Desquiciada, Juliet Escoria

Qué bonito libro. Sin piedad, sin absurda condescendencia. Qué bonito. Emocionante, incomparable con nada que hayamos leído jamás. Juliet Escoria se disecciona desde la autoficción con una lucidez, una riqueza expresiva y un poder comunicativo espectaculares. Desquiciada es una novela que traspasa la carne para alojarse, gélida, muerta, en algún rincón de nuestro pecho y explotarnos dentro.

     Rousseau y Marilyn Manson anticipan la óptica y la intensidad. Prólogo, cuatro libros -de treinta y ocho, treinta y cuatro, cuarenta y siete y treinta y ocho capítulos, respectivamente- y epílogo construyen la estructura formal sobre la que se plasma la historia, que transcurre entre el verano de 1998 y la primavera de 2000.

     La autora utiliza su Prólogo para explicarnos el punto de partida que ha decidido asumir como origen de la narración; una decisión que se deriva del contraste subyacente entre dos enfoques que ya nos revelan ciertas perspectivas que serán alternadas a lo largo de la obra: la inmediatez ardiente y la distancia humeante. Así las cosas, Escoria nos sitúa en “el verano después de acabar octavo” para empezar a hablarnos de Juliet. 

     LIBRO UNO

La trama se despereza a golpe de tambores en una primera escenografía que nos muestra fundamentalmente tres ubicaciones: el instituto Carmel Heights, la casa de la protagonista y la casa de su por entonces mejor amiga, Nicole, desde donde zarpa la acción. Los avisos de que algo no anda bien no se hacen esperar y, premonición incluida, Juliet comienza a trasladarnos con sutil tensión aquello que empieza a manifestarse a su alrededor. Y dentro de ella. La rutina de entretenimientos adolescentes, clases y fiestas es atravesada por los ratos de soledad, las alucinaciones y una creciente bola de oscuridad que agranda su nido dentro de la narradora. La tercera hora era la peor supone un grado más en la escala de severos acontecimientos. La clase de Biología asiste al primer momento de explicitud pública.

Entronca con él Ya no sabía qué hacer, que engloba uno de los inmensos sucesos de toda la obra: por primera vez, en la página 42, Escoria se refiere a Juliet directamente, por su nombre, al hablar de sí misma desde la tercera persona. La protagonista redacta una carta a sus padres para explicarles su paulatino derrumbamiento, desesperada, en lo que, sin embargo, será una gran excepción: una llamada de socorro. Esta carta, fechada en noviembre de 1998, es compartida literalmente con el lector. 

Por qué me dan miedo los pájaros es el tercer punto caliente del hilo dorado que navega las páginas de este Libro Uno. Encontramos en dicho capítulo el primer intento de suicidio de Juliet. Tras Urgencias llegará la amalgama de Memorias del Hospital Psiquiátrico Altura, sucesión de recuerdos evocados sobre su estancia en el centro. Retumba fuerte una de las voces más dañinas de la historia: “Has sido elegida”. Algunos apuntes desde el futuro, espacio en el que la autora reflexionará sobre ciertos aspectos de aquella época desde su panorámica presente, está dedicado a la crítica de los diagnósticos y las diversas recetas proyectados hacia el combate contra casos como el de Juliet -Bipolaridad- y los de tantos otros adolescentes, sumidos en un terrible caos negligente corregido mucho más tarde y aún censurado por estudios recientes. Con ello finaliza el primer compendio narrativo, la primera parte de la historia de Juliet.

En este Libro Uno el estilo y los recursos nos enseñan sus dientes con vigor y sentido gráfico; distinguimos tres mecanismos complementarios: la inclusión de elementos reales vertidos o recreados en el papel, tales como la carta de Juliet a sus padres, la nota donde se puede leer “I’m sorry”, los dibujos de la pulsera del hospital y del espirómetro, o los informes médicos del propio hospital. Por otro lado, las notas a pie de página: aportan información relativa al uso de ciertos términos y expresiones particulares del inglés -y su jerga y sus diversos registros según el contexto-, así como bibliografía relacionada con ciertas consultas y tecnicismos empleados en el ámbito de la psiquiatría, la farmacología y la medicina. Además nos permiten leer la versión traducida de los documentos escritos por la propia Juliet (la carta, la nota). Finalmente, el Libro Uno contiene la primera entrega de la serie de cinco de “cartas desde el futuro”, un formato a través del cual Juliet la protagonista dejará paso a Juliet la autora para que esta última tome la palabra e inserte determinados comentarios -externos, distanciados, increíblemente lúcidos- sobre ella misma y su situación en el tiempo en el que se está desarrollando la historia al recoger el micrófono. Este juego a dos voces se mantendrá a lo largo de toda la obra y ofrecerá al espectador una riqueza extraordinaria. A todos ellos debemos añadir el uso vivo de los títulos para describir acción o contexto, situar anticipadamente el leitmotiv del contenido o continuar la narración como si del siguiente renglón se tratase.

El estilo es absolutamente visual, exhaustivo en los múltiples estímulos que configuran cada lienzo. Escoria logra desentrañar a nuestros ojos sus sensaciones, emociones y conflictos con una accesibilidad tan generosa como estéticamente bella. Sospechamos que su discurrir carece de adornos, de barroquismos y de buscado impacto. Ahí reside, desde luego, parte de la magia y parte del horror. Disfrutamos apretujados contra la novela y avanzamos a segunda base.

     LIBRO DOS

Iniciamos la transición de Carmel Heights a New Hope, no sin trabas, como el Programa de Educación Individualizada extendido a la protagonista. New Hope representa el segundo estadio argumental, el segundo centro neurálgico de la vida y las circunstancias de Juliet. Holly es su nueva Nicole y alrededor de ella se despliega la llamada ‘Palms Trash’, la banda de amistades que forja Juliet en torno a su nuevo cuartel general a caballo entre el nuevo centro educativo y el centro comercial The Palms. Junk Dog, Ramón, Lily, Rachel, Danny Smackball son algunos de los integrantes del grupo vital de Juliet, ciertamente sólido, empático, pleno.

En esta segunda parte los episodios especialmente cargados de acción aumentan su presencia de manera exponencial: El sábado del crimen de odio, Dead Man’s Party, Viaje en el barranco, Trascendencia histórica y Un experimento de recolección urbana son algunos de ellos. La densidad ocupa y desborda el espacio que antes se disponía más dosificado, como en pequeñas píldoras. En este Libro Dos los capítulos son más gruesos y su contenido refleja mayor pausa; el ritmo es tan intenso como lo sea el suceso que se narra. 

La inercia esparcida tras los acontecimientos observados previamente a Signos y significantes -cima de una espiral salvaje y mecha- desemboca en La pelea, donde se narra el segundo intento de suicidio de Juliet. La seriedad embadurna las páginas, el tono del ambiente -siempre filtrado por su choque contra los sentidos de la protagonista- se vuelve grave, pesado. Encadena y confirma esto la serie Lo mismo pero diferente, que reúne la actividad desde su nuevo ingreso en el hospital hasta el cierre del libro tal y como hiciera Memorias del Hospital Psiquiátrico Altura ochenta páginas atrás. 

Ese diálogo replicante entre títulos es uno de los recursos más efectivos de la autora, que repite fórmulas en torno a la inclusión de elementos verosímiles -el Programa de Educación Individualizada y el baremo de rendimiento de Juliet, dibujo del pino de Torrey, reproducción de la “tarjeta de ánimo” (firmada por Lily, Junk Dog y Rachel y datada en junio de 1999), así como los informes-, y la introducción de sus pensamientos más próximos al tiempo de nuestra lectura mediante la segunda carta desde el futuro, esta vez vinculada a la decisión acerca de cómo contar -o si quiera hacerlo- la práctica de sexo por parte de la Juliet adolescente, desde la “pérdida de su virginidad” hasta los diferentes momentos de intimidad erótica. Concluye la autora que la relevancia de aquello reside en su función de “desconexión”, de vía de escape, de desinhibición que le permitía sencillamente “apagar el cerebro”.

Resulta fascinante cómo Escoria logra cubrirnos con su narración desde dentro: leemos en todo momento -salvo cuando la autora “entra” en escena desde fuera- a una Juliet de 15-16 años, nunca a una Juliet adulta ni a la misma Juliet que escribe las cartas y apuntes desde el futuro. El ‘efecto diario’ dentro de la novela es impresionante y contribuye a una arquitectura narrativa impecable, plagada de imágenes poderosas y apoyada en una fuerte capacidad para provocar algo similar a la sinestesia. Sigamos con el tres.

     LIBRO TRES

Viajamos “engañados” hasta el internado terapéutico Redwood Trails, tercer y último estadio de desarrollo de la historia de Juliet, donde conocerá a su tercera mejor amiga y sucesora natural de Holly: Alyson, que servirá como ombligo del contexto en su doble y ordenada expresión mediante Una lista de cosas que Alyson me dijo en nuestro paseo y Una lista de cosas que ocurrieron tras el paseo. La carta desde el futuro llega muy rápido y es la más rupturista de todas: nos habla Juliet desde diciembre de 2015 para contarnos su intento de búsqueda adulta y final hallazgo de aquella vieja amiga. Lo que envuelve dicha consecución es estremecedor a un nivel muy personal de sentimiento / conocimiento.

El reparto de personajes se equilibra de forma contundente con una numerosa incorporación de monitores y adultos. Así, Nathan, Rosie, Carly, Vinnie, Hank o Bill son algunos de los nombres moderadamente esenciales para el desarrollo de la historia llegados a este punto, si bien mayoritariamente volátiles en cuanto a su mantenimiento en escena y en el propio internado. A ellos se suman los estelares papeles de los jóvenes Luke y Christina, capitales para nuestra protagonista desde el amor.

La Llamada de atención -lo más parecido a aquella “llamada de socorro” contenida en el capítulo Ya no sabía qué hacer del Libro Uno respecto del espíritu de auxilio e indefensión que muestra (tan contadas veces) Juliet- es uno de los primeros pasos de esta nueva etapa, en la que se activarán las dos grandes series capitulares pendientes: la destinada a la reproducción de las “fichas de paciente” de Juliet Escoria -la primera perteneciente a julio de 1999- y la dedicada a relatar la marcha / expulsión de algunos de los chicos del internado, de título Los chicos que se fueron, tristemente inaugurada por Dennis. 

Sueño adolescente, testigo del primer beso de Luke y Juliet, contrasta en aroma con propuestas de catalogación muchísimo menos amables, en lo que será una separación cada vez más drástica de contenidos -positivos vs. negativos- ya previsibles desde el nombre encabezador de los respectivos capítulos. Así, podremos leer ahí arriba palabras como “exterminio”, “destierro”, “venganza” o “tragedia”. Los capítulos más dulces tienden a lucir en este tercer libro títulos anglófonos –Let’s twist again, Pizza party, And a partridge in a pear tree-. 

La extraordinaria excepción a esta regla es Situaciones que solían desconcertarnos, que constituye el momento álgido del libro y uno de los más importantes del conjunto de la obra. Citemos: 

“Mientras volvía a mi asiento, tocando la ficha, aquel pedazo de plástico blanco, me di cuenta de que estaba a punto de llorar. Ni siquiera sabía por qué. No me sentía triste. Sentí algo nuevo. Me sentí… feliz.”

-página 202-

Ello es fruto de una de las primeras causas del cambio en el rumbo de Juliet: la grata participación en Alcohólicos Anónimos, promovida por el asimétrico Hank, tan valioso en ciertos momentos, tan detestable en otros tantos.

El tramo último de esta tercera parte lleva grabado en los labios el nombre de Christina, que desatará una de las más potentes tormentas en el Libro Cuatro. Abandonamos a Juliet en el aeropuerto, en su periplo de regreso al internado tras las efímeras vacaciones de Navidad de final de milenio.

El libro más extenso del cuarteto integrador de Desquiciada es un mosaico de tonos y acentos, de inversiones y contraplanos. La belleza permanece fija y sobre ella rotan luces rojas, negras y azules de muy diversas intensidades. Las “fichas de paciente” -hallaremos un total de seis entre Libro Tres y Libro Cuatro– representan el frío expresivo, la asepsia. Las dos notas del cuaderno, ambas de índole sexual, acompañan de la mano a unos cuantos episodios eróticos -ahora sí- furiosamente desatados en lo explícito. Del hielo al magma, e ineludiblemente apoyada en su pasión por Luke, Juliet comienza a mirar más allá, hacia el horizonte, hacia el futuro. Comienza a soñar.

     LIBRO CUATRO

El último libro, el año 2000, el milenio: el comienzo mayúsculo. Juliet retoma la rutina de Redwood Trails con un nuevo CD de Marilyn Manson en sus auriculares y tres nuevas personas de aura oscura en su entorno. Stacy, Martin y CJ representan la capa piramidal más alejada en verticalidad de los integrantes de Los chicos que se van, que en este su segundo marco, continuando la saga de Dennis y Tasafi, son Stephen y Tommy.

El cuarto libro focaliza con mayor énfasis el protagonismo de ciertos individuos en determinados capítulos, hasta el punto de poder concluir que se trata del conjunto más personalizado o atomizado: al margen de la serie Los chicos que se fueron, personajes tan relevantes como Martin, CJ, Luke (invisible), Alyson, Hank (implícito), Carly o Chistina padecerán su propia notoriedad en primer plano.

Evidentemente, Juliet no desaparece de la luz en ningún momento: las cartas desde el futuro y las fichas de paciente se suceden hasta completar sus respectivas series de cinco y seis aportaciones totales. La penúltima ficha delatará una de las claves -y giros- más pertinentes del recorrido de Juliet por esta fase final de la trama: “delirios de grandeza” constituirá una observación ciertamente novedosa, consecuencia de diversos acontecimientos y una actitud mucho más dominante. La última ficha coincidirá precisamente con el inicio de la primavera -21 de marzo de 2000-.

Las dos cartas desde el futuro contenidas en este libro afectan agriamente a Christina. Pero comencemos por el principio: todo estalla por los aires en Zorra, que nos confiesa el desliz sexual entre Luke y Christina, expuesto motu proprio por boca de ella al oído de Juliet, la cual reaccionará hacia ambas direcciones implicadas. Actuará contra su ex amor perfecto y contra su compañera de juegos lésbicos. El primero recibirá una devastadora y “anonimizada” carta -resultante de un proceso de embrutecimiento desde un borrador mucho más inocuo-. 

La segunda será torpemente agredida en lo físico y gravemente humillada con el afilado verbo. La brutalidad exhibida por Juliet a este último respecto será el tema de la Carta desde el futuro IV, en la que la Juliet externa nos habla con pesar de aquel momento, de aquellas terribles palabras -”las palabras más crueles que le he dicho a nadie”-. A continuación reza escrituralmente tres oraciones: padrenuestro, avemaría y Salve Regina. La relación con Luke queda enterrada en Consecuencias, donde se nos expone la réplica epistolar del ya alejado y lejano novio de nadie. Recogerá el testigo Jason, la incipiente ilusión sentimental renovada de nuestra herida Juliet. La línea femenina, sin embargo, prosigue y quema etapas altamente significativas.

El perdón, Interrogatorio y Carta desde el futuro V son las piedras cronológicas que sirven de base explicativa a un binomio Christina-Juliet que purifica la turbidez de sus aguas lenta pero convincentemente. Tras ese perdón (motivado indirectamente por una de las grandes alegrías del libro: Fuzzy Navel) -y su acepción, y el consecuente retorno a un estado recíprocamente amable previo al estallido- observamos el anverso de la historia particular de Christina, que contará con la actuación clave de Hank y nos inundará de miedo y tristeza.

Por su parte, Martin –Martin el espía y Abuso verbal-, Alyson –Vacío-, CJ –Anfetaminas y La zorra ha vuelto– y Hank –Interrogatorio– bailarán al son de castigo, despedida, lección y horror. En una escala de maldad es imposible situar al mismo nivel lo reprobable, lo discutible y lo monstruoso, si bien se trata en todo caso de una manifestación de abuso. Martin, CJ y Hank son tres tipos de villanos tan perversos como diferentes. Alyson es el contrapunto de la balanza: su ausencia provoca amarga nostalgia en restos de felicidad compartida.

Resta Carly, eje angelical de cuanto ocurre desde Travesía hasta el definitivo y redentor En soledad, etapa final que bien podría significar formalmente una suerte de “quinta parte” de Desquiciada -en tanto en cuanto la localización geográfica y el estado anímico-emocional de Juliet experimentan una mudanza sublime-. 

Viajamos al Valle de la Muerte, fotografía de tres eslabones: Travesía, La civilización y En soledad, a la que le sigue, como pre-epílogo, Una carta desde el pasado. La importancia capital del sentido de horizonte y la enormemente paradójica función analgésica de la soledad catalizarán la radical mutación de Juliet hacia un estado quizás más adulto, quizás más maduro, seguro que más feliz. Esta última parcela del viaje surte un efecto placentero, muy gratificante en nuestros ojos lectores. Ese “retiro” en plena naturaleza, cuya máxima conquista se producirá en los últimos días de la aventura, engloba una ristra de sensaciones positivas que quedan perfectamente reflejadas en la carta que la Juliet adolescente le entrega a la Juliet venidera. En ella anida el puro afán de recuperación, de progreso y, por supuesto, de supervivencia.

El libro más breve es también el más orgánico: los elementos gráficos adicionales y el empleo estilístico de la cursiva brillan con coraje en sus páginas. Podemos apreciar la carta (y su primer borrador) de Juliet a Luke y la respuesta de Luke, y la “carta desde el pasado” de Juliet a Juliet. Muy distintos en esencia, motivo y contexto, el ”dibujo en un cuaderno” (en torno a la figura de Stephen y Los chicos que se fueron III) y los ”dibujos en soledad” -abril del año 2000, también última imagen del libro y de la obra- son dos de los grandes tesoros del archivo de la autora. Entre ambas pequeñas obras de arte disfrutamos también de la inclusión de documentación: “What is confrontation?”, situada por la autora en enero de 2016, la cual atañe directamente a la censurable práctica supuestamente terapéutica ejercida por Martin en el internado.

La función especializada de la cursiva emerge en las palabras dedicadas a Christina en Zorra, en las oraciones posteriores nacidas del arrepentimiento, en otra descarga verbal: esta vez contra sí misma, en la penúltima ficha de paciente, vomitada por desahogo y patrocinada por el deseo de percibir más y más Ativan (lorazepam), medicamento que tiene su propia cuota de protagonismo -para mal- en este cuarto libro; en la “mágica” telepatía con Carly en los penúltimos sorbos de la historia.

Semánticamente, a los nombres propios citados como participantes cruciales debemos sumar uno desde el título en Fuzzy Navel: la corderita de Juliet, que supone otro de los grandes puntos de estabilidad y felicidad de nuestra protagonista. 

En último lugar, tenemos que señalar el uso autorreferencial de “zorra” en los capítulos que narran los dos mayores ataques de ira de Juliet -contra Christina y contra CJ, respectivamente-: Zorra vs. La zorra ha vuelto.

Es este Libro Cuatro una caja de Pandora impresionante, rebosante de emociones en extremo y heterogeneidad, feroz en el descarnado uso del lenguaje desde diferentes perspectivas y para diferentes fines -no solo por parte de Juliet-. La calma después de la tormenta se saborea más deliciosa que nunca, retirados, en paz. 

     Epílogo en dos actos: el artículo El internado de Redwood Trails cierra sus puertas -firmado por Charlotte Atkins, para The Siskiyou Times, a día 31 de marzo de 2002- y Una carta desde el ahora. El primero es un documento magnífico que aúna motivos alegados para el mencionado cierre y opiniones cierta y contrariamente favorables de los usuarios y sus entornos familiares. Asistimos a un pedazo de historia social gracias a su exposición. Una carta desde el ahora es el broche unificador de las dos Juliet, un pretendido epitafio para la primera, para aquella “joven maníaca homicida”, y sin embargo un abrazo irreductible cuyo eco nos tiembla en lo más hondo, como una pesada gota de agua negra:  “Pero todavía vive en mi interior”. El núcleo de Desquiciada en seis malditas palabras.

     Podríamos considerar el aglutinamiento de la obra en dos únicas grandes partes, confeccionadas por unión entre el Libro Uno y el Libro Dos y entre el Libro Tres y el Libro Cuatro: en términos de cohesión y extensión estadística resulta apetitoso. No obstante, las cuerdas tendidas desde las pupilas de Escoria entrelazan símbolos, frecuencias y espejos que indefectiblemente palpan varios, todos o dos pero asimétricos los libros propuestos originalmente como bloques narrativos por la autora.

     A estas alturas, nos limitamos a recoger -o refrescar- algunas de esas cuerdas: la importancia de la “Educación física” en determinados puntos argumentales -y en el de partida-; series de capítulos habituales esparcidas y contrapuestas: “Cartas desde el futuro” vs. “Una carta desde el pasado” vs. “Una carta desde el ahora”, “Memorias del Hospital Psiquiátrico Altura” vs. “Lo mismo pero diferente”, “Fichas de paciente” vs. informes escaneados, “Los chicos que se fueron”, “Zorra” vs. “La zorra ha vuelto”; la reiteración de títulos idénticos –Aquella noche– o el uso de ‘Pero’ para introducir algunos encabezados.

     La obra de Escoria toca sensiblemente la humanidad como conjunto móvil y nervioso de emociones. Explora como nunca antes habíamos conocido el concepto y el campo de la soledad. Para ello recurre a tantísimos recursos y estrategias como cuantos hemos reseñado en estas páginas, entre los que también tienen cabida livianas dosis de humor (por ejemplo, el sentido del onomatopéyico título de ¡Ups! o algunos momentos de la excursión en Travesía). Casi una veintena de elementos netamente visuales -en tanto en cuanto materiales (dibujos, notas, cartas)- avalan esa inquietud por reunir cuantas más piezas del puzle, que es sobradamente complejo, multidimensional, excitante.

     Muchas gracias, Juliet. Nos despedimos de esta experiencia henchidos de humo dulce, no sin antes destacar la admirable labor del equipo de Horror Vacui. Desde la versión textual en sí misma, nacida de un extraordinario trabajo con el original, hasta los innumerables detalles gráficos, la edición y presentación resultante. La valentía, el entusiasmo, la honestidad con el lector y su excepcional visión para seleccionar obras asombrosas. Muchas gracias, Horror Vacui.

Altavoz Cultural

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