Elegías para un avión común, Carla Nyman

-Ediciones Torremozas-

 El XXI Premio Gloria Fuertes de Poesía Joven tiene sabor mallorquín y sonido madrileño. Conocimos a Carla en uno de los últimos recitales poéticos que pudimos organizar en la capital previamente a la pandemia. Ella es poesía. La lleva en los ojos, en su forma de recitar, en su humildad, en su extrovertida timidez, en esa capa invisible de talento que la envuelve de arriba abajo y te transmite una producción artística, una mecánica intelectual, una capacidad sensible constantes y poderosas.

  Las buenas amigas de Torremozas albergan en su catálogo una colección extraordinaria tributo a nuestra querida Gloria. Entre sus múltiples ejemplos ilustrativos de la espectacular herencia que echó raíces eternas, Carla, hija de Lorca y mil y una poetas excelsas, es brillo en su más deslumbrante expresión.

  Elegías para un avión común representa, efectivamente, un viaje, cuya primera escala es el estupendo prólogo de Pablo García Casado, que desentraña el atinado concepto de ‘elegía contemporánea’. Seis elegías como seis habitaciones, seis elegías como seis maletas que contienen entre cuatro y ocho composiciones de una fluidez rebelde contra todo afán de límite físico y/o musical. La melodía de los versos de Carla no cesa por más que, a falta de puntos finales en últimas estrofas, giremos la página, observemos el cambio de altura de los nuevos primeros versos o cerremos el libro.

  De Hanni Ossott a T. S. Eliot atravesando por Blanca Varela, las identidades introductorias de cada una de las series de páginas aglutinadas bajo una elegía común contrastan con la concreción extrema de aquellas a quienes van dirigidas muchas de dichas páginas: a mamá, a papá, a personas que son, indiscutiblemente, de la propiedad emisora de la autora, y que después, no muy lejos, se convierten en un poco nuestras, o en muy nuestras también: ese Javi tal vez sea nuestro Miguel, esa Sonia tal vez sea nuestra Sandra. Carla hace de lo personalísimo un universal anominal a través de su extraordinaria empatía con su yo lector, con su yo vivo y activo, con su yo que somos todos, con su yo protagonista del sentido elegíaco.

  Estamos ante un viaje hacia eso que tenemos bajo la piel: el avión se torna elemento exótico en una travesía por conductos corporales como la ansiedad, la incertidumbre, la despedida, la infancia añorada o el dolor más existencial. Se inaugura, a pocos pasos del trayecto, nuestro nacimiento. Se contagia, como remate último, el vuelo de la migración sobre el Pacífico. Las postales se suceden bañadas por dos azules: el celeste y el marino; los paisajes fluctúan entre rocas, amor y vértigo en las alturas del ser.

  Resulta fascinante la manera en la que logra la autora un complejo estímulo acumulativo: las dos últimas elegías, quinta y sexta, son mucho más pesadas, como de plomo. En sí mismas, troceadas alegremente y despejadas de lo anterior, provocan un sentir concentrado y sordo. Tomadas como las últimas, las siguientes a aquellas cuatro, provocan la agujeta del ánimo, la curvatura descendente de la mueca, que rebosa fatiga líquida a esas alturas -con perdón- del periplo. Qué preciosa densidad.

  La poesía es un terreno frenéticamente dinámico que se escurre incansable entre el ayer y el mañana, entre la tendencia y el acierto, el momento de lectura adecuado y la búsqueda de eternidad. Carla Nyman nos presenta en Elegías para un avión común una salvaje actualización del ayer en forma y fondo; una rabiosa muestra de que siempre tendremos motivos para desgarrarnos y palabras -ojalá las suyas- para compartir la fisura.

-Altavoz Cultural-

CUATRO PREGUNTAS A LA AUTORA:

Elegías para un avión común ha significado tu distinción como autora del XXI Premio Gloria Fuertes de Poesía Joven. ¿Qué identificas de la poética de la homenajeada en tu propia poética y qué herencia en vida crees poder dejarles a las nuevas autoras con este estupendo poemario?

Lo cierto es que nunca identifiqué nada suyo en lo mío, o poco. Hasta ese mismo año mis incursiones por su poesía habían sido, por desgracia, muy pobres. Por eso el premio fue una conmoción en muchos sentidos. Ya no solo por la alegría de la noticia y las circunstancias en las que recibí la llamada, sino porque casualmente, en torno a esas fechas, tuve el placer de coincidir – gracias a un terrible Máster de Profesorado – con dos grandes lectores y amigos de Gloria: Marcos Roca y Julio Santiago. Fueron ellos quienes me la descubrieron – ya tarde, pero menos mal – desde el cariño. La verdad es que ahora que la releo encuentro una mirada muy macarra en su poesía, e imagino que esa manera tan acuciante y afilada de acercarse a las cosas es algo que, tiempo después, vi que podía dialogar con Elegías.

No creo que deje ninguna herencia. En todo caso, espero decir algo interesante algún día. Somos muchas las que transitamos en el hambre, la sed, la enfermedad. Tal vez sí me gustaría repensar el espacio poético, abrirlo más allá de planteamientos hegemónicos que se han ido repitiendo hasta el momento. Quiero preguntarme todo el rato qué es escribir poesía ahora, y que estas zonas las fueran ocupando voces disidentes, periféricas. Basta ya de escribir siempre el mismo poema.

¿Cómo fue su proceso de configuración? Nos interesa particularmente saber cómo afrontas cada poema respecto de la estructuración del conjunto, así como la disposición de dicha estructura final en las diversas partes en que se divide.

No tengo ni idea de cómo se contesta a esta pregunta. Tengo una manera muy poco disciplinaria de acercarme al poema. Escribo durante horas, días, semanas, sí, pero soy un caos. Voy haciendo acopio, leo mucho durante ese proceso creativo, señalo, descarto. Mi mesa parece un vertedero. Está todo cerrado, hermético, muy confuso. Es verdaderamente frustrante. Hasta que un día de a poco se va abriendo, todo empieza a cuadrar, a tener cierto sentido. Y entonces llega el poema. Y se hace amigo de otro y otro y otro y así. Van dialogando, se caen bien o fatal, el caso es que se relacionan, hablan, discuten también. Y van cogiendo una forma muy luminosa de la que yo misma me sorprendo. Es un proceso de descubrimiento donde yo soy la más ingenua. No sé si os he respondido bien a la pregunta.

Destacamos en la reseña nuestro absoluto acuerdo con aquello que se dice en el prólogo de la obra acerca de la actualización del concepto de ‘elegía’ a través de ella. ¿Por qué sufre, por qué o por quién llora Carla Nyman en su día a día y cuánto de ese autobiografismo traslada a su poesía?; ¿lo haces con algún tipo de filtro, sea de efecto aumentativo o de efecto minimizador? ¿Crees que en la existencia de una ‘poesía del dolor’ frente a otras formas ajenas a ello?

Todo duele. Si no, estaríamos muertos. Lloro porque me he acabado el yogur y me estaba gustando mucho, lloro porque Finlandia tiene cuarenta días de oscuridad y uno de los mayores índices de suicidio y aun así se vende como el país más feliz del mundo, lloro porque este 4 de mayo van a ser las elecciones en Madrid y me da un miedo tremendo que saltemos por los aires.

Todo es patología. Por esto de vivir en un vaivén frenético que nos ha enseñado, de alguna manera, a interactuar con el otro desde lo efímero. Es agotador. Pero quien logra permitirse el estar, al menos un rato, por minúsculo que sea, en esa fugacidad, le pasa como al vertedero de mi mesa, que de pronto se abre y ya lo entiende todo. Hasta que se vuelve a cerrar y una vez más no tenemos la menor idea de nada y seguimos corriendo confusos de un lado para otro.

Supongo que lo que escribo es un reflejo de ese cuerpo que somatiza el dolor, la enfermedad – las preocupaciones, vaya -, y que intenta ponerse por encima de la gramática. ¿Quién no somatiza en poesía?

¿Qué tres palabras definen Ediciones Torremozas para ti? ¿Cómo valoras el panorama literario actual y qué grado de relevancia les atribuyes a los certámenes poéticos?

Una generosidad absoluta. (Marta es un encanto, la quiero, la adoro).

Creo en la poesía como amistad. Como red. Creo que surge en una conversación durante un trayecto en bus, en un bar comiendo tres pinchos de tortilla, en la calle escupiendo pipas. Todo lo demás no es poesía. En el café Gijón me cobraron casi cinco pavos por una cerveza.

Mientras que los certámenes poéticos creo que son pasajeros, un aliciente o un trampolín para lidiar algo mejor con la precariedad o la incertidumbre, creo que plataformas como Twitter o Instagram han venido para dinamitar un poco esa idea romantizada y mítica de lo poético. La han bajado de ese pedestal mohoso y polvoriento, y han generado lazos ya no solo con lectorxs – sirviendo, además, de plataforma para lxs nuevxs lectorxs-, sino entre distintas generaciones de poetas, dramaturgxs, novelistas, etc. Creo que es un espacio de encuentro fantástico por lo colaborativo y multidisciplinar, y que permea en esa poesía joven actual. La han democratizado. Y ahora es ese banquito donde todxs nos sentamos a comer pipas con mascarilla.

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