Siete historias de tinta, Auri Lizundia

Mientras esperaba a que dijeran su nombre en la salita del hospital, se daba crema en el último tatuaje que se acababa de hacer. Había pasado casi un mes y la piel había cicatrizado sin problemas, pero frotarse con cuidado las zonas tatuadas se había convertido en un ritual que le hacía sentirse bien, así que no dejó de hacerlo aunque ya no hacía falta ninguna.

Era verano y las sandalias le permitían ver su primer tatuaje en el empeine izquierdo que solo tenía sentido para los amantes de la antropología, y que se hizo cuando defendió su tesis con la idea de no olvidarse nunca de aquella experiencia. En aquel tiempo ya contaba con cuatro marcas quirúrgicas en su piel, una de ellas le atravesaba el tórax de arriba abajo con las muescas de más de cincuenta grapas, fruto de sus primeras operaciones.

No había tardado mucho en acostumbrarse a aquellas cicatrices hechas con un bisturí, pero se resistía a que fueran las únicas historias que contara su piel. Cada vez era más consciente de que todas las personas están hechas de historias. Algunas vienen dadas, como las que cuentan cada una de las cicatrices de sus cuerpos. De estas es imposible huir, porque siempre recordarán lo que pasó. Pero ella no quería quedarse ahí. También quería escribir su propia historia y hacía un año que decidió hacerse los mismos tatuajes que cicatrices tenía su piel.

Hasta que comenzó este camino de contestarle a la vida con sus propias historias como si de una conversación se tratara, pensaba que la relación entre ambas se caracterizaba por la mala suerte. Tan joven y con tan mala salud. Es verdad que sus hábitos y la mala vida que se dio durante una época no ayudaron a su cuadro médico, seguramente lo agravaron, pero no todo era culpa suya, algunas cosas le vinieron dadas.

Mientras diseñaba sus tatuajes, decidió quitarle el apellido a la suerte, porque al analizar su vida para plasmar en su piel lo que realmente importaba se dio cuenta de que supuestos golpes de buena suerte habían tenido consecuencias nefastas. Así que desde hacía un año solo pensaba en la suerte sin más y la veía como a una igual, ya que solo era la corresponsable de llenarle la piel de historias. En el otro lado, estaba ella con las riendas de su vida en una mano y con el bolígrafo y la libreta en la otra, como los caballeros antiguos con sus escudos y armas listos para el contraataque.

Esta reconciliación con la vida le hizo cuidarse con ahínco y mientras dedicaba más tiempo a escribir y a dibujar las historias que quería que su cuerpo gritara a los cuatro vientos, decidió que no iban a estar centradas en enfermedades y desgracias, sino que reflejarían su contrahistoria: sus pasiones. Todas sus pasiones, las buenas… y las otras.

Ya contaba con el tatuaje en que profesaba su amor a su profesión y su alianza como símbolo de compromiso. También tenía grabadas en la piel las huellitas del bebé al que no pudo llegar a abrazar, pero por el que sintió casi seis meses de absoluta pasión. Aquella fue la última experiencia a la que dejó a la mala suerte ser autora y aunque no le dejó ninguna cicatriz física, contaba en el corazón con la cicatriz más grande de todas. Para contrarrestar aquella historia, se tatuó el símbolo de protección ancestral que hidrataba en aquel momento, con la intención de que la suerte siguiera de largo y no se fijase en ella.

Aquel había sido el último tatuaje pero no el único, ya que tenía cuatro nuevas marcas de una tercera operación que fueron la semillas de una pluma que representaba su amor por el arte que más le gustaba: la literatura; la silueta de su perra por el amor incondicional que le daba; y el título de la canción del grupo de música que formaba parte de la banda sonora de sus adicciones y recaídas. Porque si quería contar todas sus pasiones no podía dejar en blanco ese capítulo que tanto le había condicionado y que le perseguiría toda la vida. Su hilo rojo. Su placer culpable. Eso sí, se aseguró de tatuarse esas tres palabras en un lugar donde no las viera a menudo, porque una cosa es reconciliarte y otra, tentar a la suerte a cada segundo.

En otro momento, en aquella sala de espera, habría pensado tanto en devolverle los apellidos a la suerte ya que no había respetado ni unos días el conjuro de tinta que acaba de tatuarse como en pedirle explicaciones de por qué seguía sin darle tregua. Pero ya no podía dar marcha atrás. Allí estaba, esperando los resultados de la biopsia que le habían hecho en la última operación apenas hacía quince días y que le dejó tres nuevas cicatrices que contrarrestar. Y a pesar del miedo por las noticas que podía recibir, solo podía pensar en esos tres nuevos tatuajes que la vida le había dado la oportunidad de hacerse, esas tres nuevas historias que podría contar, porque ya nunca soltaría esas riendas que tanto le había costado agarrar.

Cuando acabó de darse la crema, abrió su bolso para sacar la libreta donde poder dibujar los primeros bocetos.

Auri Lizundia

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