*- y una confidente honesta con el lector. Las imágenes vertidas desde lo grotesco están a la altura de la leyenda halagada por la desdichada joven. Espejos. El misterio que cubre el cristal en las líneas de cierre, azuzado por la probabilidad infinita que ofrece aquí el denso concepto de responsabilidad, es la guinda de un pastel que nos deja la boca seca.

        Y con el estómago lleno por el maravilloso banquete de espejos, señoras, sombras, juegos extravagantes, abejas, zapatos, ladrones y vecinas salimos de casa, de esta cálidamente fría casa que nos ha acogido con dulzura y calidad, con dedicación y rigor, con sorpresas y frescura. Vámonos, José Luis, que ya hemos terminado. José Luis. ¿José…?

-Altavoz Cultural-

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