Mesa Sombra

III Jornadas sobre Arte y Cultura del Escalofrío

Altavoz Cultural 

Elia Barceló

Jesús Palacios

Mar Goizueta

Sergio Requejo

¿Os asustáis leyendo literatura de Terror? En caso negativo, ¿lo creéis probable? ¿Qué sensaciones reemplazan entonces ese sentido de pánico?

Elia Barceló: Desde que soy adulta, muy pocas veces me he asustado realmente leyendo literatura de terror, aunque recuerdo con espanto mi primer contacto con una historia de este género.

Mis padres nunca nos habían dejado a mí y a mi hermana ver cosas en la tele que pudieran asustarnos, como “Historias para no dormir”, que ellos sí veían. Yo oía la música desde mi cama y eso era bastante peor, porque no podía seguir la historia, pero recibía las emociones que la música me hacía llegar.

A los quince años, un colega de mi padre -muy aficionado también a la ciencia ficción y la literatura fantástica de toda denominación- le prestó una novela que acababa de aparecer y que a él le había gustado mucho. Mi padre no tenía tiempo en aquel momento y me pidió que me la leyera yo y le contara por encima de qué iba para poder decirle algo a su colega. Lo único que yo había leído hasta entonces que pudiera englobarse en el género del terror eran los relatos de Edgar Allan Poe, las Leyendas de Bécquer, La isla del Doctor Moreau, de Wells, y El extraño caso del Dr. Keckyll y Mr. Hyde. Ni siquiera había leído aún Drácula o Frankenstein.

La novela en cuestión (del colega de mi padre) era “El exorcista” y creo que en toda mi vida no he tenido tanto miedo como el que me produjo aquella historia, mucho más considerando que la niña protagonista tenía la misma edad de mi hermana, que dormía plácidamente en la cama de al lado de la mía.

Lo curioso es que yo, desde muy pequeña, me interesé por todos los motivos literarios del terror y me encantaba contar historias semi-inventadas a mis amigas, de viva voz, y ver el efecto que producían, pero los materiales los iba sacando de detalles de aquí y de allá, y a mí no me hacían mucho efecto, salvo cuando me pasé un verano teniendo miedo por las noches de algo llamado “Drácula”, que yo no sabía quién o qué era, pero que sabía seguro que estaba escondido en el armario de la casa de campo donde veraneábamos y que solo tenía una cortina como puerta. Cuando por fin lo averigüé, y leí la novela y vi un par de películas, se me pasó para siempre el miedo a los vampiros. Tiene toda la razón Stephen King cuando dice en “Danse macabre” que lo que más miedo da es lo que no se ve ni se comprende.

“Salem’s Lot” fue mi primera novela de terror moderno -ya a los dieciocho años- y, desde entonces me aficioné a King, Clive Barker, Ramsey Campbell, Shirley Jackson, etc. y casi nunca sentí miedo al leer, aunque tengo que confesar que, de vez en cuando, ya con el libro cerrado y apagando luces para irme a la cama, sí he sentido esa trepidación que viene de un ruido no identificado o de un movimiento entrevisto por el rabillo del ojo.

Posiblemente no sienta miedo leyendo historias de terror porque, mientras tanto, he leído tantas que ya me he ido endureciendo y puedo separar perfectamente entre lo que es real y lo que no. Curiosamente, apenas veo películas de terror, porque el efecto que me producen es mucho más intenso y algunas imágenes se me quedan grabadas durante mucho tiempo, mientras que las imágenes de situaciones que he leído, como las he producido yo misma a partir de las palabras del autor, no me impresionan tanto.

Estoy convencida de que, dependiendo de la clase de mente de cada persona, leer terror puede dar mucho miedo, del mismo modo que hay lectores que se ríen hasta las lágrimas o lloran emocionadísimos, o apartan una lectura porque les da asco. Depende de la sensibilidad de cada uno.

En cuanto a la tercera cuestión, en mi caso -pero eso es deformación profesional, lo sé- la sensación de miedo es sustituida por el placer de ver cómo el autor o autora está creando o intentando crear el terror, con qué medios y pistas y técnicas va llevando al lector a donde quiere tenerlo. Eso siempre me fascina cuando está bien hecho, dado que los escritores no tenemos más que palabras para conseguirlo. No tenemos música de fondo, ni efectos especiales, ni podemos dar un susto repentino (el típico “shocker”) como se hace en cine. Solo palabras una detrás de otra, pero las palabras precisas en el orden adecuado, con la puntuación exacta. Eso es un placer y, si te dejas seducir, también viene ese cosquilleo de lo inquietante que te hace mirar por encima del hombro o estar atento a un ruido que no puedes identificar.

Aparte de ese placer, derivado de analizar la técnica de la autora o autor, también existe el que se siente al reflexionar sobre lo leído, al darle vueltas en tu mente a qué harías tú en una situación similar, a ampliar tus fronteras de lo posible…

Jesús Palacios: A estas alturas de la fiesta, raras veces. Muy de cuando en cuando, alguna lectura, generalmente de clásicos que releo pasado el tiempo, aunque también ocasionalmente algún autor contemporáneo, me produce una sensación asustante en cierta medida… Depende mucho también del ambiente que me rodee, como bien sabía Ambrose Bierce. No es lo mismo leer un cuento de miedo a plena luz del día en un parque que de noche, solo en casa o en medio del campo. Pero por regla general es difícil tras muchos años como lector apasionado del género (y estudioso del mismo, lo que supone diseccionar a menudo sus mecanismos narratológicos) recuperar el miedo genuino que alguna vez sentimos al leer por vez primera, en la infancia o adolescencia, a Poe, Lovecraft, Robert Bloch o Stephen King. He cambiado esa emoción por otras cercanas a la misma, como disfrutar de cierto sentimiento de inquietud o extrañamiento, de atmósferas enrarecidas y ominosas. Sobre todo disfruto de la agradable familiaridad de moverme en aguas oscuras pero conocidas, cuya profundidad me resulta cómoda. En la literatura de terror, en la mejor pero a veces también en la peor, me reconozco. Reconozco mi propia filosofía de la existencia e inevitablemente me identifico con ella y viceversa. Por lo tanto, mi disfrute es a menudo intelectual y, sobre todo, estético. El género de horror no sólo despierta el miedo, sino también una sensación de maravilla (Sense of Wonder) que me fascina, me lleva a otros lugares que sólo existen en la imaginación, pero lo hace sin falsas promesas de final feliz o luz al final del túnel. Es decir: en buena media considero el género de terror una escuela de la vida más sincera y honesta que el “realismo” o el “naturalismo”. Dicho todo ello, y volviendo al principio, de cuando en cuando recupero un buen escalofrío releyendo a Machen o Algernon Blackwood, descubriendo autores extraños como Stefan Grabinski o con algunos momentos de libros y autores recientes: ciertos relatos de John Connolly, las novelas de Adam Nevill, “HEX” de Thomas Olde Heuwelt o “Una cabeza llena de fantasmas” de Paul Tremblay. Son escalofríos leves, pero que tocan todavía el nervio.

Mar Goizueta: Tengo que reconocer que no suelo asustarme ni con los libros ni con las películas de terror; la verdad es que soy bastante valiente a la hora de enfrentarme a historias con esa temática, lo que no implica que desde siempre haya disfrutado muchísimo de la literatura de terror. Creo que, sobre todo, me atraen la oscuridad y la curiosidad, la exploración de esos caminos perturbadores que nos invitan a transitar las obras de este género, el viaje por lo desconocido, lo oculto y lo que está más allá (a veces literalmente) del mundo que observamos a diario. También creo que, de alguna manera, la literatura de terror es uno de los géneros más libres que existen, y que bajo su manto no se nos juzga a los escritores por dejar volar nuestra imaginación por terrenos a menudo muy retorcidos y perversos. En resumen, es posible que el morbo sea la sensación que, en mi caso, reemplaza al pánico cuando leo literatura de terror.

Sergio Requejo: Me gusta sentir miedo con la lectura y disfruto mucho cuando ocurre, pero por desgracia ya me asusto poco. Pienso que cada vez es más difícil sorprender a los lectores, pero hay grandes autores y autoras que aún lo están consiguiendo. Hoy en día, el género de terror, aparte de cumplir su función de asustar, debe ser capaz de causar asombro, o incluso de innovar dentro del género. Cuando se lee terror es inevitable buscar referencias y comparar, por lo que es muy gratificante cuando te llevas alguna que otra sorpresa que te pone los pelos de punta. Es difícil innovar, pero de vez en cuando sí que se encuentran propuestas que ofrecen algo novedoso y sorprendente.

Mi amor por el terror surge de mi escepticismo. Me adentré en el género como un divertimento y me di cuenta de mi total desconocimiento. La literatura de terror era mucho más de lo que me imaginaba y descubrí que era capaz de remover dentro de mí sensaciones que no habían logrado otras lecturas. El terror se convirtió en una especie de manual de la psique humana y una guía de supervivencia ante situaciones a las que, con suerte, no tendría que enfrentarme nunca. Este género provoca reacciones muy directas en el lector al ofrecer experiencias y situaciones límite alejadas de la rutina diaria.

El pánico ha de evolucionar también con los tiempos. En mi opinión, lo que hace más verosímiles las situaciones de miedo no es la circunstancia en sí, sino el cómo se enfrentan a ella los personajes y cómo afecta a escala humana. Si el personaje nos importa sufriremos con él, ya sea por una amenaza vírica o por el acecho de un asesino en serie.

Lo que podría reemplazar al pánico podría ser la capacidad de la lectura de ponernos un espejo delante y que, a través de los personajes, nos mostrase cómo somos en realidad. Eso sí podría llegar a dar mucho miedo.

¿Consideráis que existe dentro del género literario un “Terror para adultos” y un “Terror para todos los públicos”? ¿Qué referencias os asaltan al pensar en literatura de Terror para niños?

Elia: Yo creo que la diferencia está sobre todo en el tratamiento de los motivos del terror. Quiero decir que, por ejemplo, igual hay un asesinato en una novela de Agatha Christie que en una de Patricia Highsmith, pero la forma de tratar ese asesinato es muy diferente. Un preadolescente puede leer una de Christie y pasarlo bien, tratando de saber quién ha sido el asesino, pero quizá le impresione una novela de Highsmith en la que el crimen se presenta como posible en la vida de todos los días y la manipulación que sufren los personajes asusta de verdad.

A mis hijos nunca les ofrecí “terror para niños” porque estoy convencida de que no hace falta darles a propósito cosas que les asusten. Esas cosas vienen solas y, si hay una buena relación padres/hijos son ellos los que quieren hablar de lo que les da miedo. Por ejemplo, las novelas de El vampiro Kasimir, de Carlos Puerto, les encantaban, pero no estaban hechas para asustar; eran, más bien, aventuras y peligros.

Hay que contar, además, con que el terror es un campo muy amplio y no se trata solo de “adultos” o “jóvenes” o “todos los públicos”. Depende de qué teclas toque una obra en cada lector o espectador. Hay quien es más sensible a lo repugnante, o a lo macabro, o a lo grotesco. Hay quien aguanta bien cosas como ataques de zombis y golpes de hacha, pero no le gusta una novela inquietante, ambigua, en la que nunca queda claro de dónde viene la amenaza, o si lo que está sucediendo es real o solo existe en la mente del personaje. Hay quien no pone reparos a la violencia o a la crueldad, pero no le resulta agradable la relación entre Eros y Tánatos, o el incesto, o la unión entre sexo y terror.

En cualquier caso, la literatura o el cine de terror para niños debería ser, en mi opinión, una forma de ayudarlos a vencer sus propios miedos y por eso lo importante no es que las obras les asusten, sino que se haga hincapié en la posibilidad de derrotar al monstruo, de que el orden quede reinstaurado. En las obras destinadas a adultos, aunque también suele ser ese el cierre -el orden del mundo regresa después de la gran catástrofe, aunque hayan muerto algunos personajes o se hayan destruido muchas cosas-, el autor o autora se puede permitir que acabe “mal”, que el orden no se reinstaure, que lo que se ha perdido se haya perdido para siempre. Y sin embargo no suele ser el caso, porque las autoras y autores sabemos que muchos lectores quedan decepcionados cuando no hay final de regreso al orden, y se sienten traicionados.

Jesús: En realidad esta es una cuestión muy compleja y peliaguda. Por supuesto existen diferentes enfoques del género de terror dirigidos a los niños, los jóvenes o los adultos… Como existen en cualquier otro género literario (policial, fantasía, aventuras…), pero las diferencias pueden ir de las muy sutiles hasta las radicales, y dependen a veces más de fórmulas editoriales que literarias. John Connolly, que ha escrito para adultos pero también para jóvenes (o lo que los anglosajones llaman “young adult”), explicaba que para él la única diferencia a la hora de escribir para unos u otros es que en las obras juveniles sus protagonistas suelen ser, precisamente, jóvenes, incluye muchos menos tacos y escenas gráficamente sexuales… y escribe menos páginas. No es mala definición y puede aplicarse en general. Yo siempre he sido un gran lector de literatura infantil y juvenil “para todas las edades” y sigo siéndolo, porque encuentro en ella, muchas veces, una falta de pretensiones y una ligereza, en el mejor sentido, que a menudo echo a faltar en demasiados autores del género que se exceden en supuestas bondades literarias o teórica profundidad psicológica, que finalmente les perjudica. Lo esencial es que una obra dirigida principalmente al lector joven no le tome por tonto, y si eso se cumple, su lectura será agradecida siempre, tengas la edad que tengas. Otra cosa es eso del “terror para todos los públicos”: a veces está muy bien, pero a veces pierde fuelle al intentar agradar a quienes en realidad no gustan del género. Esto pasa más a menudo en cine que en literatura, pero también se da. Un autor que, para mí, ha perdido gran parte de su poder al ceder a esta tentación del “mainstream” es, claro, Stephen King. Aunque ocasionalmente recupera su fuerza, desde que empezó a escribir “para todos los públicos” perdió para mí su esencia asustante y ganó demasiadas páginas inútiles y finales felices imposibles. En cuanto al terror para niños, si hablamos de niños “niños”, las referencias son las típicas, supongo: R. L. Stine, pero también y sobre todo Roald Dahl, incluso Lewis Carroll o James Matthew Barrie (si eres un niño al leer las historias de Alicia o Peter Pan, hay momentos en ellas de verdadero miedo), por no hablar del “Pinocho” de Collodi y, por supuesto, de los cuentos típicos de los Grimm, Perrault, Andersen y compañía, siempre que no estén adulterados por la corrección político-moral de moda. Pero si hablamos de adolescentes y jóvenes, creo que gran parte del terror clásico y moderno es perfectamente disfrutable, sin necesidad de ediciones resumidas o adaptaciones. Poe, Lovecraft, Stoker, Conan Doyle… Todos los clásicos o casi todos. El miedo no tiene edad.

Mar: Nunca me había planteado esto, pero, ahora que lo hago, pienso que más que “Terror para adultos” y “Terror para todos los públicos” existe un tipo de terror más basado en lo inquietante, en lo oscuro, en la atmósfera sensorial y las descripciones ambientales, en insinuar más que enseñar abiertamente, en generar el escalofrío valiéndose de este tipo de recursos, como, por ejemplo, ocurre con el Terror gótico y el Terror psicológico, y un Terror que, en parte, es todo lo contrario: mucha carne, mucha sangre, perversidad resaltada hasta el extremo. Es un terror más de mostrar la crudeza del acto que la preparación que lleva al acto en sí mismo. Este tipo de terror es menos adecuado para estómagos sensibles y mentes propensas a impresionarse. Un ejemplo sería el que practican los escritores de Splatterpunk, como pueda ser Clive Barker. Sin embargo, en mi opinión, toda clasificación radical de géneros y subgéneros implica sesgar información y dejar de lado que el Terror, como todo en esta vida, está lleno de matices, y hay obras que combinan de forma magistral elementos de ambos tipos de Terror, incluso de otros géneros, o que, siendo consideradas principalmente integrantes de otro tipo de género, incluyen el Terror entre sus líneas de forma clara. Quizás sea más fácil entender esto mencionando ejemplos como “El silencio de los inocentes” de Thomas Harris (1988) o “American Psycho” de Bret Easton Ellis (1991).

En cuanto al “Terror para niños”, supongo que los adolescentes están más que capacitados para disfrutar del Terror gótico y de autores como Edgar Allan Poe o Mary Shelley, o de autores más actuales como Stephen King o Anne Rice, al menos ese fue mi caso. No considero que obras como “Crepúsculo” sean realmente obras de Terror, así que no las incluyo. De Terror puramente infantil no conozco mucho más allá de fantasmitas traviesos y “pequeños vampiros”, ya que yo me inicié muy pronto en el Terror adulto en todas sus versiones.

Sergio: Es cierto que a medida que crecemos los terrores van evolucionando y cambiando con nosotros. No llegan a desaparecer nunca, porque el sentir miedo es parte importante del aprendizaje y de la supervivencia. Pero sí que evolucionan. No nos dan miedo las mismas cosas que cuando éramos pequeños, pero surgen nuevos temores de los que no eras consciente de niño. Cualquiera de los cuentos que hemos leído de pequeños tienen su origen en historias terroríficas que ahora se empeñan en edulcorar para proteger a las nuevas generaciones. Aquellos cuentos surgieron para cumplir su función de advertir de los peligros que podían rodearnos y para ellos empleaban todo tipo de metáforas o analogías. Esos temores infantiles, a la oscuridad o a los monstruos bajo la cama, nos conectaban con nuestro cerebro primitivo. Es verdad que los peligros han evolucionando y se vuelven más terrenales a medida que vamos tomando conciencia del mundo en que vivimos, pero siguen ahí y nos acompañan. Diferenciar un terror para todos los públicos tendría sentido si sirve precisamente para acompañarnos en ese crecimiento. Pienso que es una cuestión de madurez. Yo comencé a leer terror con doce años. Tuve acceso al catálogo disponible por aquel entonces y elegí los que me llamaron la atención. Con la paga que me dieron mis abuelos un verano me compré la edición de bolsillo de Misery de Stephen King y de Drácula de Bram Stoker. Me los ventilé en una semana. Si por aquel entonces hubiera leído un terror más descafeinado quizás hubiera acabado por no interesarme (al igual que si hubiera leído una novela demasiado dura podría haber tenido el mismo efecto). Como digo es una cuestión de madurez.

La literatura de terror específica para niños me parece interesante para abrir camino, pero siempre que se trate al lector infantil con respeto. ¿Es Coraline, de Neil Gayman, un libro de terror para niños? Confieso que lo leí hace poco y me dio bastante miedo, pero me parece un buen ejemplo.

¿Cuánta labor de documentación y cuánto autobiografismo tendéis a aplicar en vuestro proceso creativo orientado a elaborar literatura de Terror?

Elia: Mi producción en este campo es muy limitada. En novela solo tengo “El contrincante” y en relato apenas unos cuantos que, por lo demás, tampoco van dirigidos expresamente a suscitar miedo en el lector o lectora. Me interesa más la inquietud, la oscuridad del tono o las asociaciones que producen el escalofrío que el intento de aterrorizar. Conozco bien la tradición de la literatura de terror (la tradición cinematográfica algo menos) y puedo usar los motivos básicos del género retorciéndolos o mezclándolos para producir algo diferente. Uso (supongo que como toda persona que escribe) ciertos terrores personales y les añado otros procedentes del arte (literatura, cine, ilustración, etc.) y, de vez en cuando, si hay suerte, elementos que vienen de experiencias oníricas, de pesadillas que me han afectado particularmente. Aun así, no creo que nadie sea tan original como para tener miedos “únicos”. Casi todos los seres humanos reaccionamos de manera parecida a ciertos estímulos básicos; por eso, cuando uno tiene costumbre de leer novelas o relatos de terror, antes o después se va inmunizando, porque casi todo lo ha leído ya varias veces. Es muy difícil innovar, ya que el terror (en literatura o en cine) siempre viene de la sensación vicaria de estar en peligro -de perder la salud física o mental, la cordura, partes de tu cuerpo, la vida o incluso el alma (tanto si uno cree en su existencia como si no)- y de verse amenazado por un “fenómeno” que puede ir desde un virus hasta un monstruo venido del espacio profundo, por un ente, digamos, espiritual. Por supuesto, siempre aumenta la intensidad el que el peligro o la amenaza no se dirijan solo al protagonista principal sino a alguien a quien él o ella aman. Casi todo ser humano siente más miedo de lo que pueda pasarle a sus hijos que a sí mismo, por ejemplo.

Creo que -literariamente- el principio de todo es un miedo difuso que el autor o autora quiere comunicar y tiene que ir concretando para sí mismo hasta decidir cuál va a ser la amenaza y cómo va a afectar a sus personajes.

La documentación, en cualquier caso, siempre viene después de haber elegido el tema o haberse enamorado de una historia concreta. Si me apeteciera, pongamos por caso, escribir una historia tradicional de fantasmas, leería mucho sobre supuestas apariciones en la zona donde quiero ambientar mi novela, y buscaría en la literatura para no repetir demasiados elementos.

Jesús: En mi caso, al no ser autor de ficción, puedo decir que, de hecho, todo mi proceso creativo es labor de documentación, pero también de análisis, reflexión y búsqueda. No se trata sólo de dar datos e información, que desde la creación de la omnipotente Internet está más o menos accesible para todo el mundo a la distancia de un clic, sino de crear marcos referenciales que utilizando todo el instrumental intelectual disponible (sociológico, histórico, filosófico, literario, etc.) nos permitan dotar de sentido (o sinsentido) nuestra pasión por un género de ficción, en este caso el terror. Trato de que mis estudios y ensayos no tengan, pues, sólo un valor documental o informativo (que también), sino sobre todo reflexivo e intelectual, que conecten el género con el resto de nuestra experiencia del mundo, de la vida y de los procesos de la existencia, buscando las raíces de nuestra fascinación con un género que aparentemente representa valores negativos (el miedo, el terror, la angustia, el problema del mal, lo extraño e inhumano…) pero los convierte en resultados positivos (divertir, entretener, provocar la catarsis, permitirnos experimentar la otredad sin peligro…). Y promover esta investigación, esta indagación filosófica por medio de una reflexión crítica que tenga, a su vez, valor literario. Yo soy un firme creyente en “el crítico como artista” de Wilde, y espero que mis ensayos se lean también o sobre todo por sus aspectos formales, porque proveen de un disfrute literario al lector, y no sólo porque hagan pensar o estén llenos de datos. Todo esto implica, por supuesto, que son escritos autobiográficos en alguna medida, pues representan mi propia evolución como lector, amante y estudioso del género, íntimamente ligada a todo el resto de mis experiencias vitales personales.

Mar: ¡Buena pregunta esa! En mi caso, mucho, quizás demasiado de todo. Suelo ser muy estricta con la documentación cuando escribo cualquier cosa, a menudo hasta caer en el absurdo arrastrada por la curiosidad, que siempre me incita a saber más y más, y por la obsesión de no utilizar datos erróneos en mis obras. Es más: confieso que muchas veces me surgen ideas durante la propia investigación. Cuando hago descubrimientos fascinantes sobre algún tema no me puedo resistir a utilizar la información de una manera o de otra. A menudo pienso que el día que investiguen mi ordenador me llevarán directa a la cárcel al ver el tipo de búsquedas que realizo cuando me documento para algunos temas escabrosos o “feos”.

De “autobiografismo” también andan sobradas mis obras. Muy a menudo me aferro a mis propias sensaciones para transmitir las de mis personajes, y lo mismo ocurre con mis experiencias propias y hasta con personas, elementos que muchas veces extraigo de la realidad y recreo al escribir, aunque distorsionados y disfrazados de mil maneras. Al final, no podemos evitar ser parte de lo que escribimos o escribir en parte lo que somos, por lo menos en la esencia más profunda.

Sergio: En mi caso, las historias que escribo surgen de mis propios miedos y de mis temores cotidianos. Ese germen inicial puede proceder de un recuerdo de la infancia, de una experiencia traumática, o incluso de un acontecimiento que me haya impactado en algún momento de mi vida y que me haya acompañado en mis pesadillas. Ese autoanálisis, ese ejercicio de introspección que puede resultar doloroso o traumático, me sirve para comenzar el proceso de escritura. Pienso que si remueve algo dentro de mí es más fácil que sea capaz de llegar a los demás. A veces no es más que una imagen y en otras ocasiones tan solo una inquietante frase anotada en mi libreta. Lo que viene después, en el proceso puramente creativo, es la parte más emocionante para mí: ser capaz de dar forma a un temor propio, desarrollarlo en una trama y lograr hacerlo crecer para sacármelo de dentro como en una sesión de exorcismo. Lo que cuento no tiene por qué ser autobiográfico, pero sí su génesis.

¿Cuál es vuestro sentido de éxito dentro de la literatura de Terror?, ¿se corresponde más con las ventas, con la contribución al reconocimiento del género, con las sensaciones provocadas en el lector, con la posible influencia creada hacia otros autores…?

Elia: Para mí, tanto en este género como en cualquier otro, la sensación de éxito depende sobre todo y en un primer momento de mi propia satisfacción con lo que he conseguido, mi propia opinión sobre los resultados de lo que he escrito; luego, con las sensaciones y emociones que haya podido provocar en mis lectoras y lectores; en tercer lugar con el haber conseguido reconocimiento por parte del público especializado, y también, con suerte, haber hecho avanzar un poquito el género entre el público que siempre lo ha considerado subliteratura (por pura ignorancia y por los prejuicios de la crítica “seria”). Nunca he tenido particular interés en “hacer escuela”, ya que creo que cada creador/creadora debe seguir su propio camino y encontrar su propia voz; por supuesto, siempre es bonito que haya escritores jóvenes que respeten tu contribución y quieran aprender de ti, pero nunca me ha parecido necesario tener “discípulos” ni “seguidores”. En cuanto a las ventas, aunque siempre hace ilusión llegar a un gran público y ganar dinero con ello, no creo que el éxito esté necesariamente relacionado ni con la calidad de la obra ni con su posible pervivencia en la mente de los lectores. Con frecuencia, ese tipo de éxito es cuestión de marketing, o de que la obra aparezca en el momento adecuado, y muchas veces de simple suerte.

Jesús: Una vez más, contesto desde mi experiencia como ensayista, crítico y divulgador del género. Y lo haré con una simple anécdota: hace ya muchos años, cuando trabajaba como colaborador ocasional en el programa “Crónicas Marcianas” (que algunos recordarán), donde comentaba de vez en cuando temas de cine de terror o, más bien, del Lado Oscuro en general, porque igual podía hablar de gore que de asesinos psicópatas en el cine y la realidad o de técnicas de efectos especiales, películas malditas, satanismo en Hollywood, etc., me ocurrió algo muy simpático a la par que inquietante. Al entrar en una tienda de tapicería, colchones y demás, para comprar unos cojines, la señora que atendía me reconoció (cosas de la tele) y vino hacia mí para decirme que, desde que me veía hablar en Tele 5 de aquellas historias morbosas y raras, se sentía mucho mejor respecto a su hijo. Al parecer, la buena mujer tenía miedo de su propio vástago adolescente, pues este vestía siempre de negro, tenía la habitación llena de posters de películas de terror, escuchaba música ruidosa y le había dicho que quería estudiar para crear software de efectos especiales para cine y videojuegos… Ella sólo había entendido que, a tenor de lo que veía en los telediarios, cualquier día su hijo cogía una katana y mataba al resto de su familia. Pero, milagro, al verme de cuando en cuando hablar de las mismas cosas que le gustaban a su hijo en un programa de éxito en la tele, vestido de negro y con camisetas como las de su chaval, se había dado cuenta de que a lo mejor con todo aquello también se ganaba dinero, y que su hijo igual no estaba tan chiflado… En fin, puede que no por los motivos adecuados, pero el caso es que, al menos, aquella madre dejó de mirar como un bicho raro a su hijo y de pensar en denunciarlo a la policía, y empezó a considerar que los bichos raros también podían tener su hueco en la vida. Quizá parezca un poco vanidoso a la par que banal por mi parte, pero es una de las pocas veces en que he sentido que lo que hago tiene alguna importancia e influencia para alguien que no sea yo mismo.

Mar: A mí lo que más me gusta es saber que he conectado con el lector, que he provocado en él las sensaciones que quería provocar, que le he asustado, sorprendido o emocionado. La conexión con el lector es algo inigualable, es la culminación perfecta de una obra. También tengo que reconocer que disfruto mucho cuando un lector que ha llegado a mis obras sin ser lector de determinado tipo de literatura me dice cosas como “yo no sabía que me gustaban la fantasía o el terror hasta que te he leído”, y es que muchas veces las etiquetas son muros que los lectores temen traspasar, sin saber que al otro lado les espera todo un mundo de posibilidades lectoras. Las ventas son otro tipo de éxito, claro, y la meta a conseguir para poder seguir escribiendo historias. Es difícil escribir cuando el tiempo para hacerlo se invierte en trabajar en otras cosas para poder vivir.

Sergio: Que alguien lea lo que escribes ya es todo un éxito hoy en día. Si nos centramos en lo que se espera en la literatura de terror, creo que es importante ser capaces de impactar o sorprender al lector. Generar angustia y calar con tu historia sería todo un logro. Cada vez es más difícil hacerse un hueco en el género y conseguir una voz propia, pero pienso que hay autores y autoras muy interesantes y que sí lo están consiguiendo. Es primordial que seamos capaces de contar una buena historia, que enganche al lector y cuyos personajes estén bien construidos. Ese es el pilar fundamental para que la trama sea verosímil y que nos ayude a transmitir las emociones que el lector va a experimentar, a través del viaje en el que queremos que se embarque. Para mí, el éxito es que el lector comparta su experiencia, que se enganche a la historia y que sufra con los personajes porque los haya encontrado creíbles. Dicen que en literatura ya está todo contado, pero igual no el cómo está contado y desde qué punto de vista está contado. Las historias de terror siempre pueden tener nuevas lecturas, así como voces nuevas (y diversas) que consigan poner a los estereotipos del género patas arriba.

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