Quién cuidará de ti, Verónica Cervilla

        El IV Premio Ripley de ciencia ficción y terror para escritoras luce en sus ojos un nombre muy querido por esta casa: Verónica Cervilla, una de las autoras más excelsas del género oscuro, de la literatura de tinieblas. Triskel Ediciones nos presenta la obra con una belleza arrolladora: su diseño y su acabado son maravillosos, su cubierta se ha convertido en una de nuestras predilectas -por amor a primera vista- de todos los tiempos.

        Las expectativas con Verónica son altas: hemos tenido el placer de leerla en nuestra antología El Tercer Ombligo de Cerbero, de disfrutar de su excelente bruja de Biertan y seguimos de cerca todos sus pasos en convocatorias y en las entradas a su estupendo blog sobre terror en cine y literatura. No hay nada como cumplir unas altas expectativas: Quién cuidará de ti nos ha dejado boquiabiertos, mudos, sin palabras.

        Las partes principales en las que se desglosa la obra responden a los encabezados de La siembra, La hora de la cosecha y Volver a la tierra. La primera cuenta con catorce capítulos y la segunda, con cinco. La tercera funciona como epílogo unificado -qué espectacular epílogo, por cierto-. Entremos en casa de Amelia, estamos deseando enseñárosla.

        Nos da la bienvenida un informe firmado por la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, con fecha de 2018, acerca de la reveladora -devastadora y feroz- estadística sobre la situación de los ancianos y sus cuidadores en nuestro país, la cual muestra un tremendo desequilibrio entre hombres y mujeres: el 89% de los cuidadores son cuidadoras, con a de mujer, con a de Amelia. Su rango de edad habitual es el situado entre los 45 y los 64. Después de este punzante dato, que recorre como una profunda llaga cada página de la historia, emerge Neruda para dejarnos una cita perteneciente a su Oda a la Edad, que funciona como reverso de la primera fotografía que hayan podido imaginar ustedes antes porcentaje en mano. Ahora sí: adelante, que doña Petra está al caer.

        Los primeros pasos de ‘La siembra’ nos presentan el entorno y sus personajes con una pulcritud impresionante: se nos muestra una Amelia desbordada por el pasado y atrapada por el presente -mención especial para sus cajitas guardadas en el alma, más bien respiraciones contenidas, más bien suspiros de vida angustiada-, una doña Petra a la que debemos mantenerle el doña en todo momento, un adolescente dueto Sofía-Eddie en el que la figura empática femenina eclipsa la testimonial masculina y, finalmente, una doble ausencia varonesca de hondo calado en el grueso de la obra. La aparición estelar se la lleva, no obstante, el gatuno Sombra, que rompe ambiente, color y olor a polvo acumulado en el momento perfecto, justo en ese proceso tan mortífero de reencuentro y apropiación de la memoria, justo en ese proceso de anquilosamiento en el ayer, rodeado de ojerosas cajas llenas de tiempos pretéritos.

        Ya en este primer contacto atisbamos uno de los rasgos definitorios del estilo de Cervilla: expresiones como “Luego escaneó el salón como Terminator en busca de un asesino” o “Ahora la sala lucía gris y enfadada” nos dan una pequeña visión de su facilidad para trascender el lenguaje cotidiano y llevar un paso por delante el imaginario tan rico y sugerente que maneja; es, asimismo, una obra complejamente hermosa en los registros plasmados, incluyendo el humor curvado hacia lo sombrío y la crudeza envuelta en calidez hogareña. 

        La obsesión por la limpieza es el primerísimo síntoma del escenario viciado que nos propone un conflicto entre responsabilidad, deber moral, amor y obligación, en el que bailan abrazadas y pisándose los pies todo el rato doña Petra y su hija Amelia. En el segundo capítulo de esta primera parte asistimos al perfecto domingo imperfecto, que completa la imagen infantil que martillea a la protagonista y que nos prepara para tiempos -capítulos- futuros: dos detalles asoman en forma de ocupación sospechosa y repentina falta de movilidad. 

        A continuación los hechos extraños -incómodos e inquietantes-, amparados en el peligroso justificante por elevada edad, aceleran dos pasitos más: con voz y con zapatilla. Llega el lunes -gran protagonista de la semana junto con los domingos- y se nos revela Amelia casi en su total esplendor: nada como conocer a un personaje cuando está a solas con la narradora. Se nos introduce además el otro gran escenario -espejo brillante del contexto hogareño-: la residencia, cuyo máximo exponente responde al nombre de doña Águeda, en la que trabaja una divorciada Amelia que parece encontrar en su difícil rutina laboral una suerte de frescor, alejada de su nueva y complicada vida en casa, que deambula tensa entre discusiones de brazo lesionado e imágenes demasiado patentes de una relación matrimonial nefasta.

        Las grandes presentaciones -sin menospreciar al estupendo doctor Robles y a una ristra de muy buenos secundarios- concluyen con Elisa, hermana de Amelia, cuya personalidad describiremos simplemente mediante una estricta sombra a escala de doña Petra, y Sunday, interno de la residencia que aportará desde su cultura y sus orígenes ciertas claves de la historia. La acción corre como la pólvora por los pasillos de los sucesivos capítulos, entre sustos, coches de ayer y de hoy, niñas de lazos amarillos, hombres de trajes grises, complicaciones físicas y mucha, mucha -y excelente- decoración final de los personajes principales, cuya descripción total nunca termina de liberarse, con todo lo bueno que ello supone literaria y humanamente. La tensión es tremenda y el ritmo, una delicia muy bien controlada. 

        La siembra concluye por todo lo alto con dos escenas familiares explosivas -en las que destacamos la confirmación de Sofía como primera espada y la revolución de Eddie- y un descenso al apasionante y tenebroso mundo que ha sembrado el bueno de Sunday en la cabeza de Amelia. Comienza La hora de la cosecha: el salvaje desenlace de una Amelia deshecha meses después y de una doña Petra al límite del umbral. La crudeza se subraya cada vez con más fuerza y las pesadillas son cada vez más real conforme se acerca la pérdida. El tono se desborda y Amelia resume en su ser toda la interacción entre el más allá y el más acá, entre lo onírico y lo palpable, en los lazos infantiles y las voces cursivas taladrantes. Estamos ante una demostración espléndida de catarsis y apoteosis, en ese orden.

        Volvemos a la tierra para finiquitar la lectura de una forma magistral, en forma de últimas voluntades en vida de uno de los personajes más espectaculares que hemos conocido en los últimos años como devoradores de grandes libros. La emoción llega hasta la última línea y el silencio al terminarla nos abraza con una media sonrisa de plenitud y una mueca de nostalgia inmediata: no olvidaremos Quién cuidará de ti. Gracias, Verónica.

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